Argentina: cuestionan actitud de iglesia durante dictadura
Argentina: cuestionan actitud de iglesia durante dictadura
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La mayoría de los obispos argentinos apoyó al gobierno militar surgido del golpe de estado del 24 de marzo de 1976 y se abstuvo de condenar las graves violaciones a los derechos humanos que perpetró ese régimen, considera un nuevo libro dedicado a analizar la conducta de la iglesia católica en ese turbulento período.
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BUENOS AIRES (AP) _ La mayoría de los obispos argentinos apoyó al gobierno militar surgido del golpe de estado del 24 de marzo de 1976 y se abstuvo de condenar las graves violaciones a los derechos humanos que perpetró ese régimen, considera un nuevo libro dedicado a analizar la conducta de la iglesia católica en ese turbulento período.
El periodista Horacio Verbitsky, autor de "Doble juego. La argentina católica y militar", sostiene que el silencio se mantuvo a pesar de que algunos obispos y numerosos católicos figuraron entre las víctimas de la sangrienta represión del denominado "Proceso de Reorganización Nacional", que perduró hasta fines de 1983.
Según cifras gubernamentales, unas 13.000 personas fueron ejecutadas sumaria y clandestinamente. Pero estimaciones de organismos defensores de los derechos humanos ascienden a 30.000.
Verbitsky, que actualmente preside el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), trabajó varios años con documentación de la Cancillería argentina, informes diplomáticos "desclasificados" en Washington por el departamento de Estado y, fundamentalmente, material que le facilitaron algunos obispos y feligreses interesados en que se conociera la verdad.
En rueda de prensa el lunes Verbitsky dijo que la jerarquía católica "pidió perdón a Dios en el año 2000, por los actos criminales de algunos hijos de la iglesia, pero no hubo un pedido de perdón de los obispos a las víctimas de la represión".
Relata el autor que una semana después del golpe de 1976, el hoy retirado cardenal Francisco Primatesta, entonces arzobispo de Córdoba, "autorizó la entrega de domicilios de docentes y alumnos de colegios católicos a la inteligencia militar, que había solicitado esos datos invocando razones de seguridad... Varias personas de esas listas fueron secuestradas".
Cuando dos meses más tarde se reunió la Conferencia Episcopal, varios obispos dieron cuenta de la cruenta violencia represiva en sus diócesis, "pero (los obispos) resolvieron, por 39 a 19 votos, no emitir un documento crítico".
Dos obispos católicos, Enrique Angelelli, de La Rioja, y Horacio Ponce de León, de San Nicolás, que lideraban el sector "progresista" de la Iglesia, murieron en supuestos "accidentes de tránsito", que según se comprobó, fueron obra de los servicios de inteligencia militares.
Ante la exigencia de sectores católicos para que el Episcopado se pronunciara sobre esos hechos, el cardenal Primatesta respondió que "los obispos han elegido ser prudentes como las serpientes. Hay tiempos para hablar y tiempos para callar".
Seguramente el más grave de los episodios perpetrados por el gobierno militar contra sectores católicos acusados de "simpatizar con la subversión marxista", fue el asesinato la noche del 4 de julio de 1976 contra tres sacerdotes y dos seminaristas de la Orden Palotina, mientras dormían en dependencias de la parroquia de San Patricio, en la capital.
Los cinco fueron golpeados y acribillados por un grupo armado que ingresó a la parroquia, luego de conversar con policías que se alejaron rápidamente del lugar. Antes de retirarse, escribieron en las paredes del templo: "Estos zurdos (izquierdistas) murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes".
El difunto cardenal primado Juan Carlos Aramburu, según el libro, advirtió al ministro del Interior, general Albano Harguindeguy, que la iglesia "sabía sin lugar a dudas que los sacerdotes palotinos habían sido asesinados por fuerzas de seguridad del gobierno". No obstante el Episcopado optó por no denunciar en público el sangriento hecho.
En noviembre de 1977, las "Madres de Plaza de Mayo" pidieron ser recibidas por la Conferencia Episcopal, pero recibieron una respuesta negativa. Las mujeres se trasladaron hasta el lugar de la reunión y anunciaron que no se moverían, hasta ser atendidas.
Dos obispos fueron encargados de conversar con ellas, pero de pie, fuera del recinto, relató Verbitsky.
De buchones, plutócratas y Obispos: los colaboracionistas de la dictadura
Qué papel jugaron los civiles en la represión del Proceso
Alberto Daniel Golberg
La arena
Generalmente se recuerda el golpe de Estado de 1976 a partir de la brutal represión que desataron los militares. Pero de los civiles que colaboraron no se habla tanto.
