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Archivo: Agosto 2009

PASAJE

raulcelsoar 20/08/2009 @ 15:47

PASAJE

Atrapada luz en los espejos
despliega su abanico
se ha derramado
sobre el agua de la tarde.
Quema su vuelo un pájaro
sobre plano en reverso
las bisagras se cierran
a las sombras.
Una mirada
apenas
se conmueve.
Dejarse estar
dejar
que nada se detenga
                mientras el ancla ríe.
© Silsh
(Silvia Spinazzola)
-Argentina-

LA MUERTE

raulcelsoar 18/08/2009 @ 12:02

 LA MUERTE

La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.

Epicuro de Samos (341 AC-270 AC) Filósofo griego.

BIBIANA M. ALZOGARAY

raulcelsoar 18/08/2009 @ 12:00

 

Bibiana 
Alzogaray 

bibiana alsogaray 


América Precolombina

América precolombina
Emerge día a día
De un pasado de esplendor
En cada pedazo de suelo Americano,
Vive hoy.

Como el cóndor,
Nuestro pasado aborigen,
Despliega sus alas al cosmo
Y surgen de ellas
El grito de libertad
Representando el resurgimiento indígena,
Que es parte de nuestra identidad.

Su renacer en lo más profundo
Del sentimiento nos transporta
A una cultura ancestral e indómita.

Secretos del imperio indígena
De América precolombina
Se esconden como testimonio
Permanente del pasado,
En sus paisajes,
Que dejan al desnudo
Los vestigios arqueológicos.

La geografía virgen que aún existe
En la que los hombres
Del otro lado del continente
Se empeñaron en dominar.

Hoy se multiplica en los corazones
De quienes defendemos
Las raíces de los hermanos,
Que lleva a la indianidad
A las cumbres más altas
De nuestra identidad.

Autor: Bibiana María Alzogaray
Argentina

Casa de la poeta

Casa de la poeta,
refugio de la creadora,
restauras rompecabezas
uniendo palabras sueltas.
Casa de la poeta
vacía por dentro está.
Andas pensando
dejar los caminos.
Danzan y rondan
los duendes a tu alrededor.
De tus ojos se desprenden,
lágrimas de dolor.
Tus sueños cansados
ya no tienen luz, ni estrellas
sólo quedan siluetas
de oscuridad.
Tardes tristes
de páginas amarillas,
que se arremolinan
enredando tus versos.
Soledad de amor y distancia.
Tinta azul que llora,
sobre papeles húmedos,
que por ti leo.
Cansancio con ojeras,
de ilusiones que se alejan.
No hay palabras ni recuerdos,
sólo ausencia larga y despedida.
Como se extraña tu presencia.
dentro mío, presiento tu partida.
Burlas la realidad,
que se alarga de lejanías.
Sólo queda tú canto, poeta muerta,
me duele tú ausencia.
tú olvido me está matando.
Se me ha vuelto nostalgia
tú encuentro...
yace la ilusión
sobre la tumba
del amor muerto.
¿por qué me haces esto?

Autora: Bibiana M. Alzogaray - 19 de Noviembre 2.006 Argentina

Vestigios

La sombra del tiempo
Vuelve como las olas del mar

Horizonte azul esplendido
Volcan de doloroso amor
Estoy mirando el instante

Un aire victorioso me cubre
Palpita el rumor
De olas susurrantes
De voces del alma
se sienten lejanas
y a la vez laten presentes
enmudezco por fuera
y ahogada esta
mi pureza de
amor al quererte.

La brisa me lleva
Hasta los recuerdos
Que flotan errantes
De traiciones
Que erizan mi piel

¿por qué decidiste quedarte?

Vestigios de días que sólo
Quedan por instantes
Cuando la marea alta
Los trae a lo profundo
De mis tristes ojos.

De nuevo estoy sin tu presencia
Siempre solitaria
Aquí descanso.

Horizonte rojo
Paso a paso
Alfombra de arena
Cansados pasos
Eco de caracolas
Aquí descanso....

Hombre andariego
Y tú dónde estas?
Amor de pasos
Errantes y ausencias
Siempre una respuesta dispuesta
En tus mentirosos labios
La arena se desliza
Con cada paso
Aquí descanso...

Autora: Bibiana M.Alzogaray

biografia:

Bibiana M. Alzogaray
Lugar de Nacimiento: San Miguel de Tucumán - Provincia de Tucumán - República Argentina
Fecha de Nacimiento: 17.01.1962
Títulos obtenidos: Bachiller con Orientación Docente.
Prof.de Educ.Inicial
Psicopedagoga
Ámbito laboral: Educación - Asesoramiento Psicopedagógico -
Psicopedagogía Clinica

CLAUDIA AINCHIL

raulcelsoar 18/08/2009 @ 11:56

 

Claudia 
Ainchil 

claudia ainchil 


REMOLINOS A BORDO [2003]

CONQUISTA TRAS LA BRUMA
Surgen miradas
junto a la pista hay hombres
barcos de expedición
es la misma historia de siglos inexactos.
Reconozco ese aliento
la tormenta se acerca
ellos arrastran telarañas
y conquistas.
El parche del pirata en plural
suena como relámpago bañado.

IMAGEN
León rugiendo. Cabeza de Adán
poseedor de los tiempos
una luz de mercurio
artificial. Son las cifras
eternidad ausente
Eva es una muchacha como todas
o tal vez como ninguna.
Nadie sabe el secreto de las horas
salvo ellos.
Sostienen en su espalda
la fragilidad del espacio
y piensan con los codos apoyados en las piernas
la cabeza entre las manos.
Ellos existen
con el surco de los grises matices
nos dan la clave. O tal vez más...

DE REPENTE
Tal vez fue el ángel a caballo.
O el avión sobrevolando esa ciudad
conocida.
Casas de colores se tragan mis palabras
en el espejo ya no se encuentra la máscara
abandonó su sitio. De repente.

SERÁ...
Será que estoy un poco húmeda
de hueso y carne.
Será que el pasado fue parte de la novela
develada
atormentadas noches y secretos de amor
prohibido.
Será que en un tiempo remoto
la soledad oscureció instantes
y nadie salió en defensa.
Será que hay batallas que el destino
nos permite ganar
y otras no
como un sino que está escrito.
Será que uno va cambiando
los arrebatos dejan de ser incendio
y pasan a ser llama
o destellos inhóspitos.
Será que la adultez corrompe
parte del asombro
y la ingenuidad de los primeros días.
O será que como el ave fénix
estoy nuevamente renaciendo
dispuesta a todo
por vivir.

EN LA VORAGINE
El humo se consume.
Ideas entrecruzadas tras mareas
confeccionando soliloquios.
Nos encontramos en terrenos de ciudad
rara ciudad, espejismos olores
en el sur unas cuantas despedidas.
Ya no llueve ni existen carabelas
para llegar a ese corazón de papel
su material lo ha carcomido el mundo
levantamos medio dedo para salvarlo.
Por eso hay rareza en estas calles...

RETRATO DE UN VUELO
Es tarde? pregunto
el silencio humoso nos mira
queda atrapado en un esbozo
los viajes a anhelos indefinidos
vienen
es temprano? vorazmente
escaleras llevan a algún sitio
a extender piernas caderas pies
a lechos trance de amor sudorosos
y la muchedumbre agolpada queriendo saber
siempre queremos saber cuán oscura
es la profundidad.
Existimos a medida que nuestra condición de pasajeros
no permite detenerse en ningún sitio,
queremos saber si un instante equivale a eternidad
tal vez sólo es instante
entorpecido ademán de un aire alcohólico.
No supiste contestarme
otros tampoco pudieron desenredar la maraña
por eso estoy aquí
por eso estoy aquí? pregunto
resuelve la dimensión de tu vuelo
pero ten cuidado.

POEMA
Efervescente sonido climático
un otoño discutiendo sentimientos a contraluz
humanidades publicadas.
Vale la pena mirar el cielorraso
cada toma de oxígeno
la pintura corpórea vislumbra crucigramas
nunca he prestado demasiada atención
al arlequín metodológico
es muy pesada esa palabra para un poema abierto.
Llamo a tu ventana
la desnudez me ha invadido
y el verano es un ayer suplente
hecho film.

DIBUJOS EN LA NOCHE
Quietud que se ha apoderado del alma
creaciones o tal vez bostezos de madrugada
estoy aquí imaginando ángeles
y todo pasa a transformarse, nenúfares
a punto de exclamar
corazones de escarlata.

SEÑAL MODERNA
Obra maestra del amor
prosiguen las mudanzas
violadores exhalan entrecortadamente
órganos. Dalí sumerge
sus bigotes con nostalgia.
Laberinto que atrapa
cuando los personajes cambian.
Es posible que la mutación nos trastorne
y veamos más centímetros
o estiremos la osadía
arrojando flores sin ropa
por el corredor.

ESPERANZA
Máquina a vapor
veinte siglos con un retorno ausente
lupa agrandando monumentos
en un callejón abandonado.
Buenos Aires, embarazo territorial y testigos
mitad sensual pálida lengua
creyendo ser obra completa del recuerdo perdido.
Vasto espacio,
paraje de cualquier andariego
el viento sopla, me escondo de los succionadores
y del centro de desesperación
hay cables balanceándose
en busca de un pescado extrañamente mudo.
Cierta sequía debilitó al amor
pero están nuestras manos.

ESAS VENTANAS
Congeniar el áspero olor
de la rutina
con los archivos de amor profundo
cómo no gritar desesperada?
si el hombre es hoja con puntos infinitos.
Elegir la verdadera libertad
no la ficticia con la que algunos se engañan
si los sueños son ventanas transparentes
por qué olvidarlos?
qué nos pasa?.

YO
Como si fuera árbol
estremezco.
Como si fuera hoja
me empaño en el rocío.
Como si fuera una palabra
una estrella precisa
unas manos abiertas
sigo en la lucha cotidiana
por ese amor que está tan olvidado.
Como si fuera desierto
no quiero solo imágenes
estadía corpórea de profundas lejanías.
Como si fuera vendaval
como si fuera estrépito
¿debo gritar
para que descubras esos remolinos
que llevamos siempre a bordo?.

LLAMAS
Ardiendo
conmovedor instante
supremo
un fuego
sin reflexión
ardiendo
innumerables ganas
a plena luz del día noche
caminando la tarde
dejándose llevar
por el mayúsculo desenfreno
y largar bocanadas.
Ya.

VIAJE POETICO
Ajeno a los discursos
era inconfundible su aroma
ventanilla abierta a los campos
margaritas silvestres
un tren a toda marcha
el mar saludando a lo lejos
diminutos animales frente a una proyección
extraña
mientras sus lenguas rozaban el pastizal.
Con un chasquido de dedos
los dejábamos atrás
y luego otra vez
así hasta llegar a destino.
Pero cuando todo parecía estar en calma
el tren aceleraba, como ahora
y nos transmutamos en diminutos animales
e imaginamos proyecciones
extrañas
que nos miran a través del vidrio
y un cuaderno a medio escribir.

LOS ADIOSES
Los adioses como venas silenciosas
ingresando estallando
los adioses en el aire
en los ojos
sin palabras
un ocaso
los adioses
mutación cambio
cómo duelen
cómo nos dejan huérfanos...

SIGLO GRUESO
[ Siglo XX]
Fiebre amarilla en los rincones
un siglo extraño
perforando ciertos límites soportables
se mecen relojes con vehemencia
hubo quien desde un diván
interpretó sueños
su nombre permanece en la gran lista,
nació Louis Armstrong
murió Nietzsche
y Oscar Wilde.
Uno no puede quejarse
un día cualquiera alguien que no recuerdo
creó el café instantáneo.
La teoría de la relatividad
Mata Hari con sus secretos
al aire libre
bien desnuda su alma.
Sufragios,
guerras del mundo contra el mundo.
Mil novecientos cuadros vivientes
surrealistas
alucinaciones en primera fila
el alma en el entornado oráculo
del infinito
John Lennon y Gandhi
esos antepasados que fueron parte de la historia
como nosotros, inventores de sonrisas y flores.
Nada se olvida
todo es un fluir de experiencias
acopio de humanidades
un descomunal aroma.
Irrepetible.

LA EDICION DEL DISCURSO
Según el iris agigantado se imprime
locuaz, entrometido río
de palabras,
a veces huecas.
De los tiempos que corren
brújula pendular.
Tal vez los granos de arena murmuran
y el viento no sabe que hacer
con tanta sintaxis.
Gran parte de la humanidad construye
fábricas de discursos
imperativo mandato de un no ser
acorralado.
El resto digiere contenidos y señas.
Atrapados en telas de arañas
carcomiendo paraísos lejanos
hay restos de espíritus.
Solitarios vagabundos.
Con el candor de los niños
la esperanza vuelve.

MARIPOSA
Llego a la conclusión, una especie es indispensable oruga
átomo evolutivo. Cada color trae varios significados.
Embarcaciones titilantes invitan
quien lo desee puede entrar, los ritmos
enamoran, pero nada es cómodo
a través de un no itinerario.
Depende del viento como se inflaman las velas
me dijeron una vez
esas durezas que entreabren caparazones
y los pies elevan alas.
En cada oleaje, tibieza escondida
regresos
hechizo caótico y perfecto
son letras armadoras de rincones.
Rojo trueno. Verde savia. Azul
signo.
Amarillo sol.
Reposa el hado a media tarde
cuando la luz declina suavemente
y a las primeras horas del día resurge
como esos sueños dormidos.
Resurjo y vuelo.

Biografía:
Claudia Ainchil
[1964] Capital Federal, Buenos Aires, Argentina.Poeta-Periodista.

Libros : COMIENZO DE COMIENZOS [1985], SON COSAS DE ANGELES [1987], AMORES SIN ZAPATOS [1991], REMOLINOS A BORDO [2003].
Cofundadora de la Sociedad de Escritores Inéditos e Independientes de Argentina [SEI].

Seleccionada en 1º Juegos Florales del Siglo XXI [concurso conmemorativo que se llevó a cabo en Montevideo, Uruguay con el tema 1804-2004, los versos de la Patria Grande, convocando a poetas de habla hispana y portuguesa de América, España y Portugal].

GRACIELA PAOLI

raulcelsoar 18/08/2009 @ 11:52

 

COMO VIENTO DESATADO EN MEDIO DEL ESPACIO

GRACIELA PAOLI

Ninguna voz ningún silencio
nada que pueda perturbar mi sueño
espirales de luz de alguna que otra estrella
en los peldaños abiertos a mis plantas.
El infinito como una enorme boca de misterio
anunciándose cada día para acontecer en mí con cada rayo
un ser en acción
eso soy
casi un viento desatado en medio del espacio
en caprichoso soliloquio intempestivo que atraviesa las fronteras
por instancias sutiles e impredecibles
emergiendo desde raíces de ayer en el asombro del ahora a preguntarse por el mañana.
Movimiento, energía, acción
apenas una partícula que trasciende las nervaduras astrales de tiempo
como incógnita que se aferra a los momentos por andariveles de la vida
para ser desde cuándo?
para existir hasta dónde?
y la infinitud como única respuesta predecible
que me evoca en la longitud de onda
que hoy transito.

19/02/01 11:33

EN EL MUNDO LÍQUIDO DE LA PALABRA

En el mundo líquido de la palabra
rotundamente claro y fresco
es donde un alga marina se hace verso
o una conjugación de medusas adquiere
la forma real del poema.
Ahí
asumo mi identidad de pez
y respiro el oxígeno líquido del verbo
y en la partícula disuelta encuentro
el alimento que expande mi alma.
En esa hidrodinamia del verso
cuando se adopta la forma de la onda
y la oscilacióna azul del sonido
es cuando la búsqueda arriba
al momento exacto de encuentro
entre el extremo errático de la palabra
y los canales sensitivos de mi cuerpo
y se manifiesta su energía en un rayo
y su voz toma la forma del trueno
para atravesarse en el silencio de la tarde
comunicando la fuerza de su mensaje.

