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LA ARGENTINA YA NO TOMA MATE

RODOLFO WALSH

RODOLFO WALSH

La Argentina ya no toma mate

Se jugaba mucho al ajedrez –escribió Horacio Quiroga en 1927- y se bromeaba pasablemente. Pero el tema constante, la preocupación y la pasión del país era el cultivo de la yerba mate, al que en mayor o menor escala se hallaban todos ligados.

Cuarenta años después, desde Oberá a San Pedro, o desde Puerto Iguazú a Posadas, era difícil encontrar a alguien que bromeara, pasablemente o no.

-Misiones ha perdido su alegría –explicó sencillamente Osvaldo Rey, el maestro de Mbo-Picuá.

Al borde de caminos y picadas el polvo rojo se acumulaba sobre las hojas verdes de los yerbales que, por primera vez en medio siglo, no veían llegar la muchedumbre de los tareferos. El Paraná transcurría sin barcos y los edificios sombríos de los secaderos estaban desiertos. Sobre los viejos emplazamientos de los jesuitas y los largos pueblos que creó el auge de la inmigración, descendía una calma engañosa.

Misiones en la encrucijada: el consumo disminuye;
la importación crece

"La pasión y la preocupación del país" se había transformado, en 1966, en una amarga conjetura. El imperio de la yerba de cultivo que en cinco décadas se expandió en proporción de 140 a 1, se resquebrajaba por innumerables fisuras.

Para algunos era el fin: un alemán-brasilero de Eldorado macheteaba furiosamente a ras del suelo su yerbal intacto. Para otros, una sorpresa más de este país incomprensible: al japonés Yamato se le caían los brazos, en su chacra de Garhuapé, frente a las plantas que eran suyas y no eran suyas, puesto que el gobierno prohibía cosecharlas. En los juzgados de Posadas se amontonaban los recursos de amparo contra el decreto que en marzo de este año interdijo la zafra.

-Yo me sublevé el 27 de junio, un día antes que los militares- explicó risueñamente el suizo Roth, que en Santo Pipó estaba cosechando contra viento y marea.

Las gremiales de productores echaban la culpa a los gobiernos; dirigentes políticos, a las gremiales; comerciantes, a todo el mundo; tareferos sin trabajo, no sabían a quién echarla.
-Acá no hay reclamos –resumió un oscuro paraguayo contemplando su machete inútil-. Si protesta, le dicen comunista y le sacan a patadas.

Las disquisiciones históricas sobre la yerba no prosperan en Misiones; allí la historia se llama Pilsudski o Benes; apila cadáveres fantasmales en el Marne o en Fort Douaumont; viste de ajadas plumas a la kronprinzess o retrocede llorosa a las calles ensangrentadas de Petesburgo.
Muy pocos entre estos hombres preocupados, perplejos, agobiados, se reconocían protagonistas en una guerra silenciosa iniciada hace tres siglos y medio.

 

La cosecha clandestina burla al decreto de prohibición de la zafra misionera

Los herederos del mensú


Ahí están, hormigueando entre las plantas verdes, con sus caras oscuras, sus ropas remendadas, sus manos ennegrecidas: la muchedumbre de los tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el trabajo no hace distingos.



En un yerbal alto como éste, el jefe de la familia trepa al árbol y con la tijera poda las ramas que su compañero y su prole cortan y quiebran en un movimiento incesante, separando la hoja del palo y amontonándola en las ponchadas –dos bolsas abiertas y unidas- que cuando estén llenas se convertirán en "raídos".

No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra.


Se acercan, nos rodean mansamente, y no tenemos que preguntarles siquiera para que caiga sobre nosotros el aluvión de su protesta:

-Estamos todos abajo –dicen.


-Nuestro jornal no sube.


-El familiar no te pagan.


-Estamos atenidos.

 


-Apenas se gana para el pan.


-Si uno come medio kilo de carne a la semana, ya es lindo.


-Estamos a mate cocido.


-No tenemos ropa.


-J….s, eso es lo que estamos.

