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Categoría: LITERATURA

MUERTE CON-CEP-TUAL

raulcelsoar 20/11/2008 @ 14:02

MUERTE CON-CEP-TUAL

Judith Shapiro

 

  

¿Qué pasaría con los personajes,
si un día el escritor muriera?

  

Encendió la radio y aceleró. La ventanilla estaba bajada y el viento se arremolinaba en sus oídos, produciendo un estruendo que no le permitía escuchar con claridad. Subió el volumen.

 

IGLESIA

 

 


 

Ya podía ver su destino en el horizonte. La pequeña iglesia anzuelo estaba situada en medio del desierto, entendiendo la palabra como una extensa superficie con muy poca humedad en la que crece naturalmente escasísima vegetación.


 

Esa iglesia había sido erigida generacionesatrás en lo que habían querido que fuera una misión jesuítica. Más tarde se dieron cuenta de que los únicos seres humanos que habitaban la región eran ellos. Para tratar de remediar el error (o, por lo menos, darle uso al edificio), la habían convertido en iglesia de clausura. Varias personas, es decir, curas, se acercaron interesados por la "clausura" , pero luego de permanecer allí dos o tres meses volvieron a la civilización escapando del silencio y, sobre todo, del vacío en el alma que provocaba ese lugar.


 

Los rebeldes la habían tomado durante la revolución y la adoptaron como un lugar seguro donde mandar a vivir y estudiar a los hijos de los dirigentes, sabiendo que los capitalistas católicos seguramente no sabían de la presencia de esa iglesia, o por lo menos no le daban importancia. El padre que mantenía la iglesia era un hombre alto, de buen porte, cabeza lustrosa, y sotana. Sus años de juventud y esplendor habían pasado ya, pero eso no le impedía conservar la mente joven. Cuando los rebeldes llegaron, él no se había resistido demasiado a la ocupación, más bien poco y nada. Toda su vida había simpatizado con las ideas y premisas socialistas.


 

Lentamente su destino se acercaba. El auto corría por la ruta, pero la distancia que había que acortar era mayor de lo que parecía. "Bendita llanura", pensó y se rió de sí mismo.


 

El sol, como de otra manera no podía esperarse sin ningún tipo de elemento que produjera sombra, quemaba sin descanso. Algunas nubes pasaban silenciosamente por el cielo, sin atreverse a intervenir.


 

Al llegar a la altura de la iglesia dobló a la izquierda y estacionó el auto bajo una galería construida casi especialmente para eso. Se bajó y, automáticamente, encendió la alarma con su infalible bip-bip. Luego, entró.


 

La iglesia no era lo que se podía decir ortodoxa: las paredes y columnas estaban cubiertas con mármol verde veteado de blanco hasta una altura de un metro; los pasos de la vida de Cristo estaban tallados en madera de palo borracho, los vitreaux eran de muchos colores pero ninguna forma, y como cortina musical, sonaba en los parlantes un órgano tocando melodías celestiales, pegadizas y alegres. En una concavidad del fondo estaba el altar, casi en sombras y absolutamente no recargado. En el techo bajo y cupuloso de la franja central de la iglesia había un empapelado de suaves colores que iban del rosa al naranja incluyendo verdes, azules, amarillos y violetas. Todo parecía bastante viejo y gastado, pero el mismo paso de los años mantenía la escena estancada en perfecto equilibrio y armonía.


 

A pesar del calor de afuera, esta iglesia, como todas, se mantenía fresca. Era como si lo sagrado de ese lugar se conjugara con lo térmico del ambiente, para hacer más habitables las salas.


 

Una puerta lateral de madera se abrió suavemente y apareció el cura vestido con sotana.


 

—Pero, ¡hombre! ¿Qué hacés ahí mirando embobado el piso? —dijo, con el tono vigoroso que se usa para los viejos amigos. Luego de abrazarlo agregó—: Hubieras pasado directamente.


 

—Uno nunca se acostumbra —le contestó sonriendo apenas.


 

En silencio caminaron por la sacristía y la construcción más reciente que hacía de convento ateo para los chicos de la revolución. No había mucha sombra, pero sí una particular tristeza que opacaba los contornos. Se detuvieron ante una puerta de roble antiguo y grueso.


 

—No lo tensiones mucho —dijo el cura, mirando un punto sin importancia y sonriendo melancólicamente—. Es su despedida.


 

Con un movimiento de cabeza, le dio a entender que ya lo sabía. Desde adentro y en la cama, el desfalleciente vio abrirse la puerta y entrar el brazo con sotana y luego la cabeza lustrosa.


 

—Ya llegó... —empezó, pero el visitante interrumpió, mostrándose.


 

—Hola.


 

El viejo tan sólo asintió, con los ojos placenteramente cerrados. El cura los abandonó cerrando la puerta, y el visitante acercó a una silla al lado de la cama.


 

—¿Zergio no recibió la invitación? —preguntó el enfermo de vejez.


 

—Sí, pero seguro que no a tiempo —hizo una pequeña pausa—. Debe andar en alguna de tus locas aventuras —y se rió.


 

La edad tosió en el pecho del hombre de la cama. De todos los encuentros que habían tenido, este era el más extraño. ¿Cómo iba a despedirlo?


 

—¿Cómo? Pues con flores —dijo el viejo, y un ramo de calas floreció en un jarrón imaginado al lado de la puerta de roble.


 

"¿Tan fácil va a ser?", pensó.


 

—Sí —le contestó el viejo—. A menos que quieras escribirme el testamento. Total va a ser muy corto, entre las cosas que no tengo y la gente que no conozco...


 

Eso fue todo. Luego el escritor murió.


 

—Lo lamento —dijo el cura, al verlo salir a la iglesia con la hoja de bienes en las manos.


 

—Les dejó todo —dijo él, ofreciendo el papel—. A ustedes y a la revolución, excepto por el reloj de las cuatro.


 

Caminaron juntos hasta el auto y la alarma sonó desactivada con su infalible bip-bip. La humedad pesaba en el aire, y las nubes ya estaban listas para empezar a deshacerse. Un niño alegre se asomó por la puerta de la iglesia, llamando al cura y agitando una colorida máscara. El cura rió y dijo:


 

—Tengo que volver. Fue un gusto verte después de tantos años. —Le ofreció una mano que él estrechó enseguida y con afecto.


 

—Gracias por todo.


 

—No hay de qué —contestó el cura. Y luego, cuando el auto entraba a la ruta, gritó—: ¡Tené cuidado, que seguro llueve!


 

Bajó el vidrio y prendió la radio. El conflicto estaba resuelto. A medida que caía la lluvia, con calma se esfumaba... el espejismo de toda una vida.


 


 

Judith Shapiro es una joven de Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina 

LAS VUELTAS DE LA CALESITA - FINAL III – Parte I

raulcelsoar 14/10/2008 @ 15:51

LAS VUELTAS DE LA CALESITA - FINAL III – Parte I

El Poder Superior

Continuación de http://homero-alcibiades.nireblog.com/post/2008/10/09/las-vueltas-de-la-calesita-final-ii

Cuando llego a la pensión en la que paraba, siendo ya la medianoche, me encuentro en el pasillo, en forma casual, con el dueño de la misma, quien luego de los saludos me dice con gestos de complicidad: -Te estuvieron buscando, vos ya sabés, pero yo no te ví ni vos parás acá.

