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Categoría: LITERATURA

EL CASTIGO DE DIOS

raulcelsoar 18/08/2009 @ 11:50


EL CASTIGO DE DIOS

 

(De El castigo de Dios, 1993)

Para H. S.

 

Digamos que el protagonista de esta historia es el general Pom­peyo Argentino del Corazón de Jesús González, dice el Toto Spinetto la noche que llega a Resistencia después de salir de la cana. Ha estado ocho años adentro, lo pasearon por todas las cárceles del país, y ahora está con nosotros como si nada hubiera pasado, en la misma mesa de "La Estrella".

Digamos también que el nombre del protagonista es una desig­nación ficticia, que sin embargo, creo yo, conserva la virtud de re­presentar nombres que son muy caros a los miembros de la comuni­dad castrense, agrega el Toto en su estilo florido, esa retórica de abogado que le jode todo lo que dice y escribe y que —parece menti­ra— sigue intacta.

Estamos a finales de 1976, en Córdoba, y este general González comanda unidades de batalla en esa provincia mediterránea. Se trata de un hombre de convicciones firmes, una especie de cruzado que siente, en verdad, una asombrosa mística guerrera y un definido furor antisubversivo. No se destaca solamente por la eficacia de sus méto­dos represivos —que le han dado renombre dentro y sobre todo fuera de las filas de la institución armada— sino también porque, ideológi­camente, es uno de los ejemplares más representativos de la especie simia que se cierne sobre la sociedad civil en ese momento —dice el Toto mirándonos por sobre los bifocales que ahora usa— es decir una época diametralmente opuesta a la democrática que estamos vi­viendo incipientemente, o sea, digo, dice, un tiempo que es un contrario sensu perfecto.

Hijo y nieto de militares, está casado en primeras y únicas nupcias con una dama de la sociedad cordobesa y su descendencia se compone de cuatro varones de entre tres y quince años. Es uno de los más jóvenes generales de la nación (lo que no es poco decir si se recuerda que a la sazón, como ahora mismo, hay casi un centenar en actividad) y la prensa internacional lo califica, con todo acierto, como el tácito líder del llamado sector "duro" de las fuerzas armadas.

Católico fervoroso, amigo del obispo cordobés y de los amigos del obispo cordobés, es un miembro conspicuo de la aristocracia local, quiero decir de la Docta, que es el sitio donde transcurre esta historia y en cuya unidad carcelaria está alojado el suscripto, ya blanqueada su situación luego de un período que ustedes disculparán pero, por pudor, prefiero obviar y además no viene al caso de lo narrado, termina su frase el Toto haciéndole una seña a don Terada que consiste en bajar el índice derecho un par de veces sobre su vaso vacío, lo que quiere decir que se le acabó la ginebra.

Mientras el viejo se separa de la banderita con el Sol Naciente, y agarra la botella de "Llave" y camina lentamente hacia nuestra mesa, el Toto dispara otra andanada verborrágica y dice que en más de una oportunidad el general González, destinado por la Junta Militar para comandar unidades del Tercer Cuerpo de Ejército sito en la capital mediterránea, ha debido presentar excusas a la curia de esa provincia por la brutalidad de los métodos que aplican sus subordinados, lo cual no ha sido óbice para que se lo admire, respete y tema.

Hombre político, extrañamente hábil dada su condición castrense, un ex senador por el radicalismo le ha contado al infrascrito —dice el Toto, que a esta altura ya me está hinchando las pelotas— que a este militar deben atribuirse las siguientes palabras, pronunciadas ante varios ex legisladores de su partido durante una discreta reunión que por supuesto no se permitió que la prensa divulgara: "Estamos en una guerra sucia, señores, y yo como general de la nación sólo sé que debo ganarla; y si para ello tengo que matar a mil inocentes con tal de encontrar a un guerrillero, lo haré porque me va en ello el compromiso de pacificar el país".

Ideólogo de sus pares, estudioso de la historia nacional y de los casus belli de la universal, cultor de la vida hogareña y amigo del buen beber, el general Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús González es, a finales del 76, un ascético soldado que acumula méritos en combate, cuyo nombre suena como el de un eventual presidente de la nación y al que los sacrificios de su profesión parecen prometerle un brillante futuro personal a poco que se observen su implacabilidad antiguerrillera y los triunfos que semana a semana cosecha en el aniquilamiento de su enemigo, al que irresistiblemente va sumiendo en la parálisis y el desconcierto.

Pero de repente —dice el Toto encendiendo un pucho con mi encendedor mientras todos lo miramos atentamente, la mayoría fascinados y yo evaluando las gambas de la mujer de Docabo— con la infalibilidad de ciertos hechos de la vida, un equis día de ese para todos aciago año de 1976 una circunstancia desgraciada se cruza en el camino de nuestro severo general: su hijo menor —digamos, dice, para ponerle un nombre, Juan Manuel— enferma súbitamente. Una gravísima deficiencia cardíaca pone su existencia al borde de la muerte.

Tras los primeros síntomas, el pediatra de cabecera dictamina, alarmado y sin eufemismos, que es indispensable operar al niño con la mayor premura. Una junta médica determina que el paciente —internado ya en el Hospital Militar de Córdoba— debe ser inter­venido quirúrgicamente esa misma noche. Con la venia de su padre (quien está acompañado por algunos de sus pares, los rezos de su esposa y restantes hijos, y por la reconfortante presencia de la jerarquía eclesiástica) el pequeño Juan Manuel es introducido en el quirófano cuando ya avanza la madrugada —sigue el Tato mientras yo veo cómo la mujer de Docabo se da cuenta de que le juno las gam­bas y nerviosamente se estira la pollera hasta las rodillas, pero sin mirarme a los ojos. Casi tres horas después el coronel médico que ha dirigido el equipo sale de la sala de operaciones con el rostro demu­dado, perlada la frente, y le explica al general González que su capacidad profesional y la de los colegas que lo han asistido ha llegado al límite de sus posibilidades.

—No seguimos adelante porque no podemos garantizar el éxito de nuestros esfuerzos, mi general —dice, ceremonioso, grave, cuenta el Tato agravando su voz y como imitando al coronel médico—. Acá en Córdoba hay un solo especialista que podría salvar a su hijo, si llevara a cabo una operación sumamente delicada. Ni en Buenos Aires hay alguien más idóneo para realizarla: me refiero al doctor Murúa. Como usted sabe, una eminencia en cardiocirugía.

—Llámelo, doctor —ordena, conmovido, el general. Y luego añade, con una humildad que revela su consecuente práctica cristiana—: Por favor, que salve a mi hijo, si Dios así lo quiere.

—Mi general: he estado llamando a Murúa toda la tarde y no he podido dar con él. Sólo puedo prometerle que seguiremos haciendo todo lo que esté a nuestro alcance, pero no garantizo nada, más allá de la media mañana. En ese lapso, sería conveniente que sus fuerzas colaboraran para ubicar a Murúa.

En este punto —dice el Tato mandándose al garguero la ginebra y haciéndole otra seña a don Terada, que siempre está bajo su banderita leyendo esos periódicos de signos indescifrables—, en este punto el general González llama a su asistente y le ordena que una comisión se dirija al domicilio del doctor Esteban Murúa (y es obvio —aclara el Toto— que como ustedes ya habrán advertido se trata de un nombre y un apellido tan ficticios y arbitrarios como el del personaje central de esta narración), a quien deberán explicarle la gravedad y urgencia del caso, y transportarlo al hospital sin demora.

El asistente se cuadra ante su superior, duda un segundo y dice:

—Hay un problema, mi general.

González mira al subordinado, digamos, dice el Toto, un teniente primero, con la misma y exacta mirada que dirigimos a un imbécil que acaba de hacer una broma de mal gusto, y con el ceño fruncido y un leve cabeceo lo incita a que prosiga.

—Los dos hijos de Murúa son subversivos, mi general —despacha el teniente primero, compungido pero con firmeza—. Uno de ellos fue detenido hace tres semanas, en Villa María, y la hija menor está prófuga...

     —Continúe, m'hijo —urge González, inconmovible, pétreo ante la duda del oficial subalterno.

—El doctor Murúa también está prófugo, mi general. Su casa fue allanada después del procedimiento de Villa María y no se encontró a nadie.

—¿Ha salido de Córdoba?

—No nos consta, mi general.

—Bueno: informe al servicio de inteligencia y a las policías federal y de la provincia. Que lo busquen entre familiares y amigos, y que se le den todo tipo de garantías. Ordene que, como misión prioritaria, se encuentre a este cirujano antes de las nueve de la mañana. Y dije con todas las garantías.

Naturalmente, el hermetismo en que vive un general del ejército argentino nos impide conocer —a civiles como nosotros— los pequeños detalles de su vida familiar, dice el Toto resoplando por la tensión que le produce su propio relato. Pero no nos resulta demasiado difícil imaginar las horas de angustia y la angustia de esas horas que pasa el general González. Son presumibles la congoja de todos quienes lo acompañan, la desolación de su mujer y la inocente impavidez de sus demás hijos.

El Toto va haciendo pausas a medida que habla, invitándonos a imaginar lo que él imagina en "ese estilo medido y retórico que tanto me hincha las pelotas, pero la verdad es que tiene al auditorio agarrado de los huevos: la mina del Docabo con los ojos como el dos de oro; Spencer con el labio inferior extendido y cabeceando una rítmica afirmación; y así todos. En todas las mesas de "La Estrella" pareciera que ya nadie respira mientras el Toto sigue y dice que puede, sin embargo, suponerse que en la soledad de su alcoba, o en la recolección de su escritorio, el general González se está preguntando acerca de los juegos macabros del destino —él ha de Ilamarlos voluntad de Dios­—  y, quizás, acerca de las limitaciones de su poder. Es presumible, por otra parte, que si acaso atribuye a algo o a alguien su presente zozobra y el infortunio de su hijo menor, es su guerra la destinataria de sus denostaciones, así como el accionar de los rebeldes la causa primera de que él se encuentre en tan inesperada, irresoluble situación.

El Toto hace silencio después del último punto y aparte, como para que todos en la mesa nos hagamos las mismas preguntas. Con el mismo índice derecho con que llamó al japonés ahora revuelve los hielos que navegan en su vaso. Después tose, prende otro faso, y continúa diciendo que presunciones de lado, a la mañana siguiente la respuesta terminantemente negativa de todos los informes que llegan a su despacho domiciliario, acaba por despedazar las últimas esperanzas del general Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús González, y a esto lo pronuncia el Toto con una pompa y circunstancia digna de Händel.

Los médicos le explican, crudamente, que su hijo necesita un trasplante de urgencia pero que no resistirá un viaje a Buenos Aires. Acaso tampoco una segunda intervención, la cual de todos modos tendría un altísimo porcentaje de riesgo. Y destacan una paradoja, que como toda paradoja es cruel: esa misma madrugada un desdi­chado accidente automovilístico ha arrojado como saldo un niño descerebrado y en coma cuatro, cuyo corazón está sano y podría serIe implantado a Juan Manuel. Le informan que a cada minuto que pasa es menor la resistencia del niño, cuyo herido corazón está minado por la deficiencia. Y declaran que sólo un milagro puede salvarlo, pues el doctor Murúa es el único cardiocirujano en todo Córdoba capaz de realizar con éxito tan compleja operación.

Escuchado lo cual, y sacando fuerzas de su fe religiosa y su templanza de soldado, con toda la grave responsabilidad que le impone su trayectoria de militar invicto, el general González, con la voz apenas firme, pregunta:

—¿La alternativa es dejarlo morir o que ustedes intenten un trasplante sin ninguna garantía, verdad?

La respuesta que cosechan sus palabras es un prodigioso, brutal silencio afirmativo, define el Toto. Segundos después, el general ordena:

—Inténtenlo igual.

Aquí es el Toto el que hace un silencio más largo. Sorbe otro trago, se pasa una mano por la frente sembrada de gotitas de sudor, y nos mira a todos, uno por uno, como pidiéndonos disculpas por la ansiedad que nos ha venido provocando. Luego alza las cejas, suspira largo y dice que como era previsible, el niño murió durante la operación. Al mediodía, la infausta nueva circuló por la ciudad mediterránea como reguero de pólvora, dice, junto con aquella otra sobrecogedora noticia que todos ustedes recordarán y que recorrió todo el país: la de que esa misma noche en el Chaco, aquí cerca, en Margarita Belén, el ejército había fusilado a una veintena de prisioneros aplicándoles la ley de fuga.

Dice esto con la voz mucha más ronca, el Toto, y subrayando el punto y aparte. Todos nosotros mantenemos el silencio como si fuera una nube de plomo que hay que sostener en el aire, y yo me fijo en la mujer de Docabo que ahora tiene los ojos redondos y la boca abierta como un pescado muerto. Y en el mismo preciso instante empiezan a escucharse los bombos de un acto proselitista de los liberales, que hablan pestes de Alfonsín y de los perucas, en la plaza, y a mí se me hace que el golpeteo de esos bombos es como el bombeo de un corazón secreto, en algún lado.

En cuanto se difundió la noticia del deceso del hijo del general Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús González, concluye el Toto Spinetto recalzándose los bifocales sobre la nariz y sin aflojar en ese estilo florido que tiene, esa retórica de abogado que le jode todo lo que dice y escribe y que —parece mentira— sigue intacta a pesar de tantos años en cana, dos comentarios se generalizaron en la prisión: por un lado, que el suceso había sacudido tanto al jefe de la guarnición cordobesa que acaso nunca volvería a ser el mismo (lo cual no se sabía si era bueno o peor); y por el otro, que le había tocado merecer uno de los más ejemplares y coherentes castigos de Dios.

Como luego pude comprobar fehacientemente, dice el Toto Spi­netto antes de levantarse de la silla y haciéndole una seña a don Terada para pagarle, ese domingo, en todas las cárceles del país, hubo más misas y con mayor número de asistentes que de costumbre.

México, diciembre 77 . Resistencia, diciembre 84.

MEMPO GIARDINELLI

LA CONTRICCIÓN

raulcelsoar 18/08/2009 @ 11:48

La contricción 

MILAN KUNDERA

 Salimos de B., dejamos atrás las últimas casas y entramos en un paisaje de prados y bosquecillos, sobre cuyas cumbres caía un sol enorme. Íbamos en silencio. Yo pensaba en Judas Iscariote, de quien un ingenioso autor dice que traicionó a Jesús precisamente porque creía ilimitadamente en él: estaba impaciente por ver el milagro con el que Jesús pondría en evidencia ante todos los judíos su poder divino; por eso lo entregó, para provocarlo y hacerlo actuar de una vez: lo traicionó porque deseaba acelerar su triunfo.

Vaya, me dije, yo en cambio he traicionado a Martin precisamente porque había dejado de creer en él (y en su poder divino como mujeriego); soy una vergonzosa mezcla de Judas Iscariote y Tomás, a quien llamaban «el incrédulo».

Sentí cómo mi culpabilidad hacía crecer dentro de mí mis sentimientos hacia Martin y cómo su enseña del eterno acoso (a la que se oía flamear sobre nosotros) me ponía nostálgico hasta hacerme llorar. Empecé a echarme en cara mi precipitada actuación.

¿Acaso yo mismo seré capaz de despedirme con mayor facilidad de esos ademanes que para mí significan la juventud? ¿Y podré entonces hacer al menos otra cosa que imitarlos y tratar de encontrar para esta nada razonable actividad un sitio seguro en mi razonable vida? ¿Qué importa si todo es un juego vano? ¿Qué importa si lo sé? ¿Acaso dejaré de jugar sólo porque sea vano? La dorada manzana del eterno deseo Estaba sentado a mi lado y lentamente se iba disipando su malhumor.

—Oye —me dijo—, esa médica ¿es verdaderamente de tanta categoría?

 —Ya te lo dije. Está al nivel de tu Jirina. Martin me hizo más preguntas. Tuve que volver a describírsela.

Después dijo: —A lo mejor después me la podrías pasar, ¿no? Intenté que resultara creíble:

—Puede que sea difícil. Le molestaría que seas amigo mío. Es de principios firmes...

—Es de principios firmes... —dijo Martin con tristeza y se veía que le daba pena. No quería hacerlo sufrir

—A no ser que ocultase que te conozco —dije—. Podrías hacerte pasar por otra persona.

—¡Magnífico! Por ejemplo por Forman, como hoy. —Los directores de cine no le gustan. Prefiere más bien a los deportistas.

 —¿Por qué no? —dijo Martin—. Todo es posible —y al cabo de un momento ya estábamos en pleno debate.

El plan estaba cada vez más claro y al cabo de un rato ya se balanceaba ante nosotros, en medio de la niebla que comenzaba a caer, como una manzana hermosa, madura, esplendorosa. Permítanme que con cierto énfasis la denomine la manzana dorada del eterno deseo.

MILAN KUNDERA

OLGA OROZCO

raulcelsoar 14/08/2009 @ 12:19

OLGA OROZCO
 

 OLGA OROZCO

CON ESTA BOCA, EN ESTE MUNDO...

 

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,

aunque me tiña las encías de color azul,

aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,

aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas

y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

 

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,

ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,

y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,

ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta  dura nieve

donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

 

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.

Hemos hablado demasiado del silencio,

lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,

como si en él yaciera el esplendor después de la caída,

el triunfo del vocablo con la lengua cortada.

 

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!

He dicho ya lo amado y lo perdido,

trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.

A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,

retumban, se propagan como el trueno

unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte

                   con la muerte, poesía.

Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca,

cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo

                   con esta sola boca?

 

 

 

LAS MUERTES

 

He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,

lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso

de la piel del lagarto,

inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz

de alguna lágrima;

arena sin pisadas en todas las memorias.

Son los muertos sin flores.

No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.

Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.

Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,

mas su destino fue fulmíneo como un tajo;

porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los

infames lechos vendidos por la dicha,

porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida

gota de salmuera.

Esa y no cualquier otra.

Esa y ninguna otra.

Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros

de nuestra vida.

 

 

 

 

 

SE DESCOLGÓ EL SILENCIO

 

Se descolgó el silencio,

sus atroces membranas desplegadas como las de un murciélago

                   anterior al diluvio,

su canto como el cuervo de la negación.

Tu boca ya no acierta su alimento.

Se te desencajaron las mandíbulas

igual que las mitades de una cápsula inepta para encerrar la

                   almendra del destino.

Tu lengua es el Sahara retraído en penumbra.

Tus ojos no interrogan las vanas ecuaciones de cosas y de rostros.

Dejaron de copiar con lentejuelas amarillas los fugaces

                   modelos de este mundo.

Son apenas dos pozos de opalina hasta el fin donde se ahoga el tiempo.

Tu cuerpo es una rígida armadura sin nadie,

sin más peso que la luz que lo borra y lo amortaja en lágrimas.

Tus uñas desasidas de la inasible salvación

recorren desgarradoramente el reverso impensable,

el cordaje de un éxodo infinito en su acorde final.

Tu piel es una mancha de carbón sofocado que atraviesa

                   la estera de los días.

Tu muerte fue tan sólo un pequeño rumor de mata que se arranca

y después ya no estabas.

Te desertó la tarde;

te arrojó como escoria a la otra orilla,

debajo de una mesa innominada, muda, extrañamente impenetrable,

allí, junto a los desamparados desperdicios,

los torpes inventarios de una casa que rueda hacia el poniente,

que oscila, que se cae,

que se convierte en nube.

 

 

 

LOS REFLEJOS INFIELES

 

Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,

adherida en secreto a la palpitación de lo invisible

lo mismo que una gasa que de pronto revela figuras

emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.

Caras como resúmenes de nubes para expresar la intraducible travesía;

mapas insuficientes y confusos donde se hunden los cielos

                   y emergen los abismos.

Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes

                   de una sola noche.

Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas de fuego.

Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la

                   memoria del espejo;

algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras nieves.

Mis caras sucesivas en los escaparates veloces  de una historia

                   sin paz y sin costumbres:

un muestrario de nieblas, de terror, de intemperies.

Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un ágata

                   sin fondo que presagia la muerte,

solamente la muerte, apenas el reverso de una sombra estampada

                   en el hueco de la separación.

Ningún signo especial en estas caras que tapizan la ausencia.

Pero a través de todas, como la mancha de ácido que traspasa

                   en el álbum los ambiguos retratos,

se inscribió la señal de una misma condena:

mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me excede.

El obstinado error frente al modelo.

 

OLGA OROZCO

ISABEL ALENDE

raulcelsoar 14/08/2009 @ 12:17

isabel alende

 

EL SEXO Y YO

Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta entonces había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de plástico.

—Te crecerá adentro, te pondrás redonda y después te nacerá un bebé

Me explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último que deseaba. Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba. Mi amiga confirmó que los síntomas, eran iguales a los de su mamá. Por fin una monja me obligó a confesar la verdad.

—Estoy embarazada —admití hipando.

Me vi cogida de un brazo y llevada por el aire hasta la oficina de la Madre Superiora. Así comenzó mi horror por las muñecas Y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo solo nombre era impronunciable: sexo. Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían de ese mal que podía conducirlos al infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas. Cuando una hacía alguna pregunta escabrosa, había dos tipos de respuesta, según la madre que nos tocara en suerte. La explicación tradicional era la cigüeña que venía de París y la moderna era sobre flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación entre el polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco clara.

A los siete años me prepararon para la Primera Comunión. Antes de recibir la hostia había que confesarse. Me llevaron a la iglesia, me arrodillé detrás de una cortina de felpa negra y traté de recordar mi lista de pecados, pero se me olvidaron todos. En medio de la oscuridad y el olor a incienso escuché una voz con acento de Galicia.

—¿Te has tocado el cuerpo con las manos?

—Sí, padre.

¿A menudo, hija?

—Todos los días...

—¡Todos los días! ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometer que no lo harás más!

Prometí, claro, aunque no imaginaba cómo podría lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos. (Este traumático episodio me sirvió para "Eva Luna", treinta y tantos años más tarde. Una nunca sabe para qué se está entrenando).

Nací al sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial, en el seno de una familia emancipada e intelectual en algunos aspectos y casi paleolítica en otros. Me crié en el hogar de mis abuelos, una casa estrafalaria donde deambulaban los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de tres patas. Vivían allí dos tíos solteros, un poco excéntricos, como casi todos los miembros de mi familia. Uno de ellos había viajado a la India y le quedó el gusto por los asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto por un taparrabos recitando los 999 nombres de Dios en sánscrito. El otro era un personaje adorable, peinado como Carlos Gardel y amante apasionado de la lectura. (Ambos sirvieron de modelos —algo exagerados, lo admito— para Jaime y Nicolás en "La casa de los espíritus"). La casa estaba llena de libros, se amontonaban por todas partes, crecían como una flora indomable, se reproducían ante nuestros ojos. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas y así leí al Marqués de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado para mi edad, el autor daba por sabidas cosas que yo ignoraba por completo, me faltaban referencias elementales. El único hombre que había visto desnudo era mi tío, el fakir, sentado en el patio contemplando la luna y me sentí algo defraudada por ese pequeño apéndice que cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores. ¿Tanto alboroto por eso?

A los once años yo vivía en Bolivia. Mi madre se había casado con un diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un colegio mixto. Tardé meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba siempre con las orejas rojas y me enamoraba todos los días de uno diferente. Los muchachos eran unos salvajes cuyas actividades se limitaban al fútbol y las peleas del recreo, pero mis compañeras estaban en la edad de medirse el contorno del busto y anotar en una libreta los besos que recibían. Había que especificar detalles: quién, dónde, cómo. Había algunas afortunadas que podían escribir: Felipe, en el baño, con lengua. Yo fingía que esas cosas no me interesaban, me vestía de hombre y me trepaba a los árboles para disimular que era casi enana y menos sexy que un pollo. En la clase de biología nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de fabricación de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo. Lo más atrevido que llegamos a ver en una ilustración fue una madre amamantando a un recién nacido. De lo demás no sabíamos nada y nunca nos mencionaron el placer, así es que el meollo del asunto se nos escapaba ¿por qué los adultos hacían esa cochinada? La erección era un secreto bien guardado por los muchachos, tal como la menstruación lo era por las niñas. La literatura me parecía evasiva y yo no iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo erótico en esa época. Las relaciones con los muchachos consistían en empujones, manotazos y recados de las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso, dile que sí pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene ganas, dile que es un estúpido, dice que más estúpida eres tú y así nos pasábamos todo el año escolar. La máxima intimidad consistía en masticar por turnos el mismo chicle. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un pelirrojo a quien todas las niñas amábamos en secreto. Me sacó sangre de narices, pero esa mole pecosa y jadeante aplastándome contra las piedras del patio, es uno de los recuerdos más excitantes de mi vida. En otra ocasión me invitó a bailar en una fiesta. A La Paz no había llegado el impacto del rock que empezaba a sacudir al mundo, todavía nos arrullaban Nat King Cole y Bing Crosby (¡Oh, Dios! ¿Era eso la prehistoria?) Se bailaba abrazados, a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de cualquier joven normal. Keenan me apretó un poco y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su pantalón y de mis costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me hacían daño. Salió corriendo y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco más de la naturaleza humana, la única explicación que se me ocurre para su comportamiento es que tal vez no eran las llaves.

En 1956 mi familia se había trasladado al Líbano y yo había vuelto a un colegio de señoritas, esta vez a una escuela inglesa cuáquera, donde el sexo simplemente no existía, había sido suprimido del universo por la flema británica y el celo de los predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente. En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques, había sucursales de las tiendas de los más famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillacs con ribetes de oro puro circulaban en las calles junto a camellos y mulas. Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes se ponían pantalones, pero todavía existía esa firme línea fronteriza que durante milenios separó a los sexos. La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca de cordero, el calor del mediodía y el canto del muecín convocando a la oración desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido... Las niñas no salían solas y los niños también debían cuidarse. Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos, para que se defendieran de los pellizcos en la calle. En el recreo del colegio pasaban de mano en mano fotonovelas editadas en la India con traducción al francés, una versión muy manoseada de El amante de Lady Chaterley y pocket-books sobre orgías de Calígula. Mi padrastro tenía Las Mil y Una Noches bajo llave en su armario, pero yo descubrí la manera de abrir el mueble y leer a escondidas trozos de esos magníficos libros de cuero rojo con letras de oro. Me zambullí en el mundo sin retorno de la fantasía, guiada por huríes de piel de leche, genios que habitaban en las botellas y príncipes dotados de un inagotable entusiasmo para hacer el amor. Todo lo que había a mi alrededor invitaba a la sensualidad y mis hormonas estaban a punto de explotar como granadas, pero en Beirut vivía prácticamente encerrada. Las niñas decentes no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo cual tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras, que me visitaba para tomar Coca Cola en la terraza. Era tan rico, que tenía motoneta con chofer. Entre la vigilancia de mi madre y la de su chofer, nunca tuvimos ocasión de estar solos.

Yo era plana. Ahora no tiene importancia, pero en los cincuenta eso era una tragedia, los senos eran considerados la esencia de la feminidad. La moda se encargaba de resaltarlos: sweater ceñido, cinturón ancho de elástico, faldas infladas con vuelos almidonados. Una mujer pechugona tenía el futuro asegurado. Los modelos eran Jane Mansfield, Gina Lollobrigida, Sofia Loren. ¿Qué podía hacer una chica sin pechos? Ponerse rellenos. Eran dos medias esferas de goma que a la menor presión se hundían sin que una lo percibiera. Se volvían súbitamente cóncavos, hasta que de pronto se escuchaba un terrible plop-plop y las gomas volvían a su posición original, paralizando al pretendiente que estuviera cerca y sumiendo a la usuaria en atroz humillación. También se desplazaban y podía quedar una sobre el esternón y la otra bajo el brazo, o ambas flotando en la alberca detrás de la nadadora. En 1958 el Líbano estaba amenazado por la guerra civil. Después de la crisis del Canal de Suez se agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes, inspirados en la política panarábiga de Gamal Abder Nasser, y el gobierno cristiano. El presidente Camile Chamoun pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó la VI Flota norteamericana. De los portaaviones desembarcaron cientos de marines bien nutridos y ávidos de sexo. Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible evitar que los jóvenes se encontraran. Me escapé del colegio para ir a bailar con los yanquis. Experimenté la borrachera del pecado y del rock n'roll. Por primera vez mi escaso tamaño resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines podían lanzarme por el aire, darme dos vueltas sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley. Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi carrera y su sabor a cerveza y a Ketchup me duró dos años. Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a enviar a los niños de regreso a Chile. Otra vez viví en la casa de mi abuelo. A los quince años, cuando planeaba meterme a monja para disimular que me quedaría solterona, un joven me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de la alfombra, y me sonrió. Creo que le divertía mi aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta cinco años después, cuando por fin aceptó casarse conmigo.

La píldora anticonceptiva ya se había inventado, pero en Chile todavía se hablaba de ella en susurros. Se suponía que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres, ellos debían seducirnos para que les diéramos "la prueba de amor" y nosotras debíamos resistir para llegar "puras" al matrimonio, aunque dudo que muchas lo lograran. No sé exactamente cómo tuve dos hijos.

Y entonces sucedió lo que todos esperábamos desde hacía varios años. La ola de liberación de los sesenta recorrió América del Sur y llegó hasta ese rincón al final del continente donde yo vivía. Arte pop, minifalda, droga, sexo, bikini y los Beattles. Todas imitábamos a Brigitte Bardot, despeinada, con los labios hinchados y una blusita miserable a punto de reventar bajo la presión de su feminidad. De pronto un revés inesperado: se acabaron las exuberantes divas francesas o italianas, la moda impuso a la modelo inglesa Twiggy, una especie de hermafrodita famélico. Para entonces a mí me habían salido pechugas, así es que de nuevo me encontré al lado opuesto del estereotipo. Se hablaba de orgías, intercambio de parejas, pornografía. Sólo se hablaba, yo nunca las vi. Los homosexuales salieron de la oscuridad, sin embargo yo cumplí 28 años sin imaginar cómo lo hacen. Surgieron los movimientos feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén, lo ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar, pero como nadie nos siguió, regresamos abochornadas a nuestras casas. Florecieron los hippies y durante varios años anduve vestida con harapos y abalorios de la India. Intenté fumar mariguana pero después de aspirar seis cigarros sin volar ni un poco, comprendí que era un esfuerzo inútil. Paz y amor. Sobre todo amor libre, aunque para mí llegaba tarde, porque estaba irremisiblemente casada.

Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba fue un escándalo. Durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me felicitó por un artículo de humor que había publicado y preguntó si no pensaba escribir algo en serio. Respondí lo primero que me vino a la mente: sí, me gustaría entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la comida. Pero a la hora del café la dueña de casa —treinta y ocho años, delgada, ejecutiva en una oficina gubernamental, traje Chanel— me llevó aparte y me dijo que si le juraba guardar el secreto de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en su oficina con una grabadora. Me contó que era infiel porque disponía de tiempo libre después del almuerzo, porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la propia estima y porque los hombres no estaban tan mal, después de todo. Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una discreta garçonière que compartía con dos amigas tan liberadas como ella. Mi conclusión, después de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres, porque si no ¿con quién lo hacen ellos? No puede ser sólo entre ellos o todos siempre con el mismo puñado de voluntarias. Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante desesperado. El placer sin culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer. A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos. Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre "la mujer fiel". Todavía estoy buscando una que los sea por buenas razones.

Eran tiempos de desconcierto y confusión para las mujeres de mi edad. Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra y los libros de las feministas norteamericanas, pero no lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían criado. Los hombres todavía exigían lo que no estaban dispuestos a ofrecer, es decir, que sus novias fueran vírgenes y sus esposas castas. Las parejas entraron en crisis, casi todas mis amistades se separaron. En Chile no hay divorcio, lo cual facilita las cosas, porque la gente se separa y se junta sin trámites burocráticos. Yo tenía un buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis inquietudes en mi trabajo. Mientras en la casa actuaba como madre y esposa abnegada, en la revista y en mi programa de televisión aprovechaba cualquier excusa para hacer en público lo que no me atrevía a hacer en privado, por ejemplo, disfrazarme de corista, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo.

En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile, porque no podíamos seguir viviendo bajo la dictadura del general Pinochet. El apogeo de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, un país cálido, donde la sensualidad se expresa sin subterfugios. En las playas se ven machos bigotudos con unos bikinis diseñados para resaltar lo que contienen. Las mujeres más hermosas del mundo (ganan todos los concursos de belleza), caminan por la calle buscando guerra, al son de una música secreta que llevan en las caderas.

En la primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna película, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran por lo menos dos criaturas copulando. Hasta en los documentales científicos había amebas o pingüinos que lo hacían. Fui con mi madre a ver El Imperio de los Sentidos y no se inmutó. Mi padrastro les prestaba sus famosos libros eróticos a los nietos, porque resultaban de una ingenuidad conmovedora comparados con cualquier revista que podían comprar en los kioskos. Había que estudiar mucho para salir airosa de las preguntas de los hijos (mamá ¿qué es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas inflaban condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumpleaños. Ordenando el closet de mi hijo adolescente encontré un libro forrado en papel marrón y con mi larga experiencia adiviné el contenido antes de abrirlo. No me equivoqué, era uno de esos modernos manuales que se cambian en el colegio por estampas de futbolistas. Al ver a dos amantes frotándose con mousse de salmón me di cuenta de todo lo que me había perdido en la vida. ¡Tantos años cocinando y desconocía los múltiples usos del salmón! ¿En que habíamos estado mi marido y yo durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos un espejo en el techo del dormitorio. Decidimos ponernos al día, pero después de algunas contorsiones muy peligrosas —como comprobamos más tarde en las radiografías de columna— amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en vez de mousse en el punto G.

Cuando mi hija Paula terminó el colegio entró a estudiar Psicología con especialización en sexualidad humana. Le advertí que era una imprudencia, que su vocación no sería bien comprendida, no estábamos en Suecia. Pero ella insistió. Paula tenía un novio siciliano cuyos planes eran casarse por la Iglesia y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera a cocinar pasta. Físicamente mi hija engañaba a cualquiera, parecía una virgen de Murillo, grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría que era experta en esas cosas. En medio del Seminario de Sexualidad yo hice un viaje a Holanda y ella me llamó por teléfono para pedirme que le trajera cierto material de estudio. Tuve que ir con una lista en la mano a una tienda en Amsterdam y comprar unos artefactos de goma rosada en forma de plátanos. Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor fue cuando en la aduana de Caracas me abrieron la maleta y tuve que explicar que no eran para mí, sino para mi hija… Paula empezó a circular por todas partes con una maleta de juguetes pornográficos y el siciliano perdió la paciencia. Su argumento me pareció razonable: no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera midiéndole los orgasmos a otras personas. Mientras duraron los cursos, en casa vimos videos con todas las combinaciones posibles: mujeres con burros, parapléjicos con sordomudas, tres chinas y un anciano, etc. Venían a tomar el té transexuales, lesbianas, necrofílicos, onanistas, y mientras la virgen de Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los cirujanos convierten a un hombre en mujer mediante un trozo de tripa.