Se quitan la palabra de la boca en su apuro por transmitir esa angustia a alguna parte, a algún mundo desconocido, antes que llegue el patrón, el capataz, el camión que ya viene por la picada cargando los raídos.


Pero todavía hay tiempo para que las caras cobren nombre. Es Oscar Vallejo, descalzo y trepado a un árbol, el que dice:

-Somos tres y no sacamos dos mil kilos por semana.


Diez mil pesos mensuales. Para tres.


Es María Antonia Torales, de 12 años, que debería estar en la escuela, pero no está, y gana 125 pesos diarios.


Es la gorda Ciriaca González:


-Esto no es ganancia. La quebranza es muy fina.


Porque ahora hay que cosechar con el cinco por ciento de palo, en vez del quince..


Es Máxima Vera, una muchacha envejecida de hermosos ojos agatados, que nos muestra las manos casi negras:


-Curte que da gusto, no hay jabón que saque.


Es Fernando Cáceres:


-No somos nada, no tenemos defensa. Aquí no hay sindicato ni leyes ni feriados.


Es Mario Vallejo:


-No sabemos adónde reclamar, si a la policía, a la gendarmería, a quién.


Es Valentín Nuñez que concluye:


-Si protestás, te echan a patadas.


Y ya llega el camión por la picada, el capataz, los cargadores reclamando:


-¡Raído! ¡Arriba, muchachos!


Cuatro pares de brazos levantan al sol, como una ofrenda, la ponchada de yerba, la gran riqueza de Misiones construida sobre un mar de sufrimiento.

Urúes y guainos


En la playa del secadero, los camiones vuelcan su carga verde que los horquilleros embocan en la cinta transportadora. De ahí la hoja sigue a los grandes tubos de la sapecadora, calentados a temperatura constante, de donde sale a los pocos segundos, ya con su perfume característico, tras perder el cuarenta por ciento de agua.


Pero la secanza a fondo, se hace en el barbacuá.


Parados sobre la gran estructura con forma de bote invertido, el urú Marcelino Brites, y su ayudante el guaino Sanabria, parecen demonios semidesnudos, sudorosos y raquíticos, mientras con la horquilla cambian de capa los cinco mil kilos de hoja verde que se acumulan sobre el enrejado de palos de monte.


Un horno subterráneo insufla en el oscuro galpón una corriente continua de aire quemante.


-¿Cuánto dura el turno?


-Veinte horas- dice el urú sin cesar de mover la hoja con un ritmo y un orden que solo él conoce-. Hasta que termine la secanza.

La tortura del barbacuá


La temperatura es tan alta que parece imposible aguantar más de unos minutos. Pero, ¿qué quiere decir alta? Lo sabremos en el "catre" –una especie de barbacuá perfeccionado y plano- de la Industrial Paraguaya. Allí el termómetro colocado junto a las bocas de fuego marca inequívocamente: noventa grados centígrados, que significan setenta grados arriba, donde trabajan los secaderos.


-Es poco –se lamenta Mr. Bramford, y no sabemos si bromea cuando añade: -Lo ideal es ciento veinte grados abajo y cien arriba.


Arriba, la escena parece arrancada de un sueño. Sobre una altiplanicie de hojas que se pierde en largas penumbras, flotan los vahos blanquecinos de la yerba secada, su perfume bruscamente intolerable. Como sombras de otro mundo armadas de horquillas, se mueven media docena de hombres.


Este, que sin duda es el trabajo más insalubre del mundo, es también la cumbre del oficio del peón yerbatero, la suprema ciencia y la suprema recompensa: el urú gana la extraordinaria suma de 67 pesos la hora.


El sesenta por ciento de la yerba de Misiones se seca de este modo. El resto, en instalaciones mecánicas de secanza rápida. Pero todo el mundo sabe que la yerba de catre o de barbacuá tiene otro sabor…

Desocupación y éxodo


Estos hombres son afortunados: tienen trabajo. En "El Porvenir" de los Barthe, cerca de Posadas, quedaban treinta peones, de los cien que trabajaban normalmente en esa época. En la "María Antonia", sobre cien peones estables, trabajan cuarenta. En Puerto Menocchio, cuarenta sobre ochenta. En "Gisela", veintidós sobre ciento veinte.


