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SAMUEL CERNADAS - Relato del 12 de abril de 1958

Relato de SAMUEL CERNADAS

 

 SAMUEL CERNADAS 

Publicado en “Del tiempo ido...” una recopilación de David Edgardo Quarín

 

DAVID EDGARDO QUARÍN

 

  

Los días 20 de septiembre la colonia italiana tiraba las puertas por las ventanas.

El programa de festejos era amplio y abarcaba "tuto il giorno".

Nosotros, los mozalbetes, esperábamos que terminara el último discurso de la sobremesa para ayudar a preparar el salón para el baile que duraba toda la tarde. Se bailaba vals, polkas, mazurcas, romandanza y el tango de salón: tres pasitos para acá, tres pasitos para

allá y un ruidito con el pulgar y el índice con las manos en actitud de baile clásico.

La moda exigía cuellos duros sostenidos los pabellones de las orejas, zapatos de charol con polainas blancas y abotonado de fantasía (costaban quince pesos), chaleco de piqué también con botones de fantasía y el impecable traje negro de casimir importado que lo pagábamos a plazo hasta cubrir los treinta y cinco pesos de su costo.

Era esta una de las fiestas esperadas en el pueblo todos los años por lo mucho que estos bailes entusiasmaban a la juventud ya que la única exigencia era estar presentable y guardar corrección. Era un verdadero regalo de la colonia italiana ala juventud en general.

En esa época, sobre la acera Oeste de calle Belgrano entre Patricio Diez e Iturraspe, la peluquería de Luis Marán (Yiyi) salón al más moderno, en esa fecha era asediado apenas pasaba el medio día. Los muchachos íbamos a que nos recortara los bigotes, los terciara bien punta amiba con cosmético y. nos peinara con algún perfume penetrante, llamativo, conquistador...

Eso de perfume era especialísimo. A tal punto se le consideraba Irremplazable, que ningún jovenzuelo se hubiera animado a decirle dos palabras al paso de una niña, si no estaba bien perfumado. Y por eso la acera de aquella peluquería era el punto de reunión de la juventud y lugar de preferencia para el paso de las chicas que eran piropeadas con perfumes de distintas marcas ya que el salón en permanente actividad olía a llores.

Allí luego de cena eran las sesiones de la C. D. del club "Granaderos”, Allí comentábamos la portentosa hazaña de Fels al hacer el doble cruce del Río de la Plata con su máquina y solamente resguardado con dos cámaras de bicicletas infladas colocadas en banderola por sobre sus hombros.

Ya entonces habían paseado por nuestras calles aquellos automóviles de llantas de goma dura que trajera don Pedro Nickisch para nuestra admiración y deslumbramiento.

Era la época del triunfo definitivo del motor a explosión que conquistaba adeptos entusiastas entre los que dedicaban sus actividades a la mecánica.

Uno de esos fue el pibe Alberto Róvere el que tanto hizo hasta que logró traerse una motocicleta. La primera en estas latitudes. La estudió tomillo por tomillo, hasta que una tarde, luego de hacerla marchar a motor a cero, se animó a que lo largáramos de frente al salón de Yiyi y con un ruido infernal siguió hacia el norte por la calle polvorienta atrayendo la atención del pacífico y raleado vecindario. Alberto desde aquella lejana época conserva hasta hoy su entusiasmo por los motores a explosión. Y yo, testigo presencial de aquel famoso pilotaje de la moto, lo declaro el motociclista número uno de la ciudad, recordando aquella cara de susto que puso cuando entre varios muchachos le dimos el envión de salida en su primer pilotaje.

  

(A.  H. M. R., "Tribuna". Año 37 N° 3860, Rqta., 12/04/1958)

  

Archivo Histórico Municipal de Reconquista

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