Descruzando el silencio en unos versos

“De este lado del viento” Dora
aquí donde “el callar se oye desde tu ausencia”
es donde busco tu “ala derretida”
“tu mitad de ángel y de fuego”
insaciable, por beber un poco de tus versos
he llegado a la “ventana iluminada”
donde te veo como “mujer que empuña palabras”
y he callado de sincero asombro
de mudez de pájaro encantado
por la silente reverberación germinativa
que encierra tu boca clausurada de poemas.
“De este lado del viento”
tu pluma quieta dejó auroras inconclusas
a las que llego por la hondura inmanente de los versos
buscando la luz sin retorno que en tu viaje te llevaste.
Mi avidez de verbo deambuló por los zaguanes de tu casa
descifrando en la esencia de tu voz dormida
la trama intangible de la palabra nueva
que entretejes con Juanele y Olegario
en el tiempo inalterable de lo eterno.
Dora “de este lado del viento”
estoy
¡y estás en mí!
descruzando el silencio
¡en unos versos!

biografia:

GRACIELA PAOLI: Nació, creció, y actualmente reside, en la ciudad de FEDERACIÓN, provincia de E.RÍOS, RCA. ARGENTINA.
Es docente y cumple funciones de directora de la Escuela No 64 José Hernández y de Profesora de Lengua y Literatura en la Escuela de Nivel Medio y Superior “D. F. Sarmiento”, ambos establecimientos pertenecientes a su localidad.
Desde que escribe ella va “por las aristas de las palabras destrabando metáforas y escudriñando sonidos”, según manifiesta en sus poemas.
Pertenece al grupo literario “LUCERÍA” de su ciudad y es integrante de la “ASOC. DE ESC. SIN FRONTERAS” [Asociación que incluye a escritores de Argentina, Brasil y Uruguay].
Ha publicado sus poemas y prosas en revistas, semanarios, radios y diarios; locales, regionales, nacionales y también de distribución internacional [entre los de difusión permanente: “REVISTA ELECTRÓNICA LA CHE”, RADIO CHAJARÍ y LA NUEVA FEDERACIÓN]; y ha representado a su pueblo en distintos eventos culturales.
Ha obtenido el PRIMER PREMIO EN CATEGORÍA ANECDOTARIO del certamen convocado por la Edit. Guardacostas de la Prefectura N. Argentina con el obra titulada “ASCENSO POST MORTEM” /00, Mención especial en el Certamen “Dora Hoffmann convocado por S.A.D.E. de Gualeguaychú /01, Mención especial en juegos florales Nacionales “Susana Giquaux” convocado por S.A.D.E. de Concepción del Uruguay /01, Mención Especial en género poesía con su obra Poema del certamen convocado por la Editorial Guardacostas de la Prefectura Naval Argentina/05.
Junto con otros integrantes de Lucería conduce un programa de radio de carácter cultural desde hace 10 años, programa donde se difunden obras de autores locales y otros seleccionados de índole nacional o extranjero.
Publicaciones:
 “PAN DE LUNAS” Antología de autores federaenses - Edit. E.D.E.L. – 1994

“SELECCIÓN POÉTICA ARGENTINA” . Antología Nacional – Edit. Kordylas - 1995

 “SELECCIÓN DE AUTORES ARGENTINOS” Ant. – Edit E.C.E.I. – Chacabuco – l996

 “CRUJARASCA DE MIEL AZUL” – Obra completa de su autoría – Edit. E.D.E.L. – 1997

 “ANTOLOGÍA PIEDRA DE SOL” – Edit Nueva Generación – BS. AS. – 1996
? “SELECCIÓN DE AUTORES ARGENTINOS” Ant. – Edit. E.C.E.I. – 1998

 “Y...BROTÓ LA PALABRA” – Antología de autores federaenses – Edit. E.D.E.L. – 1998
? “VOCES DE PÁJAROS Y SUEÑOS” – Antología de autores f

deraenses – Edit. E.D.E.L. – l999.

 “DESPERTAR DE ALAS” – Antología de autores federaenses – Edit. E.D.E.L. – 2000.

 “ANTOLOGÍA “SIN FRONTERAS” – Antología compartida con autores uruguayos y brasileños- Edit. Movimiento- 2001

 “ANTORCHAS DEL MILENIO” – Antología de autores entrerrianos – Edit. Delta Editora – 2001

 “ANTOLOGÍA REFLEJOS DEL MILENIO” Aut. entrerrianos – Imprenta del Río-2001

 “TODAS LAS VOCES, UNA VOZ” Antol. Libro Electrón. Univ. España.

 Publicación de “En un tiempo de poemas”, “Tus poemas por las ondas”, Rincón Literario.

 “REFLEJOS de Antorchas del Milenio” Antol. Entrerriana – Talleres Gráficos Imprenta del Río – 2002

 “ENTRESIGLOS 2” – Selección de poesías de autores contemporáneos [Internacional]– Bianchi Editores – 2003

 JUEGOS FLORALES “PRIMEROS DEL SIGLO XXI” Bianchi Editores/05 –

 “LETRAS DEL DESAMOR” – Bianchi Editores/05 -

 “DESCRUZANDO EL SILENCIO” Antol. Editorial DUNKEN, Buenos Aires/05

 “PÓCIMA FATAL” Antolog de autores federaenses, edición subsidiada por Cámara de Diputados

Según el decir de Susana M. Lizzi, profesora de Literatura, integrante de S.AD.E [Gualeguaychú]: “Cuando el objetivo es encontrar el poema, es bueno apelar antes que nada a la confianza en lo poético. Eso es, precisamente, lo primero que uno percibe ante la obra de Graciela Paoli. Ella aborda con confianza y vitalidad la belleza en el poema puesta al servicio del paisaje cotidiano, sea éste referido a la naturaleza, o a los hechos familiares [“Y si uno no llega de pronto a abrir el abanico/ se pierde el aire fresco/ se queda sin milagro”], y después de leerla sabemos que nos ha tomado de la mano para regalarnos con generosidad un recorrido que nos ayuda a rescatar distintos elementos y lugares.

A ella no se le pasa desapercibido el valor de la palabra poética, y con un lenguaje suelto, sin solemnidades innecesarias, se maneja en los dominios de la poesía que cuenta y canta, que mira y hace que veamos, que siente y nos hace sentir.

Sus poemas son una muestra de su concepción de la vida, de su fe en la relación con los demás, de la importancia que da a las pequeñas y a las grandes cosas, pero por sobre todo, de la maravillosa presencia de la gente engarzada en la naturaleza y en lo cotidiano con el valor ético que requiere una sociedad. De esta manera surgen poemas como “Y ahora qué harás?” “Amiga”, “Profesor”, “El cuadro perfecto”, y tantos otros.

Sus poemas son raíz y flor, porque ahondan en el profundo sentido que da a la existencia, y a la vez se elevan en busca de los duendes de la palabra, seguramente con ayuda de esas alas que son tópico en su poesía, alas que ella menciona frecuentemente y que son invocación y conjuro. Estos poemas resultan un buen madero para el naufragio de nuestra sociedad materialista. Podemos, con confianza, aferrarnos a él.

EL CASTIGO DE DIOS

raulcelsoar 18/08/2009 @ 11:50


EL CASTIGO DE DIOS

 

(De El castigo de Dios, 1993)

Para H. S.

 

Digamos que el protagonista de esta historia es el general Pom­peyo Argentino del Corazón de Jesús González, dice el Toto Spinetto la noche que llega a Resistencia después de salir de la cana. Ha estado ocho años adentro, lo pasearon por todas las cárceles del país, y ahora está con nosotros como si nada hubiera pasado, en la misma mesa de "La Estrella".

Digamos también que el nombre del protagonista es una desig­nación ficticia, que sin embargo, creo yo, conserva la virtud de re­presentar nombres que son muy caros a los miembros de la comuni­dad castrense, agrega el Toto en su estilo florido, esa retórica de abogado que le jode todo lo que dice y escribe y que —parece menti­ra— sigue intacta.

Estamos a finales de 1976, en Córdoba, y este general González comanda unidades de batalla en esa provincia mediterránea. Se trata de un hombre de convicciones firmes, una especie de cruzado que siente, en verdad, una asombrosa mística guerrera y un definido furor antisubversivo. No se destaca solamente por la eficacia de sus méto­dos represivos —que le han dado renombre dentro y sobre todo fuera de las filas de la institución armada— sino también porque, ideológi­camente, es uno de los ejemplares más representativos de la especie simia que se cierne sobre la sociedad civil en ese momento —dice el Toto mirándonos por sobre los bifocales que ahora usa— es decir una época diametralmente opuesta a la democrática que estamos vi­viendo incipientemente, o sea, digo, dice, un tiempo que es un contrario sensu perfecto.

Hijo y nieto de militares, está casado en primeras y únicas nupcias con una dama de la sociedad cordobesa y su descendencia se compone de cuatro varones de entre tres y quince años. Es uno de los más jóvenes generales de la nación (lo que no es poco decir si se recuerda que a la sazón, como ahora mismo, hay casi un centenar en actividad) y la prensa internacional lo califica, con todo acierto, como el tácito líder del llamado sector "duro" de las fuerzas armadas.

Católico fervoroso, amigo del obispo cordobés y de los amigos del obispo cordobés, es un miembro conspicuo de la aristocracia local, quiero decir de la Docta, que es el sitio donde transcurre esta historia y en cuya unidad carcelaria está alojado el suscripto, ya blanqueada su situación luego de un período que ustedes disculparán pero, por pudor, prefiero obviar y además no viene al caso de lo narrado, termina su frase el Toto haciéndole una seña a don Terada que consiste en bajar el índice derecho un par de veces sobre su vaso vacío, lo que quiere decir que se le acabó la ginebra.

Mientras el viejo se separa de la banderita con el Sol Naciente, y agarra la botella de "Llave" y camina lentamente hacia nuestra mesa, el Toto dispara otra andanada verborrágica y dice que en más de una oportunidad el general González, destinado por la Junta Militar para comandar unidades del Tercer Cuerpo de Ejército sito en la capital mediterránea, ha debido presentar excusas a la curia de esa provincia por la brutalidad de los métodos que aplican sus subordinados, lo cual no ha sido óbice para que se lo admire, respete y tema.

Hombre político, extrañamente hábil dada su condición castrense, un ex senador por el radicalismo le ha contado al infrascrito —dice el Toto, que a esta altura ya me está hinchando las pelotas— que a este militar deben atribuirse las siguientes palabras, pronunciadas ante varios ex legisladores de su partido durante una discreta reunión que por supuesto no se permitió que la prensa divulgara: "Estamos en una guerra sucia, señores, y yo como general de la nación sólo sé que debo ganarla; y si para ello tengo que matar a mil inocentes con tal de encontrar a un guerrillero, lo haré porque me va en ello el compromiso de pacificar el país".

Ideólogo de sus pares, estudioso de la historia nacional y de los casus belli de la universal, cultor de la vida hogareña y amigo del buen beber, el general Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús González es, a finales del 76, un ascético soldado que acumula méritos en combate, cuyo nombre suena como el de un eventual presidente de la nación y al que los sacrificios de su profesión parecen prometerle un brillante futuro personal a poco que se observen su implacabilidad antiguerrillera y los triunfos que semana a semana cosecha en el aniquilamiento de su enemigo, al que irresistiblemente va sumiendo en la parálisis y el desconcierto.

Pero de repente —dice el Toto encendiendo un pucho con mi encendedor mientras todos lo miramos atentamente, la mayoría fascinados y yo evaluando las gambas de la mujer de Docabo— con la infalibilidad de ciertos hechos de la vida, un equis día de ese para todos aciago año de 1976 una circunstancia desgraciada se cruza en el camino de nuestro severo general: su hijo menor —digamos, dice, para ponerle un nombre, Juan Manuel— enferma súbitamente. Una gravísima deficiencia cardíaca pone su existencia al borde de la muerte.

Tras los primeros síntomas, el pediatra de cabecera dictamina, alarmado y sin eufemismos, que es indispensable operar al niño con la mayor premura. Una junta médica determina que el paciente —internado ya en el Hospital Militar de Córdoba— debe ser inter­venido quirúrgicamente esa misma noche. Con la venia de su padre (quien está acompañado por algunos de sus pares, los rezos de su esposa y restantes hijos, y por la reconfortante presencia de la jerarquía eclesiástica) el pequeño Juan Manuel es introducido en el quirófano cuando ya avanza la madrugada —sigue el Tato mientras yo veo cómo la mujer de Docabo se da cuenta de que le juno las gam­bas y nerviosamente se estira la pollera hasta las rodillas, pero sin mirarme a los ojos. Casi tres horas después el coronel médico que ha dirigido el equipo sale de la sala de operaciones con el rostro demu­dado, perlada la frente, y le explica al general González que su capacidad profesional y la de los colegas que lo han asistido ha llegado al límite de sus posibilidades.

—No seguimos adelante porque no podemos garantizar el éxito de nuestros esfuerzos, mi general —dice, ceremonioso, grave, cuenta el Tato agravando su voz y como imitando al coronel médico—. Acá en Córdoba hay un solo especialista que podría salvar a su hijo, si llevara a cabo una operación sumamente delicada. Ni en Buenos Aires hay alguien más idóneo para realizarla: me refiero al doctor Murúa. Como usted sabe, una eminencia en cardiocirugía.

—Llámelo, doctor —ordena, conmovido, el general. Y luego añade, con una humildad que revela su consecuente práctica cristiana—: Por favor, que salve a mi hijo, si Dios así lo quiere.

—Mi general: he estado llamando a Murúa toda la tarde y no he podido dar con él. Sólo puedo prometerle que seguiremos haciendo todo lo que esté a nuestro alcance, pero no garantizo nada, más allá de la media mañana. En ese lapso, sería conveniente que sus fuerzas colaboraran para ubicar a Murúa.

En este punto —dice el Tato mandándose al garguero la ginebra y haciéndole otra seña a don Terada, que siempre está bajo su banderita leyendo esos periódicos de signos indescifrables—, en este punto el general González llama a su asistente y le ordena que una comisión se dirija al domicilio del doctor Esteban Murúa (y es obvio —aclara el Toto— que como ustedes ya habrán advertido se trata de un nombre y un apellido tan ficticios y arbitrarios como el del personaje central de esta narración), a quien deberán explicarle la gravedad y urgencia del caso, y transportarlo al hospital sin demora.

El asistente se cuadra ante su superior, duda un segundo y dice:

—Hay un problema, mi general.

González mira al subordinado, digamos, dice el Toto, un teniente primero, con la misma y exacta mirada que dirigimos a un imbécil que acaba de hacer una broma de mal gusto, y con el ceño fruncido y un leve cabeceo lo incita a que prosiga.

—Los dos hijos de Murúa son subversivos, mi general —despacha el teniente primero, compungido pero con firmeza—. Uno de ellos fue detenido hace tres semanas, en Villa María, y la hija menor está prófuga...

     —Continúe, m'hijo —urge González, inconmovible, pétreo ante la duda del oficial subalterno.

—El doctor Murúa también está prófugo, mi general. Su casa fue allanada después del procedimiento de Villa María y no se encontró a nadie.

—¿Ha salido de Córdoba?

—No nos consta, mi general.

—Bueno: informe al servicio de inteligencia y a las policías federal y de la provincia. Que lo busquen entre familiares y amigos, y que se le den todo tipo de garantías. Ordene que, como misión prioritaria, se encuentre a este cirujano antes de las nueve de la mañana. Y dije con todas las garantías.