- Todo bien entonces – digo agradeciendo el encubrimiento de esta persona.

Me dirijo entonces al cuarto que tenía alquilado; enciendo la luz –un fluorescente ruidoso, desaliñado, y enmarañado literalmente, por las telas de laboriosas arañas, nunca interrumpidas por algún plumero o escoba- y me siento en la cama; estoy fundido, cansado, dolorido y desconcertado. Me quito los zapatos y escucho que llaman a la puerta.

Es el dueño de la pensión que me dice con cara de preocupación e impotencia: - Te buscan siete tipos, pero no pude esta vez decirles que no estabas, porque aparentemente te vieron entrar.

Con resignación, le digo que los haga pasar, y no tengo idea de quiénes, a estas horas, en este lugar, tengan tanto interés por verme.

La puerta había quedado entreabierta, y por allí aparece la primera de las personas, que se para frente a mí, mientras trato de salir de mi asombro ante lo que veía.

“Vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.” Apocalipsis 1:13-16

Tal es su aspecto y solo atino a preguntar: -¿Qué quiere de mí?
Permanezco sentado en la cama, y él parado frente a mí... imperturbable... todopoderoso.
-¿Qué haz hecho? ¿Porqué te comportas de esa manera? – tronó su lengua afilada.
-No sé quien es usted, y si viene disfrazado de algún carnaval, equivocó la entrada – dije en tono irrespetuoso.
-Sabes quien soy... no lo niegues ni te escondas; tengo millones de cosas que hacer en este momento, pero por mi omnipotencia, también puedo estar contigo. Nunca quisiste reconocerme; te lo repito, soy tu Poder Superior. Poder al que debiste someter tu voluntad, al que te obligaste a servir y tomar como guía de tus pasos; al que en momentos de tribulación imploraste sollozando como un niño, y entonces todo te era perdonado. Poder que tu soberbia, orgullo y vanidad, no te permitió reconocer. Poder del que despreciaste las incontables gracias, talentos y ayudas que te brindé.

El sermón me está fastidiando, pero solo atino a bajar mi cabeza y volver a repreguntar:
-¿Qué quiere de mí?

-Como jamás dejo a mis hijos, vengo a darte una oportunidad, para que brote de tu corazón el arrepentimiento; golpeo una vez a tu puerta, de la cual únicamente tú tienes la llave; sabes que soy misericordioso y que solo depende de tu decisión, ya que sigues siendo libre. Sólo debes saber, que un pecado no se perdona, ni en los cielos ni en la tierra; el pecado contra el Espíritu Santo; pero igualmente tienes una oportunidad; tus apostasías, tus herejías, tus blasfemias, pueden ser borradas.

Mi gesto de escepticismo hace que la reconvención continúe de esta manera:

- Se te colmó de gracias y oportunidades, que cambiaste en tu vida, por orgullo y vanidad, por soberbia y pereza, por lujuria y gula, iracundo contra tu poder superior... Pero la providencia y el accionar de mucha gente, me obliga a este gesto postrero, aunque el Poder Superior, solo está obligado a sus promesas, y ésas, también te las brindé en abundancia... Sin embargo te hiciste amigo del ángel caído, y con el cabalgaste por el mundo desparramando la maldad, incitando a otros a desconocer a su creador, provocando escándalo y perversión...

Atónito, estoy viendo, cómo quien me acaba de hablar, sale de la habitación, a través de la puerta, aunque esta permane cerrada...

(Continuará)

HOMERO ALCIBIADES RACETO

LAS VUELTAS DE LA CALESITA - FINAL II

raulcelsoar 09/10/2008 @ 20:26

 

 

 

Continuación de  http://homero-alcibiades.nireblog.com/post/2008/10/08/las-vueltas-de-la-calesita

 

 

INFIERNO

 

 

Final II

 

El muchacho que atendía la calesita se retiró, quedando confinado yo tras el cerco cerrado,  y permanecí en mi banco que había ocupado por varias horas, aunque no resultaba difícil sortear el obstáculo del perímetro para salir de allí.

 

Con las luces de la noche, veo más allá del recinto, en una vereda y bajo un árbol, a toda mi familia, que me observaba; estaban allí mi mujer y mis hijos, mi madre, algún cuñado, mis hermanas; en todos había mirada de pesar, tristeza, vergüenza y reproche. Bajé mi cabeza y permanecí así unos minutos meditando, pero cuando volví mi mirada al lugar de la congregación, estos personajes se habían desvanecido.

 

Comencé a sentir unos dolores musculares, calambres y contracturas; sentía que me iba metamorfoseando; sonidos anormales, ruidos de cosas que se rompen, y un descontrol muscular y óseo cual si un artista plástico me estuviese moldeando.

 

Cuando se calmó un poco el barullo, atiné a mirar que me había pasado, y me veo convertido en un horripilante monstruo, enclavado en el banco de madera; el aspecto era el de un pez raya, comprobando que tenía la boca en la parte ventral, como suelen tenerla esos animales; la cola terminaba en un tridente, y cubría mi dorso una piel parecida a la de los cocodrilos;  de la parte delantera me salían dos cuernos alargados, en cuyos extremos bailaban un par de globos oculares humanos, que me permitían distinguir toda la escena. En mi lomo había como una  fuente bronceada, en la que ardían brasas,  en cuyo crepitar despedían chispas y un fuerte humo, con olor desagradable y sulfuroso. Mi boca babeaba un líquido verdoso, casi fluorescente, que caía a los tablones del piso.

 

 

La única parte móvil que poseía, eran mis ojos, que se bamboleaban en el desconcierto.

Poco a poco se fueron extinguiendo los carbones encendidos, hasta quedar reducidos a cenizas. Sentía que mi cuerpo se relajaba, y aunque no cambiaba el aspecto monstruoso, sus perfiles se iban suavizando, al adquirir es aspecto de una estatua de yeso. En eso quedé finalmente, conteniendo alguna parte viva de mi, que me permitía presentir lo que ocurría a mi alrededor, escuchar voces, pero todo envuelto en la más completa oscuridad. 

 

Las primeras voces que escuché, debieron ser de agentes de policía, por la jerga que usaban, y estuvieron un rato tomando mediciones, haciendo llamadas por celulares y radios.

Finalmente uno dijo: -Bueno, no sabemos nada del loco que abulonó este esperpento al banco. Llamemos a los bomberos para que limpien esto.

 

Escuché entonces el ruido de un golpe, y un quejido, y alguien que exclamaba - ¡Guarda con esa mierda verde!

 

Alguien la había pisado, y resbaló provocándose contusiones y heridas. Sirenas de ambulancias y bomberos ,  se hicieron notorias al llegar al lugar; con alguna herramienta cortaron los tornillos que sujetaban al bloque de yeso, para finalmente sentir que soy arrojado a la caja de un camión, en la cual la figura se parte en dos pedazos, por las expresiones que oigo: - Mirá, estaba relleno de esa porquería verdosa. Tengan cuidado no sea tóxica o algún ácido cáustico.

