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ARGENTINOS EN PARIS

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Decía el poeta Paul Valery que la historia esta hecha de mitos; de pensamientos a los que agregamos un valor esencialmente mítico y que representan lo que fue. Ahora bien, por algún extraño mecanismo de la historia, la ciudad de París forma parte de la mitología Argentina. Varias generaciones de sudamericanos creyeron ver en Buenos Aires el equivalente de la capital francesa de este lado del océano, y quienes gustan del tango saben que fue en París donde la música del puerto triunfo por primera vez.

Así es que el mito del argentino en París evoca situaciones y personaje tan dispares como el éxito de Carlos Gardel.

CARLOS GARDEL      Sin embargo, cuando por 1882 en su viaje Lucio Vicente López hace la descripción del argentino típico en parís, el rastaquouere o restacueros, el retrato del compatriota que por esos años comienza a hacerse notar en la capital francesa no puede ser menos feliz.     Frente al restacueros Rosales, existe otro arquetipo igual y contrario que también llega hasta nuestros días: el del argentino descubridor de los pintores impresionistas, el del bon vivant de gran refinamiento, el del hábil bailarín de tango.     Mas que el turista ocasional de paso por Francia, lo que aquí nos interesa son los argentinos que en buena cantidad se instalan mas o menos permanentemente en la capital francesa durante los años de la Argentina opulenta, aproximadamente entre1880 y 1945. A diferencia de los que podría creerse, los argentinos radicados son bastante heterogéneos en cuanto a sus actividades y su condición. Por cierto que el grupo que mas se hace notar es el de los hacendados que viven de sus pingues rentas, los músicos, los médicos, los escritores, entre otros. Los argentinos de todas las condiciones y clases llegaran a ser treinta mil en parís a mediados de los años veinte.  

Los Hacendados.     Europa, una tendencia que poco años después, con la aparición del buque frigorífico, adquiere proporciones económicas impensables tiempo atrás. El producto de estas exportaciones convierte a los estancieros en un grupo económico y políticamente poderoso. Su gravitación en la escena nacional se hace mas visible aun que en los tiempos de Rosas o de Mitre. 

Los Escritores.     Muy distinta fue la experiencia de los hombres de letras argentinos en parís. En ellos, mas que la búsqueda de una vida ociosa y hedonista, lo que privo durante su estadía en Francia fue el interés en acerarse a un nuevo mundo en plena ebullición por movimientos estéticos tales como el modernismo o surrealismo. A su vez , el contacto con el ambiente intelectual francés y cosmopolita al mismo tiempo supo despertar en ellos nuevas sensibilidades, y los llevo a tomar nuevos rumbos en la creación literaria, sin que por ello olvidaran sus propias raíces argentinas.     Hubo cuatro grandes escritores argentinos que quedaron particularmente marcados por su estadía en Francia. Ellos fueron Leopoldo Lugones, Ricardo Guiraldes, Olivero Girondo y Ernesto Sabato.  

Los Artistas Plásticos.     Los pintores, escultores y dibujantes argentinos que se formaron en parís en los años que estudiamos se cuentan por docenas, y la mayor parte de ellos tuvieron de regreso a la argentina una trayectoria muy distinguida. Entre ellos podemos mencionar a Rodolfo Alcorta, Alfredo Bigatti, Hector Basaldua, Raque Forner y Alberto Lagos, entre otros. A esta lista cabe añadir a unos pocos que llegaron a disfrutar de un gran reconocimiento ya durante su residencia en París. Nos referimos a los escultores Rogelio Yrurtia y Pedro Zona Briano. Rogelio Yrurtia considerado por los críticos como el mas importante escultor argentino de este siglo.  

Los Médicos.     La formación y posterior practica de nuestros médicos quizá tenga como precursor al doctor Ignacio Pirovano, alumno de Bernard, Pasteur y Pean, quien fuera considerado por generaciones enteras como la encarnación misma de lo que un buen medico debía ser: diligente, profesional de sólida formación, de gran cultura y caritativo con los pobres.     Podemos ver dentro de la vida de médicos que viajaron a París con el objetivo de perfeccionarse. Los domingos, únicos días libres, paseaban y visitaban a los museos. Durante la semana, el régimen de vida era simple: levantarse al alba y tomar el tranvía que los llevara a los distintos hospitales públicos de París donde ven operar a los mas grandes cirujanos del momento: El legendario Pean, Terrier y Paul Segond.

malevo_farol.gif El Tango en París.     Es difícil establecer con precisión el momento d la llegada del tango a Francia. Podemos señalar tentativamente el comienzo de su auge en parís alrededor del año 1907. Es en ese año que el músico y compositor Alfredo Gobbi se radica en la capital francesa, ciudad en la que permanecerá siete años, donde compondrá algunos de sus mejores tangos y donde nacerá su hijo. Pero el momento cumbre de la música del puerto tiene lugar algún tiempo después, en 1913. Una serie de hechos así lo prueban. Por lo pronto, basta con considerar las apreciaciones de la revista porteña P.B.T en su articulo de agosto de ese año, "Tangomania en París": "El tango, a pesar de las reflexiones de los moralistas y hasta de los bailarines de buen gusto, ha tomado en París el carácter de una verdadera obsesión. Según hace notar el cronista Frac Nohain, todo el mundo habla allí de ese baile; cada cual tiene su opinión sobre el tango, y si no la tiene, finge tenerla, pues en caso contrario se descalificaría, pasando por ignorante, distraído o inactual" .   