Naturalmente, el hermetismo en que vive un general del ejército argentino nos impide conocer —a civiles como nosotros— los pequeños detalles de su vida familiar, dice el Toto resoplando por la tensión que le produce su propio relato. Pero no nos resulta demasiado difícil imaginar las horas de angustia y la angustia de esas horas que pasa el general González. Son presumibles la congoja de todos quienes lo acompañan, la desolación de su mujer y la inocente impavidez de sus demás hijos.

El Toto va haciendo pausas a medida que habla, invitándonos a imaginar lo que él imagina en "ese estilo medido y retórico que tanto me hincha las pelotas, pero la verdad es que tiene al auditorio agarrado de los huevos: la mina del Docabo con los ojos como el dos de oro; Spencer con el labio inferior extendido y cabeceando una rítmica afirmación; y así todos. En todas las mesas de "La Estrella" pareciera que ya nadie respira mientras el Toto sigue y dice que puede, sin embargo, suponerse que en la soledad de su alcoba, o en la recolección de su escritorio, el general González se está preguntando acerca de los juegos macabros del destino —él ha de Ilamarlos voluntad de Dios­—  y, quizás, acerca de las limitaciones de su poder. Es presumible, por otra parte, que si acaso atribuye a algo o a alguien su presente zozobra y el infortunio de su hijo menor, es su guerra la destinataria de sus denostaciones, así como el accionar de los rebeldes la causa primera de que él se encuentre en tan inesperada, irresoluble situación.

El Toto hace silencio después del último punto y aparte, como para que todos en la mesa nos hagamos las mismas preguntas. Con el mismo índice derecho con que llamó al japonés ahora revuelve los hielos que navegan en su vaso. Después tose, prende otro faso, y continúa diciendo que presunciones de lado, a la mañana siguiente la respuesta terminantemente negativa de todos los informes que llegan a su despacho domiciliario, acaba por despedazar las últimas esperanzas del general Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús González, y a esto lo pronuncia el Toto con una pompa y circunstancia digna de Händel.

Los médicos le explican, crudamente, que su hijo necesita un trasplante de urgencia pero que no resistirá un viaje a Buenos Aires. Acaso tampoco una segunda intervención, la cual de todos modos tendría un altísimo porcentaje de riesgo. Y destacan una paradoja, que como toda paradoja es cruel: esa misma madrugada un desdi­chado accidente automovilístico ha arrojado como saldo un niño descerebrado y en coma cuatro, cuyo corazón está sano y podría serIe implantado a Juan Manuel. Le informan que a cada minuto que pasa es menor la resistencia del niño, cuyo herido corazón está minado por la deficiencia. Y declaran que sólo un milagro puede salvarlo, pues el doctor Murúa es el único cardiocirujano en todo Córdoba capaz de realizar con éxito tan compleja operación.

Escuchado lo cual, y sacando fuerzas de su fe religiosa y su templanza de soldado, con toda la grave responsabilidad que le impone su trayectoria de militar invicto, el general González, con la voz apenas firme, pregunta:

—¿La alternativa es dejarlo morir o que ustedes intenten un trasplante sin ninguna garantía, verdad?

La respuesta que cosechan sus palabras es un prodigioso, brutal silencio afirmativo, define el Toto. Segundos después, el general ordena:

—Inténtenlo igual.

Aquí es el Toto el que hace un silencio más largo. Sorbe otro trago, se pasa una mano por la frente sembrada de gotitas de sudor, y nos mira a todos, uno por uno, como pidiéndonos disculpas por la ansiedad que nos ha venido provocando. Luego alza las cejas, suspira largo y dice que como era previsible, el niño murió durante la operación. Al mediodía, la infausta nueva circuló por la ciudad mediterránea como reguero de pólvora, dice, junto con aquella otra sobrecogedora noticia que todos ustedes recordarán y que recorrió todo el país: la de que esa misma noche en el Chaco, aquí cerca, en Margarita Belén, el ejército había fusilado a una veintena de prisioneros aplicándoles la ley de fuga.

Dice esto con la voz mucha más ronca, el Toto, y subrayando el punto y aparte. Todos nosotros mantenemos el silencio como si fuera una nube de plomo que hay que sostener en el aire, y yo me fijo en la mujer de Docabo que ahora tiene los ojos redondos y la boca abierta como un pescado muerto. Y en el mismo preciso instante empiezan a escucharse los bombos de un acto proselitista de los liberales, que hablan pestes de Alfonsín y de los perucas, en la plaza, y a mí se me hace que el golpeteo de esos bombos es como el bombeo de un corazón secreto, en algún lado.

En cuanto se difundió la noticia del deceso del hijo del general Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús González, concluye el Toto Spinetto recalzándose los bifocales sobre la nariz y sin aflojar en ese estilo florido que tiene, esa retórica de abogado que le jode todo lo que dice y escribe y que —parece mentira— sigue intacta a pesar de tantos años en cana, dos comentarios se generalizaron en la prisión: por un lado, que el suceso había sacudido tanto al jefe de la guarnición cordobesa que acaso nunca volvería a ser el mismo (lo cual no se sabía si era bueno o peor); y por el otro, que le había tocado merecer uno de los más ejemplares y coherentes castigos de Dios.

Como luego pude comprobar fehacientemente, dice el Toto Spi­netto antes de levantarse de la silla y haciéndole una seña a don Terada para pagarle, ese domingo, en todas las cárceles del país, hubo más misas y con mayor número de asistentes que de costumbre.

México, diciembre 77 . Resistencia, diciembre 84.

MEMPO GIARDINELLI

LA CONTRICCIÓN

raulcelsoar 18/08/2009 @ 11:48

La contricción 

MILAN KUNDERA

 Salimos de B., dejamos atrás las últimas casas y entramos en un paisaje de prados y bosquecillos, sobre cuyas cumbres caía un sol enorme. Íbamos en silencio. Yo pensaba en Judas Iscariote, de quien un ingenioso autor dice que traicionó a Jesús precisamente porque creía ilimitadamente en él: estaba impaciente por ver el milagro con el que Jesús pondría en evidencia ante todos los judíos su poder divino; por eso lo entregó, para provocarlo y hacerlo actuar de una vez: lo traicionó porque deseaba acelerar su triunfo.

Vaya, me dije, yo en cambio he traicionado a Martin precisamente porque había dejado de creer en él (y en su poder divino como mujeriego); soy una vergonzosa mezcla de Judas Iscariote y Tomás, a quien llamaban «el incrédulo».

Sentí cómo mi culpabilidad hacía crecer dentro de mí mis sentimientos hacia Martin y cómo su enseña del eterno acoso (a la que se oía flamear sobre nosotros) me ponía nostálgico hasta hacerme llorar. Empecé a echarme en cara mi precipitada actuación.

¿Acaso yo mismo seré capaz de despedirme con mayor facilidad de esos ademanes que para mí significan la juventud? ¿Y podré entonces hacer al menos otra cosa que imitarlos y tratar de encontrar para esta nada razonable actividad un sitio seguro en mi razonable vida? ¿Qué importa si todo es un juego vano? ¿Qué importa si lo sé? ¿Acaso dejaré de jugar sólo porque sea vano? La dorada manzana del eterno deseo Estaba sentado a mi lado y lentamente se iba disipando su malhumor.

—Oye —me dijo—, esa médica ¿es verdaderamente de tanta categoría?

 —Ya te lo dije. Está al nivel de tu Jirina. Martin me hizo más preguntas. Tuve que volver a describírsela.

Después dijo: —A lo mejor después me la podrías pasar, ¿no? Intenté que resultara creíble:

—Puede que sea difícil. Le molestaría que seas amigo mío. Es de principios firmes...

—Es de principios firmes... —dijo Martin con tristeza y se veía que le daba pena. No quería hacerlo sufrir

—A no ser que ocultase que te conozco —dije—. Podrías hacerte pasar por otra persona.

—¡Magnífico! Por ejemplo por Forman, como hoy. —Los directores de cine no le gustan. Prefiere más bien a los deportistas.

 —¿Por qué no? —dijo Martin—. Todo es posible —y al cabo de un momento ya estábamos en pleno debate.

El plan estaba cada vez más claro y al cabo de un rato ya se balanceaba ante nosotros, en medio de la niebla que comenzaba a caer, como una manzana hermosa, madura, esplendorosa. Permítanme que con cierto énfasis la denomine la manzana dorada del eterno deseo.

MILAN KUNDERA

OLGA OROZCO

raulcelsoar 14/08/2009 @ 12:19

OLGA OROZCO
 

 OLGA OROZCO

CON ESTA BOCA, EN ESTE MUNDO...

 

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,

aunque me tiña las encías de color azul,

aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,

aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas

y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

 

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,

ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,

y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,

ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta  dura nieve

donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

 

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.

Hemos hablado demasiado del silencio,

lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,

como si en él yaciera el esplendor después de la caída,

el triunfo del vocablo con la lengua cortada.

 

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!

He dicho ya lo amado y lo perdido,

trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.

A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,

retumban, se propagan como el trueno

unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte

                   con la muerte, poesía.

Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca,

cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo

                   con esta sola boca?

 

 

 

LAS MUERTES

 

He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,

lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso

de la piel del lagarto,

inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz

de alguna lágrima;

arena sin pisadas en todas las memorias.

Son los muertos sin flores.

No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.

Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.

Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,

mas su destino fue fulmíneo como un tajo;

porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los

infames lechos vendidos por la dicha,

porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida

gota de salmuera.

Esa y no cualquier otra.

Esa y ninguna otra.

Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros

de nuestra vida.

 

 

 

 

 

SE DESCOLGÓ EL SILENCIO

 

Se descolgó el silencio,

sus atroces membranas desplegadas como las de un murciélago

                   anterior al diluvio,

su canto como el cuervo de la negación.

Tu boca ya no acierta su alimento.

Se te desencajaron las mandíbulas

igual que las mitades de una cápsula inepta para encerrar la

                   almendra del destino.

Tu lengua es el Sahara retraído en penumbra.

Tus ojos no interrogan las vanas ecuaciones de cosas y de rostros.

Dejaron de copiar con lentejuelas amarillas los fugaces

                   modelos de este mundo.

Son apenas dos pozos de opalina hasta el fin donde se ahoga el tiempo.

Tu cuerpo es una rígida armadura sin nadie,

sin más peso que la luz que lo borra y lo amortaja en lágrimas.

Tus uñas desasidas de la inasible salvación

recorren desgarradoramente el reverso impensable,

el cordaje de un éxodo infinito en su acorde final.

Tu piel es una mancha de carbón sofocado que atraviesa

                   la estera de los días.

Tu muerte fue tan sólo un pequeño rumor de mata que se arranca

y después ya no estabas.

Te desertó la tarde;

te arrojó como escoria a la otra orilla,

debajo de una mesa innominada, muda, extrañamente impenetrable,

allí, junto a los desamparados desperdicios,

los torpes inventarios de una casa que rueda hacia el poniente,

que oscila, que se cae,

que se convierte en nube.

 

 

 

LOS REFLEJOS INFIELES

 

Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,

adherida en secreto a la palpitación de lo invisible

lo mismo que una gasa que de pronto revela figuras

emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.

Caras como resúmenes de nubes para expresar la intraducible travesía;

mapas insuficientes y confusos donde se hunden los cielos

                   y emergen los abismos.

Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes

                   de una sola noche.

Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas de fuego.

Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la

                   memoria del espejo;

algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras nieves.

Mis caras sucesivas en los escaparates veloces  de una historia

                   sin paz y sin costumbres:

un muestrario de nieblas, de terror, de intemperies.

Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un ágata

                   sin fondo que presagia la muerte,

solamente la muerte, apenas el reverso de una sombra estampada

                   en el hueco de la separación.

Ningún signo especial en estas caras que tapizan la ausencia.

Pero a través de todas, como la mancha de ácido que traspasa

                   en el álbum los ambiguos retratos,

se inscribió la señal de una misma condena:

mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me excede.

El obstinado error frente al modelo.

 

OLGA OROZCO

ISABEL ALENDE

raulcelsoar 14/08/2009 @ 12:17

isabel alende

 

EL SEXO Y YO

Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta entonces había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de plástico.

—Te crecerá adentro, te pondrás redonda y después te nacerá un bebé

Me explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último que deseaba. Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba. Mi amiga confirmó que los síntomas, eran iguales a los de su mamá. Por fin una monja me obligó a confesar la verdad.

—Estoy embarazada —admití hipando.

Me vi cogida de un brazo y llevada por el aire hasta la oficina de la Madre Superiora. Así comenzó mi horror por las muñecas Y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo solo nombre era impronunciable: sexo. Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían de ese mal que podía conducirlos al infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas. Cuando una hacía alguna pregunta escabrosa, había dos tipos de respuesta, según la madre que nos tocara en suerte. La explicación tradicional era la cigüeña que venía de París y la moderna era sobre flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación entre el polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco clara.

A los siete años me prepararon para la Primera Comunión. Antes de recibir la hostia había que confesarse. Me llevaron a la iglesia, me arrodillé detrás de una cortina de felpa negra y traté de recordar mi lista de pecados, pero se me olvidaron todos. En medio de la oscuridad y el olor a incienso escuché una voz con acento de Galicia.

—¿Te has tocado el cuerpo con las manos?

—Sí, padre.

¿A menudo, hija?

—Todos los días...

—¡Todos los días! ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometer que no lo harás más!

Prometí, claro, aunque no imaginaba cómo podría lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos. (Este traumático episodio me sirvió para "Eva Luna", treinta y tantos años más tarde. Una nunca sabe para qué se está entrenando).

Nací al sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial, en el seno de una familia emancipada e intelectual en algunos aspectos y casi paleolítica en otros. Me crié en el hogar de mis abuelos, una casa estrafalaria donde deambulaban los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de tres patas. Vivían allí dos tíos solteros, un poco excéntricos, como casi todos los miembros de mi familia. Uno de ellos había viajado a la India y le quedó el gusto por los asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto por un taparrabos recitando los 999 nombres de Dios en sánscrito. El otro era un personaje adorable, peinado como Carlos Gardel y amante apasionado de la lectura. (Ambos sirvieron de modelos —algo exagerados, lo admito— para Jaime y Nicolás en "La casa de los espíritus"). La casa estaba llena de libros, se amontonaban por todas partes, crecían como una flora indomable, se reproducían ante nuestros ojos. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas y así leí al Marqués de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado para mi edad, el autor daba por sabidas cosas que yo ignoraba por completo, me faltaban referencias elementales. El único hombre que había visto desnudo era mi tío, el fakir, sentado en el patio contemplando la luna y me sentí algo defraudada por ese pequeño apéndice que cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores. ¿Tanto alboroto por eso?

A los once años yo vivía en Bolivia. Mi madre se había casado con un diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un colegio mixto. Tardé meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba siempre con las orejas rojas y me enamoraba todos los días de uno diferente. Los muchachos eran unos salvajes cuyas actividades se limitaban al fútbol y las peleas del recreo, pero mis compañeras estaban en la edad de medirse el contorno del busto y anotar en una libreta los besos que recibían. Había que especificar detalles: quién, dónde, cómo. Había algunas afortunadas que podían escribir: Felipe, en el baño, con lengua. Yo fingía que esas cosas no me interesaban, me vestía de hombre y me trepaba a los árboles para disimular que era casi enana y menos sexy que un pollo. En la clase de biología nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de fabricación de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo. Lo más atrevido que llegamos a ver en una ilustración fue una madre amamantando a un recién nacido. De lo demás no sabíamos nada y nunca nos mencionaron el placer, así es que el meollo del asunto se nos escapaba ¿por qué los adultos hacían esa cochinada? La erección era un secreto bien guardado por los muchachos, tal como la menstruación lo era por las niñas. La literatura me parecía evasiva y yo no iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo erótico en esa época. Las relaciones con los muchachos consistían en empujones, manotazos y recados de las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso, dile que sí pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene ganas, dile que es un estúpido, dice que más estúpida eres tú y así nos pasábamos todo el año escolar. La máxima intimidad consistía en masticar por turnos el mismo chicle. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un pelirrojo a quien todas las niñas amábamos en secreto. Me sacó sangre de narices, pero esa mole pecosa y jadeante aplastándome contra las piedras del patio, es uno de los recuerdos más excitantes de mi vida. En otra ocasión me invitó a bailar en una fiesta. A La Paz no había llegado el impacto del rock que empezaba a sacudir al mundo, todavía nos arrullaban Nat King Cole y Bing Crosby (¡Oh, Dios! ¿Era eso la prehistoria?) Se bailaba abrazados, a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de cualquier joven normal. Keenan me apretó un poco y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su pantalón y de mis costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me hacían daño. Salió corriendo y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco más de la naturaleza humana, la única explicación que se me ocurre para su comportamiento es que tal vez no eran las llaves.

