LAS VUELTAS DE LA CALESITA

Gira la calesita... lo sigue haciendo... vueltas y vueltas, describiendo ese círculo, por el que van mi vida (y mi muerte), junto a la de los demás pasajeros.
Compré suficientes boletos, como para no bajarme hasta que se cierre el entretenimiento. El muchacho que controla la subida y bajada de los nuevos paseantes, pasa a mi lado en cada detención, casi sin mirarme, y con un gesto rápido toma uno a uno los vales, lo que me significa volver a dar por lo menos diez vueltas, hasta la próxima parada.
Se trata del mismo carrusel en el cual hace muchos años traía a mis hijos los domingos por la tarde. Está remodelado, bien pintado, pero las figuras son las mismas de antaño.
Los cochecitos de una o dos plazas, los caballitos y patitos, movidos por un ingenioso mecanismo que los hacen subir y bajar a medida que avanzan; alguna canoa y también una nave espacial; y entremezclado con ellos, un banco de madera, con lugar para por lo menos tres personas adultas. Generalmente lo usan las madres más ansiosas en el cuidado de sus pequeños, o a veces con algún bebé en sus brazos, imposibilitado de sostenerse por sí mismo en las variantes que ofrece la calesita.
Lo que no ha cambiado, es el equipo de sonido, empalagoso, con resonancias casi ininteligibles, de las canciones supuestamente dirigidas a los niños, que también son las mismas de treinta años atrás.
La plaza conserva sus añosos árboles, pero está hermoseada y modernizada, con la pavimentación de caminos peatonales, profusión de bancos y ornamentales plantas que lucen algunas flores, pese al día invernal.
La luz también está mejorada, tanto en la plaza, como en las calles de los alrededores, y los frentes de los negocios y demás edificios vecinos, en su mayor parte cambiaron la fachada.
Hace como una hora estoy sentado en el banco, girando y girando; tanteo mi bolsillo y compruebo que tengo pases para un buen rato.
La ciudad está siento enmantada por la tonalidad rojiza del crepúsculo.
En estos giros que estamos dando, veo el bullicio de los chicos disfrutando en sus cabalgaduras y asientos, las miradas atentas de las madres, tías, padres o entenados cuidando de ellos, las calles circundantes transitadas lentamente por los que “están dando la vuelta del perro” del paseo dominguero en sus automóviles.
Una nueva detención, y gran parte del público que se renueva, mientras impasiblemente el encargado del control toma un nuevo ticket de mi mano; detrás del enrejado que separa al público mirón o custodio del terreno en el que se mueve la calesita, veo la mirada de un niño “cabecita negra”; un chico de muy humilde clase, con ojos desmesurados, y que denotan unos deseos insatisfechos de dar un par de giros con la calesita; con un gesto llamo al acomodador, y le hago una seña al niño, para que suba a la plataforma, y allí pongo en su mano tres o cuatro boletos, los que me agradece con una tímida sonrisa, y corre a montarse en uno de los caballitos móviles, emplazado justo delante de donde estoy sentado.
Se pone en marcha la nueva serie de giros, y la nena primorosa sentada en el caballito al lado del niño invitado por mí, comienza a hacer pucheros y llorisquear, mirando alternativamente al niño, sucio y descalzo pese al frío, y buscando fuera del recito a su madre. El cuidador se interpone entre ambos, tranquilizando a la niña. Me pongo a pensar porqué nadie quiere a los “negros” y a los borrachos. No sé porqué pensé en estas dos condiciones humanas. Pero nadie los quiere.
Los “negros” son unos vagos, atorrantes, no importa que sean infantes; nos quieren quitar todas nuestras pertenencias adquiridas en buena o mala ley; son piqueteros, afean la ciudad, viven en promiscuidad, se drogan desde temprana edad, y son por naturaleza proclives al delito y al crimen. Ese es el pensamiento de la “gente bien”. En cuanto a los borrachos, los únicos que los quieren, interesadamente claro, son los dueños de los bodegones y bares que estos frecuentan, y donde dejan día a día, hora a hora, sus magros billetes; cuando se les terminan las monedas, los sacan a las patadas o los hacen retirar con ayuda policial.
Luego de una breve parada, para el recambio de niños, se pone en marcha nuevamente el infernal giro, con esa música horrible de fondo, apagada por el chirriar de los mecanismos que mueven a la calesita y sus elementos. Pero se me cambia todo el panorama; ya no es la calesita la que gira, sino todo su entorno exterior; la gente del otro lado del cerco, las calles, los edificios; todo eso está girando y la calesita permanece quieta; se transforma la escenografía y en lugar de los maniquíes y figuras que hasta entonces veía, aparecen mesitas cuadradas, como la de los bares de mala muerte, ocupadas algunas por dos, otras por tres o cuatro parroquianos, mientras lo único que permanece igual que antes es mi banco. Hasta donde mi vista alcanza a divisar, en una mesita hay cuatro barulleros, jugando al truco, con gritos y palabras soeces; en otra mesita un solitario bebiendo, con la cabeza gacha, la mirada desviada, y con signos de haberse orinado en el pantalón; en otra, dos tipos callados, se dedican a libaciones etílicas sin más. Y la gente gira y gira alrededor, pero sin mover sus pies del suelo, ya que todo está girando en torno al carrusel.
