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MUERTE CON-CEP-TUAL

MUERTE CON-CEP-TUAL

Judith Shapiro

 

  

¿Qué pasaría con los personajes,
si un día el escritor muriera?

  

Encendió la radio y aceleró. La ventanilla estaba bajada y el viento se arremolinaba en sus oídos, produciendo un estruendo que no le permitía escuchar con claridad. Subió el volumen.

 

IGLESIA

 

 


 

Ya podía ver su destino en el horizonte. La pequeña iglesia anzuelo estaba situada en medio del desierto, entendiendo la palabra como una extensa superficie con muy poca humedad en la que crece naturalmente escasísima vegetación.


 

Esa iglesia había sido erigida generacionesatrás en lo que habían querido que fuera una misión jesuítica. Más tarde se dieron cuenta de que los únicos seres humanos que habitaban la región eran ellos. Para tratar de remediar el error (o, por lo menos, darle uso al edificio), la habían convertido en iglesia de clausura. Varias personas, es decir, curas, se acercaron interesados por la "clausura" , pero luego de permanecer allí dos o tres meses volvieron a la civilización escapando del silencio y, sobre todo, del vacío en el alma que provocaba ese lugar.


 

Los rebeldes la habían tomado durante la revolución y la adoptaron como un lugar seguro donde mandar a vivir y estudiar a los hijos de los dirigentes, sabiendo que los capitalistas católicos seguramente no sabían de la presencia de esa iglesia, o por lo menos no le daban importancia. El padre que mantenía la iglesia era un hombre alto, de buen porte, cabeza lustrosa, y sotana. Sus años de juventud y esplendor habían pasado ya, pero eso no le impedía conservar la mente joven. Cuando los rebeldes llegaron, él no se había resistido demasiado a la ocupación, más bien poco y nada. Toda su vida había simpatizado con las ideas y premisas socialistas.


 

Lentamente su destino se acercaba. El auto corría por la ruta, pero la distancia que había que acortar era mayor de lo que parecía. "Bendita llanura", pensó y se rió de sí mismo.


 

El sol, como de otra manera no podía esperarse sin ningún tipo de elemento que produjera sombra, quemaba sin descanso. Algunas nubes pasaban silenciosamente por el cielo, sin atreverse a intervenir.


 

Al llegar a la altura de la iglesia dobló a la izquierda y estacionó el auto bajo una galería construida casi especialmente para eso. Se bajó y, automáticamente, encendió la alarma con su infalible bip-bip. Luego, entró.


 

La iglesia no era lo que se podía decir ortodoxa: las paredes y columnas estaban cubiertas con mármol verde veteado de blanco hasta una altura de un metro; los pasos de la vida de Cristo estaban tallados en madera de palo borracho, los vitreaux eran de muchos colores pero ninguna forma, y como cortina musical, sonaba en los parlantes un órgano tocando melodías celestiales, pegadizas y alegres. En una concavidad del fondo estaba el altar, casi en sombras y absolutamente no recargado. En el techo bajo y cupuloso de la franja central de la iglesia había un empapelado de suaves colores que iban del rosa al naranja incluyendo verdes, azules, amarillos y violetas. Todo parecía bastante viejo y gastado, pero el mismo paso de los años mantenía la escena estancada en perfecto equilibrio y armonía.


 

A pesar del calor de afuera, esta iglesia, como todas, se mantenía fresca. Era como si lo sagrado de ese lugar se conjugara con lo térmico del ambiente, para hacer más habitables las salas.


 

Una puerta lateral de madera se abrió suavemente y apareció el cura vestido con sotana.


 

—Pero, ¡hombre! ¿Qué hacés ahí mirando embobado el piso? —dijo, con el tono vigoroso que se usa para los viejos amigos. Luego de abrazarlo agregó—: Hubieras pasado directamente.


 

—Uno nunca se acostumbra —le contestó sonriendo apenas.


 

En silencio caminaron por la sacristía y la construcción más reciente que hacía de convento ateo para los chicos de la revolución. No había mucha sombra, pero sí una particular tristeza que opacaba los contornos. Se detuvieron ante una puerta de roble antiguo y grueso.


 

—No lo tensiones mucho —dijo el cura, mirando un punto sin importancia y sonriendo melancólicamente—. Es su despedida.


 

Con un movimiento de cabeza, le dio a entender que ya lo sabía. Desde adentro y en la cama, el desfalleciente vio abrirse la puerta y entrar el brazo con sotana y luego la cabeza lustrosa.


 

—Ya llegó... —empezó, pero el visitante interrumpió, mostrándose.


 

—Hola.


 

El viejo tan sólo asintió, con los ojos placenteramente cerrados. El cura los abandonó cerrando la puerta, y el visitante acercó a una silla al lado de la cama.


 

—¿Zergio no recibió la invitación? —preguntó el enfermo de vejez.


