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FILOSOFAR EN FEMENINO


FILOSOFAR EN FEMENINO

 

UMBERTO ECO

 

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En estas líneas se recorre la historia de la filosofía y los claustros de las grandes universidades en busca de mujeres filósofas. Y el autor encuentra algunos nombres, todos olvidados por los hombres filósofos, excepto el de Hipatia, maestra en Alejandría, en el siglo V .


 

 


La antigua afirmación filosófica de que el hombre es capaz de pensar en el infinito mientras la mujer da sentido a lo finito puede ser leída de diversas maneras: por ejemplo, suponer que como el hombre no sabe hacer niños, se consuela con las paradojas de Zenón.

 

Pero a partir de la afirmación del género se ha difundido la idea de que si bien la historia (al menos del siglo XX) nos ha hecho conocer grandes poetas y narradoras, y científicas de diversas disciplinas, no nos ha ofrecido mujeres filósofas ni matemáticas.

 

 

Desde hace mucho tiempo la distorsión del género ha dado lugar a la convicción de que las mujeres no han sido afines a la pintura, con las únicas excepciones de las conocidas Rosalba Carriera o Artemisia Gentileschi. Sin embargo, la ausencia de mujeres en ese campo era algo natural, ya que como la pintura se concentraba en los frescos de las iglesias, subir a los andamios con faldas no era algo decente, ni tampoco era tarea de mujeres dirigir un taller con 30 aprendices, ellas a duras penas podían hacer pintura de caballete. Es un poco como decir que los judíos se han destacado en muchas artes pero no en la pintura, hasta que llegó Chagall.

 

Es cierto que su cultura era eminentemente auditiva y no visual, y que no debían representar la divinidad por medio de imágenes, pero existe una producción visual de indudable interés en muchos manuscritos judíos. El problema es que era muy difícil, durante los siglos en los que el arte figurativo estuvo en manos de la iglesia, que un judío fuera estimulado a pintar madonnas y crucifixiones, y sería como asombrarse de que ningún judío se haya convertido en Papa.

 

Las crónicas de la Universidad de Bologna citan a profesoras como Bettisia Gozzadini y Novella d’Andrea, que eran tan bellas que debían dar sus lecciones detrás de un velo para no perturbar a los estudiantes, pero ninguna enseñaba filosofía.

 

En los manuales de filosofía no encontramos mujeres que enseñaran dialéctica o teología. Eloísa, la brillantísima e infeliz estudiante de Abelardo, tuvo que contentarse con ser abadesa. Pero el problema de las abadesas no debe tomarse con ligereza, y a él ha dedicado muchas páginas una mujer filósofa de nuestro tiempo como María Teresa Fumagalli. Una abadesa era una autoridad espiritual, organizativa y política y desempeñaba funciones intelectuales importantes en la sociedad medieval. Un buen manual de filosofía debe consignar entre los protagonistas de la historia del pensamiento a grandes místicas, como Catalina de Siena, por no hablar de Hildegarda de Bingen, que, en cuanto a visión metafísica y a perspectivas sobre lo infinito, resulta difícil de superar aún en nuestros días.

 

La objeción de que la mística no es filosofía no tiene fundamento, porque la historia de la filosofía reserva un espacio a grandes místicos como Suso, Tauler o Eckhart. Y decir que gran parte de la mística femenina daba mayor importancia al cuerpo que a las ideas abstractas sería como decir que de los manuales de filosofía habría que hacer desaparecer, entre otros, a Merleau-Ponty.

Las feministas hace tiempo han elegido a su heroína Hipatia, quien, en Alejandría, en el siglo V, era maestra de filosofía platónica y alta matemática. Hipatia se convirtió en un símbolo, pero de su obra prácticamente sólo quedó la leyenda, porque se perdió y también la propia Hipatia, literalmente hecha pedazos por una turba de cristianos enfurecidos, que según algunos historiadores fueron instigados por cierto Cirilo de Alejandría, quien, más tarde aunque no por esto, fue convertido en santo.