La verdad es que pasé años preparándome para cuando nacieran mis nietos. Compré botas con tacones de estilete, látigos de siete puntas, muñecas infladas con orificios practicables y bálsamos afrodisíacos, aprendí de memoria las posiciones sagradas del erotismo hindú y cuando empezaba a entrenar al perro para fotos artísticas, apareció el Sida y la liberación sexual se fue al diablo. En menos de un año todo cambio. Mi hijo Nicolás se cortó los mechones verdes que coronaban su cabeza, se quitó sus catorce alfileres de las orejas y decidió que era más sano vivir en pareja monógama. Paula abandonó la sexología, porque parece que ya no era rentable, y en cambio se propuso hacer una maestría en educación cognoscitiva y aprender a cocinar pasta con la esperanza de encontrar otro novio. Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte y se la llevó, pero esa es otra historia. Yo compré ositos de peluche para los futuros nietos, me comí la mousse de salmón y ahora cuido mis flores y mis abejas.

 

ISABEL ALENDE

MARIA NEGRONI

raulcelsoar 13/08/2009 @ 10:18


EL TEATRO EJEMPLAR DE LA TRISTEZA

MARIA NEGRONI

Un vampiro es un ser enamorado de su propio desconsuelo. Se aferra a lo perdido como a un escudo. En los laberintos del castillo abandonado del afecto, se lo ve deambular, cabizbajo y mudo y voluptuoso, sediento de una sed implacable, atormentado por la memoria de algo que acaso nunca ocurrió. Tanto Carmilla, la vampira de Sheridan Le Fanu, como el esquivo de Nosfe­ratu, lo saben bien: hay grandeza en medirse con las intemperies de lo anómalo. En la noche eterna, sufrir puede ser una patria.

Julia Kristeva (Soleil Noir: Dépression et mélancolie, 1987) atribuyó a la actividad de poetizar las mismas poses sombrías. Vio en ella una empresa hecha de enconos y gestos desesperados, reacia al duelo, que altera la pulsión de muerte y la vuelve mímesis de resurrección. ¿No viajan los grandes poemas siempre hacia lo indecible? ¿No nacen de rimar los lutos del lenguaje?

Como Nosferatu o Carmilla, los poetas son seres del abismo del tiempo (que es también el abismo de la falta de identidad), criaturas absortas, aferradas al castillo en ruinas de sus proyecciones, exasperadas por ver vivir eternamente lo que no cesa de morir. Por eso, tal vez, apenas hablan y, cuando lo hacen, balbucean interjecciones, ritmos, cosas olvidadas como si así pudieran acercar el sentido del cuerpo que los desterró y conjurar por una vez la noche inmóvil. En cada ataque amoroso vuelven a la pena como a un salvoconducto infalible, y renuevan un pacto que evoca servidumbres secretas: su parafernalia de crueldad conduce a cierta belleza oscura de imágenes fugaces. Toda contaminación supone estremecimientos y sombras vertiginosas. (Es preciso sobrevivir a la noche.) El deseo es que las palabras, como decía Holderlin, se abran como flores. En el umbral de la nominación, el poema elige, in extremis, una desgracia edificante: se yergue, desafiante y vencido, como un viudo identificado con la muerte.

La poesía, hubiera dicho Benjamin, es un teatro ejemplar de la tristeza. Una inercia que persevera, ensimismada y sorda a toda revelación, atenta sólo al mundo de los objetos y a las lentas revoluciones de Saturno. En ella, si se mira bien, lo único activo es el ataque camuflado contra el otro instalado en el yo (o viceversa), con tal de suprimir una escisión intolerable. El juego, entre impremeditado y alevoso, da sus frutos. El poema no interrumpe su ciego deambular pero es posible que algo pueda recibir, aunque más no sea un instante, de la luz residual de esa violencia.

Duelo imposible, balbuceo, efervescencia amorosa y criminal, una saga lírica regida por un voluntarioso desamparo: la melancolía también es una estética, y la sensibilidad gótica finisecular (la nuestra) acaso sea uno de sus nombres. Detrás, como antecedente, habría que enumerar lo que otros llamaron el Bizancio anglofrancés del siglo XIX, la literatura charrogne y ese culto de la belleza manchada, emparentada con la desdicha, que popularizó Baudelaire en El pintor de la vida moderna.

Todas las variantes del vampirismo, las voluptuosidades fúnebres, las alianzas entre el placer y la tumba, la flagelación, el amor lesbiano, la atracción de lo exótico y los cuentos de terror y necrofilia que conoció el fin de siglo pasado, provienen de esta concepción de la belleza, y su physique de l’amour, saturada de ruinas, caos y estatuaria, remite al mismo universo sublunar aludido por Kristeva. La poesía, en este sentido, pertenece por derecho propio a la Biblioteca del infierno.

Vincular acedia y lírica permite, por fin, algo más: redefinir el papel que le cabe a esta última en nuestro fin de milenio. Si, vista desde la tecnología y la democracia voraz de nuestro mundo de imágenes, la poesía es un género anacrónico, no lo es desde una teoría de la tristeza, en la medida en que su gesto instaura y garantiza una distancia infranqueable con una fuente que representa el origen y/o la verdad. Al obedecer a un ritmo hecho de súbitos detenimientos, cambios de dirección y nuevas inmovilizaciones, el poema actúa precisamente una imposibilidad: la de condensar significado y significante. Una y otra vez, la isla heroica de la melancolía, como la llamó Marsilio Ficino en el siglo XV, insiste en la experiencia material y fracasa. Este fracaso es espléndido y debe celebrarse porque, con él, se pone de manifiesto lo construido (lo falso) de la verdad simbólica, dando lugar a un mundo donde la jerarquía de una visión coherente de lo real no se sostiene.

Quiebre de la noción de totalidad y añoranza incurable de algo que, acaso, nunca se tuvo, son, desde siempre, marcas de lo que se sabe en estado de extinción. La poesía, acicateada por el deseo, realiza un movimiento afín: como intrigante que, en un misterio medieval, multiplicara significaciones, arma una coreografía escrituraria y, en ese decorado, escenifica una catástrofe (una epifanía mínima y fugaz), reubicándose como un arte imprescindible de la época.

Villiers de IIsle-Adam, Théophile Gautier, Mary Shelley o Renée Vivien, supieron ya a fines del siglo pasado (en su propia sociedad moribunda, transida de progreso) que la respiración asmática, como toda ostentación, tiene que ver con la carencia. Por eso, la belleza decadente de su producción, llena de emblemas, martirios, intrigas y lamentos, como la luz que ilumina en los cuadros barrocos el dibujo oscuro de la alegoría, es un efecto de opuestos. Reducido a un estado de ruina, el lenguaje ya no sirve para la comunicación pero está tanto más cerca de lo incognoscible. A la casa de la significación, por fin, se le ha volado el tejado.

Hay una vida afectiva del verbo donde éste se decanta, pasando del sonido natural al puro sonido del sentimiento. Para este verbo, el lenguaje no es más que un estado intermedio en el ciclo de su transformación, describe el trayecto que va del sonido a la música, descomponiéndose con la lentitud de los cortejos. En este verbo, hablan la melancolía y los poemas. A la manera de una enfermedad fatal, corrompen la lengua para amplificar lo eterno de lo efímero, lo ilusorio de lo verdadero. La estética es errática. No se buscan esencias, sino monogramas que cifren misterios, alguna traición, una voluptuosidad inútil, un gabinete fantástico donde un niño pueda perderse bajo la mirada de Novalis. En este verbo, el torpor se trastoca en audacia, lo banal en contemplación de lo banal, la proclamación en cosa rota. En este verbo, la tristeza se fragua a sí misma para salvarse.

 MARÍA NEGRONI 

OSVALDO SORIANO

raulcelsoar 10/08/2009 @ 10:12


TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

 

"Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final."

Philip Marlowe en El largo adiós

 

 

OSVALDO SORIANO

Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla. Los ojos de Stan tienen el color de la bruma; los de Charlie, el del fuego. La brisa salada les salpica los rostros con gotas transparentes. Stan se pasa la lengua por los labios y siente, quizá por última vez en este viaje, el gusto salado del mar. Tiene los ojos celestes, pequeños y rasgados, las orejas abiertas, el pelo lacio y revuelto. Un aire de angustia lo envuelve y a pesar de sus diecisiete años está acostumbrado a fabricarse sonrisas. Ahora, lejos del circo, lejos de Londres, su cuerpo pequeño está rígido y siente que el miedo le ha caído encima desde alguna parte.

Charlie, que frente al público es un payaso triste, sonríe ahora, desafiante y frío. Apoyado en la popa ha inclinado el cuerpo hacia adelante, como si quisiera estar más cerca de Manhattan, como si tuviera apuro por asaltar al gigante.

—Mi padre dijo que el cine matará a los cómicos —ha dicho Stan.

Lo dice con amargura, porque ha recordado a su padre que también es actor y ha visto de frente la ansiedad de los curiosos, la desesperación de los fracasados, la alegría momentánea de una mueca; las ha visto mil veces, y lo ha contado mil veces en la mesa durante las cenas en la vieja casa de Lancashire. Las primeras luces surgen de la niebla y Stan sabe que ya no puede volver atrás, que cualquiera sea su destino, él está allí para aceptarlo.

—Matará a los cómicos sin talento —ha respondido Charlie, sin mirar a su compañero cada vez más lejano, atrapado por las luces. Siente que la hora llega, que toda Norteamérica es un auditorio en silencio que espera verlo pisar la costa. Escucha las exclamaciones de asombro, los aplausos, los ¡vivas! de la multitud, siente que alguien lo abraza y llora. La sirena del barco lo sacude, le hace abrir los ojos claros que tienen más fuego que nunca y descubre a su alrededor el júbilo de sus compañeros de la troupe que festejan la llegada. Stan sonríe brevemente. Se tapa la cara con las manos porque una sensación vaga y molesta le toca el corazón y las tripas. Entre los dedos abiertos que enrejan sus ojos, mira a Charlie y siente que lo quiere como a nadie, porque sabe que está ante un vencedor.

Las lanchas se acercan al barco y lo remolcan. El día es luminoso y la niebla se ha levantado. Algunos actores tragan scotch y dan alaridos incomprensibles. Ellos volverán pronto a Londres, abrazarán a sus mujeres y a sus hijos y narrarán la aventura de la gira. Stan y Charlie no tienen pasajes de regreso. El barco se ha detenido y de la bodega emerge un ganado sucio y mugiente. Una a una las vacas pisan tierra americana y nadie les envidia su destino. Charlie ha encendido un cigarrillo y aguarda su turno en la escalinata. Ya no pertenece a la troupe.

Una ola de sangre caliente inunda las venas de Stan y su rostro se llena de vida. Adivina que Charlie está apostando por el éxito y la fama. De un bolsillo saca un puñado de chelines y los arroja con fuerza al mar. Se ha quedado solo y si pudiera verse sentiría vergüenza.

—No van a matarme, papá —dice, y salta a tierra.

 

 

El viejo Stan Laurel bajó del taxi. Miró el arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprobó el número del edificio. El tránsito era intenso como todas las mañanas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un instante en la vereda. El edificio que tenía frente a él no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de la fachada mostraba la suciedad de los años. Antes de tomar el ascensor se quitó el sombrero. Nadie prestó atención a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al sexto piso se había quedado solo. Salió a un pasillo mohoso, iluminado por un par de lámparas fluorescentes. Caminó unos pasos y se detuvo frente a una puerta de madera deteriorada que tenía un vidrio esmerilado. En él se leía: "Philip Marlowe, detective privado", y más abajo: "Entre sin llamar".

Entró sin hacer ruido. Se había vuelto cauteloso y no supo por qué. Ante él había una pequeña sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre la que estaban tiradas algunas revistas viejas. Se sentó. Dejó el sombrero sobre la mesa y tomó una de las revistas, pero sus ojos miraban la habitación. Las paredes estaban absolutamente despojadas y no habían sido limpiadas en los últimos años, aunque alguien se encargara de pasar, de vez en cuando, un plumero que nunca había alcanzado el techo. Stan fijó sus ojos en la puerta entreabierta que tenía frente a él. Inclinó el cuerpo, pero no alcanzó a ver el interior de la oficina. Alguien abrió la puerta por completo.

—Pase, señor Laurel.

Marlowe era un hombre de unos cincuenta años, un metro ochenta de alto, cabello castaño oscuro, aunque las canas lo habían blanqueado demasiado. Sus ojos, también castaños, tenían una mirada dura pero melancólica. Vestía un traje gris claro al que hacía falta planchar.

Stan, pequeño y desgarbado, entró en la oficina. La habitación estaba iluminada por el sol que entraba a través del ventanal. Marlowe se acomodó en su sillón, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo y el hollín.

—¿Cómo supo mi número? —preguntó el detective, mientras con un gesto invitaba a Stan a sentarse.

—En verdad, señor Marlowe, lo tome al azar de la guía.

Marlowe encendió un cigarrillo y echó su cuerpo hacia adelante.

—¿Pidió referencias? ¿Sabe al menos quién soy?

—No. No lo hice. ¿Qué importa eso? Usted anda en este trabajo desde hace muchos años, según me dijo por teléfono. Si me gusta lo contrataré.

—No es un buen procedimiento, señor Laurel. Usted es un hombre famoso. Podría pagar los servicios de una agencia.

—Soy un hombre famoso al que nadie conoce, señor Marlowe. Se equivoca. No puedo pagar una agencia. No tengo mucho dinero. ¿Cuánto me dijo que cobraba por su trabajo?

—Cuarenta dólares diarios y los gastos.

—Está dentro de mis posibilidades, siempre que los gastos no sean muchos.

—¿Está seguro de no ser un avaro?

—Estoy casi en la ruina si le interesa saberlo. Tal vez no le convenga perder su tiempo conmigo.

—Eso lo veré después. Antes quiero saber por qué uno de los cómicos más famosos de Hollywood viene a visitar al viejo Marlowe. No me ocupo de divorcios ni persigo a jóvenes drogadictos.

—No es ese mi problema.

—Me encanta saberlo. Lo escucho.

—Me estoy muriendo, señor Marlowe.

—No se nota.

—Sin embargo, es así. Ollie tuvo suerte. Le falló el corazón y terminó con todo. Yo me estoy muriendo lentamente, pero creo que las cosas deberían ser mejores para un viejo actor.

—Usted no necesita un detective —gruñó Marlowe—. Hable con un agente de seguros y con un sepulturero.

—No creo que tome en serio a sus clientes.

—Usted no es mi cliente, señor Laurel. Me parece un hombre desesperado ante la proximidad de la muerte y yo no me ocupo de esos problemas. Si me permite una sugerencia, hable con un cura; usted necesita un consejero espiritual. Tal vez lo metan en un asilo de ancianos.

—No necesito consejos. Sé cómo recibir la muerte. Tengo setenta y cinco años, filmé más de trescientas películas, recibí un Oscar, conocí el mundo, me casé ocho veces, varias de ellas con la mujer que ahora está a mi lado. No me importa morir. No vine aquí a pelearme con un detective impertinente que ni siquiera tiene su oficina limpia. Vine a contratarlo. No se ofenda, Marlowe, pero usted es un tonto. Con esos modales no lo alquilarán ni para cuidar el perro de un ejecutivo. Y lo peor es que ya es demasiado grandecito para cambiar.

—No rezongue, señor Laurel. Me gano la vida como puedo. No tengo demasiado dinero porque me niego a atender las chocherías de los viejos.

—Muy bien —el actor se levantó de su sillón—, aquí tiene mi teléfono. Llámeme si cambia de idea. Usted es muy torpe, pero me parece decente.

Stan Laurel abandonó la oficina con la misma cautela con que había entrado. El detective lo siguió con los ojos. Cuando la puerta se cerró, echó una mirada a su reloj. Eran más de las doce. Bajó a la calle y caminó dos cuadras hasta el bar de Víctor. Comió un sándwich y tomó una Coca Cola. Se quedó un rato pensando en el viejo Laurel. Fumó lentamente un cigarrillo. Pidió un diario a Víctor y buscó la página de espectáculos. En un cine de segunda categoría daban un programa de cortos cómicos: Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Buster Keaton, Larry Semon. Salió a la calle.

Un frío seco, cortante, extraño en Los Ángeles, obligaba a la gente a envolverse en sobretodos y a caminar con apuro. El sol había desaparecido detrás de la muralla de edificios. Marlowe volvió a su oficina. Del escritorio sacó una botella de whisky y un vaso. Se echó en el sillón, puso los pies sobre el escritorio y tomó algunos tragos. Encendió otro cigarrillo, pero lo apagó en seguida. Intentó dormir. Cerró los ojos, pero fue inútil. Pensó que desde su divorcio apenas había trabajado en un par de casos.

Después de separarse de su mujer, anduvo varios meses vagabundeando, borracho, por los suburbios de la ciudad. Recibió un par de palizas y durmió cuatro noches en la cárcel. Entonces decidió alquilar nuevamente su antigua oficina. Cada vez estaba más cansado y sus ahorros —mil doscientos dólares— volaron en seguida. Tuvo que vender el auto para alquilar una casa de dos habitaciones en un barrio de clase media, en las colinas bajas.

Metió la mano en el bolsillo y sacó algunos billetes arrugados. Los contó: veintisiete dólares con cincuenta. "Ánimo, Marlowe —se dijo—, las estupideces se pagan siempre", y recordó su casamiento con Linda Loring, una millonaria posesiva, que lo rodeó de lujo y lo colmó de aburrimiento durante seis meses.

No podía dormir más de dos o tres horas por día. Decidió ir al cine de los cómicos. Necesitaba reír un rato. Tomó un ómnibus que lo dejó a tres cuadras. Caminó con pereza. Hacía cada vez más frío. Levantó la cabeza para ver, sobre los edificios, un cielo color de plomo. A su lado, la gente pasaba apresurada. Se dio cuenta de que no tenía sobretodo. Lo había perdido en una noche de borrachera.