 

El traqueteo del camión se detuvo; posiblemente tenía una caja volcadora, porque caí envuelto en otros escombros o restos de basura, en un sitio que desconocía. Alguien dijo entonces: -Que nombre raro le han puesto a este basural... Gehema...

 

Creo que permanecí varios días allí, localizando de tanto en tanto los pasos de cartoneros, linyeras, acopiadores de basura, o sintiendo la descarga de otros desperdicios que  se amontonaban a mi alrededor.

 

Entonces un día de viento comenzó el fuego; mucho material combustible alrededor, porque las llamas eran persistentes y voraces; duraron mucho tiempo; primero hicieron estallar partes del yeso, hasta que finalmente lo redujeron a cenizas; en alguna porción de esas cenizas, permanecía alguna neurona mía, porque aún en ese estado, podía tener percepción de algunas cosas que ocurrían en el basural.

 

Un día oigo pasos, voces, y luego el sonido de una pala, una y otra vez y la voz que decía: -Esta tierra es buena; cargá unas paladas de ese lugar; nos servirá para nuestra plantación. Así fue, que mezcladas con tierra, mis cenizas fueron a parar a una bolsa. Ya mi ser estaba desmembrado hasta lo imposible, pero supe que me transportaban a algún lugar, que tal vez sería mi morada definitiva.

 

Me esparcieron mezclado con la tierra, en un pozo donde cuidadosamente plantaron las raíces de un árbol; a medida que iban rellenándolo de tierra, fertilizantes y plaguicidas, fui perdiendo contacto con el mundo exterior.

 

Nunca sabría si el árbol crecería, si daría frutos o al menos sombra, o si se secaría como la higuera maldita de hace dos mil años.

 

Nunca lo supe...

  

 

          

(continuará)

 

Continúa en http://homero-alcibiades.nireblog.com/post/2008/10/14/las-vueltas-de-la-calesita-final-iii-%e2%80%93-parte-i

HOMERO ALCIBIADES RACETO

LAS VUELTAS DE LA CALESITA

raulcelsoar 08/10/2008 @ 17:16

LAS VUELTAS DE LA CALESITA

 

CALESITA

 

 

 

Gira la calesita... lo sigue haciendo... vueltas y vueltas, describiendo ese círculo, por el que van mi vida (y mi muerte), junto a la de los demás pasajeros.

 

Compré suficientes boletos, como para no bajarme hasta que se cierre el entretenimiento. El  muchacho que controla la subida y bajada de los nuevos paseantes, pasa a mi lado en  cada detención, casi sin mirarme, y con un gesto rápido toma uno a uno los vales, lo que me significa volver a dar por lo menos diez vueltas, hasta la próxima parada.

 

Se trata del mismo carrusel  en el cual hace muchos años traía a mis hijos los domingos por la tarde. Está remodelado, bien pintado, pero las figuras son las mismas de antaño.

Los cochecitos de una o dos plazas, los caballitos y patitos, movidos por un ingenioso mecanismo que los hacen subir y bajar a medida que avanzan; alguna canoa y también una nave espacial; y entremezclado con ellos, un banco de madera, con lugar para por lo menos tres personas adultas. Generalmente lo usan las madres más ansiosas en el cuidado de sus pequeños, o a veces con algún bebé en sus brazos, imposibilitado de sostenerse por sí mismo en las variantes que ofrece la calesita. 

Lo que no ha cambiado, es el equipo de sonido, empalagoso, con resonancias casi ininteligibles, de las canciones supuestamente dirigidas a los niños, que también son las mismas de treinta años atrás.

 

La plaza conserva sus añosos árboles, pero está hermoseada y modernizada, con la pavimentación de caminos peatonales, profusión de bancos y ornamentales plantas que lucen algunas flores, pese al día invernal.

 

La luz también está mejorada, tanto en la plaza, como en las calles de  los alrededores, y los frentes de los negocios y demás edificios vecinos, en su mayor parte cambiaron la fachada.

Hace como una hora estoy sentado en el banco, girando y girando; tanteo mi bolsillo y compruebo que tengo pases  para un buen  rato.

 

La ciudad está siento enmantada por la tonalidad rojiza del crepúsculo.

 

En estos giros que estamos dando, veo el bullicio de los chicos disfrutando en sus cabalgaduras y asientos, las miradas atentas de las madres, tías, padres o entenados cuidando de ellos, las calles circundantes transitadas lentamente por los que “están dando la vuelta del perro” del paseo dominguero en sus automóviles.

 

Una nueva detención, y gran parte del público que se renueva, mientras impasiblemente el encargado del control  toma un nuevo ticket de mi mano; detrás del enrejado que separa al público mirón o custodio del terreno en el que se mueve la calesita, veo la mirada de un niño “cabecita negra”; un chico de muy humilde clase, con ojos desmesurados, y que denotan unos deseos insatisfechos de dar un par de giros con la calesita; con un gesto llamo al acomodador, y le hago una seña al niño, para que suba a la plataforma, y allí pongo en su mano tres o cuatro boletos, los que me agradece con una tímida sonrisa, y corre a montarse en uno de los caballitos móviles, emplazado justo delante de donde estoy sentado.

 

Se pone en marcha la nueva serie de giros, y la nena primorosa sentada en el caballito al lado del niño invitado por mí, comienza a hacer pucheros y llorisquear, mirando alternativamente al niño, sucio y descalzo pese al frío, y buscando fuera del recito a su madre. El cuidador se interpone entre ambos, tranquilizando a la niña. Me pongo a pensar porqué nadie quiere a los “negros” y a los borrachos. No sé porqué pensé en estas dos condiciones humanas. Pero nadie los quiere.

 

Los “negros” son unos vagos, atorrantes, no importa que sean infantes; nos quieren quitar todas nuestras pertenencias adquiridas en buena o mala ley; son piqueteros, afean la ciudad, viven en promiscuidad, se drogan desde temprana edad, y son por naturaleza proclives al delito y al crimen. Ese es el pensamiento de la “gente bien”. En cuanto a los borrachos, los únicos que los quieren, interesadamente claro, son los dueños de los bodegones y bares que estos frecuentan, y donde dejan día a día, hora a hora, sus magros billetes; cuando se les terminan las monedas, los sacan a las patadas o los hacen retirar con ayuda policial.

Luego de una breve parada, para el recambio de niños, se pone en marcha nuevamente el infernal giro, con esa música horrible de fondo, apagada por el chirriar de los mecanismos que mueven a la calesita y sus elementos. Pero se me cambia todo el panorama; ya no es la calesita la que gira, sino todo su entorno exterior; la gente del otro lado del cerco, las calles, los edificios; todo eso está girando y la calesita permanece quieta; se transforma la escenografía y en lugar de los maniquíes y figuras que hasta entonces veía, aparecen mesitas cuadradas, como la de los bares de mala muerte, ocupadas algunas por dos, otras por tres o cuatro parroquianos, mientras lo único que permanece igual que antes es mi banco. Hasta donde mi vista alcanza a divisar, en una mesita hay cuatro barulleros, jugando al truco, con gritos y palabras soeces; en otra mesita un solitario bebiendo, con la cabeza gacha, la mirada desviada, y con signos de haberse orinado en el pantalón; en otra, dos tipos callados, se dedican a libaciones etílicas sin más. Y la gente gira y gira alrededor, pero sin mover sus pies del suelo, ya que todo está girando en torno al carrusel.