En 1956 mi familia se había trasladado al Líbano y yo había vuelto a un colegio de señoritas, esta vez a una escuela inglesa cuáquera, donde el sexo simplemente no existía, había sido suprimido del universo por la flema británica y el celo de los predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente. En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques, había sucursales de las tiendas de los más famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillacs con ribetes de oro puro circulaban en las calles junto a camellos y mulas. Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes se ponían pantalones, pero todavía existía esa firme línea fronteriza que durante milenios separó a los sexos. La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca de cordero, el calor del mediodía y el canto del muecín convocando a la oración desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido... Las niñas no salían solas y los niños también debían cuidarse. Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos, para que se defendieran de los pellizcos en la calle. En el recreo del colegio pasaban de mano en mano fotonovelas editadas en la India con traducción al francés, una versión muy manoseada de El amante de Lady Chaterley y pocket-books sobre orgías de Calígula. Mi padrastro tenía Las Mil y Una Noches bajo llave en su armario, pero yo descubrí la manera de abrir el mueble y leer a escondidas trozos de esos magníficos libros de cuero rojo con letras de oro. Me zambullí en el mundo sin retorno de la fantasía, guiada por huríes de piel de leche, genios que habitaban en las botellas y príncipes dotados de un inagotable entusiasmo para hacer el amor. Todo lo que había a mi alrededor invitaba a la sensualidad y mis hormonas estaban a punto de explotar como granadas, pero en Beirut vivía prácticamente encerrada. Las niñas decentes no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo cual tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras, que me visitaba para tomar Coca Cola en la terraza. Era tan rico, que tenía motoneta con chofer. Entre la vigilancia de mi madre y la de su chofer, nunca tuvimos ocasión de estar solos.

Yo era plana. Ahora no tiene importancia, pero en los cincuenta eso era una tragedia, los senos eran considerados la esencia de la feminidad. La moda se encargaba de resaltarlos: sweater ceñido, cinturón ancho de elástico, faldas infladas con vuelos almidonados. Una mujer pechugona tenía el futuro asegurado. Los modelos eran Jane Mansfield, Gina Lollobrigida, Sofia Loren. ¿Qué podía hacer una chica sin pechos? Ponerse rellenos. Eran dos medias esferas de goma que a la menor presión se hundían sin que una lo percibiera. Se volvían súbitamente cóncavos, hasta que de pronto se escuchaba un terrible plop-plop y las gomas volvían a su posición original, paralizando al pretendiente que estuviera cerca y sumiendo a la usuaria en atroz humillación. También se desplazaban y podía quedar una sobre el esternón y la otra bajo el brazo, o ambas flotando en la alberca detrás de la nadadora. En 1958 el Líbano estaba amenazado por la guerra civil. Después de la crisis del Canal de Suez se agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes, inspirados en la política panarábiga de Gamal Abder Nasser, y el gobierno cristiano. El presidente Camile Chamoun pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó la VI Flota norteamericana. De los portaaviones desembarcaron cientos de marines bien nutridos y ávidos de sexo. Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible evitar que los jóvenes se encontraran. Me escapé del colegio para ir a bailar con los yanquis. Experimenté la borrachera del pecado y del rock n'roll. Por primera vez mi escaso tamaño resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines podían lanzarme por el aire, darme dos vueltas sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley. Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi carrera y su sabor a cerveza y a Ketchup me duró dos años. Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a enviar a los niños de regreso a Chile. Otra vez viví en la casa de mi abuelo. A los quince años, cuando planeaba meterme a monja para disimular que me quedaría solterona, un joven me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de la alfombra, y me sonrió. Creo que le divertía mi aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta cinco años después, cuando por fin aceptó casarse conmigo.

La píldora anticonceptiva ya se había inventado, pero en Chile todavía se hablaba de ella en susurros. Se suponía que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres, ellos debían seducirnos para que les diéramos "la prueba de amor" y nosotras debíamos resistir para llegar "puras" al matrimonio, aunque dudo que muchas lo lograran. No sé exactamente cómo tuve dos hijos.

Y entonces sucedió lo que todos esperábamos desde hacía varios años. La ola de liberación de los sesenta recorrió América del Sur y llegó hasta ese rincón al final del continente donde yo vivía. Arte pop, minifalda, droga, sexo, bikini y los Beattles. Todas imitábamos a Brigitte Bardot, despeinada, con los labios hinchados y una blusita miserable a punto de reventar bajo la presión de su feminidad. De pronto un revés inesperado: se acabaron las exuberantes divas francesas o italianas, la moda impuso a la modelo inglesa Twiggy, una especie de hermafrodita famélico. Para entonces a mí me habían salido pechugas, así es que de nuevo me encontré al lado opuesto del estereotipo. Se hablaba de orgías, intercambio de parejas, pornografía. Sólo se hablaba, yo nunca las vi. Los homosexuales salieron de la oscuridad, sin embargo yo cumplí 28 años sin imaginar cómo lo hacen. Surgieron los movimientos feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén, lo ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar, pero como nadie nos siguió, regresamos abochornadas a nuestras casas. Florecieron los hippies y durante varios años anduve vestida con harapos y abalorios de la India. Intenté fumar mariguana pero después de aspirar seis cigarros sin volar ni un poco, comprendí que era un esfuerzo inútil. Paz y amor. Sobre todo amor libre, aunque para mí llegaba tarde, porque estaba irremisiblemente casada.

Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba fue un escándalo. Durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me felicitó por un artículo de humor que había publicado y preguntó si no pensaba escribir algo en serio. Respondí lo primero que me vino a la mente: sí, me gustaría entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la comida. Pero a la hora del café la dueña de casa —treinta y ocho años, delgada, ejecutiva en una oficina gubernamental, traje Chanel— me llevó aparte y me dijo que si le juraba guardar el secreto de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en su oficina con una grabadora. Me contó que era infiel porque disponía de tiempo libre después del almuerzo, porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la propia estima y porque los hombres no estaban tan mal, después de todo. Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una discreta garçonière que compartía con dos amigas tan liberadas como ella. Mi conclusión, después de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres, porque si no ¿con quién lo hacen ellos? No puede ser sólo entre ellos o todos siempre con el mismo puñado de voluntarias. Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante desesperado. El placer sin culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer. A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos. Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre "la mujer fiel". Todavía estoy buscando una que los sea por buenas razones.

Eran tiempos de desconcierto y confusión para las mujeres de mi edad. Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra y los libros de las feministas norteamericanas, pero no lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían criado. Los hombres todavía exigían lo que no estaban dispuestos a ofrecer, es decir, que sus novias fueran vírgenes y sus esposas castas. Las parejas entraron en crisis, casi todas mis amistades se separaron. En Chile no hay divorcio, lo cual facilita las cosas, porque la gente se separa y se junta sin trámites burocráticos. Yo tenía un buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis inquietudes en mi trabajo. Mientras en la casa actuaba como madre y esposa abnegada, en la revista y en mi programa de televisión aprovechaba cualquier excusa para hacer en público lo que no me atrevía a hacer en privado, por ejemplo, disfrazarme de corista, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo.

En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile, porque no podíamos seguir viviendo bajo la dictadura del general Pinochet. El apogeo de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, un país cálido, donde la sensualidad se expresa sin subterfugios. En las playas se ven machos bigotudos con unos bikinis diseñados para resaltar lo que contienen. Las mujeres más hermosas del mundo (ganan todos los concursos de belleza), caminan por la calle buscando guerra, al son de una música secreta que llevan en las caderas.

En la primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna película, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran por lo menos dos criaturas copulando. Hasta en los documentales científicos había amebas o pingüinos que lo hacían. Fui con mi madre a ver El Imperio de los Sentidos y no se inmutó. Mi padrastro les prestaba sus famosos libros eróticos a los nietos, porque resultaban de una ingenuidad conmovedora comparados con cualquier revista que podían comprar en los kioskos. Había que estudiar mucho para salir airosa de las preguntas de los hijos (mamá ¿qué es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas inflaban condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumpleaños. Ordenando el closet de mi hijo adolescente encontré un libro forrado en papel marrón y con mi larga experiencia adiviné el contenido antes de abrirlo. No me equivoqué, era uno de esos modernos manuales que se cambian en el colegio por estampas de futbolistas. Al ver a dos amantes frotándose con mousse de salmón me di cuenta de todo lo que me había perdido en la vida. ¡Tantos años cocinando y desconocía los múltiples usos del salmón! ¿En que habíamos estado mi marido y yo durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos un espejo en el techo del dormitorio. Decidimos ponernos al día, pero después de algunas contorsiones muy peligrosas —como comprobamos más tarde en las radiografías de columna— amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en vez de mousse en el punto G.

Cuando mi hija Paula terminó el colegio entró a estudiar Psicología con especialización en sexualidad humana. Le advertí que era una imprudencia, que su vocación no sería bien comprendida, no estábamos en Suecia. Pero ella insistió. Paula tenía un novio siciliano cuyos planes eran casarse por la Iglesia y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera a cocinar pasta. Físicamente mi hija engañaba a cualquiera, parecía una virgen de Murillo, grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría que era experta en esas cosas. En medio del Seminario de Sexualidad yo hice un viaje a Holanda y ella me llamó por teléfono para pedirme que le trajera cierto material de estudio. Tuve que ir con una lista en la mano a una tienda en Amsterdam y comprar unos artefactos de goma rosada en forma de plátanos. Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor fue cuando en la aduana de Caracas me abrieron la maleta y tuve que explicar que no eran para mí, sino para mi hija… Paula empezó a circular por todas partes con una maleta de juguetes pornográficos y el siciliano perdió la paciencia. Su argumento me pareció razonable: no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera midiéndole los orgasmos a otras personas. Mientras duraron los cursos, en casa vimos videos con todas las combinaciones posibles: mujeres con burros, parapléjicos con sordomudas, tres chinas y un anciano, etc. Venían a tomar el té transexuales, lesbianas, necrofílicos, onanistas, y mientras la virgen de Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los cirujanos convierten a un hombre en mujer mediante un trozo de tripa.

La verdad es que pasé años preparándome para cuando nacieran mis nietos. Compré botas con tacones de estilete, látigos de siete puntas, muñecas infladas con orificios practicables y bálsamos afrodisíacos, aprendí de memoria las posiciones sagradas del erotismo hindú y cuando empezaba a entrenar al perro para fotos artísticas, apareció el Sida y la liberación sexual se fue al diablo. En menos de un año todo cambio. Mi hijo Nicolás se cortó los mechones verdes que coronaban su cabeza, se quitó sus catorce alfileres de las orejas y decidió que era más sano vivir en pareja monógama. Paula abandonó la sexología, porque parece que ya no era rentable, y en cambio se propuso hacer una maestría en educación cognoscitiva y aprender a cocinar pasta con la esperanza de encontrar otro novio. Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte y se la llevó, pero esa es otra historia. Yo compré ositos de peluche para los futuros nietos, me comí la mousse de salmón y ahora cuido mis flores y mis abejas.

 

ISABEL ALENDE

MARIA NEGRONI

raulcelsoar 13/08/2009 @ 10:18


EL TEATRO EJEMPLAR DE LA TRISTEZA

MARIA NEGRONI

Un vampiro es un ser enamorado de su propio desconsuelo. Se aferra a lo perdido como a un escudo. En los laberintos del castillo abandonado del afecto, se lo ve deambular, cabizbajo y mudo y voluptuoso, sediento de una sed implacable, atormentado por la memoria de algo que acaso nunca ocurrió. Tanto Carmilla, la vampira de Sheridan Le Fanu, como el esquivo de Nosfe­ratu, lo saben bien: hay grandeza en medirse con las intemperies de lo anómalo. En la noche eterna, sufrir puede ser una patria.

Julia Kristeva (Soleil Noir: Dépression et mélancolie, 1987) atribuyó a la actividad de poetizar las mismas poses sombrías. Vio en ella una empresa hecha de enconos y gestos desesperados, reacia al duelo, que altera la pulsión de muerte y la vuelve mímesis de resurrección. ¿No viajan los grandes poemas siempre hacia lo indecible? ¿No nacen de rimar los lutos del lenguaje?

Como Nosferatu o Carmilla, los poetas son seres del abismo del tiempo (que es también el abismo de la falta de identidad), criaturas absortas, aferradas al castillo en ruinas de sus proyecciones, exasperadas por ver vivir eternamente lo que no cesa de morir. Por eso, tal vez, apenas hablan y, cuando lo hacen, balbucean interjecciones, ritmos, cosas olvidadas como si así pudieran acercar el sentido del cuerpo que los desterró y conjurar por una vez la noche inmóvil. En cada ataque amoroso vuelven a la pena como a un salvoconducto infalible, y renuevan un pacto que evoca servidumbres secretas: su parafernalia de crueldad conduce a cierta belleza oscura de imágenes fugaces. Toda contaminación supone estremecimientos y sombras vertiginosas. (Es preciso sobrevivir a la noche.) El deseo es que las palabras, como decía Holderlin, se abran como flores. En el umbral de la nominación, el poema elige, in extremis, una desgracia edificante: se yergue, desafiante y vencido, como un viudo identificado con la muerte.

La poesía, hubiera dicho Benjamin, es un teatro ejemplar de la tristeza. Una inercia que persevera, ensimismada y sorda a toda revelación, atenta sólo al mundo de los objetos y a las lentas revoluciones de Saturno. En ella, si se mira bien, lo único activo es el ataque camuflado contra el otro instalado en el yo (o viceversa), con tal de suprimir una escisión intolerable. El juego, entre impremeditado y alevoso, da sus frutos. El poema no interrumpe su ciego deambular pero es posible que algo pueda recibir, aunque más no sea un instante, de la luz residual de esa violencia.

Duelo imposible, balbuceo, efervescencia amorosa y criminal, una saga lírica regida por un voluntarioso desamparo: la melancolía también es una estética, y la sensibilidad gótica finisecular (la nuestra) acaso sea uno de sus nombres. Detrás, como antecedente, habría que enumerar lo que otros llamaron el Bizancio anglofrancés del siglo XIX, la literatura charrogne y ese culto de la belleza manchada, emparentada con la desdicha, que popularizó Baudelaire en El pintor de la vida moderna.

Todas las variantes del vampirismo, las voluptuosidades fúnebres, las alianzas entre el placer y la tumba, la flagelación, el amor lesbiano, la atracción de lo exótico y los cuentos de terror y necrofilia que conoció el fin de siglo pasado, provienen de esta concepción de la belleza, y su physique de l’amour, saturada de ruinas, caos y estatuaria, remite al mismo universo sublunar aludido por Kristeva. La poesía, en este sentido, pertenece por derecho propio a la Biblioteca del infierno.