Sacó la entrada y se quedó en el hall fumando un cigarrillo. Esperó a que terminara la película de Chaplin. No le gustaba ese hombrecito engreído, al que siempre le iba mal en las películas y bien en la vida. La empleada de la boletería lo miraba. Era una mirada curiosa que recorría el traje arrugado. Se enderezó las solapas, pero ella lo siguió observando. Él le guiñó un ojo y la muchacha dio vuelta la cara. Entró. Había poco público a esa hora y todos estaban juntos, como protegiéndose del frío. Marlowe se sentó en una butaca desvencijada. Vio a Buster Keaton, que subía y bajaba escaleras a toda velocidad con su cara imperturbable y trágica. Vio a Laurel y Hardy, que trataban de vender un árbol de Navidad a Jimmy Finlayson. Los vio luego destruir la casa del furioso cliente, mientras éste rompía el Ford a bigotes del gordo y el flaco ante una multitud de vecinos curiosos. Empezó a reír y no pudo parar. Sintió dolores en la barriga, pero aquellos dos hombres no se detenían nunca; lo obligaban a reír cada vez más. Cuando apareció en la pantalla el policía Edgar Kennedy, Marlowe se paró y abandonó la sala. No quería saber si los llevaría presos. Caminó unas cuadras y tomó el ómnibus. Llegó a la oficina a las seis de la tarde. Quedaba poca gente en el edificio. No sabía por qué regresaba allí. No tenía trabajo y nadie lo esperaba. Tomó un trago y se quedó sentado hasta que la oscuridad lo rodeó. No tenía ganas de levantarse a encender la luz. Empezó a sentirse mal. Siempre se sentía mal al caer la tarde. Tal vez Capablanca quiera jugar una partida de ajedrez, pensó. Cerró la oficina y salió. El ómnibus tardaba casi una hora en llegar a su casa.

Subió los escalones de tronco de pino del viejo chalet. Los yuyos habían cubierto el jardín. Abrió la puerta y encendió la luz del porche. "Una tarde me voy a quedar a cortar los yuyos", se dijo. Entró. La sala olía a encierro y resultaba tan poco acogedora e impersonal como siempre. Preparó algo de comer en la cocina. Sacó el tablero y desplegó las piezas. En verdad no tenía ganas de jugar. Guardó el ajedrez. Se sentía peor que Capablanca. Comió poco. Encendió el televisor y vio el noticiero. El presidente Johnson ordenaba bombardeos en Vietnam. Apagó el televisor. Recordó algunas palabras que Laurel le había dicho esa mañana: "Las cosas deberían ser mejores para un viejo actor". Tal vez ahora Stan estuviera viendo ese noticiero. Tomó el teléfono y marcó el número que el actor le había dejado.

—Habla Marlowe, señor Laurel.

—Me alegra que haya cambiado de opinión, hijo.

—No se trata de eso. Necesitaba hablar con alguien.

Hubo un silencio en la línea. Durante casi un minuto no se atrevieron a interrumpirlo. Por fin, Laurel:

—¿Por qué me eligió a mí?

—Lo vi esta tarde en un cine. Daban Ojo por ojo. Hacía por lo menos diez años que no veía una película del gordo y el flaco. Me fui antes de que terminara, cuando llegó el policía.

—¿Tiene alergia a la policía, Marlowe?

—Siempre lo arruinan todo.

—Es cierto, Ollie y yo terminamos perseguidos por el policía Sanford. ¿Por qué eligió esa profesión?

—Es muy difícil saberlo ahora. Trabajé con el fiscal del distrito hace tiempo, pero soy demasiado irrespetuoso con la autoridad. Decidí seguir solo. Desde entonces estuve varias veces en la cárcel. No me gusta colaborar.

—Yo también necesitaba hablar con alguien —lo interrumpió Laurel.

—¿Por eso fue a verme esta mañana?

—Creo que sí. Iba a pagar su tiempo.

—Deberíamos suscribirnos a Corazones Solitarios.

—Creí que el cómico era yo, Marlowe.

—Hace tiempo que dejó de serlo.

—Usted es muy duro conmigo. ¿Siempre es así?

—En los ratos libres corto los yuyos del jardín y juego al ajedrez.

—La soledad lo ha vuelto hosco, Marlowe. ¿Alguna vez quiso a alguien?

—Una vez. Me casé con ella, pero era demasiado tarde. No anduvo.

—Quise decir si tuvo amigos.

—Recuerdo uno. Se llamaba Terry Lennox. Era inglés, como usted. Trabajó en películas, como usted. Estaba deshecho y terminó montando una comedia para escapar de la realidad. No volví a verlo. Estoy tan solo como es posible estarlo en este país.

—¿Puedo verlo mañana, detective? Le adelantaré cien dólares. ¿Está bien?

—¡Al diablo con los cien dólares! Le dije que mi oficina no es un confesionario. Olvídese de todo. Tomaremos un gimlet y no lo veré más. Cuando quiera recordarlo iré al cine. Usted era más divertido antes, Laurel.

 

 

—¡Cámara!

La cara del gordo se ha transformado en una máscara payasesca por el maquillaje. Está ante la enorme cocina de un restorán, frente a decenas de cacharros, y el vapor que sale de ellos lo envuelve y lo hace sudar. Los mozos entran uno tras otro y llevan los pedidos, vuelcan los guisos y las sopas. El piso es un enchastre de patas de cordero, papas, verduras, sobre las que el gordo y los mozos resbalan una y otra vez; caen al suelo dibujando cabriolas espectaculares. La acción se interrumpe a menudo. El flaco corre de un lado a otro, grita instrucciones, habla con el gordo y le marca las escenas siguientes.

Los días del ensayo previo lo han dejado conforme. "Ese gordo tiene talento y hará reír mucho", piensa Stan. Está feliz porque Hal Roach le ha dado una oportunidad para dirigir un filme. Hace catorce años que llegó a Estados Unidos y se ha ganado la vida en Hollywood como actor de comedias sin demasiado éxito.

Ollie pesa ciento cuarenta kilos, pero los lleva sin esfuerzo. Quiso ser actor desde que dejó su casa de Georgia, contra la voluntad de su padre. Cuando filmó su primera película parecía un bebe rozagante al que el público esperaba que le pasaran cosas terribles. Pero era muy difícil triunfar. Chaplin había acaparado al público, a la prensa, y todo el mundo hablaba de él.

Ahora Ollie está contento. Siente que Laurel es un tipo inteligente, que sus guiones son precisos y ricos, que sus observaciones son certeras. Será, cree, un gran director. El gordo deja que los auxiliares lo maquillen otra vez, mientras escucha los gritos del flaco que se acerca y controla el efecto que los cosméticos han conseguido sobre su cara. Todo está listo para filmar la siguiente escena. Alguien, en el estudio vecino, hace sonar un tango. Ollie sonríe. Recuerda aquellos rosedales de Palermo; los mateos y los bares de la estación Retiro. Buenos Aires era una linda ciudad en 1915.

Ollie camina lentamente hacia las luces del escenario donde las cámaras están listas. No sabe por qué, pero otra vez recuerda los rosedales, las mujeres tímidas y los hombres impecables que las toman del brazo. Los compases del tango le traen a la memoria a aquel hombre, al bandoneonista —Pacho lo llamaban—, que siempre estaba haciéndole chistes por su barriga y su lamentable español. Tenía que ayudarlo en todo. Pacho sospechaba que Ollie comprendía el español, pero hablaba en inglés para no meterse en líos. El tango ha dejado de oírse y el gordo sonríe frente al flaco y le hace un gesto cómplice. El flaco entiende y sonríe también. Ahora recuerda su viaje a la Argentina, en 1914, sus acrobacias de payaso en un teatro céntrico (el Casino, cree recordar), la esperanza que tenía de ser alguna vez actor de cine o director. Quizás ha recordado aquellos corralones donde podía escucharse el tango y compartir un vaso de vino con hombres de pañuelo al cuello y mirada sobradora.

—¡Cámara!

La acción recomienza en el mismo exacto lugar donde Stan había ordenado el corte anterior. Ollie tiene que resbalar una vez más, debe odiar a los mozos que han dejado caer al suelo sus bandejas. El giro es perfecto y la armonía de sus movimientos logra una extraña forma de poesía grotesca.

El resbalón y la caída parecen un cataclismo. Stan sonríe satisfecho. El gordo lo ha logrado. Ollie grita. La escena se rompe en mil pedazos. Stan ordena el corte de cámaras. Corre hacia el escenario. Al caer, el gordo ha arrastrado una olla de agua hirviendo. Tiene el brazo derecho rojo y la piel empieza a arrugarse. Ollie grita cada vez más. Alguien corre en busca de un bálsamo para quemaduras. Stan se toma la cabeza. Quiere llorar y no lo consigue. Todo su plan se desmorona, ya no habrá película. Furioso, patea los cacharros y lanza golpes al aire, resbala sobre una planta de lechuga, trastabilla, tropieza contra las piernas del gordo que sigue gritando y cae de narices.

Hal Roach grita satisfecho, levanta los brazos y los agita, masca su cigarro con ferocidad.

—¡Los encontré! —grita—. ¡Son ellos!

A su alrededor nadie ha podido contener una carcajada. La caída del gordo y la furia del flaco —que ahora está tirado y golpea los puños contra el suelo— han sido una de las cosas más desopilantes que se han visto en el estudio. Roach vocifera hasta que un asistente corre a su lado.

—¡Contrátelos! —ordena con voz entrecortada—. Es la pareja más cómica que he visto en mi vida.

Laurel se ha levantado y camina hacia Roach. Su rostro tiene el gesto del llanto, pero sólo siente pena.

—¡Que cagada, Dios mío! —Se toma la cabeza. Roach lo mira sonriente.

—¿Se anima a repetirlo? —pregunta, ordena—. Directores hay muchos, Stan.

El flaco no comprende. Atrás, una enfermera embadurna el brazo de Ollie y le coloca una venda desprolija. El gordo siente un ligero alivio. La risa de los asistentes le ha dado mucha rabia. No ha entendido tampoco qué hacía Laurel en el suelo, junto a él. Ahora se acerca al productor y a Stan; va a decirles que dentro de una semana podrá seguir trabajando. Los dos hombres lo miran. Roach es feliz.

—Creo que ustedes van a hacer reír —dice.

 

 

Cuando Laurel entró a la oficina, Philip Marlowe leía un libro sentado en su sillón; las largas piernas del detective estaban sobre el escritorio y sus pies se apoyaban sobre un montón de carpetas. Los zapatos brillaban limpios y lustrados, pero las suelas tenían agujeros y a los tacos de goma se les veían los clavos. Laurel se paró ante el escritorio y observó con atención al hombre que seguía distraído.

—Buen día —saludó.

El detective levantó los ojos. Miró un largo rato al viejo que vestía un traje pasado de moda, pero limpio y bien planchado. En las manos llevaba un sombrero y el sobretodo que se había quitado antes de entrar. Sus ojos eran brillantes y sonreía, como si hubiera algún motivo para hacerlo. Pasó un largo minuto antes de que Marlowe dejara el libro sobre el escritorio y encendiera un cigarrillo.

—Creo que se equivocó de puerta.

—Usted necesita un empleo y yo se lo ofrezco —dijo el actor.

—¡Que interesante! ¿De qué se trata?

—¿Qué esta leyendo? —replicó Laurel.

—Una novela policial. Un detective de la agencia Continental llega a un pueblo y se mezcla con una banda de criminales y con la policía y anda a los tiros con todo el mundo. No es un hombre delicado, se lo aseguro. Me hubiera gustado tenerlo de socio. La novela no dice cómo se llama, pero podría encontrarlo a la vuelta de una esquina.

—¿Alguna vez tuvo que matar a alguien? —dijo Laurel, y se ruborizó.

—Alguna vez. Casi lo he olvidado.

—El suyo es un oficio duro.

—Lo fue. Cuando tenía lío podía ganarme algunos dólares. Ya estoy un poco viejo para eso. ¿Qué me ofrece usted, Laurel?

—Cien dólares de adelanto. Acepto su precio.

—¿Trajo el dinero?

—Aquí está. Hoy lo veo más comprensivo.

—Tengo algunos problemas que solucionar. Eso me hace más estúpido. ¿Por qué no se sienta?

Laurel se sentó.

—Quiero saber por qué nadie me ofrece trabajo. Si tratara de averiguarlo por mi cuenta arriesgaría mi prestigio. Hay muchos veteranos trabajando en el cine y en la televisión. Yo podría actuar, o dirigir, o escribir guiones, pero nadie me ofrece nada desde hace muchos años. Oliver consiguió trabajo una vez, en una película de John Wayne, pero fue un fracaso. Tuvo que ir a pedirlo. Yo nunca quise hacer eso.

—¿Conoce a mucha gente en Hollywood? —preguntó Marlowe.

—Algunos viejos, a los que no veo hace tiempo, y dos muchachos que vienen a verme de vez en cuando para charlar sobre la comicidad. Ellos tienen mucho trabajo. Usted los conoce: Jerry Lewis y Dick van Dyke.

—No voy mucho al cine, pero los he visto. ¿Son sus amigos?

—Dick es un amigo. Tiene talento; mucho talento. Me considera su maestro. Viene a casa y charlamos largas horas.

—¿Por qué no lo contrata?

—Él no puede contratarme. Es posible que no se anime a incluir en sus películas al viejo maestro.

—Entiendo. Por ahí anda a las trompadas un muchacho a quien le enseñé el oficio, pero no se le ocurre colaborar con el viejo Marlowe. Viene a visitarme para tomar whisky. Me consulta sus casos, me da la mano y se va. Lew es un gran muchacho, preocupado por el psicoanálisis, pero debe creer que los viejos viven del aire. Los productores pensarán que usted está en buena posición y que sin Hardy no le interesa trabajar.

—Cuando él vivía tampoco nos ofrecieron nada. En el cincuenta y uno hicimos una película en París. Fue lo último.

—¿Ganaron dinero?

—No. La película fue un fracaso. Ollie estaba enfermo y no podía moverse demasiado. Yo también había estado con ataques y no era un buen momento. No filmamos en Estados Unidos desde que Ollie volvió de la guerra.

—¿Hardy fue a la guerra?

—Había recibido instrucción en un colegio militar cuando muchacho. Lo llamaron y le dieron el grado de capitán. Estuvo en Gibraltar.

—¿Él quería ir al frente?

—Era un muchacho muy despreocupado. Lo tomó en broma. Me dijo: "Me voy al frente" y no lo vi hasta un año después. Cuando me contó sus anécdotas pensé en filmar una película, pero él estaba muy dolorido por todo lo que ocurrió y preferimos dejarlo.

—¿Cuándo murió?

—En 1957, en un hospital. Estaba muy enfermo y paralítico. Fue una época muy difícil. No fui al entierro y me criticaron por eso, pero no podía ir.

—¿Por qué?

—Ollie no era sólo un amigo. Era parte de mí; ninguno podía ser nada sin el otro. Nuestra vida fue el cine y lo compartimos todo. No nos veíamos mucho, pero hacíamos lo único que justificaba nuestra vida: filmar. Pronto me di cuenta de que éramos uno solo. Yo no podía asistir a mi propio entierro.

—¿Por qué me dijo ayer que estaba muriendo?

—Estoy enfermo, Marlowe. Soy diabético y tengo ataques. Sé que no me queda mucho tiempo. Pero no era eso lo que trataba de decirle. Desde que no trabajo me estoy muriendo un poco cada día. Cuando uno tiene un solo motivo para vivir, y ese motivo desaparece, siente que está de más. Quiero que usted averigüe por qué los productores me han olvidado.

—¿Tuvo relación con los diez de Hollywood?

—¿Los diez de Hollywood?

—Sabe de que hablo: los juicios de Joe.

—Los conozco, pero nada más.

—Espero que no me mienta —dijo el detective—; la política ha dejado fuera de carrera a más actores que la droga. Usted conoce bien todo eso. Si Joe veía rojo era para echar a correr. Sé de uno de los condenados. Pasó nueve meses preso por vender bonos para el partido. Él quería ayudar a los otros detenidos y lo metieron adentro. Su vida resultó un desastre: uno puede ser un desgraciado y seguramente irá preso. Haga la prueba. Señale a los culpables de su suerte y le darán una buena celda. Hágase rico o sea un rebelde famoso y lo aplaudirán.

—No se enoje, detective.

—No estoy enojado —Marlowe levantó la voz—, pero me molesta que se haga el inocente, Laurel.

—No entiendo —Stan bajó el tono.

—Déjelo.

—Una vez Buster Keaton me dijo que habíamos cometido un error, porque nuestros argumentos se basaban en la destrucción de la propiedad privada y en el ataque a la policía. Decía que la gente se reía de eso, pero en el fondo nos odiaba.

—¿Dónde está ahora Keaton?

—Creo que en Canadá, haciendo películas de turismo. Está en la miseria.

—¡No me diga!

—Muchos cómicos terminaron así. Chaplin se salvó.

—¿Se salvó? —se burló el detective.

—A él también lo persiguieron. Tuvo que irse.

—Vea, amigo, cuando en este país lo persiguen a uno en serio, es difícil escapar. Chaplin fue un rebelde famoso, lleno de mujeres y de millones. Joe no tenía interés en meterlo a la sombra. Un día de estos volverá a pasear su esqueleto por Hollywood y le harán reverencias. Es posible que le levanten un monumento. Usted y yo estaremos pidiendo limosna en la entrada de los estudios.

—No exagere —respondió el actor.

—Está bien. Estoy sintiendo frío. Cambiemos este billete de cien en lo de Víctor. Prepara un ginlet de primera y a esta hora el bar está casi desierto. Víctor no se ha despeinado del todo y todavía tiene las manos limpias y una sonrisa.

—No bebo a esta hora.