-Tengo que inventarles trabajo –nos dice el administrador Lutjohan-. Más no puedo mantener.
En San Ignacio, hablamos con el comandante Sergio Fortunato, jefe del escuadrón 11 de Gendarmería Nacional.


-Aquí hay hambre –dice con un rescoldo de indignación en la voz-. Aquí hay miseria, hay desocupación, hay éxodo. Aquí estamos dando diariamente de ocho a diez frazadas, porque la gente pasa frío. Aquí hay familias donde entre seis comen diez mandiocas en todo el día.

En marzo el gobierno radical pretendió demostrar que la prohibición de la zafra no acarreaba desocupación. En Santo Pipó, donde se denunciaban trescientos desocupados, la encuesta gubernamental solo pudo descubrir a dos.



-¡Pero yo le voy a hacer hablar los ranchos mudos! –exclama, justamente en Santo Pipó, este hombre sólido y enérgico, impecable en su traje blanco de médico, enormemente versado en el problema yerbatero, que presidió hasta junio la cámara de diputados de la provincia.


Y el doctor Comolli nos lleva a recorrer las casas vacías de El 26, el "conventillo" desierto de "La invernada", la escuela 140, donde acaban de suprimirse dos grados porque cincuenta alumnos se han ido, los restos de los ranchos derrumbados por los peones paraguayos que vuelven a su país.


¿Qué otra cosa puede hacer esa gente? Voltea el rancho, amontona las tablas en su canoa y se va, con su atadito de ropas, su mujer, sus hijos nacidos en la Argentina, que la Argentina expulsa.


Pero la predicción es segura: el año próximo, cuando se vuelva a cosechar la yerba, faltarán brazos en Misiones.

Un fantasma: el éxodo

¿Hay solución?


Enunciar en pocas líneas una solución para los problemas misioneros, sería insensato. A los males estructurales de la provincia, la falta de caminos, el consumo de energía eléctrica más bajo del país, las cíclicas crisis yerbateras, se suman otras desgracias parciales y acaso inevitables, como la catastrófica caída en el precio internacional del tung.



Pero en torno de la yerba, todos creen que se puede y se debe hacer algo. Y nadie duda de que, en la base misma de lo que se puede y se debe hacer, está la prohibición, absoluta y para siempre de importar yerba por cualquier vía que sea.


No bastará con eso. La capacidad productiva duplicará durante muchos años el consumo del país. Las zafras deberán ser reguladas, el tambaleante Mercado reconstruído. Habrá que extirpar los yerbales improductivos porque su bajo rendimiento influye en la determinación del costo y, por lo tanto, en el precio. Algunos rinden menos de 500 kilos secos por hectáreas, cuando el suizo Alberto Roth obtiene diez veces más inclusive en yerbales viejos, mediante un cultivo ejemplar.

Abrir mercados


Aun, así, será insuficiente. En medio siglo la industria yerbatera no ha invertido un centavo en propaganda eficaz, en investigación. La Comisión de Propaganda de la CRYM es inoperante, con un presupuesto inferior a los cuarenta millones anuales. Para competir con otras infusiones y bebidas, el mate necesitaría un presupuesto publicitario diez veces superior, nada exagerado si se piensa que el mercado de consumo asciende a diez mil millones.


El consumo per capita disminuye año a año; de diez kilos en 1930, a menos de seis en la actualidad. Para muchos, el mate con bombilla está condenado, salvo en las zonas rurales. Hay que buscar nuevas formas de presentar el producto. Es preciso abrir mercados a la exportación.


Nada de esto podrá hacerlo Misiones con sus propias fuerzas. El colono misionero ha demostrado que es buen negocio financiarlo. Esto se ha hecho hasta la explotación. Por una vez, podría hacerse de otro modo.