Me toca en el hombre el acomodador, y entiendo debo alcanzarle otro boleto, ya que se reiniciará una nueva vuelta, con el bullicio de los niños, y el decorado vuelto a la normalidad. Un par de giros, normales esta vez, ya que efectivamente nos movemos nosotros mientras el público permanece en sus puestos, y como levantándose un telón, vuelven a cambiar los personajes; en lugar de niños, ahora está lleno de curas y monjas, con sotanas de distintos colores; por respeto tal vez, o incomodidad, permanecen paradazos al lado de cada elemento de la calesita: caballitos, autitos, etc. tomados con su mano izquierda por el caño que soporta a éstos, y sosteniendo en sus derechas unos libros negros; la música cambia y comienza un canto que dice: “Polvo eres y en polvo te convertirás” "Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Por eso también ustedes deben estar preparados porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen." La gente más allá del cerco, parece no verlos ni escucharlos, ya que siguen con su rumor habitual. Aunque hay un sector de madres, que sí agarran fuertemente de las manos a los niños, y en sus rostros se pinta la indignación; quizá reconocieron algún acusado escapado de algún juicio oral pero no público.
Nuevo recambio donde fue renovada en gran parte la clientela infantil, comenzó otra vez el giro de la calesita, asombrándome de que ahora estaba todo normal y en su lugar. Allí sentí como una electricidad por el cuerpo, y un fuerte dolor en la nuca; será un calambre, pensé, ya que llevaba varias horas sentado en el duro e incómodo banco de madera. Pero de pronto siento como mi cabeza gira sobre mi cuello, y con un chasquido al cumplir los ciento ochenta grados continúa su curso, para dar la vuelta completa; y así sucesivamente; mi cabeza gira sin detenerse; no sé si los demás lo advierten, pero dando vueltas sobre mi cuello como si quisiera desenroscarse, veo que sonríen los niños que están delante y detrás de mí. Mi confusión es terrible, porque gira mi cabeza, gira la calesita, y gira también el paisaje circundante.
Al fin se detiene. Se apagan las luces. Los chicos bajan, alguno en medio de lloriqueos, pidiendo otra vuelta, golosinas, o helados. La gente se retira en grupos. Se acerca quien manejaba la recreación y me dice: - Tiene que bajarse señor. El horario ha terminado.
Quiero explicar que aún me quedan un puñado de vales para más vueltas, pero inflexiblemente me contesta, ya con el humor más alterado: - Estamos cerrando. No hay más por hoy. Sus boletos le serán reconocidos el domingo que viene si desea.
Crucé mis brazos, y contesté desafiante que no me bajaba, al tiempo que veía como se iban apagando las últimas luces, y se cerraba con candado el cerco circundante.
Este relato puede tener muchos finales, pero describiré solamente tres, que son los que ocurrieron, al mismo tiempo, como una trinidad de una misma pesadilla, pero tan real como la noche que envolvía ahora a la ciudad. Y no son tres para que se elija el que más guste, sino porque son las tres caras de un mismo prisma.
Primer final:
El encargado de la calesita, irritado por mi comportamiento, se metió en la cabina de mando, y sin encender las luces, puso en marcha al motor propulsor; con una sacudida la calesita comenzó a girar, y fue adquiriendo velocidad; ya me producía vértigo, porque la velocidad se incrementaba, sintiendo como el viento frío cortaba mi cara. De pronto, una frenada en seco, y salgo despedido, literalmente volando, pasando por entre la jungla de caballitos y patitos, rozando el cerco perimetral y yendo a caer en un colchón de hojas bajo un corpulento árbol cercano. Allí quedé aturdido y semiinconsciente no sé cuando tiempo; cuando pude reaccionar, casi no se veía gente por la calle, y con dificultad me apoyé sentado al tronco del árbol, teniendo ante mi vista la inmóvil calesita y totalmente desierta la plaza.
Saco un cigarrillo aplastado del bolsillo trasero de mi pantalón; lo enciendo con dificultad a causa del frío viento; trato de reorganizar mis pensamientos; llego a la conclusión de que es lunes, la madrugada del día lunes; recuerdo entonces que debo presentarme al trabajo; siento deseos de beber; manoteo mis bolsillos y saco un puñado de vales para giros en la calesita que arrojo al viento; en el otro bolsillo encuentro un par de billetes arrugados y algunas monedas; eso me tranquiliza y entonces me pongo de pié. Sólo atisbo las luces de algún solitario vehículo que pasa por la esquina cercana. Me protejo con el tronco del árbol y atiendo mi necesidad fisiológica de orinar.
Seguro adonde me dirigía, pero con inseguridad en mis pasos y dolorido en diferentes partes del cuerpo, voy camino al bar que sabía estaba abierto. Llego a él, y pido me sirvan una ginebra doble con hielo y soda. Quien estaba de turno, casi en el amanecer, me mira con cara de culo, pero como me tiene visto de muchas veces, atiende mi pedido, no sin dejar de mirar significativamente, el gran cartel que pregona: “Prohibido el expendio de bebidas alcohólicas de tal hora a tal hora”. Me voy al patio para beber y fumar tranquilo. No siento el frío que está haciendo pero lo presiento en los transeúntes arropados que pasan y en el vapor que sale de sus narices y bocas. Terminada la copa, pienso “para no ir rengo” y pido me sirvan otra igual; pago mi cuenta, y la bebo con más tranquilidad.
Tengo que decidir si tomo el ómnibus u opto por un remise aunque sea más caro. Me resuelvo por este último medio, luego de un trajinado arqueo de caja, y me apeo al que estaba en primer lugar de la fila. Su conductor tiene música en el auto, y salvo preguntarme donde me deja, no nos dirigimos otra palabra.
Llegado al lugar de destino, debo tomar una nueva decisión: si entrar por la puerta del frente o la trasera; en realidad da lo mismo, ya que en cualquiera hay vigilancia, y de todos modos debo cruzar toda la oficina para llegar a mi lugar.
Allí estoy... es lunes otra vez...
(continuará)
HOMERO ALCIBIADES RACETO
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