¿Pero sólo habrá existido Hipatia? Hace poco más de un mes fue publicado en Francia (en Arléa) un librito, Histoire des femmes philosophes. Según se revela, el autor, Gilles Mónage, vivía en el siglo XVII, era un latinista, preceptor de Madame de Sévigné y de Madame de Lafayette, y su libro, aparecido en 1690, se titulaba originalmente Mulierum philosopharum historia.

Hipatia no estaba nada sola: aunque está principalmente dedicado a la filosofía clásica, el libro de Mónage presenta una serie de figuras apasionantes: Diótima la socráte, Areté la cirenaica, Nicareté la megárica, Iparchia la cínica, Teodora la peripatética (en el sentido filosófico del término), Leoncia la epicúrea, Temistoclea la pitagórica. Y Mónage, tras examinar textos antiguos y la obra de los Padres de la Iglesia, llegó a citar a más de sesenta y cinco, si bien considerando la idea de filosofía en un sentido bastante amplio.

Si se toma en cuenta que en la sociedad griega la mujer era confinada tras los muros domésticos, que los filósofos preferían entretenerse con jovencitos y que para gozar de pública notoriedad una mujer debía ser cortesana, se comprenderá el enorme esfuerzo que deben haber hecho estas pensadoras para poder afirmarse. Por otra parte, como cortesana, pero de calidad, se recuerda a Aspasia, señalando que era versada en retórica y en filosofía y a quien (según da testimonios Plutarco, Sócrates frecuentaba con gran interés.

Me fui a hojear al menos tres enciclopedias filosóficas y de todos estos nombres (salvo Hipatia) no encontré ningún rastro. No es que no hayan existido mujeres filósofas. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, aunque ojalá después se hayan apropiado de sus ideas.


 



 

LA NACION | 04.01.2004 | Página 02 | Revista

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  • MILAN KUNDERA
    • MILAN KUNDERA
    • Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
    • Fragmento de LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER


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    Si la fruta es amarga
    no es culpable la tierra
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    Tiene el hombre la culpa
    que arrojó la semilla
    con las manos amargas.
    Yo lo acuso en voz alta:
    he vivido en la tierra
    y la tierra no es mala.
    Yo lo acuso en voz alta:
    tuve un árbol hermano
    que dejó mi alma blanca.
    Yo menciono su culpa
    que ahora llamo la nuestra:
    somos hombres culpables
    de sembrar la semilla
    con las manos amargas.

    PABLO ALCIDES PILA (1960)

    Publicado en
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    MI ULTIMA FLOR

    De todas las flores
    bellas que han perfumado
    ninguna con tu fragancia
    ni tu candor,
    por eso es que en mi
    recuerdo has perdurado
    tan fiel como aquel
    entonces, mi última flor.

    Lozana, grácil y esbelta,
    mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré,
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Lozana, grácil y
    esbelta, mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Autor: Salvador Miqueri

    - Avelino Flores




    COSAS QUE PASAN


    >
    Nadie salió a despedirme
    cuando me fui de la estancia
    solamente el ovejero, un perro nomás,
    Cosas que pasan.
    El asunto, una zoncera,
    un simple cambio de palabras,
    y el olvido de un mocoso,
    del que puedo ser su tata.
    Y yo que no aguanto pulgas,
    a pesar de mi ignorancia,
    ya no mas pedí las cuentas,
    sin importarme de nada.


    No hubiera pasado esto,
    si el padre no se marchara,
    pero los patrones mueren,
    y después los hijos mandan.
    Y hasta parece mentira,
    pero es cosa señalada,
    que de una sangre pareja,
    salga la cría cambiada.


    Los treinta años al servicio,
    pal’ mozo no fueron nada,
    se olvido mil cosas buenas,
    por una que salió mala.
    Yo me había aquerenciao,
    nunca conocí otra casa,
    que apegado a las costumbres,
    me hallaba en aquella estancia.