 

—Sí, pero seguro que no a tiempo —hizo una pequeña pausa—. Debe andar en alguna de tus locas aventuras —y se rió.


 

La edad tosió en el pecho del hombre de la cama. De todos los encuentros que habían tenido, este era el más extraño. ¿Cómo iba a despedirlo?


 

—¿Cómo? Pues con flores —dijo el viejo, y un ramo de calas floreció en un jarrón imaginado al lado de la puerta de roble.


 

"¿Tan fácil va a ser?", pensó.


 

—Sí —le contestó el viejo—. A menos que quieras escribirme el testamento. Total va a ser muy corto, entre las cosas que no tengo y la gente que no conozco...


 

Eso fue todo. Luego el escritor murió.


 

—Lo lamento —dijo el cura, al verlo salir a la iglesia con la hoja de bienes en las manos.


 

—Les dejó todo —dijo él, ofreciendo el papel—. A ustedes y a la revolución, excepto por el reloj de las cuatro.


 

Caminaron juntos hasta el auto y la alarma sonó desactivada con su infalible bip-bip. La humedad pesaba en el aire, y las nubes ya estaban listas para empezar a deshacerse. Un niño alegre se asomó por la puerta de la iglesia, llamando al cura y agitando una colorida máscara. El cura rió y dijo:


 

—Tengo que volver. Fue un gusto verte después de tantos años. —Le ofreció una mano que él estrechó enseguida y con afecto.


 

—Gracias por todo.


 

—No hay de qué —contestó el cura. Y luego, cuando el auto entraba a la ruta, gritó—: ¡Tené cuidado, que seguro llueve!


 

Bajó el vidrio y prendió la radio. El conflicto estaba resuelto. A medida que caía la lluvia, con calma se esfumaba... el espejismo de toda una vida.


 


 

Judith Shapiro es una joven de Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina 

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  • MILAN KUNDERA
    • MILAN KUNDERA
    • Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
    • Fragmento de LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER


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    Yo lo acuso en voz alta:
    he vivido en la tierra
    y la tierra no es mala.
    Yo lo acuso en voz alta:
    tuve un árbol hermano
    que dejó mi alma blanca.
    Yo menciono su culpa
    que ahora llamo la nuestra:
    somos hombres culpables
    de sembrar la semilla
    con las manos amargas.

    PABLO ALCIDES PILA (1960)

    Publicado en
    Pájaros en el Camino,
    recopilación de poemas
    de Pablo Alcides Pila,
    recientemente galardonado
    con el premio
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    por su programa radial
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    MI ULTIMA FLOR

    De todas las flores
    bellas que han perfumado
    ninguna con tu fragancia
    ni tu candor,
    por eso es que en mi
    recuerdo has perdurado
    tan fiel como aquel
    entonces, mi última flor.

    Lozana, grácil y esbelta,
    mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré,
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Lozana, grácil y
    esbelta, mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Autor: Salvador Miqueri

    - Avelino Flores




    COSAS QUE PASAN


    >
    Nadie salió a despedirme
    cuando me fui de la estancia
    solamente el ovejero, un perro nomás,
    Cosas que pasan.
    El asunto, una zoncera,
    un simple cambio de palabras,
    y el olvido de un mocoso,
    del que puedo ser su tata.
    Y yo que no aguanto pulgas,
    a pesar de mi ignorancia,
    ya no mas pedí las cuentas,
    sin importarme de nada.


    No hubiera pasado esto,
    si el padre no se marchara,
    pero los patrones mueren,
    y después los hijos mandan.
    Y hasta parece mentira,
    pero es cosa señalada,
    que de una sangre pareja,
    salga la cría cambiada.


    Los treinta años al servicio,
    pal’ mozo no fueron nada,
    se olvido mil cosas buenas,
    por una que salió mala.
    Yo me había aquerenciao,
    nunca conocí otra casa,
    que apegado a las costumbres,
    me hallaba en aquella estancia.

    Sí hasta parece mentira,
    mocoso sin sombra e’ barba
    que de guricito andaba,
    prendido de mis bombachas.
    Por él, le quité a unos teros
    dos pichoncitos, malaya!
    Y otra vez, nunca había bajao un nido,
    y por él gatié las ramas.


    Cuando ya se hizo muchacho,
    yo le amansé el malacara,
    y se lo entregué de riendas,
    pa’ que él solo lo enfrenara.
    Tenía un lazo trenzao,
    que gané en una domada,
    pal’ santo se lo osequié,
    ya que siempre lo admiraba.


    Y la única vez que El patrón,
    me pegó una levantada,
    fue por cargarme las culpas,
    que a él le hubieran sido caras.
    Zonceras, cosas del campo,
    la tranquera mal cerrada,
    y el terneraje e’ plantel,
    que se sale de las casas.
    Y eso, pal’ finao patrón,
    Era cosa delicada.


    Y bueno, pa’ que acordarme
    de una época pasada,
    me dije pa’ mis adentros,
    todo eso no vale nada.