Vincular acedia y lírica permite, por fin, algo más: redefinir el papel que le cabe a esta última en nuestro fin de milenio. Si, vista desde la tecnología y la democracia voraz de nuestro mundo de imágenes, la poesía es un género anacrónico, no lo es desde una teoría de la tristeza, en la medida en que su gesto instaura y garantiza una distancia infranqueable con una fuente que representa el origen y/o la verdad. Al obedecer a un ritmo hecho de súbitos detenimientos, cambios de dirección y nuevas inmovilizaciones, el poema actúa precisamente una imposibilidad: la de condensar significado y significante. Una y otra vez, la isla heroica de la melancolía, como la llamó Marsilio Ficino en el siglo XV, insiste en la experiencia material y fracasa. Este fracaso es espléndido y debe celebrarse porque, con él, se pone de manifiesto lo construido (lo falso) de la verdad simbólica, dando lugar a un mundo donde la jerarquía de una visión coherente de lo real no se sostiene.

Quiebre de la noción de totalidad y añoranza incurable de algo que, acaso, nunca se tuvo, son, desde siempre, marcas de lo que se sabe en estado de extinción. La poesía, acicateada por el deseo, realiza un movimiento afín: como intrigante que, en un misterio medieval, multiplicara significaciones, arma una coreografía escrituraria y, en ese decorado, escenifica una catástrofe (una epifanía mínima y fugaz), reubicándose como un arte imprescindible de la época.

Villiers de IIsle-Adam, Théophile Gautier, Mary Shelley o Renée Vivien, supieron ya a fines del siglo pasado (en su propia sociedad moribunda, transida de progreso) que la respiración asmática, como toda ostentación, tiene que ver con la carencia. Por eso, la belleza decadente de su producción, llena de emblemas, martirios, intrigas y lamentos, como la luz que ilumina en los cuadros barrocos el dibujo oscuro de la alegoría, es un efecto de opuestos. Reducido a un estado de ruina, el lenguaje ya no sirve para la comunicación pero está tanto más cerca de lo incognoscible. A la casa de la significación, por fin, se le ha volado el tejado.

Hay una vida afectiva del verbo donde éste se decanta, pasando del sonido natural al puro sonido del sentimiento. Para este verbo, el lenguaje no es más que un estado intermedio en el ciclo de su transformación, describe el trayecto que va del sonido a la música, descomponiéndose con la lentitud de los cortejos. En este verbo, hablan la melancolía y los poemas. A la manera de una enfermedad fatal, corrompen la lengua para amplificar lo eterno de lo efímero, lo ilusorio de lo verdadero. La estética es errática. No se buscan esencias, sino monogramas que cifren misterios, alguna traición, una voluptuosidad inútil, un gabinete fantástico donde un niño pueda perderse bajo la mirada de Novalis. En este verbo, el torpor se trastoca en audacia, lo banal en contemplación de lo banal, la proclamación en cosa rota. En este verbo, la tristeza se fragua a sí misma para salvarse.

 MARÍA NEGRONI 

GENOVEVA ARCAUTE

raulcelsoar 12/08/2009 @ 11:38

 

Genoveva 
Arcaute 


Todas somos Frida




Todas somos Frida
Dijo la filósofa
Se sacó la camiseta
Y mostró una cicatriz
En el lóbulo frontal
[las mujeres lo tienen en el útero,
piensan con el vientre
y juzgan con la entraña]

Dijo también que todas
Nos pintamos un rostro
Sobre piel o sobre tela,
Unas cejas, un bigote, unas trenzas
Que desmientan
El frágil cascarón que queda abajo.
Y unos trajes de colores que disfracen
Esos huesos tan faltos de glamur
Con sarapes enroscados
en los muslos, los hombros, la cintura.

Todas somos Frida.
Con un Diego
Tan feo como un sapo veterano
De ojos grandes y párpados hinchados
Vientre lleno y falo indoblegable,
Haciendo juego.

Todas somos Frida.
Con espejo incorporado
Que vigila las poses del modelo
En la cama de hierro de unas vísceras
Constantes en la alarma del quirófano,
Unos senos que amenazan con tomías
Y obscenas ortopedias.

Todas somos Frida
Cuando vamos a nuestro vernissage
Con la cama puesta en ambulancia
Para discutir los tropos y las formas que creamos.
Todas somos Frida,
cicatrices y cenizas.

Mi cuerpo es un mapa del dolor

Mi cuerpo es un mapa del dolor
Las uñas [con restos de piel enrojecida]
Disparan las flechas de la fuga o de la despedida
Mis cabellos señalan rumbos de extravío
En el sinsentido de las jeringas del reloj
El rodete en espiral despista a los piratas
Que husmean por hacerse con el mapa
Mis venas vuelven mientras mis arterias van
Ya con cierta fatiga de impaciencia.
Ni mis senos ni mis rotulas
Son bizcos, pero igual,
No se sabe dónde apuntan: ¿Adelante? ¿Al abismo?
Mis ojos se revuelven en guiños y soslayos contradichos
Sin claves con implícitos,
No resuelven.
Mis pies miden los pasos que llevan al tesoro
Los seguirás sin hacer sombra en las espaldas,

Porque vendrás, bandido,
Y enrollará la piel ajada
Y con ella partirá a la isla prometida.
Sobre arena de playa desplegará este cuerpo
-este mapa del dolor-
como una alfombra hollada
mientras mi piel se dora como hogaza
y el calorcito marca las líneas a seguir
Habrá de persignarse en la frente el corazón las ingles
De lamer las cicatrices del costado
Y sí: Contará los pasos, bailará su baile
[no me tapes el sol]
y por fin el pico hierro cavará en los tres puntos
¿acertará en primera? ¿el tesoro es uno o trino?
Plata gris del cerebro
Granates y rubíes de dulzuras en el pecho
Abajo sombra fresca de cavernas minerales
Toma el cofre
Mi cuerpo es un mapa del dolor.

Lluvia

Mientras lloran las cuerdas de mi garganta
Aguanta el cielo un toldo, inminente, oscuro y ominoso.
Ya llovía antes en mí, en mi cuaderno
Mis ollas y mi suéter, que acabo de doblar
Con sus húmeros lisos en la espalda.
Sobre su cuello volcado.
Mi cabeza llueve una garúa helada y en el cielo
Los pájaros caen, por vencidos, como cáscaras de fruta
Como medias en par que enrollo fláccidas.
Las cuerdas son ahora un cello lastimero que no mueve mis labios.
El cielo arría su estandarte negro
Y en los pliegues se dibuja el fuego.
Entre mis frontales, el alma de la caja
tensa unos cordones venosos por afuera.
Es la angustia que aún llueve
En los patios las alcobas los armarios,
Debajo de las mesas y las sillas,
Adentro de los libros y las cartas, en las máquinas de hablar
Y en la harina, el arroz y las lentejas.
Las macetas desbordan su copa de tierra y salpican mis pantuflas.
Ya no hay silencio o música
Solamente y por las comisuras del patio embaldosado
Agonizan canaletas y rejillas un barrito baba
color de hoja café.

biografia:

lic. en letras, dramaturga-humorista colaboradora de la revista humor desde 1981 a 1990. Docente publica ahora novela breve Mandorla

ALEJANDRA PIZARNIK

raulcelsoar 11/08/2009 @ 17:15


HIJA DEL VIENTO

 

 ALEJANDRA PIZARNIK

 

Han venido
invaden la sangre,
huelen a plumas,
la carencia,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.

Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma.

Porque no hay nadie.
Tú lloras debajo de tu llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.
 


 


EXILIO

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre.
Ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.
 


 


LA NOCHE

Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte,
tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser.
 


 


AMANTES

una flor
no lejos de la noche
mi cuerpo mudo
se abre
a la delicada urgencia del rocío.


 

QUIEN ALUMBRA

Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.
 


 


PRIVILEGIO

Ya perdido el nombre que me llamaba,
su rostro rueda por mí
como el sonido del agua en la noche,
del agua cayendo en el agua
y es su sonrisa la última sobreviviente,
no mi memoria.

El más hermoso
en la noche de los que se van,
oh deseado,
es sin fin tu no volver,
sombra tú hasta el día de los días.


 

CONTEMPLACIÓN

 

Murieron las formas despavoridas y no hubo más un afuera y un adentro. Nadie estaba escuchando el lugar porque el lugar no existía. Con el propósito de escuchar están escuchando el lugar. Adentro de tu máscara relampaguea la noche. Te atraviesan con graznidos. Te martillean con pájaros negros. Colores enemigos se unen en la tragedia.

 

 

 

EL DESEO DE LA PALABRA

 

La noche, de nuevo la noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el cálido roce de la muerte, un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido.

Pasos y voces del lado sombrío del jardín. Risas en el interior de las paredes. No vayas a creer que no están vivos. En cualquier momento la fisura en la pared y el súbito desbandarse de las niñas que fui.

Caen niñas de papel de variados colores. ¿Hablan los colores?

¿Hablan las imágenes de papel? Solamente hablan las doradas y de ésas no hay ninguna por aquí.

Voy entre nuevos que se acercan, que se juntan. Toda la noche hasta la aurora salmodiaba: Si no vino es porque no vino. Pregunto. ¿A quién? Dice que pregunta, quiere saber a quién pregunta. Tú ya no hablas con nadie. Extranjera a muerte está muriéndose. Otro es el lenguaje de los agonizantes.

He malgastado el don de transfigurar a los prohibidos (los siento respirar adentro de las paredes). Imposible narrar mi día, mi vía. Pero contemplo absolutamente sola la desnudez de estos muros. Ninguna flor crece ni crecerá del milagro. A pan y agua toda la vida.

En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída. ¿Y qué? Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.

 ALEJANDRA PIZARNIK

ALBERTO CIAN

raulcelsoar 11/08/2009 @ 17:11

ORQUESTA TIPICA Y CARACTERISTICA

DE ALBERTO CIAN

FECHA DE NACIMIENTO: 19 de Enero de 1919

FALLECIÓ EL: 21 de Octubre de 1997

LUGAR: AVELLANEDA (Provincia de Santa Fe)



HIJO DE: Antonio Cian y María Nocenti

ESPOSA: Matilde Vicentín

HIJOS: Cuatro varones y cuatro mujeres

Casi todos los sábados y domingos, Alberto Cian, con su conjunto, estaba contratado para animar alguna reunión bailable. Entre los muchos escenarios que lo tuvieron como protagonista, podemos mencionar los siguientes: Pista "El Chamamé" de Brollo (Ahora propiedad del Sr. Atilio Niemis), Pista de Rolón (Rolón Cué), de Avellaneda; Pista de Patricio Blanco, de El Sombrerito; en La Sarita; Pista "Recreo La Tranquera" del Comisario Espinoza, de Villa Ocampo; Pista "El Naranjito" de Tacuarendí; en Romang, Las Toscas, Nicanor Molinas, Moussy, San Manuel, Flor de Oro, Colmena, Villa Ana, Vera; en lo de Martelozzi, en el Club Central, en Barrio Moreno, en el Racing Club, en Platense, en el Club General Obligado, de Reconquista; en Goya, y en la Pista "El Rosedal" de Esquina, en la provincia de Corrientes. En esta última con Alberto Cian y Oreste Regonat en Bandoneón, el Nene Berlanda en acordeón, Juan Villán en contrabajo, Pato Gavirondo y Alejandro Buseghín en Guitarra y canto.

Alberto Cian, ya desde jovencito tocaba el acordeón de dos hileras (o verdulera, como se conoce comunmente) de su  padre, siguiendo el gusto por la música que la mayoría de sus diecisiete hermanos -algunos más, otros menos- habían adoptado.

 

A los 14 años pidió a sus padres que le compraran un bandoneón pero la situación económica difícil por la que atravesaban hizo que su deseo fuera cumplido cinco años más tarde. Fue uno de marca "Tango" adquirido a la firma Sartor S.A. que traía estos instrumentos solo a pedido. Hizo un breve curso por correspondencia, pero las necesidades económicas lo obligaron a vender su querido instrumento hasta que pudo, un día, llegar a tener un AA comprado a Debernardis de Campo Lanteri, hasta que finalmente logró otro "Tango" comprándoselo a Oreste Gregoret, de Flor de Oro, el que lo acompaña hasta la actualidad.

 

A los 25 años comenzó a integrar orquestas de Reconquista como la Splendid de los Hermanos Gamba, Los Angeles, el conjunto de los Nager. También actuó junto a músicos como el bandoneonista Parreño de Santa Fe, con Juan Carlos Martínez, el bandoneonista Juan Dominguez, con Argentino Romero quien vive actualmente en Buenos Aires, con los Hermanos Longhi.

 

Muchos fueron los escenarios que transitó, como el tenis Club, Artesanos, o los tradicionales bailes de carnaval. Más adelante en el tiempo tuvo la oportunidad de formar su propio conjunto de música típica, un trío que además integraba el "Chivito" García en violín y "Palomita" García en canto y guitarra, ambos de Reconquista. Luego vinieron otros músicos: el "Negro" Vidal, bandoneonista, Virginio Aquino en guitarra, y Olivio Buseghín en bandoneón.

 

En una oportunidad lo vio tocar el bandoneón a Oreste Regonat en el paraje La Curva y lo entusiasmó para integrara su conjunto. Con él, Alberto Cian incorporó a su conjunto un nuevo género, la música guaraní.

 

A lo largo del tiempo fueron varios los que integraron el grupo, en voces y guitarras, como Alejandro Buseghín, Armando "Pato" Gavirondo, Antonio "Zorro" Villán, en primera voz y guitarra, Pablo Correa, en segunda voz y guitarra, Juan Villán (Juan Guerreño) contrabajo y guitarra, Orlando "Nene" Berlanda en acordeón de 3 hileras y a veces guitarra, segunda voz y luego contrabajo; Emo "Chichi" Berlanda como primera voz del conjunto, entre otros. En alguna oportunidad se contrató como cantor de tangos a Juan Carlos Casanova.

 

Cabe acotar que fueron muy conocidos los dúos integrados por Villán-Correa, Villán-Buseghín, Buseghín-Gavirondo, Buseghín-Berlanda, Berlanda-Berlanda; y los tríos Buseghín-Berlanda-Berlanda, Buseghín-Berlanda-Villán; los solistas Alejandro Buseghín y Armando Gavirondo.

 

LOS TEXTOS PERTENECEN A ROBERTO BIANCHI

 

 

 

En La orquesta típica se hace presente el tango, marca de identidad de la ciudad de Buenos Aires, a través de una formación musical característica de este género.

La llamada orquesta característica es portadora en las décadas de 1950 y 1960 de un repertorio de diversión familiar. Es la orquesta que en los clubes de barrio toca pasodobles, tarantellas, algún tango y algún chamamé hecho a su manera

OSVALDO SORIANO

raulcelsoar 10/08/2009 @ 10:12


TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

 

"Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final."

Philip Marlowe en El largo adiós

 

 

OSVALDO SORIANO

Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla. Los ojos de Stan tienen el color de la bruma; los de Charlie, el del fuego. La brisa salada les salpica los rostros con gotas transparentes. Stan se pasa la lengua por los labios y siente, quizá por última vez en este viaje, el gusto salado del mar. Tiene los ojos celestes, pequeños y rasgados, las orejas abiertas, el pelo lacio y revuelto. Un aire de angustia lo envuelve y a pesar de sus diecisiete años está acostumbrado a fabricarse sonrisas. Ahora, lejos del circo, lejos de Londres, su cuerpo pequeño está rígido y siente que el miedo le ha caído encima desde alguna parte.

Charlie, que frente al público es un payaso triste, sonríe ahora, desafiante y frío. Apoyado en la popa ha inclinado el cuerpo hacia adelante, como si quisiera estar más cerca de Manhattan, como si tuviera apuro por asaltar al gigante.

—Mi padre dijo que el cine matará a los cómicos —ha dicho Stan.