—A mucha gente le pasa lo mismo. Por eso Víctor está limpio y sonriente.

 

 

Ollie se ha sentado en un sillón donde el cuerpo parece estar de sobra. Fuma un cigarro de discreta calidad, tratando de que las cenizas no caigan sobre el piso brillante del hall. Su vista sube, baja, gira y se detiene en los cuadros de las paredes, en los muebles, en todo ese lujo que adorna la sala confortable pero deshabitada.

"Qué viejo está", piensa la secretaria vieja, que ha entrado por una puerta enorme y se acerca al gordo con una sonrisa.

—El señor Wayne lo recibirá en un momento —le dice y aún cuando ha terminado de hablar sostiene su mirada a través de los lentes.

—Gracias —contesta el gordo, e inclina la cabeza a modo de saludo. A ella le parece que el juego es el mismo de siempre, sólo que falta Stan para levantar su sombrero y responder al saludo.

El gordo no se ha movido del sillón y continúa mirando discretamente a su alrededor, hasta descubrir un par de pistolas que se cruzan formando una equis sobre la pared, justo frente a él. A la derecha, una bandera norteamericana cuelga inmaculada, como si alguien se tomara el trabajo de lavarla de vez en cuando, de cuidar sus pliegues imperfectos.

Apaga el cigarro y se arrellana en el asiento. Hace mucho tiempo que no ve a John y le da un poco de vergüenza visitarlo para pedirle trabajo. Stan le ha dicho que no se apresure. No le habló mal de Wayne porque nunca habla mal de nadie, pero él se dio cuenta de que no le cae simpático. Tal vez haya sido una imprudencia molestarlo, interrumpir su trabajo.

La puerta se abre y la secretaria, solemne y curiosa, le indica que pase. Transpone la puerta enorme y encuentra el vacío. Allá, a lo lejos, un cowboy se pone de pie y levanta los brazos, jovial y descansado, como si acabara de despertarse de una siesta.

—¡Mi viejo Ollie! —grita. Avanza. Sacude el cuerpo flaco, excesivamente alto. Lleva un pantalón vaquero de cuero y una chaqueta de cheyenne; a ambos lados de la cintura cuelgan las pistolas. Cuando están a dos metros el gordo anticipa la mano derecha y una sonrisa. Wayne, con la velocidad de un rayo, saca sus pistolas y aprieta ambos gatillos a la vez.

Hay un chasquido seco, absurdo, que se pierde en el aire; una carcajada falsa, hiriente, más de complicidad que de gozo, deforma la cara del cowboy. Ollie comienza a sonreír. Es una respuesta tímida y sorprendida que se apaga pronto. Wayne sigue riendo mientras las pistolas giran en sus dedos, pasan de una mano a otra antes de caer en las fundas.

—¡Mi viejo Ollie! —repite Wayne y estrecha los hombros del gordo que sonríe sin ganas, apenas con un gesto quebrado—. ¿Qué te parece mi ropa para la próxima película? —pregunta Wayne.

—Estás muy bien, sos un verdadero cowboy —contesta Ollie y su mirada recorre cada detalle.

—Hay que cuidar la forma, Ollie —dice Wayne mientras levanta las cejas—, el público no quiere vaqueros mal entrazados, que den risa.

Hace un paréntesis, como disfrutando, y agrega:

—Ustedes sí que dieron risa. Ya lo creo.

—Gracias —contesta el gordo, que sostiene el sombrero entre sus manos.

Lo ve alejarse hacia el escritorio, en el fondo del salón, y lo sigue con paso lento. No hablan. La enorme figura del vaquero se hace más imponente al recortarse frente al ventanal. Se sienta tras el escritorio y saca un cigarrillo que enciende con una pequeña pistola. Una enorme pintura de Custer se empequeñece a sus espaldas. Por fin, habla:

—¿Qué te trae de visita, Ollie?

El gordo vacila. Parece un principiante, o un viejo estúpido. Dice en voz baja:

—Busco un papel, John; algo para mí solo. Stan y yo tenemos algunas propuestas, pero él prefiere elegir los guiones. Estudia demasiado las cosas y entretanto...

—Ustedes todavía pueden trabajar, Ollie... ¿Qué es eso de separarse?

—No nos separamos, John, busco algo transitorio. Mi situación no es buena y unos dólares me vendrían bien.

Wayne ha sacado una pistola y mira dentro del tambor, lo hace girar, sopla el humo del cigarrillo a través del caño.

—Debí imaginarlo. Puedo darte algo en The Fighting Kentuckian. Un villano o algo así.

—Un villano...

—Algo así.

Se miran. El gordo se siente como un elefante indefenso ante el cazador. Ahora sabe que Stan tenía razón. Aquí está, convertido en un villano, disfrazado con un gorro de piel y una carabina.

—Arreglá con el ayudante de producción —oye decir. Sale. No sabe si ha tendido otra vez su mano, pero se la lleva a la boca y siente gusto a pólvora. La vieja secretaria lo despide con una sonrisa. "¡Que viejo está!", piensa.

 

OSVALDO SORIANO

ROBERTO FONTANARROSA

raulcelsoar 09/08/2009 @ 01:39


 

 fontanarrosa

 

Cuento

 

—A las mujeres les pudrió el bocho el “Para Ti”, Borzone —dijo Reiner, fumando, la vista perdida en un punto indefinido. Borzone enarcó las cejas, interrogante.

—Claro... —completó Reiner, alargando la “a” y acomodándose de nuevo en la silla, el cigarrillo prolijamente sostenido entre los dedos índice y mayor de la mano derecha—. Esas revistas como el “Para Ti”, el “Maribel”, el “Claudia”...

Le gustaba recurrir a esos ejemplos arcaicos, dando nombre de productos de cuarenta años atrás, empleando palabras totalmente fuera de uso como si se complaciera en demostrar su edad (estaba arriba de los sesenta), como si su vejez le brindara un sello de distinción o conocimiento.

—El “Maribel” —Borzone no pudo menos que sonreír.

—Con esa falacia de la seducción permanente... ¿me entiende? —continuó Reiner—. Con esa mentira de la conquista cotidiana. “Sorprenda día a día a su marido”...”Sepa seducirlo como al comienzo”...”Aprenda a combatir la amenaza de la rutina”…

Borzone volvió a sonreír, un tanto incómodo, tímidamente, temeroso tal vez de incomodar al Profesor. Éste, sin embargo, salvo a su llegada, no había vuelto a dirigirle la vista. Reiner hablaba mirando hacia el frente, hacia la calle, quizás hacia un imaginario público compuesto por los estudiantes que concurrían siempre a sus clases de Filosofía.

—Se imagina usted, Borzone, que si el hombre, luego de ocho horas de trabajo en una oficina, por no decirle un taller, Borzone; con todos los quilombos que tiene en la cabeza con la cuestión de su economía, de su trabajo, de los impuestos, de la caída de los mercados financieros en Tokio, Borzone, no lo olvide; con el problema del coche al que le cagó por enésima vez la bomba de nafta, si el hombre, reitero, debe acordarse, antes de volver al anochecer para su casa, de pasar por el puesto del florista a comprar un ramito de petunias; petunias le digo, Borzone; para deslumbrar a su adorable esposa que lo espera cocinando y darle así una sorpresa que los remita a sus años de noviazgo, entonces, entonces estamos cagados, Borzone. La raza humana está recagada...

Reiner siguió mirando a través de sus lentes hacia a calle San Lorenzo, acodado en la mesa de café, las manos cruzadas, ahora, frente a su endeble mentón oscurecido apenas por una leve sombra de barba mal afeitada. Borzone aprovechó para observarlo un poco más largamente, como nunca lo hacía en la tertulia de los atardeceres en La Sede, sofrenado por su propia timidez y por el extraño respeto, casi reverencial, que sentía por Reiner. Descubrió entonces que, a esa hora, casi a las once de una fría noche invernal, el Profesor lucía desgastado. No sólo por la barba incipiente, sino también por los puños de la camisa algo raídos y el brillo menesteroso de un saco que ni siquiera había sabido de antiguos esplendores. No podía hablarse de desaliño pero Reiner tenía esa rara particularidad de ciertos tipos que se ven desprolijos aun prolijos. Una falda de la camisa levemente salida del pantalón, el cinto demasiado flojo, el nudo de la corbata laxo y asimétrico. Tampoco podía esperarse mucho de un sueldo de docente, reflexionó el muchacho, instantes antes de que el Profesor volviera hablar.

—Para la mujer misma es un incordio, Borzone —exhaló, doctoral y comprensivo—. Lo digo para que usted no confunda esto con una proclama machista. Para la mujer misma, que ya no es aquella de treinta años atrás. Si la mujer tiene que pegarse un baño cuando regresa del trabajo, calentar la comida que le dejó a medio cocinar la morochita que hace las veces de sierva, lidiar con el pendejo chiquito que ha alcanzado niveles de violencia demencial tras ocho horas de televisión viendo al pelotudo de Chuck Norris, y luego de eso, en los exiguos cinco minutos que le quedan libre antes de que llegue su marido con el bendito ramo de petunias debe vestirse como una diosa del Olimpo o engalanar la casa con guirnaldas de muérdago o bien aromatizar el hogar con incienso de Benarés... entonces estamos cagados, Borzone. Estamos total, definitiva y absolutamente cagados, Borzone.

—Es verdad, es verdad —se atrevió a menear la cabeza Borzone, como para decir algo, incluso como para recordarle al profesor Reiner que él estaba allí, sentado en la silla de al lado y que no se encontraba en el aula de Humanidades junto a los pensadores del mañana.

—Es como el asunto del diálogo —embistió, pausado, Reiner—. Otra bandera permanentemente levantada por el feminismo y también exacerbado por aquellas revistas de las cuales le hablaba...

—El “Claudia”, el “Marbel”...

—El “Chabela”... Publicaciones de índole indudablemente subversiva, Borzone. “Reactive el diálogo en su pareja”...”Resguardemos un espacio para el diálogo”... —Ante cada ejemplo, Reiner trazaba en el aire y frente a sus ojos una franja de supuestos titulares periodísticos, entre sus dedos índice y pulgar, bien separados— ”Enriquezca su vocabulario”...

—Eso era del “Selecciones” —apuntó el Profesor, concediéndole un vistazo con los ojos entrecerrados—. Yo también leía literatura del imperio, no se confunda usted, mi estimado amigo. Un carajo el diálogo, Borzone, otra falacia. Usted habla con su mujer, amante o compañera, los primeros años del conocimiento mutuo. Allí usted le cuenta su vida, sus sueños, sus fracasos, sus desvelos. Le cuenta que tenía una tía que era hemipléjica, que su abuela se cayó en el patio y se quebró la cadera, que un día usted quemó el toldo con una cañita voladora, que tuvo paperas de niño y que eso es bueno porque el día de mañana ese extraño mal no va a regresar a ponerle los huevos en la garganta. Y ella, pobre santa, lo mismo. Ella le contará que escribía poemas, que bordaba al crochet, que guardaba fotografías de Sandro de América. Y ya está Borzone, ya está. Después la cosa, como es lógico, se reduce a comentar los sucesos cotidianos: el nene hoy comió más puré de manzanas, vino el cobrador de Remeros, se quemó la lamparita del pasillo, dijo la radio que hubo incidentes en Urquiza y Ovidio Lagos. Tal vez, ocasionalmente, usted recuerde que esa abuela que se cayó en el patio y se quebró la cadera tenía un escapulario donde guardaba cabellos del general Mitre y agregue eso al informe familiar para contarle a su esposa. Pero lo demás del comentario del día, mi amigo, el comentario del día.¿Ella quiere más diálogo?¿Ella desea e insiste en prolongar los encuentros para charlar? Muy bien, muy fácil. Que se vaya, Borzone, que se vaya por un par de semanas. O váyase usted Borzone, váyase por un par de semanas que cuando vuelva seguramente ella le dirá: “¡Vos no sabés todas las cosas que tengo para contarte!. Y será así, seguramente, Borzone. ¿O no ha venido muchas veces su novia y le ha dicho: “Hoy me encontré con Rosita y estuvimos charlando como tres horas porque hacía casi dos años que no nos veíamos”. Pero si usted se ve mañana tarde y noche, Borzone, que no esperen, que no esperen un lúcida composición sobre la obra poética de José Pedroni ni una esclarecedora teoría sobre las constelaciones boreales —Reiner había elevado la voz y, por primera vez, su tono dejaba de tener un atisbo de displicencia amarga para dejar paso a una cierta furia contenida—. El eterno mito de la conquista permanente. La guerra popular prolongada, muchos Vietnam, la frase que proclamaba el general Mao y que algunos trasnochados solían escribir a escondidas de la policía en las paredes del barrio Refinería, Borzone. Que así le fue a Mao, al muro de Berlín y a la pared del barrio Refinería. EL bíblico castigo de la conquista permanente. Mi mujer solía pedirme eso, Borzone. “De vez en cuando —decía pobrecita— podrías tratarme como una novia. Sacarme a pasear, regalarme flores.” “Muy bien —le decía yo—. Si querés un tratamiento de novia, vivamos cada uno en su casa, hablemos un par de veces a la semana por teléfono y salgamos los sábados a la noche”. ¡Pero ella quería el tratamiento de novia con las prerrogativas de la esposa! Flores y paseo, pero también convivencia y manutención. Ésa es la ambición femenina, mi estimado. Ésa es.

Borzone se quedó un tanto callado, frunciendo la boca, mordisqueándose la carne interna de las mejillas, pensativamente y un poco herido. Aún permanecía sentado algo alejado de la mesa, como sin decidirse a integrarse definitivamente a ella, los brazos caídos con las manos entrelazadas entre las piernas. Igual como cuando había llegado—entusiasmado por la decisión flamante—a contarle al profesor Reiner que iba a casarse con Stella. Había pasado tarde por La Sede, rumbo a su casa, y lo había visto sentado, solo, en una de las tres únicas mesas ocupadas. No sabía que el Profesor era un parroquiano también nocturno de ese local. Solían encontrarse a menudo en la Mesa de los galanes, pero a la tardecita, y en grupo. Allí el profesor hablaba apenas (cuando no decidía aislarse en alguna otra mesa, huraño), tomaba café y lucía menos marchito y verdoso que ahora, algo deteriorado y con un vaso de whisky barato frente suyo.

—¿A usted qué le parece? —murmuró Borzone.

—Así es la cosa, mi estimado.

Borzone se tocó la barbilla. Y volvió a enarcar las cejas escéptico.

—Es que.. —dijo— cuando uno está enamorado...

—El enamoramiento, Borzone... —Reiner había recobrado su tono neutro y doctoral, de mirada vaga—, es un noventa y cinco por ciento de calentura. Tenga en cuenta esos porcentajes. Y a toda esa calentura le sigue un enfriamiento. Eso es histórico. Al mismo planeta Tierra le ocurrió eso, es un proceso físico.

—Pero, en este caso, Profesor... —se animó Borzone—, se imaginará que tanto mi novia como yo no llegamos vírgenes al matrimonio.

—Los dinosaurios desaparecieron con dicho enfriamiento.

—Ni tampoco llegamos sin saber cómo pueden resultar las relaciones sexuales entre nosotros. Aquellos tiempos de llegar vírgenes al matrimonio, creo, han quedado en el olvido.

—Grandes animales los dinosaurios.

—Por lo tanto, no pienso que sea sólo una cosa de calentura como usted dice.

Reiner aspiró una pitada larga de su cigarrillo.

—La calentura, Borzone —pontificó—, es un recurso natural no renovable, como el petróleo. Anótelo en algún cuaderno: Recurso Natural No Renovable… ¿Cuánto hace que conoce usted a esta señorita?

—¿Mi novia? Más de un año.

—Más de un año. Una nimiedad en el permanente devenir del cosmos, Borzone... —alertó el Profesor—. ¿Usted recuerda cuándo fue por primera vez a la cancha?

—Sí... —vaciló Borzone, confuso y sorprendido por el cambio de tema—. Jugaban Central y Gimnasia, creo. No soy muy fanático del fútbol.

—Muy bien. Pero se acuerda. ¿Usted recuerda cuándo fue por primera vez al Hollywood Park?

—¿A dónde?

—Perdón, a un parque de diversiones...

—Sí...Yo tendría cinco años, me llevó mi viejo a un parque muy rasca de Pellegrini y...y..

—Y Vera Mujica.

—Y Vera Mujica.

—Siempre paran ahí. Muy bien. ¿Usted se acuerda, Borzone, de la segunda vez que fue a la cancha?

—N... no... Pero, le dije, no soy muy fanático.

—No importa, no importa. Con seguridad no recuerda cuándo fue por segunda vez a la cancha, ni por tercera ni por quinta. Como tampoco recordará cuándo fue por octava vez al parque de diversiones. ¿Por qué? Porque hay una primera vez que se recuerda porque fue la primera. Después vienen la segunda, la tercera, la octava, la trigésima novena, la mil, el infinito, la nada. Para eso inventaron los números los chinos, Borzone. Para saber cuántas veces se acostaban con sus mujeres. Chinas, por cierto. Después, uno deja de contar, amigo mío. Se cansa, se olvida. A menos que usted se tome el trabajo de ir haciendo marcas en la pared, como los presos. No hablemos de un año y pico, como usted me dice. Hablemos de ocho años, de quince años, de veinticinco años, Borzone. Hasta el momento en que usted descubre que, antes de acostarse con su mujer entrañablemente querida, prefiere acostarse con esa módica y mediocre señorita que está pasando por allí enfrente, obsérvela, por la vidriera de la sandwichería.

—Si usted conociera a mi novia... —casi se sonrojó Borzone, acomodándose el pelo—, tal vez opinaría de otra forma.

Por segunda vez, quizás, Reiner lo miró, curioso.