 

Me toca en el hombre el acomodador, y entiendo debo alcanzarle otro boleto, ya que se reiniciará una nueva vuelta, con el bullicio de los niños, y el decorado vuelto a la normalidad. Un par de giros, normales esta vez, ya que efectivamente nos movemos nosotros mientras el público permanece en sus puestos, y como levantándose un telón, vuelven a cambiar los personajes; en lugar de niños, ahora está lleno de curas y monjas, con sotanas de distintos colores; por respeto tal vez, o incomodidad, permanecen paradazos al lado de cada elemento de la calesita: caballitos, autitos, etc. tomados con su mano izquierda por el caño que soporta a éstos, y sosteniendo en sus derechas unos libros negros; la música cambia y comienza un canto que dice: “Polvo eres y en polvo te convertirás” "Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Por eso también ustedes deben estar preparados porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen." La gente más allá del cerco, parece no verlos ni escucharlos, ya que siguen con su rumor habitual. Aunque hay un sector de madres, que sí agarran fuertemente de las manos a los niños, y en sus rostros se pinta la indignación; quizá reconocieron algún acusado escapado de algún juicio oral pero no público.

 

Nuevo recambio donde fue  renovada en gran parte la clientela infantil, comenzó otra vez el giro de la calesita, asombrándome de que ahora estaba todo normal y en su lugar. Allí sentí como una electricidad por el cuerpo, y un fuerte dolor en la nuca; será un calambre, pensé, ya que llevaba varias horas sentado en el duro e incómodo banco de madera. Pero de pronto siento como mi cabeza gira sobre mi cuello, y con un chasquido al cumplir los ciento ochenta grados continúa su curso, para dar la vuelta completa; y así sucesivamente; mi cabeza gira sin detenerse; no sé si los demás lo advierten, pero dando vueltas sobre mi cuello como si quisiera desenroscarse, veo que sonríen los niños que están delante y detrás de mí. Mi confusión es terrible, porque gira mi cabeza, gira la calesita, y gira también el paisaje circundante.

 

Al fin se detiene. Se apagan las luces. Los chicos bajan, alguno en medio de lloriqueos, pidiendo otra vuelta, golosinas, o helados. La gente se retira en grupos. Se acerca quien manejaba la recreación y me dice: - Tiene que bajarse señor. El horario ha terminado.

Quiero explicar que aún me quedan un puñado de vales para más vueltas, pero inflexiblemente me contesta, ya con el humor más alterado: - Estamos cerrando. No hay más por hoy. Sus boletos le serán reconocidos el domingo que viene si desea.

Crucé mis brazos, y contesté desafiante que no me bajaba, al tiempo que veía como se iban apagando las últimas luces, y se cerraba con candado el cerco circundante.

Este relato puede tener muchos finales, pero describiré solamente tres, que son los que ocurrieron, al mismo tiempo, como una trinidad de una misma pesadilla, pero tan real como la noche que envolvía ahora a la ciudad. Y no son tres para que se elija el que más guste, sino porque son las tres caras de un mismo prisma.

 

 

Primer final:

 

 

 

El encargado de la calesita, irritado por mi comportamiento, se metió en la cabina de mando, y sin encender las luces, puso en marcha al motor propulsor; con una sacudida la calesita comenzó a girar, y fue adquiriendo velocidad; ya me producía vértigo, porque la velocidad se incrementaba, sintiendo como el viento frío cortaba mi cara. De pronto, una frenada en seco, y salgo despedido, literalmente volando, pasando por entre la jungla de caballitos y patitos, rozando el cerco perimetral y yendo a caer en un colchón de hojas bajo un corpulento árbol cercano. Allí quedé aturdido y semiinconsciente  no sé cuando tiempo; cuando pude reaccionar, casi no se veía gente por la calle, y con dificultad me apoyé sentado al tronco del árbol, teniendo ante mi vista la inmóvil calesita y totalmente desierta la plaza.

 

Saco un cigarrillo aplastado del bolsillo trasero de mi pantalón; lo enciendo con dificultad a causa del frío viento; trato de reorganizar mis pensamientos; llego a la conclusión de que es lunes, la madrugada del día lunes; recuerdo entonces que debo presentarme al trabajo; siento deseos de beber; manoteo mis bolsillos y saco un puñado de vales para giros en la calesita que arrojo al viento; en el otro bolsillo encuentro un par de billetes arrugados y algunas monedas; eso me tranquiliza y entonces me pongo de pié. Sólo atisbo las luces de algún solitario vehículo que pasa por la esquina cercana. Me protejo con el tronco del árbol y atiendo mi necesidad fisiológica de orinar.

 

Seguro adonde me dirigía, pero con inseguridad en mis pasos y dolorido en diferentes partes del cuerpo, voy camino al bar que sabía estaba abierto. Llego a él, y pido me sirvan una ginebra doble con hielo y soda. Quien estaba de turno, casi en el amanecer, me mira con cara de culo, pero como me tiene visto de muchas veces, atiende mi pedido, no sin dejar de mirar significativamente, el gran cartel que pregona: “Prohibido el expendio de bebidas alcohólicas de tal hora a tal hora”. Me voy al patio para beber y fumar tranquilo. No siento el frío que está haciendo pero lo presiento en los transeúntes arropados que pasan y en el vapor que sale de sus narices y bocas. Terminada la copa, pienso “para no ir rengo” y pido me sirvan otra igual; pago mi cuenta, y la bebo con más tranquilidad.

 

Tengo que decidir si tomo el ómnibus u opto por un remise aunque sea más caro. Me resuelvo por este último medio, luego de un trajinado arqueo de caja, y  me apeo al que estaba en primer lugar de la fila. Su conductor tiene música en el auto, y salvo preguntarme donde me deja, no nos dirigimos otra palabra.

 

Llegado al lugar de destino, debo tomar una nueva decisión: si entrar por la puerta del frente o la trasera; en realidad da lo mismo, ya que en cualquiera hay vigilancia, y de todos modos debo cruzar toda la oficina para llegar a mi lugar.

 

Allí estoy... es lunes otra vez...

 

(continuará)

 

HOMERO ALCIBIADES RACETO

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CUENTO PARA EL FINDE

raulcelsoar 29/09/2008 @ 21:47

CUENTO PARA EL FINDE

De: Raúl Lelli raulelli@yahoo.com.ar

MENDIETA

 

ADABEL Y MENDIETA (Cuento)

 

Adabel, el ángel,  se despertó esa mañana presintiendo que su rutina sería distinta.

Desayunó y tras darse una ducha y vestirse se encaminó al trabajo que quedaba en la universidad.

Después de marcar tarjeta, un supervisor le designó una tarea para él desconocida, pero audaz no se amedrentó y se sentó frente a la computadora quien le dio la bienvenida mostrando en la pantalla la siguiente leyenda:

“Bienvenido Ángel” ¿Cómo estás?