Lo dice con amargura, porque ha recordado a su padre que también es actor y ha visto de frente la ansiedad de los curiosos, la desesperación de los fracasados, la alegría momentánea de una mueca; las ha visto mil veces, y lo ha contado mil veces en la mesa durante las cenas en la vieja casa de Lancashire. Las primeras luces surgen de la niebla y Stan sabe que ya no puede volver atrás, que cualquiera sea su destino, él está allí para aceptarlo.

—Matará a los cómicos sin talento —ha respondido Charlie, sin mirar a su compañero cada vez más lejano, atrapado por las luces. Siente que la hora llega, que toda Norteamérica es un auditorio en silencio que espera verlo pisar la costa. Escucha las exclamaciones de asombro, los aplausos, los ¡vivas! de la multitud, siente que alguien lo abraza y llora. La sirena del barco lo sacude, le hace abrir los ojos claros que tienen más fuego que nunca y descubre a su alrededor el júbilo de sus compañeros de la troupe que festejan la llegada. Stan sonríe brevemente. Se tapa la cara con las manos porque una sensación vaga y molesta le toca el corazón y las tripas. Entre los dedos abiertos que enrejan sus ojos, mira a Charlie y siente que lo quiere como a nadie, porque sabe que está ante un vencedor.

Las lanchas se acercan al barco y lo remolcan. El día es luminoso y la niebla se ha levantado. Algunos actores tragan scotch y dan alaridos incomprensibles. Ellos volverán pronto a Londres, abrazarán a sus mujeres y a sus hijos y narrarán la aventura de la gira. Stan y Charlie no tienen pasajes de regreso. El barco se ha detenido y de la bodega emerge un ganado sucio y mugiente. Una a una las vacas pisan tierra americana y nadie les envidia su destino. Charlie ha encendido un cigarrillo y aguarda su turno en la escalinata. Ya no pertenece a la troupe.

Una ola de sangre caliente inunda las venas de Stan y su rostro se llena de vida. Adivina que Charlie está apostando por el éxito y la fama. De un bolsillo saca un puñado de chelines y los arroja con fuerza al mar. Se ha quedado solo y si pudiera verse sentiría vergüenza.

—No van a matarme, papá —dice, y salta a tierra.

 

 

El viejo Stan Laurel bajó del taxi. Miró el arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprobó el número del edificio. El tránsito era intenso como todas las mañanas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un instante en la vereda. El edificio que tenía frente a él no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de la fachada mostraba la suciedad de los años. Antes de tomar el ascensor se quitó el sombrero. Nadie prestó atención a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al sexto piso se había quedado solo. Salió a un pasillo mohoso, iluminado por un par de lámparas fluorescentes. Caminó unos pasos y se detuvo frente a una puerta de madera deteriorada que tenía un vidrio esmerilado. En él se leía: "Philip Marlowe, detective privado", y más abajo: "Entre sin llamar".

Entró sin hacer ruido. Se había vuelto cauteloso y no supo por qué. Ante él había una pequeña sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre la que estaban tiradas algunas revistas viejas. Se sentó. Dejó el sombrero sobre la mesa y tomó una de las revistas, pero sus ojos miraban la habitación. Las paredes estaban absolutamente despojadas y no habían sido limpiadas en los últimos años, aunque alguien se encargara de pasar, de vez en cuando, un plumero que nunca había alcanzado el techo. Stan fijó sus ojos en la puerta entreabierta que tenía frente a él. Inclinó el cuerpo, pero no alcanzó a ver el interior de la oficina. Alguien abrió la puerta por completo.

—Pase, señor Laurel.

Marlowe era un hombre de unos cincuenta años, un metro ochenta de alto, cabello castaño oscuro, aunque las canas lo habían blanqueado demasiado. Sus ojos, también castaños, tenían una mirada dura pero melancólica. Vestía un traje gris claro al que hacía falta planchar.

Stan, pequeño y desgarbado, entró en la oficina. La habitación estaba iluminada por el sol que entraba a través del ventanal. Marlowe se acomodó en su sillón, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo y el hollín.

—¿Cómo supo mi número? —preguntó el detective, mientras con un gesto invitaba a Stan a sentarse.

—En verdad, señor Marlowe, lo tome al azar de la guía.

Marlowe encendió un cigarrillo y echó su cuerpo hacia adelante.

—¿Pidió referencias? ¿Sabe al menos quién soy?

—No. No lo hice. ¿Qué importa eso? Usted anda en este trabajo desde hace muchos años, según me dijo por teléfono. Si me gusta lo contrataré.

—No es un buen procedimiento, señor Laurel. Usted es un hombre famoso. Podría pagar los servicios de una agencia.

—Soy un hombre famoso al que nadie conoce, señor Marlowe. Se equivoca. No puedo pagar una agencia. No tengo mucho dinero. ¿Cuánto me dijo que cobraba por su trabajo?

—Cuarenta dólares diarios y los gastos.

—Está dentro de mis posibilidades, siempre que los gastos no sean muchos.

—¿Está seguro de no ser un avaro?

—Estoy casi en la ruina si le interesa saberlo. Tal vez no le convenga perder su tiempo conmigo.

—Eso lo veré después. Antes quiero saber por qué uno de los cómicos más famosos de Hollywood viene a visitar al viejo Marlowe. No me ocupo de divorcios ni persigo a jóvenes drogadictos.

—No es ese mi problema.

—Me encanta saberlo. Lo escucho.

—Me estoy muriendo, señor Marlowe.

—No se nota.

—Sin embargo, es así. Ollie tuvo suerte. Le falló el corazón y terminó con todo. Yo me estoy muriendo lentamente, pero creo que las cosas deberían ser mejores para un viejo actor.

—Usted no necesita un detective —gruñó Marlowe—. Hable con un agente de seguros y con un sepulturero.

—No creo que tome en serio a sus clientes.

—Usted no es mi cliente, señor Laurel. Me parece un hombre desesperado ante la proximidad de la muerte y yo no me ocupo de esos problemas. Si me permite una sugerencia, hable con un cura; usted necesita un consejero espiritual. Tal vez lo metan en un asilo de ancianos.

—No necesito consejos. Sé cómo recibir la muerte. Tengo setenta y cinco años, filmé más de trescientas películas, recibí un Oscar, conocí el mundo, me casé ocho veces, varias de ellas con la mujer que ahora está a mi lado. No me importa morir. No vine aquí a pelearme con un detective impertinente que ni siquiera tiene su oficina limpia. Vine a contratarlo. No se ofenda, Marlowe, pero usted es un tonto. Con esos modales no lo alquilarán ni para cuidar el perro de un ejecutivo. Y lo peor es que ya es demasiado grandecito para cambiar.

—No rezongue, señor Laurel. Me gano la vida como puedo. No tengo demasiado dinero porque me niego a atender las chocherías de los viejos.

—Muy bien —el actor se levantó de su sillón—, aquí tiene mi teléfono. Llámeme si cambia de idea. Usted es muy torpe, pero me parece decente.

Stan Laurel abandonó la oficina con la misma cautela con que había entrado. El detective lo siguió con los ojos. Cuando la puerta se cerró, echó una mirada a su reloj. Eran más de las doce. Bajó a la calle y caminó dos cuadras hasta el bar de Víctor. Comió un sándwich y tomó una Coca Cola. Se quedó un rato pensando en el viejo Laurel. Fumó lentamente un cigarrillo. Pidió un diario a Víctor y buscó la página de espectáculos. En un cine de segunda categoría daban un programa de cortos cómicos: Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Buster Keaton, Larry Semon. Salió a la calle.

Un frío seco, cortante, extraño en Los Ángeles, obligaba a la gente a envolverse en sobretodos y a caminar con apuro. El sol había desaparecido detrás de la muralla de edificios. Marlowe volvió a su oficina. Del escritorio sacó una botella de whisky y un vaso. Se echó en el sillón, puso los pies sobre el escritorio y tomó algunos tragos. Encendió otro cigarrillo, pero lo apagó en seguida. Intentó dormir. Cerró los ojos, pero fue inútil. Pensó que desde su divorcio apenas había trabajado en un par de casos.

Después de separarse de su mujer, anduvo varios meses vagabundeando, borracho, por los suburbios de la ciudad. Recibió un par de palizas y durmió cuatro noches en la cárcel. Entonces decidió alquilar nuevamente su antigua oficina. Cada vez estaba más cansado y sus ahorros —mil doscientos dólares— volaron en seguida. Tuvo que vender el auto para alquilar una casa de dos habitaciones en un barrio de clase media, en las colinas bajas.

Metió la mano en el bolsillo y sacó algunos billetes arrugados. Los contó: veintisiete dólares con cincuenta. "Ánimo, Marlowe —se dijo—, las estupideces se pagan siempre", y recordó su casamiento con Linda Loring, una millonaria posesiva, que lo rodeó de lujo y lo colmó de aburrimiento durante seis meses.

No podía dormir más de dos o tres horas por día. Decidió ir al cine de los cómicos. Necesitaba reír un rato. Tomó un ómnibus que lo dejó a tres cuadras. Caminó con pereza. Hacía cada vez más frío. Levantó la cabeza para ver, sobre los edificios, un cielo color de plomo. A su lado, la gente pasaba apresurada. Se dio cuenta de que no tenía sobretodo. Lo había perdido en una noche de borrachera.

Sacó la entrada y se quedó en el hall fumando un cigarrillo. Esperó a que terminara la película de Chaplin. No le gustaba ese hombrecito engreído, al que siempre le iba mal en las películas y bien en la vida. La empleada de la boletería lo miraba. Era una mirada curiosa que recorría el traje arrugado. Se enderezó las solapas, pero ella lo siguió observando. Él le guiñó un ojo y la muchacha dio vuelta la cara. Entró. Había poco público a esa hora y todos estaban juntos, como protegiéndose del frío. Marlowe se sentó en una butaca desvencijada. Vio a Buster Keaton, que subía y bajaba escaleras a toda velocidad con su cara imperturbable y trágica. Vio a Laurel y Hardy, que trataban de vender un árbol de Navidad a Jimmy Finlayson. Los vio luego destruir la casa del furioso cliente, mientras éste rompía el Ford a bigotes del gordo y el flaco ante una multitud de vecinos curiosos. Empezó a reír y no pudo parar. Sintió dolores en la barriga, pero aquellos dos hombres no se detenían nunca; lo obligaban a reír cada vez más. Cuando apareció en la pantalla el policía Edgar Kennedy, Marlowe se paró y abandonó la sala. No quería saber si los llevaría presos. Caminó unas cuadras y tomó el ómnibus. Llegó a la oficina a las seis de la tarde. Quedaba poca gente en el edificio. No sabía por qué regresaba allí. No tenía trabajo y nadie lo esperaba. Tomó un trago y se quedó sentado hasta que la oscuridad lo rodeó. No tenía ganas de levantarse a encender la luz. Empezó a sentirse mal. Siempre se sentía mal al caer la tarde. Tal vez Capablanca quiera jugar una partida de ajedrez, pensó. Cerró la oficina y salió. El ómnibus tardaba casi una hora en llegar a su casa.

Subió los escalones de tronco de pino del viejo chalet. Los yuyos habían cubierto el jardín. Abrió la puerta y encendió la luz del porche. "Una tarde me voy a quedar a cortar los yuyos", se dijo. Entró. La sala olía a encierro y resultaba tan poco acogedora e impersonal como siempre. Preparó algo de comer en la cocina. Sacó el tablero y desplegó las piezas. En verdad no tenía ganas de jugar. Guardó el ajedrez. Se sentía peor que Capablanca. Comió poco. Encendió el televisor y vio el noticiero. El presidente Johnson ordenaba bombardeos en Vietnam. Apagó el televisor. Recordó algunas palabras que Laurel le había dicho esa mañana: "Las cosas deberían ser mejores para un viejo actor". Tal vez ahora Stan estuviera viendo ese noticiero. Tomó el teléfono y marcó el número que el actor le había dejado.

—Habla Marlowe, señor Laurel.

—Me alegra que haya cambiado de opinión, hijo.

—No se trata de eso. Necesitaba hablar con alguien.

Hubo un silencio en la línea. Durante casi un minuto no se atrevieron a interrumpirlo. Por fin, Laurel:

—¿Por qué me eligió a mí?

—Lo vi esta tarde en un cine. Daban Ojo por ojo. Hacía por lo menos diez años que no veía una película del gordo y el flaco. Me fui antes de que terminara, cuando llegó el policía.

—¿Tiene alergia a la policía, Marlowe?

—Siempre lo arruinan todo.

—Es cierto, Ollie y yo terminamos perseguidos por el policía Sanford. ¿Por qué eligió esa profesión?

—Es muy difícil saberlo ahora. Trabajé con el fiscal del distrito hace tiempo, pero soy demasiado irrespetuoso con la autoridad. Decidí seguir solo. Desde entonces estuve varias veces en la cárcel. No me gusta colaborar.

—Yo también necesitaba hablar con alguien —lo interrumpió Laurel.

—¿Por eso fue a verme esta mañana?

—Creo que sí. Iba a pagar su tiempo.

—Deberíamos suscribirnos a Corazones Solitarios.

—Creí que el cómico era yo, Marlowe.

—Hace tiempo que dejó de serlo.

—Usted es muy duro conmigo. ¿Siempre es así?

—En los ratos libres corto los yuyos del jardín y juego al ajedrez.

—La soledad lo ha vuelto hosco, Marlowe. ¿Alguna vez quiso a alguien?

—Una vez. Me casé con ella, pero era demasiado tarde. No anduvo.

—Quise decir si tuvo amigos.

—Recuerdo uno. Se llamaba Terry Lennox. Era inglés, como usted. Trabajó en películas, como usted. Estaba deshecho y terminó montando una comedia para escapar de la realidad. No volví a verlo. Estoy tan solo como es posible estarlo en este país.

—¿Puedo verlo mañana, detective? Le adelantaré cien dólares. ¿Está bien?

—¡Al diablo con los cien dólares! Le dije que mi oficina no es un confesionario. Olvídese de todo. Tomaremos un gimlet y no lo veré más. Cuando quiera recordarlo iré al cine. Usted era más divertido antes, Laurel.

 

 

—¡Cámara!

La cara del gordo se ha transformado en una máscara payasesca por el maquillaje. Está ante la enorme cocina de un restorán, frente a decenas de cacharros, y el vapor que sale de ellos lo envuelve y lo hace sudar. Los mozos entran uno tras otro y llevan los pedidos, vuelcan los guisos y las sopas. El piso es un enchastre de patas de cordero, papas, verduras, sobre las que el gordo y los mozos resbalan una y otra vez; caen al suelo dibujando cabriolas espectaculares. La acción se interrumpe a menudo. El flaco corre de un lado a otro, grita instrucciones, habla con el gordo y le marca las escenas siguientes.

Los días del ensayo previo lo han dejado conforme. "Ese gordo tiene talento y hará reír mucho", piensa Stan. Está feliz porque Hal Roach le ha dado una oportunidad para dirigir un filme. Hace catorce años que llegó a Estados Unidos y se ha ganado la vida en Hollywood como actor de comedias sin demasiado éxito.

Ollie pesa ciento cuarenta kilos, pero los lleva sin esfuerzo. Quiso ser actor desde que dejó su casa de Georgia, contra la voluntad de su padre. Cuando filmó su primera película parecía un bebe rozagante al que el público esperaba que le pasaran cosas terribles. Pero era muy difícil triunfar. Chaplin había acaparado al público, a la prensa, y todo el mundo hablaba de él.

Ahora Ollie está contento. Siente que Laurel es un tipo inteligente, que sus guiones son precisos y ricos, que sus observaciones son certeras. Será, cree, un gran director. El gordo deja que los auxiliares lo maquillen otra vez, mientras escucha los gritos del flaco que se acerca y controla el efecto que los cosméticos han conseguido sobre su cara. Todo está listo para filmar la siguiente escena. Alguien, en el estudio vecino, hace sonar un tango. Ollie sonríe. Recuerda aquellos rosedales de Palermo; los mateos y los bares de la estación Retiro. Buenos Aires era una linda ciudad en 1915.