—Es muy linda... —se animó el muchacho—. Bah, al menos a mí me parece muy linda... —corrigió después, como avergonzado de su presunción.

—Con ese criterio, Borzone —volvió a mirar hacia el infinito Reiner—, nadie se separaría de las mujeres espectaculares, de las divas del espectáculo. Y la historia del biógrafo, por ejemplo —reiteraba su predilección por recurrir a palabras perimidas—, está llena de casos donde virtuales sacerdotisas del sexo, codiciadas por media humanidad, tanto más bellas que su enternecedora novia, perdone mi crudeza Borzone, han sido abandonadas por sus parejas. ¿O no es así?

Borzone asintió con la cabeza.

—Ocurre que tal vez a usted le gusten, le enloquezcan, las milanesas a la napolitana, mi estimado amigo —planteó Reiner, como quien expone los fundamentos de un nuevo teorema matemático frente a una clase—. No hay comida en el mundo que pueda apetecerle más que una buena milanesa a la napolitana. Correcto. Pues bien. La sociedad, entonces, le impone comer, de aquí en más, todos los días, cada tres, o con la periodicidad que a usted le plazca, Borzone, sola, única y exclusivamente milanesas a la napolitana. Por los siglos de los siglos. Muy bien...con el paso del tiempo, de los años, de los lustros, Borzone, usted va sintiendo nacer en su ser un extraño e irreprimible deseo de comer tallarines. Acude entonces a un psicoanalista, que le recomienda variar el menú, sin abandonar la milanesa. Enriquecerlo, le dirá. “Cómo mantener ardiendo la llama de la pasión física”, arengará la revista “Chabela”. Le recomendarán, de esta forma, comer la milanesa con más orégano, con menos orégano, con ajo, con puré, con mermelada de durazno, con pimienta negra, sin la pimienta... Pero usted, Borzone, sentirá que quiere comer tallarines. Tallarines, mi amigo, tallarines.

—Sin embargo —Borzone, golpeteando muy quedadamente con su dedo mayor sobre el filo de la mesa se animó a plantear un frente de discordia—, un tío mío hace como cuarenta años que está casado con la misma mujer y afirma que tiene muy buen sexo.

Reiner se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz.

—Había un personaje en un libro de Huxley —dijo, entrecerrando los ojos—, no sé si era en Contrapunto o en Un mundo feliz —y mi falta de memoria no es para asombrar a nadie porque yo ya no me acuerdo si el Viejo Vizcacha está en el Martín Fierro de José Hernández o en Bases de Juan Bautista Alberdi—, había, le decía, un personaje en un libro de Huxley, que sostenía que San Francisco de Asís no lamía las llagas de los ulcerosos porque fuera un hombre piadoso o caritativo, Borzone, nada de eso. Lo hacía porque era un pervertido. Un pervertido. Eso decía ese personaje de Aldous Huxley sobre San Francisco de Asís. Y esto explica lo de su tío. Hay perversiones, Borzone. Hay perversiones... Véame a mí, sin ir más lejos, Estudie este rostro —Reiner se señaló la cara—. Observe esta calvicie tapizada de lunares oscuros, esta piel macilenta, estas ojeras, esta papada que me cuelga bajo el mentón, estos pelos que pugnan por escaparse de mis orejas...Y le estoy mostrando, apenas, la punta del iceberg, Borzone. Usted, Dios sea loado, no me ha visto en bolas. Una piel pálida, unos pechos caídos y fláccidos, un vientre prominente, unas piernas escuálidas y averrugosas con atisbos de várices... —fue bajando el tono de su voz como si la sola enumeración de sus atributos físicos lo llenara de desagrado—. Por no hacer mención de zonas más íntimas y recónditas, mi querido amigo. Muy bien, muy bien, muy bien... Si el día de mañana viene mi mujer y me dice: “Me inspira realmente repulsión el solo hecho de tocarte”, yo habré de entenderla perfectamente. Si me dice: “Te quiero mucho pero me da cierta repugnancia acostarme contigo”, puedo llegar a aplaudirla incluso a comprenderla. Yo tengo espejo, Borzone, no lo olvide.

Reiner abrió un paréntesis, que no duró mucho.

—Y si ella viene un día y me informa —continuó—: “El muchacho morocho y hercúleo que atiende en la granja de la esquina me invitó a pasar una noche con él”..¿Qué puedo yo decirle, amigo mío?... ¿Qué no vaya?... ¿Que no se dé ese gusto? Si yo la quiero realmente, si la aprecio, si la estimo, si la amo. ¿Voy a privarla de esa satisfacción? Al contrario, debo ir hasta la granja de la esquina y dejarle una propina a ese muchacho que hace feliz a mi señora. Si la quiero realmente, si la quiero...

Cortó allí, bruscamente. Borzone torció la boca.

—Usted, Profesor —dijo—, parece tener poco sentido de la posesión. Ser un hombre poco posesivo.

Reiner agitó una mano frente a su cara.

—No se confunda —desdeñó—. Lo que pasa es que procuro ser un hombre razonablemente posesivo. Oponerse a la propiedad es estar en contra de la condición humana. ¿Le ha dado usted un sonajero a un bebé y luego ha tratado de quitárselo? Ya verá usted cómo llora, patalea y se desgañita para conservarlo. Y le estoy hablando de un bebé al que todavía no hemos tenido tiempo de contagiarle nuestra codicia ni nuestra mezquindad. ¡Conozco hombres mayores de cuarenta años que todavía andan por la calle con el sonajero aferrado a la mano para que no se lo quiten! Por eso siempre me hizo reír mucho la estúpida pretensión del comunismo de terminar con la propiedad privada. Dele usted a un perro una pelotita de goma y luego intente sacársela. Y son perros que han leído a Marx, créamelo.

Borzone dejó escapar un silbido casi inaudible.

—Pero... —probó de nuevo, estoico—. ¿A usted le parece tan probable que su mujer, su esposa hipotéticamente hablando, una persona mayor digamos, consiga tan fácilmente que el joven musculoso de la granja de la esquina la invite a pasar una noche con él? ¿O usted mismo, Profesor considera probable que alguna jovencita le brinde lo que ya no le brindaría, por ejemplo, una mujer... por decirlo de alguna manera...antiestética?

—El profesorado argentino —Reiner miró a los ojos a su interlocutor—, el magisterio, el Ministerio de Educación, Borzone, me ha recompensado durante años con una importantísima porción de su presupuesto, con sueldos generosos, verdaderas fortunas, para que yo, el día de mañana, jueves para ser más preciso, le pueda pagar a una profesional del amor lo que corresponde, mi estimado.

Los dos hombres quedaron un instante en silencio. Se escuchaba, apenas, desde detrás de la barra, algún entrechocar de pocillos y algo de la música funcional.

—¿Qué hago entonces, Profesor? —Borzone optó por un matiz casi humorístico.

Reiner, esta vez sí torció la cabeza semicalva para mirarlo fijamente, estudiándolo, como sopesando si el joven era merecedor de recibir un mandamiento. Volvió luego de acomodarse escrutando al frente y dejando escapar el aire largamente contenido en sus pulmones.

—Escúcheme, Borzone, escúcheme con atención —solicitó—. Y mañana, cuando mi cuerpo sea vapuleado, apedreado, lapidado en la plaza Pinasco, recuerde esta enseñanza que hoy le dicto y que está en medio siglo adelantada a nuestra cultura y a nuestra comprensión...

Borzone frunció el ceño, curioso.

—La base del matrimonio, Borzone... —recitó lentamente el profesor—, la base del matrimonio, es la infidelidad.

Borzone se quedó callado, acompañando el silencio de Reiner quien daba tiempo con esa pausa, a que el impacto conceptual de sus palabras drenara perfectamente a través de la corteza cerebral de su interlocutor.

—Sin la infidelidad, Borzone —prosiguió Reiner—, el noventa y nueve por ciento de los matrimonios volaría en pedazos a los pocos años de convivencia. Sin esos escapes de presión, sin esos paseos, minúsculos tal vez, por las regiones de la variedad y el cambio, ningún hombre, al menos, soportaría la rutina y el aburrimiento. Sin esos atisbos de libertad, sin esos engaños, esos remedos de independencia, nadie podría aguantar la repetición, los días calcados, la cadena de montaje. Porque, además, Borzone... —el Profesor juntó los dedos de su mano izquierda frente a sus labios como buscando una palabra, o fuerzas para decirla— ¿quién carajo dijo...? —golpeó con la palma de la mano sobre la mesa en un estallido iracundo que sobresaltó a los presentes— ¿Quién carajo estableció que un hombre tiene que tener sexo con una sola mujer? ¿Quién lo dijo, Borzone?

El muchacho pestañeó repetidas veces. No sabía muy bien si se trataba de una pregunta o si era sólo una pausa efectista del Profesor en su discurso.

—Bueno... —se animó a silabear—, uno de los diez mandamientos dice: “No desearás a la mujer del prójimo”...

Reiner lo miró con infinita condescendencia.

—Borzone...Borzone..—suspiró—, yo pensaba que estaba entre gente inteligente. Francamente. Que Dios le conserve esa ingenuidad de niño. Esto es como si a mí, a mí, me notificaran que el Club Atlético Provincial ha dispuesto que los socios no tengan acceso al natatorio...

Borzone lo miró, inquisitivo.

—Y yo soy socio del Club Atlético Provincial, Borzone —sonrió forzadamente el Profesor—. Yo no soy socio del Club Atlético Provincial, ni nunca lo he sido.

Reiner se quedó callado, observando la calle semivacía a esa hora de la noche. Borzone se mordisqueaba los labios, lastimados por el tratamiento recibido. Admiraba al Profesor pero, sin duda, Reiner, quizás debido al whisky consumido, había caído en a desubicación de enumerar temas muy poco oportunos para ser desarrollados ante un joven que se le había acercado, jubiloso, a contarle, una tanto intempestivamente, su decisión de contraer matrimonio. Juzgó cobarde, casi una deslealtad hacia Stella, no ofrecer resistencia.

—Es que... —buscó el argumento—no me parece muy lógico, digamos, estar junto a una mujer, mujer que uno, además ha elegido, para estar permanentemente pensando, o corriendo, detrás de otras.

—No tiene por qué ser permanentemente —chasqueó los labios Reiner—. No tiene por qué ser permanente.

La actitud conciliadora del profesor envalentonó a Borzone.

—Casi le diría... —arremetió—, me parece una postura de enorme cinismo.

—Borzone... Borzone... —el Profesor miraba la calle y por eso, a veces, costaba escucharlo—, Borzone...eso es como si estuviéramos jugando al truco y usted me acusara de mentir...¡Cuando el juego del truco se basa en la mentira, mi estimado! —otra vez la palmada sobre la mesa y un nuevo respingo general—. Usted pretende meter un hipopótamo en una caja de zapatos y no quiere que el animal se queje, Borzone. Tome usted a un gato, métalo en una pescadería y hágale jurar que sólo comerá pejerrey de río. Luego comience a pasarle frente a las narices, bogas, salmones, dorados y truchas arco iris, Borzone. Entonces, cuando sorprenda al pobre gato hincándole el diente al sábalo, acúselo de cínico y de no cumplir su palabra, acúselo de eso.

Otra vez el silencio. Por un momento Borzone percibió de nuevo la música ambiental, alguna risa lejana, el ruido de los autos en la calle.

—Siempre queda el recurso de no casarse, Profesor... —arriesgó, tenaz—. Nadie nos obliga.

—En eso tiene razón... —Reiner se apretó los ojos hacia adentro, con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda—. Pero usted cásese, Borzone. Es lindo. Eso sí, no se olvide de mis indicaciones...

—También puede mantenerse la independencia, como en su caso.

Reiner soltó una risita que lo sacudió mínimamente en el asiento.

—¿Mi caso?

—¿Por qué?

—Pero...Separado... ¿O sigue casado?

—Sigo casado. ¿Qué le hace pensar que no?

Borzone se encogió de hombros.

—No sé, tal vez la hora. Verlo acá, solo. Se me ocurrió que por ahí estaba haciendo tiempo para ir al cine... —mintió. No quiso mencionar el sutil desaliño en el vestir, el poco cuidado del cuello de la camisa

—Mi mujer es enfermera —dijo Reiner—. Vuelve bastante tarde. Yo, es verdad, hago tiempo...

—Por otra parte... —buscó un tono cordial, el muchacho—, sus teorías sobre la pareja me hacían pensar que...

—A mí me derrotó el confort, Borzone... —la voz de Reiner era casi inaudible—. Como en el viejo chiste, a mí no me venció la CIA, a mí me derrotó el General Electric. Yo, ahora, vuelvo a mi casa, abro la puerta y huelo a pollo a la cacerola. Y adentro está cálido, porque mi mujer ya prendió el calefactor y la cocina. Y se escuchan ruidos, hay luz, está prendido el televisor: a veces, la radio. Y eso es importante, mi estimado, créame que es importante...

Esa imagen, algo desteñida del Profesor, alentó a Borzone.

—No me habla de sentimientos, Profesor. Me habla de confort.

—De vivir mejor le hablo, Borzone. Abrir la puerta y que haya olor a pollo a la cacerola es vivir mejor. Millones de seres humanos han ido a la guerra con la simple intención de vivir mejor. No es un tema menos, Borzone. Y...por otra parte, la independencia y la soledad son caras de una misma moneda. Vienen en un mismo paquete.

Borzone meneó la cabeza y se puso de pie, no muy convencido.

—Usted cásese, Borzone —recomendó el Profesor, siempre sin mirarlo—. Y aguante el primer topetazo contra la rutina. Ése es el peor momento. Es como atravesar la primera rompiente del oleaje. Después viene el mar calmo. Y después, la rutina se hace rutina, mi estimado amigo.

Es así de simple.

Borzone salió a la calle. Hacía frío. Clavó las manos dentro de los bolsillos del pantalón. No sabía muy bien si había sido una decisión oportuna entrar a conversar con Reiner. Pero ya estaba hecho.

ROBERTO FONTANARROSA

EL MUSTANG EN LLAMAS

raulcelsoar 28/07/2009 @ 15:20

EL MUSTANG EN LLAMAS 

A ocho mil quinientos pies, el colorido avión volaba nivelado, en un cielo límpido, profundo y sereno. Una tenue estela de humo azulino, se iba dibujando detrás de él. La transparente carlinga, enteriza, en forma de gota, reflejaba un destello de luz dorada. Adentro, Jhon Fargus, agonizaba, aferrado al timón, caído contra el tablero de control, inconsciente, mientras la asfixia de “la muerte dulce”, lo acunaba para que durmiera para siempre.

Una pérdida de aceite había iniciado el incipiente incendio, y llenado la cabina hermética del letal monóxido de carbono.

Como una vieja película color sepia, su vida se tornó visible en un torbellino de imágenes. Hacía ya tanto tiempo, y sin embargo le parecía que ayer nomás, volaba en misiones de guerra sobre Vietnam. Volaba con su nuevo “Mustang P51H”, el último caza de motor a pistón, El “Cadillac de los cielos” motorizado ahora con un motor Merlín Mk de la Packard de 2200 HP, y hélice de cuatro anchas palas, de casi cuatro metros. A veinte mil pies, sobrevolaba los arrozales buscando columnas o movimientos del Vietcong, a ochocientos kilómetros por hora; lanzándose en picada hasta nivelar al ras del suelo, batiendo la frondosa selva, con sus seis ametralladoras de doce coma siete. Se sentía poderoso e imbatible, inalcanzable, casi un dios, sobre aquellos seres pequeños, de míseras aldeas, que desde el aire se le hacían hormigas. Otras veces volaba con su escuadrón, rociando a baja altura con poderosos defoliantes químicos, grandes extensiones de selva; que por generaciones quedarían yertas, para hacer visibles las escurridizas marchas, de los estoicos: “Hijos del gran Kemer rojo”, que se amparaban bajo la tupida techumbre verde, en penosas caravanas, cargando a hombros, provisiones y pertrechos.

Pero lo más vívido, lo que marcó su vida para siempre, eran aquellos bombardeos incendiarios. Bombas prendidas bajo las alas, como tanques aerodinámicos, llenos del cóctel diabólico: gel sódico con gasolina, conocido como “napalm”; que desprendían, y al chocar el suelo, regaban quemantes llamaradas, que se desparramaban ardiéndolo todo. Si el enemigo estaba mimetizado en una aldea de campesinos, a veces bastaba sospecharlo;  se las soltaba aliviando el vuelo, sobre el poblado y quienes estuvieran adentro: Kemer o campesinos. Campesinos, grandes o pequeños, familias enteras, arrasados por las llamas quemantes. Ardían indistintamente como antorchas, junto a sus chozas, bajo la horrible peste del fuego. Lejos, ya elevándose, veían correr, escapando del incendio, pequeñas figuras humanas, que sucumbían indefensas, como trágicas marionetas envueltas en llamas,  retorciéndose en el suelo, en una dantesca danza horripilante; castigados por el solo hecho fortuito e impotente, de sobrevivir en un país desolado y maldito. Le parecía escuchar sus gritos inocentes y desgarrantes.

Misión tras misión, varias en la jornada.

Cumplían órdenes, e inconcientes de su arbitrio, solían  agregarle, por si fuera poco; su propia cuota de odio y de  desprecio…

De noche empezaron las pesadillas, donde se veía a sí mismo envuelto en esas llamas que no se apagan, que se adhieren y te achicharran. Escuchaba los gritos, y llantos de niños, Una estatua de fuego, de toda una aldea ardiendo, mientras helicópteros Hughes verde oliva, vuelan a metros, revolviendo la tétrica humareda sobre las llamas; y él una y otra vez,  soltando más y más bombas malditas.

Despertaba sudoroso, asfixiado de terror.