Ni lerdo ni perezoso tecleó: - ¡bien gracias por tu bienvenida! ¿Qué tenemos hoy?

Y la computadora le contestó: - ¡Lo de todos los días, luchar con la gente egoísta e hipócrita y según el tablero que está al final de la sala dice: Infierno: 2.365.477 – Cielo: 122 en lo que va del mes y la verdad esto es muy desparejo y por más que sea una computadora me estoy cansando.

Pasa que el junigranputi del diablo corre con ventaja porque él tiene a su favor un montón de culos hermosos, tetas del tamaño y color que le pidas, bebidas, drogas, boliches y cuanta pelotudez se te ocurra, en cambio nosotros tenemos las estampitas de los santos con las ovejitas, todo en tonos pasteles muy suaves, templos fríos con misas y cánticos que duermen a casi todos y como si eso fuera poco el curita que está a cargo en Italia hecho a la mitad mas uno de los feligreses porque en su gran mayoría están divorciados, lo que parecer ser que en un cónclave (que no sé bien que carajo quiere decir cónclave) se puso de acuerdo con todos los demás curas de esos que tienen los bonetes mitrales, para excomulgar a los divorciados, creando un geto de expulsados excomulgados y que andan pecando a troche y moche porque dicen que al estar excomulgados no hay bala que les entre ni pecado que se les compute, precisamente por haber quedado fuera del sistema.

Ayer mismo me comunicaron de la sede esa de Italia, que los números de empadronados de los excomulgados han sido dados de baja y que los han empadronado en el PAMI EXCOMIG (Programa Asistencial Ministerio Interior de descartados por la iglesia).

Ahora, se me ha armado un quilombito más o menos en mi base de datos, porque resulta que en el código de pecados si un laico le hace chupar el pito a un menor o lo viola es un degenerado, va a parar en cana y encima en la cárcel se lo fifan, pero hay un curita, un tal Sassi (entre un montonazo más) o algo así que se fifó un montón de pendejos, se hizo petear con una gran mayoría y resulta que en el código de habeas pendex dice: Si un religioso fuere sorprendido en deslices sexuales non santos, será la obra maquiavélica de Satán.

Y el otro día a causa de que mi disco rígido había quedado tieso por semejante explicación, todo se me aclaró cuando la Kasán me dijo que cura que se hace petear está bien, porque si es hijo de Dios, es sobrino del diablo y todo vale.

A decir verdad don Ángel, los humanos me han creado para ayudarlos en sus vidas organizando bases de datos, creando ecuaciones matemáticas que les llevarían años y simplificarles la tarea cotidiana, pero esto me supera y no creo que sea problema de velocidad o memoria.

Ahora con este tema de lo que para uno está mal, para otro no tanto, a decir verdad lo comparo con algunos políticos y periodistas (perdón por las malas palabras) y caemos en la misma y mucho peor si lo dividimos en clases sociales como el caso de Cecilia la hija del Dr. Barragán que le dijo a sus padres que estaba embarazada mientras su padre estaba en copas y su mamá festejando en un party de sólo mujeres.

Claro, lo que no sabía, era que del otro lado del muro estaba la Chechu preñadasa como una yegua, mientras el borracho del albañil que tiene por padre se agarraba una mamúa de aquellas al saber que su mujer era lesbiana y festejaba con amigas la preñez de su nena.

Así fue que desesperado ante tanta locura, buscando en mis archivos me encontré con Mendieta, el perro de Inodoro Pereyra a quien lo interioricé de mi problema.

Y ahí nomás me di cuenta que había dado con la tecla cuando Mendieta me miró a los ojos y con el hocico partío y el rabo entre las piernas, con su mirada indulgente exclamó entre voz humana y de perro: - Nosiaga problema, haga como todos, déme una patada en el culo, saque  la bronca pa’juera que yo miencargo nomá.

Siendo computadora diande mierda loiba patiá y ahura compriendo, que por boludiá con Mendieta se miapegau la tonada  ¡ya no soy más una PC computer!

Y comencé a gritar desde lo más íntimo de mis memorias RAM, ¡Don Inodoro!, Don Inodorooooooooooooo!!!!

Y don Inodoro ni ahí y el vengativo del Mendieta, me meó los cables.

-FIN-

 

SAMUEL CERNADAS - Relato del 12 de abril de 1958

raulcelsoar 25/09/2008 @ 22:17

Relato de SAMUEL CERNADAS

 

 SAMUEL CERNADAS 

Publicado en “Del tiempo ido...” una recopilación de David Edgardo Quarín

 

DAVID EDGARDO QUARÍN

 

  

Los días 20 de septiembre la colonia italiana tiraba las puertas por las ventanas.

El programa de festejos era amplio y abarcaba "tuto il giorno".

Nosotros, los mozalbetes, esperábamos que terminara el último discurso de la sobremesa para ayudar a preparar el salón para el baile que duraba toda la tarde. Se bailaba vals, polkas, mazurcas, romandanza y el tango de salón: tres pasitos para acá, tres pasitos para

allá y un ruidito con el pulgar y el índice con las manos en actitud de baile clásico.

La moda exigía cuellos duros sostenidos los pabellones de las orejas, zapatos de charol con polainas blancas y abotonado de fantasía (costaban quince pesos), chaleco de piqué también con botones de fantasía y el impecable traje negro de casimir importado que lo pagábamos a plazo hasta cubrir los treinta y cinco pesos de su costo.

Era esta una de las fiestas esperadas en el pueblo todos los años por lo mucho que estos bailes entusiasmaban a la juventud ya que la única exigencia era estar presentable y guardar corrección. Era un verdadero regalo de la colonia italiana ala juventud en general.

En esa época, sobre la acera Oeste de calle Belgrano entre Patricio Diez e Iturraspe, la peluquería de Luis Marán (Yiyi) salón al más moderno, en esa fecha era asediado apenas pasaba el medio día. Los muchachos íbamos a que nos recortara los bigotes, los terciara bien punta amiba con cosmético y. nos peinara con algún perfume penetrante, llamativo, conquistador...

Eso de perfume era especialísimo. A tal punto se le consideraba Irremplazable, que ningún jovenzuelo se hubiera animado a decirle dos palabras al paso de una niña, si no estaba bien perfumado. Y por eso la acera de aquella peluquería era el punto de reunión de la juventud y lugar de preferencia para el paso de las chicas que eran piropeadas con perfumes de distintas marcas ya que el salón en permanente actividad olía a llores.

Allí luego de cena eran las sesiones de la C. D. del club "Granaderos”, Allí comentábamos la portentosa hazaña de Fels al hacer el doble cruce del Río de la Plata con su máquina y solamente resguardado con dos cámaras de bicicletas infladas colocadas en banderola por sobre sus hombros.

Ya entonces habían paseado por nuestras calles aquellos automóviles de llantas de goma dura que trajera don Pedro Nickisch para nuestra admiración y deslumbramiento.

Era la época del triunfo definitivo del motor a explosión que conquistaba adeptos entusiastas entre los que dedicaban sus actividades a la mecánica.