PUBLICADO EN http://www.oni.escuelas.edu.ar

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    • MILAN KUNDERA
    • Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
    • Fragmento de LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER


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  • FRUTA AMARGA
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    Tiene el hombre la culpa
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    con las manos amargas.
    Yo lo acuso en voz alta:
    he vivido en la tierra
    y la tierra no es mala.
    Yo lo acuso en voz alta:
    tuve un árbol hermano
    que dejó mi alma blanca.
    Yo menciono su culpa
    que ahora llamo la nuestra:
    somos hombres culpables
    de sembrar la semilla
    con las manos amargas.

    PABLO ALCIDES PILA (1960)

    Publicado en
    Pájaros en el Camino,
    recopilación de poemas
    de Pablo Alcides Pila,
    recientemente galardonado
    con el premio
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    por su programa radial
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    MI ULTIMA FLOR

    De todas las flores
    bellas que han perfumado
    ninguna con tu fragancia
    ni tu candor,
    por eso es que en mi
    recuerdo has perdurado
    tan fiel como aquel
    entonces, mi última flor.

    Lozana, grácil y esbelta,
    mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré,
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Lozana, grácil y
    esbelta, mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Autor: Salvador Miqueri

    - Avelino Flores




    COSAS QUE PASAN


    >
    Nadie salió a despedirme
    cuando me fui de la estancia
    solamente el ovejero, un perro nomás,
    Cosas que pasan.
    El asunto, una zoncera,
    un simple cambio de palabras,
    y el olvido de un mocoso,
    del que puedo ser su tata.
    Y yo que no aguanto pulgas,
    a pesar de mi ignorancia,
    ya no mas pedí las cuentas,
    sin importarme de nada.


    No hubiera pasado esto,
    si el padre no se marchara,
    pero los patrones mueren,
    y después los hijos mandan.
    Y hasta parece mentira,
    pero es cosa señalada,
    que de una sangre pareja,
    salga la cría cambiada.


    Los treinta años al servicio,
    pal’ mozo no fueron nada,
    se olvido mil cosas buenas,
    por una que salió mala.
    Yo me había aquerenciao,
    nunca conocí otra casa,
    que apegado a las costumbres,
    me hallaba en aquella estancia.

    Sí hasta parece mentira,
    mocoso sin sombra e’ barba
    que de guricito andaba,
    prendido de mis bombachas.
    Por él, le quité a unos teros
    dos pichoncitos, malaya!
    Y otra vez, nunca había bajao un nido,
    y por él gatié las ramas.


    Cuando ya se hizo muchacho,
    yo le amansé el malacara,
    y se lo entregué de riendas,
    pa’ que él solo lo enfrenara.
    Tenía un lazo trenzao,
    que gané en una domada,
    pal’ santo se lo osequié,
    ya que siempre lo admiraba.


    Y la única vez que El patrón,
    me pegó una levantada,
    fue por cargarme las culpas,
    que a él le hubieran sido caras.
    Zonceras, cosas del campo,
    la tranquera mal cerrada,
    y el terneraje e’ plantel,
    que se sale de las casas.
    Y eso, pal’ finao patrón,
    Era cosa delicada.


    Y bueno, pa’ que acordarme
    de una época pasada,
    me dije pa’ mis adentros,
    todo eso no vale nada.


    Sin mirarnos, arreglamos,
    metí en el cinto la plata,
    le estiré pa’ despedirme mi mano,
    Pa’ que apretara,
    y me la dejó tendida,
    cosa que yo no esperaba.
    Porque ese mozo no sabe,
    si un día ha de hacerle falta...

    Tranqueando me fui hasta el catre, alcé un atado que dejara,
    y me rumbié pal’ palenque,
    echándome atrás el ala.
    Ensillé, gané el camino,
    pegué la ultima mirada
    al monte, al galpón, los bretes,
    el molino, las aguadas,

    De arriba abrí la tranquera,
    eche el pañuelo a la espalda,
    por costumbre, prendí un negro,
    talonié mi moro Pampa,
    y ya me largué al galope,
    chiflando como si nada.


    Nadie salió a despedirme
    Cuando me fui de la estancia,
    Solamente el ovejero,
    un perro nomás,
    Cosas que pasan.


    Poema de Don Víctor Abel Jiménez
    Musica de Jose Larralde




    Mensajes del Alma



    En mi país por año hay
    15 mil chicos que vuelan
    como angelitos con sus
    alas por el buen aire
    con la suerte y la calma
    de no haber conocido nada

    para seguir siendo buenos
    quizás Dios robó esas almas

    Que piensas cuando te
    hablo de todo lo que paso
    viste que todas las
    cosas se saben con el tiempo
    suelto y aún viviendo
    el católico que bendijo
    ya perdió hace mucho
    tiempo su lugar en el cielo


    Todos los días que te
    lleve saber como esto fue
    te servirá para ser en
    otro tiempo algo más libre


    Son las únicas palabras
    que te pido escuchar si no me muero de
    verguenza hoy aca a todos por igual
    alguien nos espera
    y de cualquier
    manera llorarás


    Que dignidad tan grande la
    de creer siempre en la vida
    con solo ver una flor
    brotando entre las ruinas


    Tu canción fue la rueda de
    los días que siguieron
    tu canción fue mas lejos
    que la muerte que te hicieron
    no tengas miedo ya dimos
    la vuelta al espanto
    un viento algo más calmo
    se viene anunciando


    El polvo de estas calles
    pone a santo con represor
    pone al inocente en pena
    y despierta al asesino
    témpano del olvido y
    de nunca decir nada
    cuantas mirandas caídas
    sin ver que es lo que pasa
    ningún dolor se siente
    mientras le toque al vecino
    el que manda a matar
    es para sentirse mas vivo

    Son mensajes del alma
    herida pero bien clara sobre
    lo cobarde toda la verdad
    ángel rubio de la muerte
    de que poco te sirvió
    el himno, Jesús, la bandera,
    y el sol que te vió.


    LEON GIECO