Si cada uno de esos objetivos se cumple, es posible que el cultivo yerbatero sobreviva. De lo contrario, se habrá perdido definitivamente la guerra iniciada hace tres siglos por los "mamelucos" paulistas contra los viejos pueblos de las Misiones.


Artículo publicado en la revista Panorama, N° 43, Diciembre 1966

 

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  • MILAN KUNDERA
    • MILAN KUNDERA
    • Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
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    Yo lo acuso en voz alta:
    tuve un árbol hermano
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    Yo menciono su culpa
    que ahora llamo la nuestra:
    somos hombres culpables
    de sembrar la semilla
    con las manos amargas.

    PABLO ALCIDES PILA (1960)

    Publicado en
    Pájaros en el Camino,
    recopilación de poemas
    de Pablo Alcides Pila,
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    MI ULTIMA FLOR

    De todas las flores
    bellas que han perfumado
    ninguna con tu fragancia
    ni tu candor,
    por eso es que en mi
    recuerdo has perdurado
    tan fiel como aquel
    entonces, mi última flor.

    Lozana, grácil y esbelta,
    mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré,
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Lozana, grácil y
    esbelta, mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Autor: Salvador Miqueri

    - Avelino Flores




    COSAS QUE PASAN


    >
    Nadie salió a despedirme
    cuando me fui de la estancia
    solamente el ovejero, un perro nomás,
    Cosas que pasan.
    El asunto, una zoncera,
    un simple cambio de palabras,
    y el olvido de un mocoso,
    del que puedo ser su tata.
    Y yo que no aguanto pulgas,
    a pesar de mi ignorancia,
    ya no mas pedí las cuentas,
    sin importarme de nada.


    No hubiera pasado esto,
    si el padre no se marchara,
    pero los patrones mueren,
    y después los hijos mandan.
    Y hasta parece mentira,
    pero es cosa señalada,
    que de una sangre pareja,
    salga la cría cambiada.


    Los treinta años al servicio,
    pal’ mozo no fueron nada,
    se olvido mil cosas buenas,
    por una que salió mala.
    Yo me había aquerenciao,
    nunca conocí otra casa,
    que apegado a las costumbres,
    me hallaba en aquella estancia.

    Sí hasta parece mentira,
    mocoso sin sombra e’ barba
    que de guricito andaba,
    prendido de mis bombachas.
    Por él, le quité a unos teros
    dos pichoncitos, malaya!
    Y otra vez, nunca había bajao un nido,
    y por él gatié las ramas.


    Cuando ya se hizo muchacho,
    yo le amansé el malacara,
    y se lo entregué de riendas,
    pa’ que él solo lo enfrenara.
    Tenía un lazo trenzao,
    que gané en una domada,
    pal’ santo se lo osequié,
    ya que siempre lo admiraba.


    Y la única vez que El patrón,
    me pegó una levantada,
    fue por cargarme las culpas,
    que a él le hubieran sido caras.
    Zonceras, cosas del campo,
    la tranquera mal cerrada,
    y el terneraje e’ plantel,
    que se sale de las casas.
    Y eso, pal’ finao patrón,
    Era cosa delicada.


    Y bueno, pa’ que acordarme
    de una época pasada,
    me dije pa’ mis adentros,
    todo eso no vale nada.


    Sin mirarnos, arreglamos,
    metí en el cinto la plata,
    le estiré pa’ despedirme mi mano,
    Pa’ que apretara,
    y me la dejó tendida,
    cosa que yo no esperaba.
    Porque ese mozo no sabe,
    si un día ha de hacerle falta...

    Tranqueando me fui hasta el catre, alcé un atado que dejara,
    y me rumbié pal’ palenque,
    echándome atrás el ala.
    Ensillé, gané el camino,
    pegué la ultima mirada
    al monte, al galpón, los bretes,
    el molino, las aguadas,

    De arriba abrí la tranquera,
    eche el pañuelo a la espalda,
    por costumbre, prendí un negro,
    talonié mi moro Pampa,
    y ya me largué al galope,
    chiflando como si nada.


    Nadie salió a despedirme
    Cuando me fui de la estancia,
    Solamente el ovejero,
    un perro nomás,
    Cosas que pasan.