Se fue enfermando de pánico; tenía alucinaciones, se veía él mismo en la  macabra escena, como si fuese una de aquellas víctimas, impotente, revolviéndose ardiendo; y espantado jadeaba rogando: no sucumbir jamás de esa espantosa manera.

Durante años el fuego le significó el martirio de todos los días con sus  noches.

El tiempo, y el regreso a su patria, fueron aquietándolo, y trató de vivir normalmente, buscando olvidar; de rehacer su vida más allá de aquel infierno. La sociedad los llenaba de gloria, tratándolos como héroes, aunque en su fuero interno, él  sabía cosas que iba esconder para siempre, cosas que opacaban aquel dudoso heroísmo y mordían su conciencia.

Optó por callar y llevar esos crímenes a la tumba.   

Vivía de su pensión de guerra, y abrazó a este hobby de volar por volar, por amor al viento, al cielo. Era una pasión, una terapia en el fondo; y la concreción de un sueño perdurable, que comenzó siendo niño.

Se crió a la par del auge de la aviación, en la preguerra de los cuarenta; y los hermanos Wright, eran para él, un hito, un símbolo glorioso. Adoraba los modelos a escala que construían con sus compañeros, y no se perdían ferias aéreas, o exhibiciones; donde pudieran ver de cerca, las máquinas verdaderas. Él tenía además un tío, al que adoraba, vivía en Kentucky; dueño de un pequeño doble ala amarillo, biplaza. “El Barón Rojo” decía en la trompa, bajo un logo de una galera, un bastón, y una cadena enlazando el conjunto, pintado en Rojo y contorneado en negro. Con él venía frecuentemente a la granja de la familia en Arkansas, al oeste de Little Rock. Eran días de ensueño, verlo, tocarlo: y mostrárselo a sus amigos…, que venían en tropel, tragándose la envidia inocente de niños. Y montar detrás de su tío, en el fuselaje abierto, volando sobre los sembrados, las casas, los caminos; bordear el río sobre los desplayados del Mississippi; sentir la brisa que le revolvía el pelo, escuchar sólo el trepidar de ese motor radial, tan estridente, sonándole como música celestial, en sus oídos entusiastas. El paisaje se transformaba: el río, los campos, las personas; todo era pequeño y fácil, como al alcance de la mano. Desde allí el mundo era más comprensible; se le ocurría que era dueño de todo.

_Tío Brad, ¿Por qué lo llamas Barón Rojo, si este es amarillo, y además es un biplano, y el del barón era un triplano?,¿eh?_

El tío sonreía cómplice, mientras ambos empujaban el pequeño aparato cerca de la casa, y lo anclaban por debajo de las alas enteladas.

_¿Por qué? ¡Por qué sí, nada más!_ Y reía divertido.

Cuando Jhon tuvo edad suficiente, se anotó en la fuerza aérea. Fue un piloto avanzado, y  lo destinaron, junto con todo su escuadrón, a combatir en Vietnam. Eran los últimos tiempos de los motores convencionales, junto a los Advenger, y los Corsair de la Marina; apostados éstos en portaviones en el golfo de Tonkín en las cercanías de Da Nang, junto a los Panter, ya reactores. La era del jet estaba en plenitud, A los Mig 15 y 17 chinos, los combatían con los Sabre F86, F100, y más tarde llegaron los Gruman  y los Phantom. Este superaba Mach2, dos veces la velocidad del sonido.

Pero lo excelso, lo irrepetible, fue el Mustang; el imbatible.

Un día sería dueño de uno; aunque fuera una réplica deportiva.

De vuelta, con un grupo de amigos, compraron un kit, versión accesible y se pusieron a trabajar, cada uno el tiempo que podía. Armarlo llevaría unas mil horas de tarea capacitada. Costó casi dos años terminarlo, inscribirlo, hacer pruebas en tierra, y todo lo que requirió, hasta que estuvo listo para el primer vuelo; pintado con franjas y colores deportivos. Bajo su larga nariz, llevaba ahora un motor lineal, diez veces menos potente que el de combate; y su hélice la mitad.Ya no estaría artillado, no tendría que cargar blindajes, ni nada bélico, como bombas o tanques suplementarios. En origen, estos aviones llevaban el motor detrás del asiento del piloto, con eje de mando, y por el centro de la enorme hélice, asomaba un cañón calibre veinte. Requería entonces del compresor ventral de refrigeración. Ahora en realidad no necesitaba ese carenado en forma de buche; pero lo tenía para ser fiel al diseño,  añadiéndole al grácil fuselaje, ese aspecto tan elegante y dinámico.

Hicieron cortos vuelos bajos, con giros y contra giros, ascensos y descensos, despegues y aterrizajes. Todo de maravillas. Planeaba como una pluma, respondía raudo, rumoroso… Querían bautizarlo y aún no se habían puesto de acuerdo; entretanto hoy sacaron el aparto del hangar, colorido y reluciente, listo para  la prueba final, en mayor distancia y alta cota. Jhon Fargus no llevaba oxígeno, no lo necesitaba por esos breves momentos, en la mayor altura, antes de descender a mil pies.

El avión se movió en una turbulencia, Jhon, cayó de costado. Debió tocar llaves o palancas de control; ya que la cúpula de la cabina se abrió y  salió disparada en el viento. El aire helado fue vital para que volviera a respirar, tosiendo y vomitando; Un milagro y volvió la vida; y sus labios lívidos se tornaron cálidos. Cuando recobró el sentido, el avión se movía como en un fuerte oleaje, ladeándose a uno y otro lado, zigzagueante, Detrás vio la densa estela de humo negro, el motor tosió entrecortado, y en un estertor final, lanzó afuera grandes llamaradas flameantes.

Antes que el fuego alcanzara la cabina, con fuerzas surgidas de repente, por la adrenalina del pánico, precisamente al fuego. Saltó al espacio y presto abrió su paracaídas; mientras el avión, incendiado iniciaba largos giros en caída lenta. Una y otra vez lo alcanzó el remolino de la nube, cada vez más densa y más ancha. Saliendo del humo podía ver a su Mustang yendo al suelo en giros más pequeños, hasta que en un tirabuzón final, se estrelló con un trueno, surgiendo de él un gigantesco hongo anaranjado.

La onda expansiva lo envolvió repentinamente, enredándolo contra la tela y las cuerdas de su propio paracaídas.

Se debatió y luchó aterrado, más sin lograr librarse de esa nefasta trampa, que le tendía diabólicamente el destino, y fue tragado por la turbulencia de la estela dejada por el avión en llamas; conduciéndolo finalmente a chocar contra el fuego de los restos fundentes, contra el Mustang en llamas.

Su último pensamiento lo llevó a los arrozales de Vietnam, a las aldeas incendiadas, a aquellas pequeñas figuras humanas, envueltas en las llamas pegadizas del napalm… 

FIN  

Celso H. Agretti

Avellaneda, Sta.Fe;24 06 2009 

NOTA; el motor Mk era de la Rolls Royce, al final de la  segunda guerra mundial, para  el  P51H, le otorgó licencia  a la fabrica:  Packard  de EEUU.

 

MUSTANG P51H

Fotografía del MUSTANG insertada por el autor del sitio

EL DRAGON ZITO

raulcelsoar 08/06/2009 @ 15:11

  EL DRAGON ZITO

(Pequeña historia mitológica)  

Manuelillo, como le decían pese a sus años, pastaba sus cabras en la ladera este de la serranía,  cercano al antiguo poblado, de muy pocas casas habitadas, semiderruidas, similar a  los demás pueblos vecinos, donde sólo quedaban los viejos, y los más viejos; ya que los hijos y sus hijos, emigraban a las grandes ciudades en busca de otros horizontes. Los jóvenes sólo de cuando en cuando llegaban un par de días de visita, y muchos hasta se olvidaban de su origen montano. Algún turista se desviaba de la carretera, para curiosear o pernoctar en la montaña, comprar aromáticos quesos de la región y tomar alguna foto del paisaje, incluyendo en lo posible a alguno de estos olvidados aldeanos, ariscos y ceñudos; a los que consideraban pintorescos, con sus cayados y sus vestimentas típicas.

Una de sus cabras se apartó y debió subir difíciles y escarpados senderos en su búsqueda. Alcanzó a verla cuando desaparecía detrás de un matorral, y eso lo condujo a encontrar aquella gruta casi invisible. Adentro encontró al animal, y vio, donde casi no llegaba la claridad del día, que la  cueva se ramificaba en pasadizos, horadados en lo profundo de la caliza montaña, seguramente cavados por filtraciones de miles y miles de años.

Lo asustó un trueno apagado, surgido desde lo más profundo, seguido de un resplandor y una olorosa bocanada de humo y detrás, como empujando, una viva llamarada que por suerte no lo alcanzó, por haberse quedado cerca de la entrada. La cabra disparó velozmente en busca del grupo, balando despavorida, pero él no logró moverse, por el terror y la sorpresa.

Otra bocanada de humo y fuego, con un olor asfixiante; que se repitió dos o tres veces más, hasta que pudo moverse y salir torpemente, habiendo visto detrás un brillo lejano de escamas verdosas…

Él mismo no podía creer lo que había visto. Rebobinaba y revivía esos momentos y volvía la imagen escamada, monstruosa y gigantesca… Caviló todo el regreso, volviendo con sus cabras. Se ensimismó y taciturno evadió a sus vecinos, y hasta a su mujer, que lo  encontró desconocido…  Temió haberse vuelto loco. Sabía de antiguas historias de dragones, las que provenían todas de la antigüedad. Mitos y leyendas. También él, como todos, le contó a sus hijos aquellas leyendas. Hasta San Jorge abatió uno de ellos, con su espada y la fuerza que le daba la fe.

De la edad media perduran antiguas aventuras de valientes caballeros que rescataron princesas, por ellas o por las recompensas que ofrecían los reyes. Cientos de historias que desdibujadas y nebulosas, hoy nos parecen risueñas, antes que inspirarnos miedo; porque sabemos que son sólo eso: leyendas, antiquísimas leyendas.

En una se habla de una doncella que nadie fue a rescatar, y el dragón mismo la devolvió; por no soportar el mal genio que tenía, y parece ser que tampoco era muy hermosa.

Pero encontrarse hoy día con una experiencia de estas, ciertamente, movía cualquier estantería, por más armada y sólida que estuviera. Manolillo rechazó hasta la sopa de gallina con arvejas, que tanto le gustaba, y que su santa mujer, tanto o más vieja que él; le preparó para recuperarlo y que volviera a ser el de siempre. En cambio siguió cavilante, y se sentó a la sombra del frondoso nogal, detrás de la vieja casona, donde estuvo por horas.

Esa misma tarde llegaron corriendo y gritando, dos niñas adolescentes que vinieron de visita, de la ciudad donde estaban estudiando, a pasar el fin de semana en la montaña, con sus abuelos; y que habían salido temprano esa mañana, recorriendo senderos, trepando laderas, jugando a que eran arriesgadas exploradoras.

Encontraron la gruta e intentaron explorarla, pero juraban que un espantoso dragón, les había lanzado llamaradas olorientas y atronadoras, desde el interior profundo de la cueva. Que no lo habían visto bien, pero juraban que era un dragón de carne y huesos…, y también de escamas…y apagados brillos verdosos…

Si bien nadie les creía, tanto insistieron que convulsionaron a los cuarenta y tantos viejos que componían lo que quedaba de aquel villorrio extremeño, más un par de vecinos de otro pueblo cercano que llegaron en un auto desvencijado, buscando unas tejas usadas   para un arreglo. Ambas hablaban y gesticulaban al mismo tiempo, repitiendo desaforadas, la misma historia, y surgían cada vez, más y más detalles.

Coincidieron en ir al momento al lugar, a ver qué es lo que las niñas habían visto; aun que hubo una docena que eran escépticos y optaron por una actitud francamente burlona.

_Coños. A esta altura de los tiempos, no podeis creeros esto…

__Que como nos ven brutos, alguien nos está haciendo una broma…

__Lo que es yo no voy…, ni para que se me rían luego…

No obstante, siguieron al fin a los demás hasta la gruta. Grutas en esas sierras había más de una. Eran conocidísimas otras; pero ésta era una de las tantas, que la montaña había ocultado, quizás por siglos…

Antes de llegar ya divisaban volutas de humo que escupía la ladera, y lejanos retumbos, como desde adentro de la montaña. Algunos decían que el suelo temblaba con cada trueno. Las niñas decididas, iban con el grupo que encabezaba la gruesa hilera, deformada, porque cada uno debía buscar apoyo en las piedras y en las matas, dado lo abrupta de la ladera que iban rodeando.

Apenas vadearon  la puerta, sintieron el olor y llegaron una y otra vez, los rugidos y las bocanadas de humo y fuego. Intentaron acercarse para ver al dragón, si es que lo era; pero las llamaradas se lo impedían. Luego se fueron espaciando y avanzada la tarde, sólo se repetían muy de tanto en tanto. Hasta que hubo una larga pausa, y cuidadosamente se fueron adentrando, más y más, hasta que en la penumbra pudieron verlo, malamente; allí echado en el fondo de uno de los pasajes, como si se hubiera quedado dormido. Si bien la luz era escasa, se adivinaba una forma confusa, gigante, de monstruo verdoso, escamado y gruñón, respirando ruidosamente, como con dificultad.

Paralizados por el asombro, se hacían señas uno a otros, que mantuvieran silencio, quizás para observarlo sin que se despertara.

Esa noche no durmió nadie, ya que de las cercanías se arrimaban a cerciorarse, por los rumores que echaron a correr.

Al día siguiente, centenares de curiosos se acercaron a la gruta, pero todo estaba calmo y en silencio. Vecinos del pueblo se constituyeron en guardianes de la cueva, cosa que nadie osara molestar, a lo que ya habían adoptado como mascota, como un emblema, o un regalo, que traía un nuevo significado a sus vidas montañesas.

En los días sucesivos no dio señales de vida. Todo era silencio y quietud.

En las ciudades del pais, todo lo que provocaron fueron risas socarronas. Los medios no le prestaron atención. Lo máximo, fue un pequeño recuadro en una página interior, o un par de chistes en la televisión. Esas aldeas ignorantes estaban llenas de leyendas, mitos y supersticiones. En estos tiempos modernos la gente civilizada estudiaba, tenía conocimientos y tecnología avanzada, colegios y universidades…, estaban de vuelta de todas esas ridiculeces…

Nada menos que un dragón…

Y en estos tiempos… 

Una lujosa y veloz camioneta deportiva, llegó al pueblo al medio día, y frenando bruscamente  levantó una revoltosa nube de polvo;  entre un alboroto y plumas de gallinas, y cerdos rezongones que corrían en zigzag, enloquecidos.  Cinco muchachotes irrespetuosos y petulantes, cargados de buena ingesta de cervezas, descendieron de un salto, profiriendo gritos y carcajadas burlonas; entre una soez letanía, sobre la tonta inocencia de estas gentes, de su  ignorancia,   de llegar a creer semejantes  cosas… ¡Pobres…!

Querían conocer el lugar y ver la gruta con sus propios ojos…Luego exagerar, seguramente, la ingenuidad de los montañeses; y cuanto condimento se les ocurriera, para divertirse luego, en sus parrandas.

Llegaron entre carcajadas y gritos a la gruta, irrumpieron en ella, y avanzaron tanto como pudieron, metiéndose  en los túneles y pasadizos que encontraron, riéndose porque no había señales de nada en absoluto. Si hubieran escuchado mejor habrían oído un profundo murmullo entrecortado, como de la respiración de un gigante. Rompieron algunas estalactitas y siempre a los gritos, las arrojaban al fondo, provocativamente… 

De pronto surgieron el fogonazo y el trueno, que apenas alcanzaron a percibirlo. Fue la llamarada esta vez, una verdadera tormenta de fuego, que barrió literalmente a los incursores hasta fuera de la gruta misma, y dos o tres de ellos, con las ropas en llamas, rodaron cuesta abajo, entre zarzas y cadillos. Pero nada que lamentar; en la rodada se apagaron las llamas, y los rasguños y moretones se curarían luego en un par de semanas…En lo profundo de la gruta, mamá dragona, acariciaba mimosamente a su “pequeño” Zito, que era toda su familia, desde que papá dragón murió, joven todavía, a los dos mil y tantos años…

“-Ese estornudo de recién, m’hijito, me dice que te volviste a resfriar…

-No debiste asomarte días atrás cuando tenías esa bendita tos, las corrientes de aire suelen ser peligrosas en estas grutas tan húmedas, máxime en niñitos como tú, ya que aún no cumpliste ni quinientos años…-“

Y desde entonces, nunca más volvieron a ver ni a escuchar nada que diera vestigios de dragón alguno. Ni la gente del pueblo, que vieron esfumarse aquella estrella fugaz, que pudo tener sabor a gloria; ni el peregrinar de los curiosos que volvían decepcionados a sus pagos.

Mamá dragona se mudó con su pequeño Zito, a otra cueva desconocida e inaccesible, menos húmeda, donde no hubieran aquellas corrientes perjudiciales. 

FIN

Celso H. Agretti

25/05/2009

Avellaneda, Santa fe

EXPLORACIÓN DE RUTINA

raulcelsoar 04/06/2009 @ 16:34

EXPLORACION DE RUTINA


 

(Cuento)

  

Desde muy pequeña ya había advertido que se sentía distinta, diferente a sus compañeras, tan uniformadas y disciplinadas ellas, organizadas y conformes; tan virtuosas, trabajadoras silenciosas e incansables, y obedientes sobre todo. No es que ella las cuestionara o que no supiera valorar los logros evidentes de la comunidad; tenía que aceptar, que el orden del conjunto era la base de la armonía  y el confort de que disfrutaban. La seguridad social y la justicia, afloraban aún sobre otros tantos logros que disponían copiosamente.