Uno de esos fue el pibe Alberto Róvere el que tanto hizo hasta que logró traerse una motocicleta. La primera en estas latitudes. La estudió tomillo por tomillo, hasta que una tarde, luego de hacerla marchar a motor a cero, se animó a que lo largáramos de frente al salón de Yiyi y con un ruido infernal siguió hacia el norte por la calle polvorienta atrayendo la atención del pacífico y raleado vecindario. Alberto desde aquella lejana época conserva hasta hoy su entusiasmo por los motores a explosión. Y yo, testigo presencial de aquel famoso pilotaje de la moto, lo declaro el motociclista número uno de la ciudad, recordando aquella cara de susto que puso cuando entre varios muchachos le dimos el envión de salida en su primer pilotaje.

  

(A.  H. M. R., "Tribuna". Año 37 N° 3860, Rqta., 12/04/1958)

  

Archivo Histórico Municipal de Reconquista

LA METAMORFOSIS DE JACINTO

raulcelsoar 10/09/2008 @ 04:15

LA METAMORFOSIS DE JACINTO

INTENTO FALLIDO DE PLAGIO A KAFKA

Me había dormido con la lectura de “La Metamorfosis” de Franz Kafka, luego de un día muy agitado, que pudo con mi resistencia física y mental.
Desperté lentamente, notando que estaba avanzada la mañana, porque la luz atravesaba el cortinado de mi habitación. Permanecía encendida la luz del velador en la mesita contigua a la cama, lo que indicaba que evidentemente me quedé dormido sin darme cuenta, y confirmaba esto, el librito caído en el suelo.
Una extraña sensación experimenté con mi lengua, la que pude ver alargada y bifurcada, y con movimientos erráticos fuera de mi boca. Mi visión era más nítida que de costumbre, pero sin embargo pensé en llevarme las manos a los ojos, para acondicionarlos a ese raro despertar. Me sobresalté al comprobar que no tenía brazos ni manos, e irguiendo mi cabeza tuve un panorama estremecedor de lo que estaba pasando. Mi ropa de dormir reposaba vacía de mi cuerpo, en forma bastante ordenada sobre la cama, y yo estaba arrollado a su lado, convertido en una serpiente, de color verdoso oscuro, con artísticas figuras en la piel escamosa.
Instintivamente me dejé caer de la cama, para esconderme bajo ella, comprobando la plasticidad de mis músculos, y la capacidad de movimientos que tenía; el piso cerámico áspero, me permitía moverme con facilidad, y me aquieté en un rincón, para estudiar la situación que se me presentaba.
Noté que mi vientre era de un color más claro, y estirándome calculé mi longitud, aceptando que coincidía con mi metro setenta de estatura; tenía un grosor importante y sospeché que mi aspecto debía ser de pánico para quien lograra verme.
Me sorprendí de mi actitud de aceptar rápidamente esta mutación que se había producido en mi cuerpo, ya que fueron breves mis especulaciones acerca de si me estaría ocurriendo esto realmente o si se trataba de un sueño, o una alucinación influenciada por mi lectura de la víspera.
Me deslicé con cuidado por debajo del mueble principal de la habitación, que consistía en un guardarropa antiguo. Escuché el chirriar de los herrajes de la puerta al ser empujada por la señora del servicio doméstico, que entraba para hacer la limpieza cuando yo me marchaba hacia el trabajo, como lo hacía todos los días. Podía ver como se movía de un lado a otro de la habitación, así que calculando distancias y tiempos, silenciosamente traspase la puerta que estaba entreabierta, y me arrastré por el césped bien cortado del jardín, hasta llegar al fondo del patio, que no estaba tan bien
cuidado, y más bien se había transformado en un depósito de basura, ramas y escombros entremezclados, y todo rodeado de una frondosa vegetación.
Anduve de aquí para allá, mimetizándome en este ambiente en el que me iba sintiendo cómodo, y avancé hasta lo que creí eran los fondos del terreno. Pero entonces todo el paisaje ya familiar de todos los días, se vio trocado por uno nuevo a mis experiencias, y que me llenó de curiosidad y porqué no decirlo de mucho temor.
Frente a mi posición algo enrollada, divisaba ahora un paisaje cubierto de una tenue neblina, que por momentos se disipaba algo, para volver a espesarse inmediatamente. Los rayos del sol matinal herían mis ojos y atiné a guarecerme tras un tronco roído por alimañas, apoyando mi cabeza sobre él, para tener una visión del panorama que se me presentaba.
Se erguía un árbol, que por sus frutos pronto deduje se trataba de un manzano... en efecto, era imponente, y colgaban de él sus frutos, algunos de color limón, y otros dorados con matices rojizos... Un rostro de mujer se asomó entonces, y casi al mismo momento uno de hombre... ambos me miraban fijamente, con sorpresa y con furia... pasaron unos instantes de quietud, cuando me percaté que dos niños aparecían de atrás del árbol y ocupaban posiciones entre los adultos, mirándome también con curiosidad, y adivinaba que con sus gestos hacían preguntas al hombre, sobre lo que estaban viendo.
Mi parte humana entonces comenzó a deducir que se trataba del teatro de operaciones del Génesis, ya por cierto ocurrido el pecado, por el aspecto deplorable de los personajes, que en nada coincidían con las pinturas medievales y menos con las renacentistas. En efecto, Eva se veía desgreñada y mugrienta, mientras sus cabellos cubrían desprolijamente sus flácidos senos, y un taparrabos de pieles ocultaban desde su cintura hasta mitad de sus muslos; Adán presentaba músculos forjados por duros trabajos seguramente, y su atuendo era muy similar al de la mujer; los niños eran diferentes el uno al otro; seguramente el que respondía al nombre de Abel, era el de caracteres más serenos y mirada más límpida, mientras que Caín tenía una mirada rencorosa y el color de su piel era evidentemente más oscuro que el del resto de los personajes.
Recordé entonces la sentencia bíblica: “3:14 Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.
3:15 Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.”
La mujer tenía en su mano una caña amenazante, mientras que el hombre se apoyaba en un impresionante garrote, y por la actitud de ambos me moví un poco al resguardo del tronco, ya que se mostraban bastante hostiles.
Mi instinto animal me distrajo de la atención de este cuadro, por la aparición a un palmo de mis narices, de una rata de tamaño apetitoso para mi desayuno, que ante su presencia se volvió en una necesidad inevitable.
Así que calculé la distancia, y di el golpe fortuito, atrapando en mis fauces al asustado roedor, a quien escuché chillar; pero casi al mismo instante, todo se nubló a mi alrededor, sintiendo el profundo dolor de un garrotazo, que al repetirse me hizo perder completamente el sentido.