    Sin mirarnos, arreglamos,
    metí en el cinto la plata,
    le estiré pa’ despedirme mi mano,
    Pa’ que apretara,
    y me la dejó tendida,
    cosa que yo no esperaba.
    Porque ese mozo no sabe,
    si un día ha de hacerle falta...

    Tranqueando me fui hasta el catre, alcé un atado que dejara,
    y me rumbié pal’ palenque,
    echándome atrás el ala.
    Ensillé, gané el camino,
    pegué la ultima mirada
    al monte, al galpón, los bretes,
    el molino, las aguadas,

    De arriba abrí la tranquera,
    eche el pañuelo a la espalda,
    por costumbre, prendí un negro,
    talonié mi moro Pampa,
    y ya me largué al galope,
    chiflando como si nada.


    Nadie salió a despedirme
    Cuando me fui de la estancia,
    Solamente el ovejero,
    un perro nomás,
    Cosas que pasan.


    Poema de Don Víctor Abel Jiménez
    Musica de Jose Larralde




    Mensajes del Alma



    En mi país por año hay
    15 mil chicos que vuelan
    como angelitos con sus
    alas por el buen aire
    con la suerte y la calma
    de no haber conocido nada

    para seguir siendo buenos
    quizás Dios robó esas almas

    Que piensas cuando te
    hablo de todo lo que paso
    viste que todas las
    cosas se saben con el tiempo
    suelto y aún viviendo
    el católico que bendijo
    ya perdió hace mucho
    tiempo su lugar en el cielo


    Todos los días que te
    lleve saber como esto fue
    te servirá para ser en
    otro tiempo algo más libre


    Son las únicas palabras
    que te pido escuchar si no me muero de
    verguenza hoy aca a todos por igual
    alguien nos espera
    y de cualquier
    manera llorarás


    Que dignidad tan grande la
    de creer siempre en la vida
    con solo ver una flor
    brotando entre las ruinas


    Tu canción fue la rueda de
    los días que siguieron
    tu canción fue mas lejos
    que la muerte que te hicieron
    no tengas miedo ya dimos
    la vuelta al espanto
    un viento algo más calmo
    se viene anunciando


    El polvo de estas calles
    pone a santo con represor
    pone al inocente en pena
    y despierta al asesino
    témpano del olvido y
    de nunca decir nada
    cuantas mirandas caídas
    sin ver que es lo que pasa
    ningún dolor se siente
    mientras le toque al vecino
    el que manda a matar
    es para sentirse mas vivo

    Son mensajes del alma
    herida pero bien clara sobre
    lo cobarde toda la verdad
    ángel rubio de la muerte
    de que poco te sirvió
    el himno, Jesús, la bandera,
    y el sol que te vió.


    LEON GIECO
    • Mahatma Gandhi
    • Si nosotros existimos,
    • si nuestros padres
    • y sus padres han existido,
    • entonces es natural
    • creer en el Padre
    • de toda la creación. Si Él no existe,
    • nosotros no existimos
    • en parte alguna.
    • Él es uno y, al mismo
    • tiempo, es muchos.
    • Es más pequeño que un
    • átomo y más grande que el
    • Himalaya.
    • Lo contiene hasta una gota
    • del océano y,
    • sin embargo, ni los
    • siete mares
    • pueden encerrarlo.
    • La razón es impotente
    • para conocerlo.
    • Él está más allá
    • del alcance o la
    • aprehensión racional.
    • No es necesario
    • que continúe insistiendo
    • sobre el tema.
    • En esta cuestión
    • lo esencial es
    • la fe. Mi lógica puede
    • hacer
    • y deshacer innumerables
    • hipótesis.
    • Un ateo podría derrotarme
    • en un debate;
    • sin embargo,
    • mi fe corre tanto
    • más rápidamente que mi razón,
    • por lo cual puedo desafiar a
    • l mundo
    • entero y decir que
    • "Dios es, fue y será siempre.”
    • No obstante, aquellos que
    • quieran negar su existencia,
    • tienen la
    • libertad de hacerlo.
    • Dios es misericordioso
    • y compasivo:
    • no es un rey
    • terrenal que necesita un
    • ejército para hacernos
    • aceptar su poder.
    • Él nos
    • concede la libertad y,
    • sin embargo,
    • Su compasión ordena
    • obediencia a
    • Su voluntad.
    • Si alguien desdeña inclinarse
    • ante Su voluntad, El dice:
    • "Así sea; no por esto mi
    • sol brillará menos para ti,
    • ni tampoco mis
    • nubes para ti han de llover menos.
    • No necesito forzarte para que aceptes
    • mi poder."
    • Dejemos, pues,
    • al ignorante que discuta
    • la existencia de
    • semejante Dios.
    • Yo soy uno de los millones
    • de hombres sabios que
    • creen en El y nunca
    • me cansaré de inclinarme ante
    • El ni de cantar Su gloria.