Ollie camina lentamente hacia las luces del escenario donde las cámaras están listas. No sabe por qué, pero otra vez recuerda los rosedales, las mujeres tímidas y los hombres impecables que las toman del brazo. Los compases del tango le traen a la memoria a aquel hombre, al bandoneonista —Pacho lo llamaban—, que siempre estaba haciéndole chistes por su barriga y su lamentable español. Tenía que ayudarlo en todo. Pacho sospechaba que Ollie comprendía el español, pero hablaba en inglés para no meterse en líos. El tango ha dejado de oírse y el gordo sonríe frente al flaco y le hace un gesto cómplice. El flaco entiende y sonríe también. Ahora recuerda su viaje a la Argentina, en 1914, sus acrobacias de payaso en un teatro céntrico (el Casino, cree recordar), la esperanza que tenía de ser alguna vez actor de cine o director. Quizás ha recordado aquellos corralones donde podía escucharse el tango y compartir un vaso de vino con hombres de pañuelo al cuello y mirada sobradora.

—¡Cámara!

La acción recomienza en el mismo exacto lugar donde Stan había ordenado el corte anterior. Ollie tiene que resbalar una vez más, debe odiar a los mozos que han dejado caer al suelo sus bandejas. El giro es perfecto y la armonía de sus movimientos logra una extraña forma de poesía grotesca.

El resbalón y la caída parecen un cataclismo. Stan sonríe satisfecho. El gordo lo ha logrado. Ollie grita. La escena se rompe en mil pedazos. Stan ordena el corte de cámaras. Corre hacia el escenario. Al caer, el gordo ha arrastrado una olla de agua hirviendo. Tiene el brazo derecho rojo y la piel empieza a arrugarse. Ollie grita cada vez más. Alguien corre en busca de un bálsamo para quemaduras. Stan se toma la cabeza. Quiere llorar y no lo consigue. Todo su plan se desmorona, ya no habrá película. Furioso, patea los cacharros y lanza golpes al aire, resbala sobre una planta de lechuga, trastabilla, tropieza contra las piernas del gordo que sigue gritando y cae de narices.

Hal Roach grita satisfecho, levanta los brazos y los agita, masca su cigarro con ferocidad.

—¡Los encontré! —grita—. ¡Son ellos!

A su alrededor nadie ha podido contener una carcajada. La caída del gordo y la furia del flaco —que ahora está tirado y golpea los puños contra el suelo— han sido una de las cosas más desopilantes que se han visto en el estudio. Roach vocifera hasta que un asistente corre a su lado.

—¡Contrátelos! —ordena con voz entrecortada—. Es la pareja más cómica que he visto en mi vida.

Laurel se ha levantado y camina hacia Roach. Su rostro tiene el gesto del llanto, pero sólo siente pena.

—¡Que cagada, Dios mío! —Se toma la cabeza. Roach lo mira sonriente.

—¿Se anima a repetirlo? —pregunta, ordena—. Directores hay muchos, Stan.

El flaco no comprende. Atrás, una enfermera embadurna el brazo de Ollie y le coloca una venda desprolija. El gordo siente un ligero alivio. La risa de los asistentes le ha dado mucha rabia. No ha entendido tampoco qué hacía Laurel en el suelo, junto a él. Ahora se acerca al productor y a Stan; va a decirles que dentro de una semana podrá seguir trabajando. Los dos hombres lo miran. Roach es feliz.

—Creo que ustedes van a hacer reír —dice.

 

 

Cuando Laurel entró a la oficina, Philip Marlowe leía un libro sentado en su sillón; las largas piernas del detective estaban sobre el escritorio y sus pies se apoyaban sobre un montón de carpetas. Los zapatos brillaban limpios y lustrados, pero las suelas tenían agujeros y a los tacos de goma se les veían los clavos. Laurel se paró ante el escritorio y observó con atención al hombre que seguía distraído.

—Buen día —saludó.

El detective levantó los ojos. Miró un largo rato al viejo que vestía un traje pasado de moda, pero limpio y bien planchado. En las manos llevaba un sombrero y el sobretodo que se había quitado antes de entrar. Sus ojos eran brillantes y sonreía, como si hubiera algún motivo para hacerlo. Pasó un largo minuto antes de que Marlowe dejara el libro sobre el escritorio y encendiera un cigarrillo.

—Creo que se equivocó de puerta.

—Usted necesita un empleo y yo se lo ofrezco —dijo el actor.

—¡Que interesante! ¿De qué se trata?

—¿Qué esta leyendo? —replicó Laurel.

—Una novela policial. Un detective de la agencia Continental llega a un pueblo y se mezcla con una banda de criminales y con la policía y anda a los tiros con todo el mundo. No es un hombre delicado, se lo aseguro. Me hubiera gustado tenerlo de socio. La novela no dice cómo se llama, pero podría encontrarlo a la vuelta de una esquina.

—¿Alguna vez tuvo que matar a alguien? —dijo Laurel, y se ruborizó.

—Alguna vez. Casi lo he olvidado.

—El suyo es un oficio duro.

—Lo fue. Cuando tenía lío podía ganarme algunos dólares. Ya estoy un poco viejo para eso. ¿Qué me ofrece usted, Laurel?

—Cien dólares de adelanto. Acepto su precio.

—¿Trajo el dinero?

—Aquí está. Hoy lo veo más comprensivo.

—Tengo algunos problemas que solucionar. Eso me hace más estúpido. ¿Por qué no se sienta?

Laurel se sentó.

—Quiero saber por qué nadie me ofrece trabajo. Si tratara de averiguarlo por mi cuenta arriesgaría mi prestigio. Hay muchos veteranos trabajando en el cine y en la televisión. Yo podría actuar, o dirigir, o escribir guiones, pero nadie me ofrece nada desde hace muchos años. Oliver consiguió trabajo una vez, en una película de John Wayne, pero fue un fracaso. Tuvo que ir a pedirlo. Yo nunca quise hacer eso.

—¿Conoce a mucha gente en Hollywood? —preguntó Marlowe.

—Algunos viejos, a los que no veo hace tiempo, y dos muchachos que vienen a verme de vez en cuando para charlar sobre la comicidad. Ellos tienen mucho trabajo. Usted los conoce: Jerry Lewis y Dick van Dyke.

—No voy mucho al cine, pero los he visto. ¿Son sus amigos?

—Dick es un amigo. Tiene talento; mucho talento. Me considera su maestro. Viene a casa y charlamos largas horas.

—¿Por qué no lo contrata?

—Él no puede contratarme. Es posible que no se anime a incluir en sus películas al viejo maestro.

—Entiendo. Por ahí anda a las trompadas un muchacho a quien le enseñé el oficio, pero no se le ocurre colaborar con el viejo Marlowe. Viene a visitarme para tomar whisky. Me consulta sus casos, me da la mano y se va. Lew es un gran muchacho, preocupado por el psicoanálisis, pero debe creer que los viejos viven del aire. Los productores pensarán que usted está en buena posición y que sin Hardy no le interesa trabajar.

—Cuando él vivía tampoco nos ofrecieron nada. En el cincuenta y uno hicimos una película en París. Fue lo último.

—¿Ganaron dinero?

—No. La película fue un fracaso. Ollie estaba enfermo y no podía moverse demasiado. Yo también había estado con ataques y no era un buen momento. No filmamos en Estados Unidos desde que Ollie volvió de la guerra.

—¿Hardy fue a la guerra?

—Había recibido instrucción en un colegio militar cuando muchacho. Lo llamaron y le dieron el grado de capitán. Estuvo en Gibraltar.

—¿Él quería ir al frente?

—Era un muchacho muy despreocupado. Lo tomó en broma. Me dijo: "Me voy al frente" y no lo vi hasta un año después. Cuando me contó sus anécdotas pensé en filmar una película, pero él estaba muy dolorido por todo lo que ocurrió y preferimos dejarlo.

—¿Cuándo murió?

—En 1957, en un hospital. Estaba muy enfermo y paralítico. Fue una época muy difícil. No fui al entierro y me criticaron por eso, pero no podía ir.

—¿Por qué?

—Ollie no era sólo un amigo. Era parte de mí; ninguno podía ser nada sin el otro. Nuestra vida fue el cine y lo compartimos todo. No nos veíamos mucho, pero hacíamos lo único que justificaba nuestra vida: filmar. Pronto me di cuenta de que éramos uno solo. Yo no podía asistir a mi propio entierro.

—¿Por qué me dijo ayer que estaba muriendo?

—Estoy enfermo, Marlowe. Soy diabético y tengo ataques. Sé que no me queda mucho tiempo. Pero no era eso lo que trataba de decirle. Desde que no trabajo me estoy muriendo un poco cada día. Cuando uno tiene un solo motivo para vivir, y ese motivo desaparece, siente que está de más. Quiero que usted averigüe por qué los productores me han olvidado.

—¿Tuvo relación con los diez de Hollywood?

—¿Los diez de Hollywood?

—Sabe de que hablo: los juicios de Joe.

—Los conozco, pero nada más.

—Espero que no me mienta —dijo el detective—; la política ha dejado fuera de carrera a más actores que la droga. Usted conoce bien todo eso. Si Joe veía rojo era para echar a correr. Sé de uno de los condenados. Pasó nueve meses preso por vender bonos para el partido. Él quería ayudar a los otros detenidos y lo metieron adentro. Su vida resultó un desastre: uno puede ser un desgraciado y seguramente irá preso. Haga la prueba. Señale a los culpables de su suerte y le darán una buena celda. Hágase rico o sea un rebelde famoso y lo aplaudirán.

—No se enoje, detective.

—No estoy enojado —Marlowe levantó la voz—, pero me molesta que se haga el inocente, Laurel.

—No entiendo —Stan bajó el tono.

—Déjelo.

—Una vez Buster Keaton me dijo que habíamos cometido un error, porque nuestros argumentos se basaban en la destrucción de la propiedad privada y en el ataque a la policía. Decía que la gente se reía de eso, pero en el fondo nos odiaba.

—¿Dónde está ahora Keaton?

—Creo que en Canadá, haciendo películas de turismo. Está en la miseria.

—¡No me diga!

—Muchos cómicos terminaron así. Chaplin se salvó.

—¿Se salvó? —se burló el detective.

—A él también lo persiguieron. Tuvo que irse.

—Vea, amigo, cuando en este país lo persiguen a uno en serio, es difícil escapar. Chaplin fue un rebelde famoso, lleno de mujeres y de millones. Joe no tenía interés en meterlo a la sombra. Un día de estos volverá a pasear su esqueleto por Hollywood y le harán reverencias. Es posible que le levanten un monumento. Usted y yo estaremos pidiendo limosna en la entrada de los estudios.

—No exagere —respondió el actor.

—Está bien. Estoy sintiendo frío. Cambiemos este billete de cien en lo de Víctor. Prepara un ginlet de primera y a esta hora el bar está casi desierto. Víctor no se ha despeinado del todo y todavía tiene las manos limpias y una sonrisa.

—No bebo a esta hora.

—A mucha gente le pasa lo mismo. Por eso Víctor está limpio y sonriente.

 

 

Ollie se ha sentado en un sillón donde el cuerpo parece estar de sobra. Fuma un cigarro de discreta calidad, tratando de que las cenizas no caigan sobre el piso brillante del hall. Su vista sube, baja, gira y se detiene en los cuadros de las paredes, en los muebles, en todo ese lujo que adorna la sala confortable pero deshabitada.

"Qué viejo está", piensa la secretaria vieja, que ha entrado por una puerta enorme y se acerca al gordo con una sonrisa.

—El señor Wayne lo recibirá en un momento —le dice y aún cuando ha terminado de hablar sostiene su mirada a través de los lentes.

—Gracias —contesta el gordo, e inclina la cabeza a modo de saludo. A ella le parece que el juego es el mismo de siempre, sólo que falta Stan para levantar su sombrero y responder al saludo.

El gordo no se ha movido del sillón y continúa mirando discretamente a su alrededor, hasta descubrir un par de pistolas que se cruzan formando una equis sobre la pared, justo frente a él. A la derecha, una bandera norteamericana cuelga inmaculada, como si alguien se tomara el trabajo de lavarla de vez en cuando, de cuidar sus pliegues imperfectos.

Apaga el cigarro y se arrellana en el asiento. Hace mucho tiempo que no ve a John y le da un poco de vergüenza visitarlo para pedirle trabajo. Stan le ha dicho que no se apresure. No le habló mal de Wayne porque nunca habla mal de nadie, pero él se dio cuenta de que no le cae simpático. Tal vez haya sido una imprudencia molestarlo, interrumpir su trabajo.

La puerta se abre y la secretaria, solemne y curiosa, le indica que pase. Transpone la puerta enorme y encuentra el vacío. Allá, a lo lejos, un cowboy se pone de pie y levanta los brazos, jovial y descansado, como si acabara de despertarse de una siesta.

—¡Mi viejo Ollie! —grita. Avanza. Sacude el cuerpo flaco, excesivamente alto. Lleva un pantalón vaquero de cuero y una chaqueta de cheyenne; a ambos lados de la cintura cuelgan las pistolas. Cuando están a dos metros el gordo anticipa la mano derecha y una sonrisa. Wayne, con la velocidad de un rayo, saca sus pistolas y aprieta ambos gatillos a la vez.

Hay un chasquido seco, absurdo, que se pierde en el aire; una carcajada falsa, hiriente, más de complicidad que de gozo, deforma la cara del cowboy. Ollie comienza a sonreír. Es una respuesta tímida y sorprendida que se apaga pronto. Wayne sigue riendo mientras las pistolas giran en sus dedos, pasan de una mano a otra antes de caer en las fundas.

—¡Mi viejo Ollie! —repite Wayne y estrecha los hombros del gordo que sonríe sin ganas, apenas con un gesto quebrado—. ¿Qué te parece mi ropa para la próxima película? —pregunta Wayne.

—Estás muy bien, sos un verdadero cowboy —contesta Ollie y su mirada recorre cada detalle.

—Hay que cuidar la forma, Ollie —dice Wayne mientras levanta las cejas—, el público no quiere vaqueros mal entrazados, que den risa.

Hace un paréntesis, como disfrutando, y agrega:

—Ustedes sí que dieron risa. Ya lo creo.

—Gracias —contesta el gordo, que sostiene el sombrero entre sus manos.

Lo ve alejarse hacia el escritorio, en el fondo del salón, y lo sigue con paso lento. No hablan. La enorme figura del vaquero se hace más imponente al recortarse frente al ventanal. Se sienta tras el escritorio y saca un cigarrillo que enciende con una pequeña pistola. Una enorme pintura de Custer se empequeñece a sus espaldas. Por fin, habla:

—¿Qué te trae de visita, Ollie?

El gordo vacila. Parece un principiante, o un viejo estúpido. Dice en voz baja:

—Busco un papel, John; algo para mí solo. Stan y yo tenemos algunas propuestas, pero él prefiere elegir los guiones. Estudia demasiado las cosas y entretanto...

—Ustedes todavía pueden trabajar, Ollie... ¿Qué es eso de separarse?

—No nos separamos, John, busco algo transitorio. Mi situación no es buena y unos dólares me vendrían bien.

Wayne ha sacado una pistola y mira dentro del tambor, lo hace girar, sopla el humo del cigarrillo a través del caño.

—Debí imaginarlo. Puedo darte algo en The Fighting Kentuckian. Un villano o algo así.

—Un villano...

—Algo así.

Se miran. El gordo se siente como un elefante indefenso ante el cazador. Ahora sabe que Stan tenía razón. Aquí está, convertido en un villano, disfrazado con un gorro de piel y una carabina.