LA METAMORFOSIS DE JACINTO

Este fue el relato de Jacinto, cuando lo visité esa tarde en el hospital, inmediatamente después que me avisaran de su internación. Lucía un cuello ortopédico, y un vendaje que cubría todo su torso, aparte de distintos magullones en sus extremidades. Tendido en su cama me relató lo sucedido, que traté de transcribir con sus exactas palabras.
El médico que lo atendió me dijo que lo trajeron alrededor del mediodía, en estado de inconciencia, recibiendo pronto los primeros auxilios, para practicársele luego estudios radiográficos, que determinaron la existencia de un par de costillas rotas, un fuerte traumatismo en la base del cráneo y diversas heridas, pero que su estado general era aceptable y estaba fuera de peligro.
Pude charlar con el guardia policial, que hacía su trabajo en la puerta de la sala; algo reticente para brindarme información, finalmente me dio algunos datos, que me desconcertaron; me dijo que con motivo de un llamado telefónico, se presentó la policía en el domicilio de Jacinto, y que llegando a los fondos de su casa, lo encontraron inconsciente, completamente sucio y magullado; descartaron una caída desde la tapia o algunos de los árboles, porque su cuerpo, completamente desprovisto de ropas, estaba tapado de escombros y ramas secas; me dijo también que habiendo revisado cuidadosamente el lugar, no encontraron ninguno de los objetos contundentes que buscaban y que lo único que les llamó la atención, fue el hallazgo de una gran piel de serpiente, dejada por algún ofidio al mudarla, pero que en definitiva tampoco encontraron al animal.
No quise abrumar con preguntas a Jacinto, ni mencioné nada de lo que se me había contado, así que deseándole una pronta recuperación y prometiendo volver pronto, me ocupé de verificar que sea bien atendido y me despedí del lugar.

HOMERO ALCIBIADES RACETO

JUEGO DE NIÑOS

raulcelsoar 08/09/2008 @ 21:06

JUEGO DE NIÑOS

IMAGINACION DE NIÑO

No había televisión, ni aparatos de radio portátiles; por supuesto ni hablar de computadoras personales, telefonía móvil y celulares.

Los juegos, cuando el clima era propicio, por lo general los practicábamos al aire libre; los de salón, variaban según la posición económica de nuestras familias, permitiéndose los más acomodados, tener su "mecano", una caja con distintos elementos de chapa de variadas formas, tornillos y tuercas, y las herramientas apropiadas, para armar y desarmar lo que la imaginación les permitía.

Claro que desde más pequeños, aprendimos a andar en triciclo; recuerdo con nostalgia, que mi padre me había fabricado uno, totalmente de hierro; desde sus ruedas desnudas de cualquier engomado, hasta el asiento, pedales y manubrio. Cuando crecieron mis hermanos que me seguían, compraron uno "de verdad", que para compararlo con el ya desvencijado triciclo artesanal, podemos apelar a la diferencia entre un Mercedes Benz y un Ford A. De todos modos, queda en mi memoria, el primer triciclo, valorando ahora que papá ya no está, toda su habilidad y fundamentalmente el amor que puso para construirlo.

Había varios terrenos baldíos, y justamente cruzando la calle de tierra que separaba la manzana donde estaba mi casa con la que seguía hacia el sur, era uno de ellos, de suficiente amplitud como para jugar al fútbol, o con los accidentes necesarios para disfrutar de otros juegos grupales que relataré.

En ese solar, estaba la casa de nuestro vecino, que fabricaba tubos de cemento para alcantarillas, y que iba almacenando en parte del sitio. En esa casa vivían dos de mis amigos, René y Rolando. Nos juntábamos con ellos, y entre otros recuerdo a vecinos, como Roberto y Mario, hijos de una familia "bien", ya que su padre era profesional de la medicina, e integrante de distintas comisiones comunales, de fuerzas vivas e instituciones; recuerdo a otro llamado también René; otros hermanos que se unían ocasionalmente eran los mellizos Negro y Rubio, y su otro hermano Juan Carlos. Para diferenciar a los dos René, diré que al primero le pusieron por sobrenombre “Buzón”, mientras que al segundo lo llamaban “Chancha”; en cuanto a mi alias era el de “Tortuga”; cierto es que en este grupo que formábamos no usábamos entre nosotros estos apodos.

Claro que muchas veces, tenía que mirar como jugaban mis compañeros del barrio, porque por alguna travesura o demasiada protección maternal, agarrado del alambre tejido que hacía de cerca en el límite de mi casa, tenía que responder a los llamados para que me integre al juego, con un ruborizado "no me dejan".

En el fútbol posiblemente era el más patadura, aunque más propiamente graficado, debería decir el más debilucho, el de menor fuerza en la patada, y el de menos habilidad en el dominio de la pelota.

¡Qué pelotas las de esos tiempos! la número cinco, de cuero, áspera, pesada, y recontra pesada cuando estaba mojada; casi todas las familias teníamos una, e íbamos rotando en quién la ponía para el partido; esa pelota se cuidaba como el más preciado tesoro.
Recuerdo que la mía merecía especiales atenciones de mi parte; luego de un partido le pasaba cuidadosamente sebo (grasa vacuna) que protegía al cuero; era de tajadas hexagonales, y había aprendido a descoserla, emparchar la cámara de goma cuando sufría pinchaduras, y volver a coserla con un par de agujas; claro que cuando ya me quedaba muy ovalada recurría a los servicios de un artesano zapatero.

*******************************

EL BUENO, EL FEO Y EL MALO

IMAGEN DE www.caratulasdecine.com

Otos de los juegos al aire libre que compartíamos, era el de los “Cowboys”, coboy en nuestro lenguaje, y consistía en buscar un escondite, ya sea entre los tubos de cemento, alcantarillas, escombros, árboles y demás accidentes del predio, armados con pistolas o escopetas fabricadas toscamente con madera blanda por nosotros mismos, pero sin detalles estéticos, resultando ser solamente la silueta del arma pretendida; una vez todos escondidos, había que moverse sigilosamente, arrastrándose, para ubicar a cualquiera de los enemigos, sorprenderlo, apuntándole con el juguete, y gritando ¡Bang! ¡Bang! ¡Estás muerto!, a lo que el atrapado respondía, de acuerdo a su humor, con contorsiones o alaridos, hasta quedar tirado en el piso; lógicamente que la acción de atacar a uno de los contrincantes, te exponía a que los demás descubrieran tu escondite.

En el pueblo, existía una sala de cine, en el predio que ocupaba el templo y la casa parroquial; llevaba por nombre “Cine Cultural” y era administrado por el cura Joaquín Bonaldo, de la Orden de los Siervos de María, capellán de la entonces Base Aérea de Reconquista. En esa sala, se proyectaban sábados y domingos por la noche, programas de doble función, con un introito del Noticiero, en el que se podían ver sucesos recientes vinculados con la política, el deporte u otros temas, y también con un intervalo entre una película y otra.

Los domingos por la tarde, el Cine Cultural, ofrecía especialmente para los niños, la función “Matinée”, en la que por lo general, se proyectaba el Noticiero, la “cola” (adelanto) de las películas programadas para la semana siguiente, y luego un film que casi siempre era “de guerra”, o de vaqueros (Cowboys), la famosa zaga de la conquista del oeste norteamericano, donde invariablemente aparecían, el muchacho, el mocito, el bueno, el malo, el feo, el bandido, el pistolero, el “Sheriff”, el “Saloon” y el desgraciado exterminio de los indios (en nuestro país no se quedaron cortos con ese tema, primero, durante el Virreinato del Río de la Plata, con la esclavitud a la que eran sometidos los aborígenes especialmente encomendados a trabajos forzados en las minas de plata de Potosí, y más tarde, habiéndose ya constituido la República Argentina, con la “Conquista del desierto”, la colonización de distintas regiones, y el reclutamiento obligatorio para ser carne de cañón en las guerras por la independencia o en la tristemente célebre guerra contra la República del Paraguay).