 

Así y todo, se fue definiendo como una criatura analítica, razonando hasta sin querer, sobre diversos temas, viéndolos al derecho y al revés, buscando una forma de mejorar todo aquello, aunque fuera en los detalles. Meditar estaba en sus vísceras, no podía evadirse ni aún que tratara, lo hacía naturalmente, sin dejar sus tareas ni menguar el paso, que la jornada le exigía como a todas, obreras o ejecutivas. Hubiera  querido soñar, volar, imaginar otros mundos, otros seres, otras formas de vida.


 

Veía que a las demás, todos esos temas las tenían sin cuidado. Nunca un cuestionamiento, ni una queja o al menos una propuesta, ni siquiera un comentario. Llegó a creer que era la única que tenía la capacidad de razonar, de tener un deseo, de sentir el dulzor de un sueño.


 

Echaba sobre sus espaldas la pesada carga, y como cualquiera, emprendía el sendero ondulante, sinuoso, llano por tramos, áspero, bordeado por tallos retorcidos, hojas cortantes, raíces salientes, a veces tan grandes que había que treparlas y sortearlas con gran esfuerzo, conservando intacta la carga. Otras veces eran enormes grietas o zanjas, y todo tipo de suelo y fuertes solazos o ventarrones que pugnaban por arrastrarlas. 


 

No era nada fácil, ni para ella ni para las demás. Apenas descargadas, volver a salir en busca de más provisiones, materiales o materia prima. Una vez más el transitado sendero. Eso no era todo, la jornada era larga, interminable, de sol a sol. Solidarias y socialmente formales, eran cuidadosas en sus relaciones comunes, y se reconocían y saludaban reverentes, al cruzarse con las compañeras que regresaban, invariablemente por el mismo sendero. A veces  encontraba esta ceremoniosa costumbre algo cansadora, ya que debían repetir el saludo cientos y miles de veces en una jornada. Se sumaba el riesgo de extraviarse si perdían contacto con la fila; máxime cuando designaban algunas en una misión exploratoria, en áreas desconocidas, siempre buscando nuevas fuentes de aprovisionamiento.


 

Esta tarea era por lejos, la más peligrosa, arriesgada, y la más exigente; podía tocarle a cualquiera, ya que no había diferencias ni era de esperarse privilegios o favores, y menos aún, que advirtieran en una cualidades o vocaciones, ya que  supuestamente nacían y crecían iguales, casi clonadas una de otras. Ella estaba convencida de ello. Quizás la conclusión era que se podía vivir, con un poco menos de sacrificio, con más reconocimiento, y más espacio para un desarrollo individual, que despertara la creatividad, las artes y el esparcimiento, sentirse individuos, obtener logros personales y poder volar con la imaginación, sin que fuera considerado un pecado social.


 

Le tocó un día nublado, en que era más difícil ubicarse cardinalmente; pero estaba acompañada por un pequeño grupito de compañeras, en las que confiaba solidariamente. Iba adelante. Dejando el sendero conocido doblaron a la izquierda, luego a la derecha, y otra vez a la izquierda;  siempre buscando la tierra prometida  de la ansiada abundancia. Las demás registraban memoriosamente, el mapa para el camino del regreso.


 

El entorno cambiaba gradual. o abruptamente, ello no conseguía distraerlas del objetivo, que era cumplir con la misión encomendada, aún que esta vez se habían alejado mucho más de lo habitual. Los pastizales crecían tan altos que hacía rato no veían el cielo, y el suelo se había convertido en una  pendiente trabajosa y empinada. En la cima una larga  barrera a pique, infinita y alta, les cerraba el paso.


 

Pero no habían llegado hasta allí para detenerse en un obstáculo, por más intimidante que fuera. Empleando su fuerza proverbial y sus cualidades físicas  sorprendentes, una a una treparon y treparon con todo esfuerzo, pero como si fuera lo más natural, hasta llegar a la cima. Arriba se sorprendieron de algo que jamás habían visto. Un piso liso, una franja metálica,  pulida como un espejo, mucho más ancha que uno de sus senderos y tan largo que se perdía en el lejano horizonte.


 

Para su percepción del mundo, para su visión de pequeñas hormigas cortadoras, por más exploradoras que fueran esta vez, aquello las desconcertaba. Se miraron entre sí, y comenzaron a temblar, cuando aquel riel de la vía tembló, anunciando la  inminente llegada  de un tren. Y menos pudieron saber, que estaban justamente enfrente, de una de sus estaciones. El temblor iba creciendo y a lo lejos una silueta frontal crecía vertiginosamente.


 

Sin saber que hacer, las demás retrocedieron llenas de pánico, mientras ella permaneció heroicamente en su puesto, quizás inconsciente del tamaño y la contundencia del peligro, que se cernía sobre ellas. El monstruo se acercaba gimiendo y resoplando, como un gigantesco dragón de acero.


 

El tren mermaba su andar, mientras se arrimaba cada vez más lento, entre nubes de vapor blanco y bocanadas de humo negro. Iba a aplastarlas inexorablemente. La hormiguita levantó una de sus patitas para defenderse, cuando la gigantesca rueda le llegó encima, y hasta pudo verse reflejada un instante, en el espejado rodamiento redondeado. Vio su patita chocar con ella; justo en el momento en que el tren se detenía; aunque permaneció bufando, como si jadeara por el esfuerzo…


 

 Sugestión o engaño, desde donde estaban, todas creyeron ver lo mismo.


 

Asistieron a cómo su valiente compañera, enfrentó al monstruoso y gigantesco aparato y lo detuvo, con sólo levantar una patita.


 

La aclamaron con auténtico entusiasmo, y locas de alegría se volvieron a contar el milagro, y cantando la llevaron de vueltas en andas por el sendero que llevaba al hormiguero.


 

En poco tiempo todas supieron de su heroísmo, y fue declarada ilustre con todos los honores. La reina quiso que le contara una y otra vez de su proeza, que corroboraban sus compañeras de hazaña,  incluidas en el aura de gloria que envolvía desde ahora a la pequeña heroína, que se cubrió con un manto de laureles.


 

Logró al fin ser considerada distinta, diferente, como ella presentía ser, desde que tuvo uso de razón, desde cuando era horminiña…


 

También despertó en otras, sentimientos e intereses contrarios. Algunas se encolumnaron con una, que pronto mostró su disgusto, por la distinción que prodigaba el hormiguero, a este nuevo paladín que surgió, seguramente por un golpe de suerte…Era cuestión de encontrar la forma de desenmascararla, de quitarle el halo que le habían entronizado…No era nada natural, ni podía aceptarse así como así, que alguna se destacara de las demás.


 

Confabuladas llegaron a las vías y esperaron una y otra vez, una nueva arribada del tren a aquella estación, ya que de golpe habían aprendido a deducir, aprendido a pensar, bien o mal, apuradas por la imprevista competencia del odioso destacarse de una semejante; y eso les hizo comprender aproximadamente, como  funcionaría aquello. Ahora sospechaban que el monstruo por más terrible y gigante que haya sido, se había detenido porque debía detenerse y no por la fuerza ni el coraje de la nueva y famosa vedette. Iban a demostrarlo y destronarla, o quizás podrían luego usarlo, para igualar el mérito y los honores, que ella había alcanzado.


 

 En el mismo escenario se repetía la escena, y sintieron también temblar el riel, lustroso y brillante contra el sol de la tarde, y también vieron la oscura silueta agrandarse entre nubes de humo y vapor, rugiendo como un dragón encabritado.


 

Era una visión del averno, aterradora, imposible desde sus pequeñeces  de hormigas, no sentir pavor; pero ya conocían el truco, y contaban con que el tren se detendría allí, frente a la estación, donde incluso veían vagamente, fuera de foco, gente en movimiento que esperaba.


 

Detrás, una pequeña multitud había tomado posiciones en la lisa ruta de acero, para contemplar el evento, y aclamaban alentando a los nuevos líderes que surgirían en unos instantes. La comunidad de iguales de aquel hormiguero, se estaba despertando, y quizás todo comenzaría a convulsionarse, a partir de aquella gesta de la que eran históricas testigos.


 

Vieron acercarse más y más la temible rueda delantera, mil veces más grande que todas ellas; y aún sabiendo el truco, mostraban el valor de su estirpe, y también vieron que el avance se iba frenando, que el monstruo se detenía, tal como habían calculado.


 

Pero para el tren, metro más o metro menos era lo mismo, no importaba ninguna precisión, el andén era largo, y esta vez paró unos metros más adelante, quizás cinco o seis; pero bastaron para consumar, una involuntaria masacre hormiguística…


 

Nadie corrió, ni se escucharon sirenas ululantes; ni la gente que se agolpaba en el andén, ni la que desocupaba los vagones, ni la que aguardaba para abordarlos, nadie escuchó nada. Nadie advirtió la tragedia que acababa de ocurrir, a pocos pasos de ellos…


 

Sólo se salvaron dos o tres hormiguitas, coloradas y temblantes, que apenas pudieron encontrar el sendero y volver al hogar, donde llorosas y apesadumbradas, contaron del triste final de estas nobles y valientes compañeras, que, aunque equivocadas, trataron de demostrar una arriesgada teoría, que costó tantas vidas al convulsionado hormiguero…

 Después del luctuoso suceso, la afortunada heroína fue más aclamada que nunca, ya que su mérito era ahora indiscutible….

  FIN 

Celso H. Agretti

Avellaneda, Sta.Fe

12/05/2009


  • MILAN KUNDERA
    • MILAN KUNDERA
    • Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
    • Fragmento de LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER


  • ALEJANDRA PIZARNIK

    • ALEJANDRA PIZARNIK
    • MADRUGADA
      Desnudo soñando una noche solar. He yacido días animales. El viento y la lluvia me borraron como a un fuego, como a un poema escrito en un muro.

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  • FRUTA AMARGA
    Si la fruta es amarga
    no es culpable la tierra
    ni es culpable la planta.
    Tiene el hombre la culpa
    que arrojó la semilla
    con las manos amargas.
    Yo lo acuso en voz alta:
    he vivido en la tierra
    y la tierra no es mala.
    Yo lo acuso en voz alta:
    tuve un árbol hermano
    que dejó mi alma blanca.
    Yo menciono su culpa
    que ahora llamo la nuestra:
    somos hombres culpables
    de sembrar la semilla
    con las manos amargas.

    PABLO ALCIDES PILA (1960)

    Publicado en
    Pájaros en el Camino,
    recopilación de poemas
    de Pablo Alcides Pila,
    recientemente galardonado
    con el premio
    SANTA CLARA DE ASIS
    por su programa radial
    RESCATE POPULAR


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    MI ULTIMA FLOR

    De todas las flores
    bellas que han perfumado
    ninguna con tu fragancia
    ni tu candor,
    por eso es que en mi
    recuerdo has perdurado
    tan fiel como aquel
    entonces, mi última flor.

    Lozana, grácil y esbelta,
    mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré,
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Lozana, grácil y
    esbelta, mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Autor: Salvador Miqueri

    - Avelino Flores




    COSAS QUE PASAN


    >
    Nadie salió a despedirme
    cuando me fui de la estancia
    solamente el ovejero, un perro nomás,
    Cosas que pasan.
    El asunto, una zoncera,
    un simple cambio de palabras,
    y el olvido de un mocoso,
    del que puedo ser su tata.
    Y yo que no aguanto pulgas,
    a pesar de mi ignorancia,
    ya no mas pedí las cuentas,
    sin importarme de nada.


    No hubiera pasado esto,
    si el padre no se marchara,
    pero los patrones mueren,
    y después los hijos mandan.
    Y hasta parece mentira,
    pero es cosa señalada,
    que de una sangre pareja,
    salga la cría cambiada.


    Los treinta años al servicio,
    pal’ mozo no fueron nada,
    se olvido mil cosas buenas,
    por una que salió mala.
    Yo me había aquerenciao,
    nunca conocí otra casa,
    que apegado a las costumbres,
    me hallaba en aquella estancia.

    Sí hasta parece mentira,
    mocoso sin sombra e’ barba
    que de guricito andaba,
    prendido de mis bombachas.
    Por él, le quité a unos teros
    dos pichoncitos, malaya!
    Y otra vez, nunca había bajao un nido,
    y por él gatié las ramas.


    Cuando ya se hizo muchacho,
    yo le amansé el malacara,
    y se lo entregué de riendas,
    pa’ que él solo lo enfrenara.
    Tenía un lazo trenzao,
    que gané en una domada,
    pal’ santo se lo osequié,
    ya que siempre lo admiraba.


    Y la única vez que El patrón,
    me pegó una levantada,
    fue por cargarme las culpas,
    que a él le hubieran sido caras.
    Zonceras, cosas del campo,
    la tranquera mal cerrada,
    y el terneraje e’ plantel,
    que se sale de las casas.
    Y eso, pal’ finao patrón,
    Era cosa delicada.


    Y bueno, pa’ que acordarme
    de una época pasada,
    me dije pa’ mis adentros,
    todo eso no vale nada.


    Sin mirarnos, arreglamos,
    metí en el cinto la plata,
    le estiré pa’ despedirme mi mano,
    Pa’ que apretara,
    y me la dejó tendida,
    cosa que yo no esperaba.
    Porque ese mozo no sabe,
    si un día ha de hacerle falta...

    Tranqueando me fui hasta el catre, alcé un atado que dejara,
    y me rumbié pal’ palenque,
    echándome atrás el ala.
    Ensillé, gané el camino,
    pegué la ultima mirada
    al monte, al galpón, los bretes,
    el molino, las aguadas,

    De arriba abrí la tranquera,
    eche el pañuelo a la espalda,
    por costumbre, prendí un negro,
    talonié mi moro Pampa,
    y ya me largué al galope,
    chiflando como si nada.


    Nadie salió a despedirme
    Cuando me fui de la estancia,
    Solamente el ovejero,
    un perro nomás,
    Cosas que pasan.


    Poema de Don Víctor Abel Jiménez
    Musica de Jose Larralde




    Mensajes del Alma



    En mi país por año hay
    15 mil chicos que vuelan
    como angelitos con sus
    alas por el buen aire
    con la suerte y la calma
    de no haber conocido nada

    para seguir siendo buenos
    quizás Dios robó esas almas

    Que piensas cuando te
    hablo de todo lo que paso
    viste que todas las
    cosas se saben con el tiempo
    suelto y aún viviendo
    el católico que bendijo
    ya perdió hace mucho
    tiempo su lugar en el cielo


    Todos los días que te
    lleve saber como esto fue
    te servirá para ser en
    otro tiempo algo más libre


    Son las únicas palabras
    que te pido escuchar si no me muero de
    verguenza hoy aca a todos por igual
    alguien nos espera
    y de cualquier
    manera llorarás


    Que dignidad tan grande la
    de creer siempre en la vida
    con solo ver una flor
    brotando entre las ruinas


    Tu canción fue la rueda de
    los días que siguieron
    tu canción fue mas lejos
    que la muerte que te hicieron
    no tengas miedo ya dimos
    la vuelta al espanto
    un viento algo más calmo
    se viene anunciando


    El polvo de estas calles
    pone a santo con represor
    pone al inocente en pena
    y despierta al asesino
    témpano del olvido y
    de nunca decir nada
    cuantas mirandas caídas
    sin ver que es lo que pasa
    ningún dolor se siente
    mientras le toque al vecino
    el que manda a matar
    es para sentirse mas vivo

    Son mensajes del alma
    herida pero bien clara sobre
    lo cobarde toda la verdad
    ángel rubio de la muerte
    de que poco te sirvió
    el himno, Jesús, la bandera,
    y el sol que te vió.


    LEON GIECO
    • Mahatma Gandhi
    • Si nosotros existimos,
    • si nuestros padres
    • y sus padres han existido,
    • entonces es natural
    • creer en el Padre
    • de toda la creación. Si Él no existe,
    • nosotros no existimos
    • en parte alguna.
    • Él es uno y, al mismo
    • tiempo, es muchos.
    • Es más pequeño que un
    • átomo y más grande que el
    • Himalaya.
    • Lo contiene hasta una gota
    • del océano y,
    • sin embargo, ni los
    • siete mares
    • pueden encerrarlo.
    • La razón es impotente
    • para conocerlo.
    • Él está más allá
    • del alcance o la
    • aprehensión racional.
    • No es necesario
    • que continúe insistiendo
    • sobre el tema.
    • En esta cuestión
    • lo esencial es
    • la fe. Mi lógica puede
    • hacer
    • y deshacer innumerables
    • hipótesis.
    • Un ateo podría derrotarme
    • en un debate;
    • sin embargo,
    • mi fe corre tanto
    • más rápidamente que mi razón,
    • por lo cual puedo desafiar a
    • l mundo
    • entero y decir que
    • "Dios es, fue y será siempre.”
    • No obstante, aquellos que
    • quieran negar su existencia,
    • tienen la
    • libertad de hacerlo.
    • Dios es misericordioso
    • y compasivo:
    • no es un rey
    • terrenal que necesita un
    • ejército para hacernos
    • aceptar su poder.
    • Él nos
    • concede la libertad y,
    • sin embargo,
    • Su compasión ordena
    • obediencia a
    • Su voluntad.
    • Si alguien desdeña inclinarse
    • ante Su voluntad, El dice:
    • "Así sea; no por esto mi
    • sol brillará menos para ti,
    • ni tampoco mis
    • nubes para ti han de llover menos.
    • No necesito forzarte para que aceptes
    • mi poder."
    • Dejemos, pues,
    • al ignorante que discuta
    • la existencia de
    • semejante Dios.
    • Yo soy uno de los millones
    • de hombres sabios que
    • creen en El y nunca
    • me cansaré de inclinarme ante
    • El ni de cantar Su gloria.