    Poema de Don Víctor Abel Jiménez
    Musica de Jose Larralde




    Mensajes del Alma



    En mi país por año hay
    15 mil chicos que vuelan
    como angelitos con sus
    alas por el buen aire
    con la suerte y la calma
    de no haber conocido nada

    para seguir siendo buenos
    quizás Dios robó esas almas

    Que piensas cuando te
    hablo de todo lo que paso
    viste que todas las
    cosas se saben con el tiempo
    suelto y aún viviendo
    el católico que bendijo
    ya perdió hace mucho
    tiempo su lugar en el cielo


    Todos los días que te
    lleve saber como esto fue
    te servirá para ser en
    otro tiempo algo más libre


    Son las únicas palabras
    que te pido escuchar si no me muero de
    verguenza hoy aca a todos por igual
    alguien nos espera
    y de cualquier
    manera llorarás


    Que dignidad tan grande la
    de creer siempre en la vida
    con solo ver una flor
    brotando entre las ruinas


    Tu canción fue la rueda de
    los días que siguieron
    tu canción fue mas lejos
    que la muerte que te hicieron
    no tengas miedo ya dimos
    la vuelta al espanto
    un viento algo más calmo
    se viene anunciando


    El polvo de estas calles
    pone a santo con represor
    pone al inocente en pena
    y despierta al asesino
    témpano del olvido y
    de nunca decir nada
    cuantas mirandas caídas
    sin ver que es lo que pasa
    ningún dolor se siente
    mientras le toque al vecino
    el que manda a matar
    es para sentirse mas vivo

    Son mensajes del alma
    herida pero bien clara sobre
    lo cobarde toda la verdad
    ángel rubio de la muerte
    de que poco te sirvió
    el himno, Jesús, la bandera,
    y el sol que te vió.


    LEON GIECO
    • Mahatma Gandhi
    • Si nosotros existimos,
    • si nuestros padres
    • y sus padres han existido,
    • entonces es natural
    • creer en el Padre
    • de toda la creación. Si Él no existe,
    • nosotros no existimos
    • en parte alguna.
    • Él es uno y, al mismo
    • tiempo, es muchos.
    • Es más pequeño que un
    • átomo y más grande que el
    • Himalaya.
    • Lo contiene hasta una gota
    • del océano y,
    • sin embargo, ni los
    • siete mares
    • pueden encerrarlo.
    • La razón es impotente
    • para conocerlo.
    • Él está más allá
    • del alcance o la
    • aprehensión racional.
    • No es necesario
    • que continúe insistiendo
    • sobre el tema.
    • En esta cuestión
    • lo esencial es
    • la fe. Mi lógica puede
    • hacer
    • y deshacer innumerables
    • hipótesis.
    • Un ateo podría derrotarme
    • en un debate;
    • sin embargo,
    • mi fe corre tanto
    • más rápidamente que mi razón,
    • por lo cual puedo desafiar a
    • l mundo
    • entero y decir que
    • "Dios es, fue y será siempre.”
    • No obstante, aquellos que
    • quieran negar su existencia,
    • tienen la
    • libertad de hacerlo.
    • Dios es misericordioso
    • y compasivo:
    • no es un rey
    • terrenal que necesita un
    • ejército para hacernos
    • aceptar su poder.
    • Él nos
    • concede la libertad y,
    • sin embargo,
    • Su compasión ordena
    • obediencia a
    • Su voluntad.
    • Si alguien desdeña inclinarse
    • ante Su voluntad, El dice:
    • "Así sea; no por esto mi
    • sol brillará menos para ti,
    • ni tampoco mis
    • nubes para ti han de llover menos.
    • No necesito forzarte para que aceptes
    • mi poder."
    • Dejemos, pues,
    • al ignorante que discuta
    • la existencia de
    • semejante Dios.
    • Yo soy uno de los millones
    • de hombres sabios que
    • creen en El y nunca
    • me cansaré de inclinarme ante
    • El ni de cantar Su gloria.