Posiblemente los argentinos no nos hemos dado cuenta todavía de la trascendencia de la etapa que estamos viviendo; resulta difícil percibir la importancia de un período cuando la historia está pasando por nuestro lado.
Me refiero a la relevancia que le hemos dado de un tiempo a esta parte a la política sobre derechos humanos, considerando el aval que le ha brindado buena parte de la sociedad a la búsqueda de verdad y justicia en los sucesos ocurridos durante el septenio nefasto. Toda la historia de América Latina ha estado teñida de hechos de sangre, sin embargo en ningún caso ha existido un intento de llegar hasta el hueso de la infamia como está sucediendo en nuestro país, pues se está juzgando a cientos de militares y miembros de la fuerza de seguridad, responsables del genocidio.
Pero si queremos llegar hasta el fondo del horror, llegar a las últimas verdades para que las circunstancias jamás retornen, considero que se impone una profunda y dolorosa reflexión sobre el papel que jugó buena parte de la sociedad civil en la génesis y desarrollo de los sucesos. Pensemos por un instante: treinta mil desaparecidos, varios miles de presos y cientos de miles de exiliados. Fuimos muchos para que los nombres y paraderos de las víctimas sean rastreados exclusivamente por los servicios de información de las fuerzas armadas. Celos entre las diferentes armas, compartimentación, burocratización, hacían imposible que todo el sistema represivo hubiera sido soportado de manera exclusiva por las tres armas. No, el armado de la cadena infernal tuvo que contar con la generosa colaboración de una parte de la sociedad civil.
Las listas negras
La confección de listas fue el primer nivel de la complicidad: buchones colaboradores de los más diversos colores; en fábricas y oficinas: soplones camuflados, directores de empresas, patrones de Pymes, confeccionaron el listado de trabajadores díscolos, de gremialistas que no transaban con la patronal. En cada empresa la comunidad de información estableció sus tentáculos; también terminaron en las listas gente que no tenía ningún matiz de izquierda, mi compañero de la celda vecina en la Cárcel Modelo de San Nicolás votaba regularmente al partido de Alsogaray; un altercado sostenido por una cuestión de mujeres con un subteniente fue el motivo de su triste destino. También hubo casos de mujeres que no aceptaban los requerimientos amorosos de un gerente.
Una vez que se ingresaba a una lista, el puro azar quería que se terminara en el fondo del río, una tumba NN, un campo de concentración o una cárcel.
Volvamos a reflexionar: de los cientos de miles de argentinos tocados por la represión, ¿cuántos pertenecieron de manera directa o indirecta a los grupos armados? Treinta mil desaparecidos, ¿todos pertenecieron a los grupos armados de la izquierda? Si ese hubiera sido el caso, probablemente la historia del país hubiese sido otra. ¿Y si le sumamos los miles de encarcelados? De los que formaban parte de la guerrilla, probablemente los militares tenían ya información mucho antes del golpe, ¿pero cuántos fueron? La gran mayoría creíamos en una revolución sin sangre, democrática, también hubo militantes o simpatizantes de partidos que no podían calificarse de izquierda; hasta radicales cayeron en la volteada.
La complicidad civil
Del sistema estatal puedo dar referencia directa porque me tocó. Allí las listas las hicieron los jefes de secciones, directores de diferentes reparticiones; en el sector de educación los rectores de escuelas secundarias, decanos-interventores de facultades. Cientos, miles de estudiantes y también docentes fueron desaparecidos gracias a las listas pergeñadas en los recintos universitarios. Pero no solo cayeron docentes y estudiantes universitarios, también se ensañaron con estudiantes secundarios.
Mi caso podría calificarse de paradigmático de cómo funcionó el sistema. Hacia marzo del '76 trabajaba en la Estación Experimental de Pergamino del INTA. Pocos días después del golpe, la patota recaló en mi casa y partí con destino incierto. Primera etapa: la cárcel de San Nicolás, pero no tuve la suerte de entrar en ella, allí me encapucharon y continué camino en compañía de otro compañero tan 'pesado' como yo. En algún momento el micro se detuvo y fuimos arrojados al camino. Pasado un tiempo, imposible de mensurar, ambos fuimos cargados en el baúl de un automóvil y partimos hacia otro destino.