    Sí hasta parece mentira,
    mocoso sin sombra e’ barba
    que de guricito andaba,
    prendido de mis bombachas.
    Por él, le quité a unos teros
    dos pichoncitos, malaya!
    Y otra vez, nunca había bajao un nido,
    y por él gatié las ramas.


    Cuando ya se hizo muchacho,
    yo le amansé el malacara,
    y se lo entregué de riendas,
    pa’ que él solo lo enfrenara.
    Tenía un lazo trenzao,
    que gané en una domada,
    pal’ santo se lo osequié,
    ya que siempre lo admiraba.


    Y la única vez que El patrón,
    me pegó una levantada,
    fue por cargarme las culpas,
    que a él le hubieran sido caras.
    Zonceras, cosas del campo,
    la tranquera mal cerrada,
    y el terneraje e’ plantel,
    que se sale de las casas.
    Y eso, pal’ finao patrón,
    Era cosa delicada.


    Y bueno, pa’ que acordarme
    de una época pasada,
    me dije pa’ mis adentros,
    todo eso no vale nada.


    Sin mirarnos, arreglamos,
    metí en el cinto la plata,
    le estiré pa’ despedirme mi mano,
    Pa’ que apretara,
    y me la dejó tendida,
    cosa que yo no esperaba.
    Porque ese mozo no sabe,
    si un día ha de hacerle falta...

    Tranqueando me fui hasta el catre, alcé un atado que dejara,
    y me rumbié pal’ palenque,
    echándome atrás el ala.
    Ensillé, gané el camino,
    pegué la ultima mirada
    al monte, al galpón, los bretes,
    el molino, las aguadas,

    De arriba abrí la tranquera,
    eche el pañuelo a la espalda,
    por costumbre, prendí un negro,
    talonié mi moro Pampa,
    y ya me largué al galope,
    chiflando como si nada.


    Nadie salió a despedirme
    Cuando me fui de la estancia,
    Solamente el ovejero,
    un perro nomás,
    Cosas que pasan.


    Poema de Don Víctor Abel Jiménez
    Musica de Jose Larralde




    Mensajes del Alma



    En mi país por año hay
    15 mil chicos que vuelan
    como angelitos con sus
    alas por el buen aire
    con la suerte y la calma
    de no haber conocido nada

    para seguir siendo buenos
    quizás Dios robó esas almas

    Que piensas cuando te
    hablo de todo lo que paso
    viste que todas las
    cosas se saben con el tiempo
    suelto y aún viviendo
    el católico que bendijo
    ya perdió hace mucho
    tiempo su lugar en el cielo


    Todos los días que te
    lleve saber como esto fue
    te servirá para ser en
    otro tiempo algo más libre


    Son las únicas palabras
    que te pido escuchar si no me muero de
    verguenza hoy aca a todos por igual
    alguien nos espera
    y de cualquier
    manera llorarás


    Que dignidad tan grande la
    de creer siempre en la vida
    con solo ver una flor
    brotando entre las ruinas


    Tu canción fue la rueda de
    los días que siguieron
    tu canción fue mas lejos
    que la muerte que te hicieron
    no tengas miedo ya dimos
    la vuelta al espanto
    un viento algo más calmo
    se viene anunciando


    El polvo de estas calles
    pone a santo con represor
    pone al inocente en pena
    y despierta al asesino
    témpano del olvido y
    de nunca decir nada
    cuantas mirandas caídas
    sin ver que es lo que pasa
    ningún dolor se siente
    mientras le toque al vecino
    el que manda a matar
    es para sentirse mas vivo

    Son mensajes del alma
    herida pero bien clara sobre
    lo cobarde toda la verdad
    ángel rubio de la muerte
    de que poco te sirvió
    el himno, Jesús, la bandera,
    y el sol que te vió.


    LEON GIECO