Los filmes habitualmente se proyectaban en blanco y negro, pero solíamos ligar de tanto en tanto, alguno en “Tecnicolor” y “Cinemascope”, técnicas de última generación para nuestra época.

De vuelta a casa, los hermanos Juan Carlos, Rubio y Negro, solían en el patio de su vivienda, hacer la representación de la película que habían visto. En una de esas emulaciones, la oportuna atención de un vecino, impidió una tragedia, al socorrer al pobre Juan Carlos, que estaba siendo colgado de un árbol, con la soga al cuello, pues en el film que habían presenciado, justamente uno de los bandidos era ajusticiado en la horca.

HOMERO ALCIBIADES RACETO


  • MILAN KUNDERA
    • MILAN KUNDERA
    • Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
    • Fragmento de LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER


  • ALEJANDRA PIZARNIK

    • ALEJANDRA PIZARNIK
    • MADRUGADA
      Desnudo soñando una noche solar. He yacido días animales. El viento y la lluvia me borraron como a un fuego, como a un poema escrito en un muro.

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  • FRUTA AMARGA
    Si la fruta es amarga
    no es culpable la tierra
    ni es culpable la planta.
    Tiene el hombre la culpa
    que arrojó la semilla
    con las manos amargas.
    Yo lo acuso en voz alta:
    he vivido en la tierra
    y la tierra no es mala.
    Yo lo acuso en voz alta:
    tuve un árbol hermano
    que dejó mi alma blanca.
    Yo menciono su culpa
    que ahora llamo la nuestra:
    somos hombres culpables
    de sembrar la semilla
    con las manos amargas.

    PABLO ALCIDES PILA (1960)

    Publicado en
    Pájaros en el Camino,
    recopilación de poemas
    de Pablo Alcides Pila,
    recientemente galardonado
    con el premio
    SANTA CLARA DE ASIS
    por su programa radial
    RESCATE POPULAR


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    MI ULTIMA FLOR

    De todas las flores
    bellas que han perfumado
    ninguna con tu fragancia
    ni tu candor,
    por eso es que en mi
    recuerdo has perdurado
    tan fiel como aquel
    entonces, mi última flor.

    Lozana, grácil y esbelta,
    mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré,
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Lozana, grácil y
    esbelta, mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Autor: Salvador Miqueri

    - Avelino Flores




    COSAS QUE PASAN


    >
    Nadie salió a despedirme
    cuando me fui de la estancia
    solamente el ovejero, un perro nomás,
    Cosas que pasan.
    El asunto, una zoncera,
    un simple cambio de palabras,
    y el olvido de un mocoso,
    del que puedo ser su tata.
    Y yo que no aguanto pulgas,
    a pesar de mi ignorancia,
    ya no mas pedí las cuentas,
    sin importarme de nada.


    No hubiera pasado esto,
    si el padre no se marchara,
    pero los patrones mueren,
    y después los hijos mandan.
    Y hasta parece mentira,
    pero es cosa señalada,
    que de una sangre pareja,
    salga la cría cambiada.


    Los treinta años al servicio,
    pal’ mozo no fueron nada,
    se olvido mil cosas buenas,
    por una que salió mala.
    Yo me había aquerenciao,
    nunca conocí otra casa,
    que apegado a las costumbres,
    me hallaba en aquella estancia.

    Sí hasta parece mentira,
    mocoso sin sombra e’ barba
    que de guricito andaba,
    prendido de mis bombachas.
    Por él, le quité a unos teros
    dos pichoncitos, malaya!
    Y otra vez, nunca había bajao un nido,
    y por él gatié las ramas.


    Cuando ya se hizo muchacho,
    yo le amansé el malacara,
    y se lo entregué de riendas,
    pa’ que él solo lo enfrenara.
    Tenía un lazo trenzao,
    que gané en una domada,
    pal’ santo se lo osequié,
    ya que siempre lo admiraba.


    Y la única vez que El patrón,
    me pegó una levantada,
    fue por cargarme las culpas,
    que a él le hubieran sido caras.
    Zonceras, cosas del campo,
    la tranquera mal cerrada,
    y el terneraje e’ plantel,
    que se sale de las casas.
    Y eso, pal’ finao patrón,
    Era cosa delicada.


    Y bueno, pa’ que acordarme
    de una época pasada,
    me dije pa’ mis adentros,
    todo eso no vale nada.


    Sin mirarnos, arreglamos,
    metí en el cinto la plata,
    le estiré pa’ despedirme mi mano,
    Pa’ que apretara,
    y me la dejó tendida,
    cosa que yo no esperaba.
    Porque ese mozo no sabe,
    si un día ha de hacerle falta...

    Tranqueando me fui hasta el catre, alcé un atado que dejara,
    y me rumbié pal’ palenque,
    echándome atrás el ala.
    Ensillé, gané el camino,
    pegué la ultima mirada
    al monte, al galpón, los bretes,
    el molino, las aguadas,

    De arriba abrí la tranquera,
    eche el pañuelo a la espalda,
    por costumbre, prendí un negro,
    talonié mi moro Pampa,
    y ya me largué al galope,
    chiflando como si nada.


    Nadie salió a despedirme
    Cuando me fui de la estancia,
    Solamente el ovejero,
    un perro nomás,
    Cosas que pasan.


    Poema de Don Víctor Abel Jiménez
    Musica de Jose Larralde




    Mensajes del Alma



    En mi país por año hay
    15 mil chicos que vuelan
    como angelitos con sus
    alas por el buen aire
    con la suerte y la calma
    de no haber conocido nada

    para seguir siendo buenos
    quizás Dios robó esas almas

    Que piensas cuando te
    hablo de todo lo que paso
    viste que todas las
    cosas se saben con el tiempo
    suelto y aún viviendo
    el católico que bendijo
    ya perdió hace mucho
    tiempo su lugar en el cielo


    Todos los días que te
    lleve saber como esto fue
    te servirá para ser en
    otro tiempo algo más libre


    Son las únicas palabras
    que te pido escuchar si no me muero de
    verguenza hoy aca a todos por igual
    alguien nos espera
    y de cualquier
    manera llorarás


    Que dignidad tan grande la
    de creer siempre en la vida
    con solo ver una flor
    brotando entre las ruinas


    Tu canción fue la rueda de
    los días que siguieron
    tu canción fue mas lejos
    que la muerte que te hicieron
    no tengas miedo ya dimos
    la vuelta al espanto
    un viento algo más calmo
    se viene anunciando


    El polvo de estas calles
    pone a santo con represor
    pone al inocente en pena
    y despierta al asesino
    témpano del olvido y
    de nunca decir nada
    cuantas mirandas caídas
    sin ver que es lo que pasa
    ningún dolor se siente
    mientras le toque al vecino
    el que manda a matar
    es para sentirse mas vivo

    Son mensajes del alma
    herida pero bien clara sobre
    lo cobarde toda la verdad
    ángel rubio de la muerte
    de que poco te sirvió
    el himno, Jesús, la bandera,
    y el sol que te vió.


    LEON GIECO