Allí en ese lugar -cuartel, comisaría o chacra- durante la tortura, tuve la evidencia de que mi culpa era ser un militante gremial. Cuando la picana se detenía, escuchaba la voz del que me interrogaba: la precisión de los detalles sobre la Estación Experimental que manejaba, sólo podría venir de informantes de la misma institución. Nuestras sospechas -fuimos seis los trabajadores que caímos- recayeron en el director. Mucho tiempo después, viviendo ya en Santa Rosa, establecí una relación de amistad con una persona de gran valor, quien había sido director de la Experimental de Anguil en ocasión del golpe. En una de las tantas conversaciones que manteníamos me hizo un comentario que ratificó plenamente estas sospechas acerca del que había sido nuestro entregador: 'Mire Golberg, cuando me pidieron la lista de los subversivos de Anguil, yo contesté que en la Estación no había ningún subversivo'.
El poder económico
Existieron otros niveles de co-responsabilidad: ¿Podríamos llamar plutocracia al conglomerado formado por la oligarquía terrateniente, el poder financiero, grandes industriales, todo un sistema de poder económico asociado al capital transnacional. Fue el verdadero motor del golpe, la represión de los movimientos populares se inscribió en la arquitectura económica trazada en 1976 durante el ministerio Martínez de Hoz y continuada con muy breves paréntesis hasta su estallido final en diciembre del 2001.
También tuvieron una porción importante de responsabilidad algunos personeros civiles. Figuras notables de partidos políticos tradicionales de la derecha y del centro le prestaron el toque de civilidad, participaron de los gobiernos procesistas ya sea como embajadores, secretarios de Estado, asesores y la mayor parte del Poder Judicial; bueno es recordar aquellos jueces que rechazaban los habeas corpus in limine, o los que se prestaron a realizar simulacros de juicios.
Occidentales y cristianos
La Iglesia Católica tuvo una responsabilidad mayor; fue aliada ideológica y soporte espiritual de los militares, en este sentido hubieron sacerdotes que prestaron asistencia a los verdugos, encargados de los trámites de desaparición, colaboraron en los campos de concentración en la tarea de obtener información de los torturados y candidatos a la desaparición, actuaron de placebo ante los familiares de los desaparecidos prometiéndoles ocuparse del caso, hecho que nunca ocurría. Su complicidad fue tan grande que ni siquiera actuaron cuando la represión cercenó las vidas de personalidades principales de la Iglesia como los obispos Angeleli y Ponce de León. Obviamente tampoco lo hicieron con los de menor jerarquía pues hubieron cientos de religiosos que padecieron la represión, sobre todo aquellos que pertenecían al sector progresista denominado del 'Tercer Mundo'.
¿Y qué decir de los miles, tal vez millones de los que decían: 'por algo será', 'no vimos nada'? Los que no se enteraron ni cuando la patota reventaba la casa del vecino, de aquellos que pegaban en el parabrisa de su auto 'Los argentinos somos derechos y humanos'.
Bueno es que recordemos todo esto, transcurridos ya casi 31 años del inicio de aquella época nefasta sin ánimo de venganza y sin rencor. Para que nunca más.
Fuente: lafogata.org
El obispo de la Rioja, monseñor Enrique Angelelli luchaba por una iglesia popular. Formó un movimiento de sacerdotes, religiosos y laicos que denunciaba los atropellos de los poderosos. Definitorio y profético, escribió a la Conferencia Episcopal Argentina: “Si los generales usurpan la misión de velar por la fe católica, hoy caerá un vicario general; mañana, un obispo”. Y cayó él. Había viajado a Córdoba para entrevistarse con el general Luciano Benjamín Menéndez. Como despedida, el obispo le sugirió rezar un Padre Nuestro por los perseguidos. “No los considero hijos de Dios”, dijo el jefe del III Cuerpo de Ejército. Según los comunicados, la camioneta Fiat en la que se trasladaba volcó en Punta de los Llanos. Arturo Pinto (que acompañaba al obispo) recordó que un Peugeot los arrinconó haciéndolos volcar y que él se desmayó. Al recobrar el conocimiento, vio a Angelelli tirado en el medio de la ruta: muerto, brutalmente golpeado.
COLABORADORES DE LA REPRESIÓN
Iglesia
Iglesia Católica
Nuncio apostólico (embajador del Vaticano en Bs.As.)
Mons. Pío Laghi (1976-1980)
Mons. Ubaldo Calabressi (1981-2000)
Presidente de la conferencia episcopal:
Mayo 1973 – Mayo 1976: Mons. Adolfo Tortolo
Mayo 1976 – Abril 1979: Mons. Raúl Primatesta
Abril 1979 – Abril 1982: Card. Raúl Primatesta
Abril 1982 – Abril 1985: Card: Juan Carlos Aramburu


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