—Arreglá con el ayudante de producción —oye decir. Sale. No sabe si ha tendido otra vez su mano, pero se la lleva a la boca y siente gusto a pólvora. La vieja secretaria lo despide con una sonrisa. "¡Que viejo está!", piensa.

 

OSVALDO SORIANO

ROBERTO FONTANARROSA

raulcelsoar 09/08/2009 @ 01:39


 

 fontanarrosa

 

Cuento

 

—A las mujeres les pudrió el bocho el “Para Ti”, Borzone —dijo Reiner, fumando, la vista perdida en un punto indefinido. Borzone enarcó las cejas, interrogante.

—Claro... —completó Reiner, alargando la “a” y acomodándose de nuevo en la silla, el cigarrillo prolijamente sostenido entre los dedos índice y mayor de la mano derecha—. Esas revistas como el “Para Ti”, el “Maribel”, el “Claudia”...

Le gustaba recurrir a esos ejemplos arcaicos, dando nombre de productos de cuarenta años atrás, empleando palabras totalmente fuera de uso como si se complaciera en demostrar su edad (estaba arriba de los sesenta), como si su vejez le brindara un sello de distinción o conocimiento.

—El “Maribel” —Borzone no pudo menos que sonreír.

—Con esa falacia de la seducción permanente... ¿me entiende? —continuó Reiner—. Con esa mentira de la conquista cotidiana. “Sorprenda día a día a su marido”...”Sepa seducirlo como al comienzo”...”Aprenda a combatir la amenaza de la rutina”…

Borzone volvió a sonreír, un tanto incómodo, tímidamente, temeroso tal vez de incomodar al Profesor. Éste, sin embargo, salvo a su llegada, no había vuelto a dirigirle la vista. Reiner hablaba mirando hacia el frente, hacia la calle, quizás hacia un imaginario público compuesto por los estudiantes que concurrían siempre a sus clases de Filosofía.

—Se imagina usted, Borzone, que si el hombre, luego de ocho horas de trabajo en una oficina, por no decirle un taller, Borzone; con todos los quilombos que tiene en la cabeza con la cuestión de su economía, de su trabajo, de los impuestos, de la caída de los mercados financieros en Tokio, Borzone, no lo olvide; con el problema del coche al que le cagó por enésima vez la bomba de nafta, si el hombre, reitero, debe acordarse, antes de volver al anochecer para su casa, de pasar por el puesto del florista a comprar un ramito de petunias; petunias le digo, Borzone; para deslumbrar a su adorable esposa que lo espera cocinando y darle así una sorpresa que los remita a sus años de noviazgo, entonces, entonces estamos cagados, Borzone. La raza humana está recagada...

Reiner siguió mirando a través de sus lentes hacia a calle San Lorenzo, acodado en la mesa de café, las manos cruzadas, ahora, frente a su endeble mentón oscurecido apenas por una leve sombra de barba mal afeitada. Borzone aprovechó para observarlo un poco más largamente, como nunca lo hacía en la tertulia de los atardeceres en La Sede, sofrenado por su propia timidez y por el extraño respeto, casi reverencial, que sentía por Reiner. Descubrió entonces que, a esa hora, casi a las once de una fría noche invernal, el Profesor lucía desgastado. No sólo por la barba incipiente, sino también por los puños de la camisa algo raídos y el brillo menesteroso de un saco que ni siquiera había sabido de antiguos esplendores. No podía hablarse de desaliño pero Reiner tenía esa rara particularidad de ciertos tipos que se ven desprolijos aun prolijos. Una falda de la camisa levemente salida del pantalón, el cinto demasiado flojo, el nudo de la corbata laxo y asimétrico. Tampoco podía esperarse mucho de un sueldo de docente, reflexionó el muchacho, instantes antes de que el Profesor volviera hablar.

—Para la mujer misma es un incordio, Borzone —exhaló, doctoral y comprensivo—. Lo digo para que usted no confunda esto con una proclama machista. Para la mujer misma, que ya no es aquella de treinta años atrás. Si la mujer tiene que pegarse un baño cuando regresa del trabajo, calentar la comida que le dejó a medio cocinar la morochita que hace las veces de sierva, lidiar con el pendejo chiquito que ha alcanzado niveles de violencia demencial tras ocho horas de televisión viendo al pelotudo de Chuck Norris, y luego de eso, en los exiguos cinco minutos que le quedan libre antes de que llegue su marido con el bendito ramo de petunias debe vestirse como una diosa del Olimpo o engalanar la casa con guirnaldas de muérdago o bien aromatizar el hogar con incienso de Benarés... entonces estamos cagados, Borzone. Estamos total, definitiva y absolutamente cagados, Borzone.

—Es verdad, es verdad —se atrevió a menear la cabeza Borzone, como para decir algo, incluso como para recordarle al profesor Reiner que él estaba allí, sentado en la silla de al lado y que no se encontraba en el aula de Humanidades junto a los pensadores del mañana.

—Es como el asunto del diálogo —embistió, pausado, Reiner—. Otra bandera permanentemente levantada por el feminismo y también exacerbado por aquellas revistas de las cuales le hablaba...

—El “Claudia”, el “Marbel”...

—El “Chabela”... Publicaciones de índole indudablemente subversiva, Borzone. “Reactive el diálogo en su pareja”...”Resguardemos un espacio para el diálogo”... —Ante cada ejemplo, Reiner trazaba en el aire y frente a sus ojos una franja de supuestos titulares periodísticos, entre sus dedos índice y pulgar, bien separados— ”Enriquezca su vocabulario”...

—Eso era del “Selecciones” —apuntó el Profesor, concediéndole un vistazo con los ojos entrecerrados—. Yo también leía literatura del imperio, no se confunda usted, mi estimado amigo. Un carajo el diálogo, Borzone, otra falacia. Usted habla con su mujer, amante o compañera, los primeros años del conocimiento mutuo. Allí usted le cuenta su vida, sus sueños, sus fracasos, sus desvelos. Le cuenta que tenía una tía que era hemipléjica, que su abuela se cayó en el patio y se quebró la cadera, que un día usted quemó el toldo con una cañita voladora, que tuvo paperas de niño y que eso es bueno porque el día de mañana ese extraño mal no va a regresar a ponerle los huevos en la garganta. Y ella, pobre santa, lo mismo. Ella le contará que escribía poemas, que bordaba al crochet, que guardaba fotografías de Sandro de América. Y ya está Borzone, ya está. Después la cosa, como es lógico, se reduce a comentar los sucesos cotidianos: el nene hoy comió más puré de manzanas, vino el cobrador de Remeros, se quemó la lamparita del pasillo, dijo la radio que hubo incidentes en Urquiza y Ovidio Lagos. Tal vez, ocasionalmente, usted recuerde que esa abuela que se cayó en el patio y se quebró la cadera tenía un escapulario donde guardaba cabellos del general Mitre y agregue eso al informe familiar para contarle a su esposa. Pero lo demás del comentario del día, mi amigo, el comentario del día.¿Ella quiere más diálogo?¿Ella desea e insiste en prolongar los encuentros para charlar? Muy bien, muy fácil. Que se vaya, Borzone, que se vaya por un par de semanas. O váyase usted Borzone, váyase por un par de semanas que cuando vuelva seguramente ella le dirá: “¡Vos no sabés todas las cosas que tengo para contarte!. Y será así, seguramente, Borzone. ¿O no ha venido muchas veces su novia y le ha dicho: “Hoy me encontré con Rosita y estuvimos charlando como tres horas porque hacía casi dos años que no nos veíamos”. Pero si usted se ve mañana tarde y noche, Borzone, que no esperen, que no esperen un lúcida composición sobre la obra poética de José Pedroni ni una esclarecedora teoría sobre las constelaciones boreales —Reiner había elevado la voz y, por primera vez, su tono dejaba de tener un atisbo de displicencia amarga para dejar paso a una cierta furia contenida—. El eterno mito de la conquista permanente. La guerra popular prolongada, muchos Vietnam, la frase que proclamaba el general Mao y que algunos trasnochados solían escribir a escondidas de la policía en las paredes del barrio Refinería, Borzone. Que así le fue a Mao, al muro de Berlín y a la pared del barrio Refinería. EL bíblico castigo de la conquista permanente. Mi mujer solía pedirme eso, Borzone. “De vez en cuando —decía pobrecita— podrías tratarme como una novia. Sacarme a pasear, regalarme flores.” “Muy bien —le decía yo—. Si querés un tratamiento de novia, vivamos cada uno en su casa, hablemos un par de veces a la semana por teléfono y salgamos los sábados a la noche”. ¡Pero ella quería el tratamiento de novia con las prerrogativas de la esposa! Flores y paseo, pero también convivencia y manutención. Ésa es la ambición femenina, mi estimado. Ésa es.

Borzone se quedó un tanto callado, frunciendo la boca, mordisqueándose la carne interna de las mejillas, pensativamente y un poco herido. Aún permanecía sentado algo alejado de la mesa, como sin decidirse a integrarse definitivamente a ella, los brazos caídos con las manos entrelazadas entre las piernas. Igual como cuando había llegado—entusiasmado por la decisión flamante—a contarle al profesor Reiner que iba a casarse con Stella. Había pasado tarde por La Sede, rumbo a su casa, y lo había visto sentado, solo, en una de las tres únicas mesas ocupadas. No sabía que el Profesor era un parroquiano también nocturno de ese local. Solían encontrarse a menudo en la Mesa de los galanes, pero a la tardecita, y en grupo. Allí el profesor hablaba apenas (cuando no decidía aislarse en alguna otra mesa, huraño), tomaba café y lucía menos marchito y verdoso que ahora, algo deteriorado y con un vaso de whisky barato frente suyo.

—¿A usted qué le parece? —murmuró Borzone.

—Así es la cosa, mi estimado.

Borzone se tocó la barbilla. Y volvió a enarcar las cejas escéptico.

—Es que.. —dijo— cuando uno está enamorado...

—El enamoramiento, Borzone... —Reiner había recobrado su tono neutro y doctoral, de mirada vaga—, es un noventa y cinco por ciento de calentura. Tenga en cuenta esos porcentajes. Y a toda esa calentura le sigue un enfriamiento. Eso es histórico. Al mismo planeta Tierra le ocurrió eso, es un proceso físico.

—Pero, en este caso, Profesor... —se animó Borzone—, se imaginará que tanto mi novia como yo no llegamos vírgenes al matrimonio.

—Los dinosaurios desaparecieron con dicho enfriamiento.

—Ni tampoco llegamos sin saber cómo pueden resultar las relaciones sexuales entre nosotros. Aquellos tiempos de llegar vírgenes al matrimonio, creo, han quedado en el olvido.

—Grandes animales los dinosaurios.

—Por lo tanto, no pienso que sea sólo una cosa de calentura como usted dice.

Reiner aspiró una pitada larga de su cigarrillo.

—La calentura, Borzone —pontificó—, es un recurso natural no renovable, como el petróleo. Anótelo en algún cuaderno: Recurso Natural No Renovable… ¿Cuánto hace que conoce usted a esta señorita?

—¿Mi novia? Más de un año.

—Más de un año. Una nimiedad en el permanente devenir del cosmos, Borzone... —alertó el Profesor—. ¿Usted recuerda cuándo fue por primera vez a la cancha?

—Sí... —vaciló Borzone, confuso y sorprendido por el cambio de tema—. Jugaban Central y Gimnasia, creo. No soy muy fanático del fútbol.

—Muy bien. Pero se acuerda. ¿Usted recuerda cuándo fue por primera vez al Hollywood Park?

—¿A dónde?

—Perdón, a un parque de diversiones...

—Sí...Yo tendría cinco años, me llevó mi viejo a un parque muy rasca de Pellegrini y...y..

—Y Vera Mujica.

—Y Vera Mujica.

—Siempre paran ahí. Muy bien. ¿Usted se acuerda, Borzone, de la segunda vez que fue a la cancha?

—N... no... Pero, le dije, no soy muy fanático.

—No importa, no importa. Con seguridad no recuerda cuándo fue por segunda vez a la cancha, ni por tercera ni por quinta. Como tampoco recordará cuándo fue por octava vez al parque de diversiones. ¿Por qué? Porque hay una primera vez que se recuerda porque fue la primera. Después vienen la segunda, la tercera, la octava, la trigésima novena, la mil, el infinito, la nada. Para eso inventaron los números los chinos, Borzone. Para saber cuántas veces se acostaban con sus mujeres. Chinas, por cierto. Después, uno deja de contar, amigo mío. Se cansa, se olvida. A menos que usted se tome el trabajo de ir haciendo marcas en la pared, como los presos. No hablemos de un año y pico, como usted me dice. Hablemos de ocho años, de quince años, de veinticinco años, Borzone. Hasta el momento en que usted descubre que, antes de acostarse con su mujer entrañablemente querida, prefiere acostarse con esa módica y mediocre señorita que está pasando por allí enfrente, obsérvela, por la vidriera de la sandwichería.

—Si usted conociera a mi novia... —casi se sonrojó Borzone, acomodándose el pelo—, tal vez opinaría de otra forma.

Por segunda vez, quizás, Reiner lo miró, curioso.

—Es muy linda... —se animó el muchacho—. Bah, al menos a mí me parece muy linda... —corrigió después, como avergonzado de su presunción.

—Con ese criterio, Borzone —volvió a mirar hacia el infinito Reiner—, nadie se separaría de las mujeres espectaculares, de las divas del espectáculo. Y la historia del biógrafo, por ejemplo —reiteraba su predilección por recurrir a palabras perimidas—, está llena de casos donde virtuales sacerdotisas del sexo, codiciadas por media humanidad, tanto más bellas que su enternecedora novia, perdone mi crudeza Borzone, han sido abandonadas por sus parejas. ¿O no es así?

Borzone asintió con la cabeza.

—Ocurre que tal vez a usted le gusten, le enloquezcan, las milanesas a la napolitana, mi estimado amigo —planteó Reiner, como quien expone los fundamentos de un nuevo teorema matemático frente a una clase—. No hay comida en el mundo que pueda apetecerle más que una buena milanesa a la napolitana. Correcto. Pues bien. La sociedad, entonces, le impone comer, de aquí en más, todos los días, cada tres, o con la periodicidad que a usted le plazca, Borzone, sola, única y exclusivamente milanesas a la napolitana. Por los siglos de los siglos. Muy bien...con el paso del tiempo, de los años, de los lustros, Borzone, usted va sintiendo nacer en su ser un extraño e irreprimible deseo de comer tallarines. Acude entonces a un psicoanalista, que le recomienda variar el menú, sin abandonar la milanesa. Enriquecerlo, le dirá. “Cómo mantener ardiendo la llama de la pasión física”, arengará la revista “Chabela”. Le recomendarán, de esta forma, comer la milanesa con más orégano, con menos orégano, con ajo, con puré, con mermelada de durazno, con pimienta negra, sin la pimienta... Pero usted, Borzone, sentirá que quiere comer tallarines. Tallarines, mi amigo, tallarines.

—Sin embargo —Borzone, golpeteando muy quedadamente con su dedo mayor sobre el filo de la mesa se animó a plantear un frente de discordia—, un tío mío hace como cuarenta años que está casado con la misma mujer y afirma que tiene muy buen sexo.

Reiner se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz.

—Había un personaje en un libro de Huxley —dijo, entrecerrando los ojos—, no sé si era en Contrapunto o en Un mundo feliz —y mi falta de memoria no es para asombrar a nadie porque yo ya no me acuerdo si el Viejo Vizcacha está en el Martín Fierro de José Hernández o en Bases de Juan Bautista Alberdi—, había, le decía, un personaje en un libro de Huxley, que sostenía que San Francisco de Asís no lamía las llagas de los ulcerosos porque fuera un hombre piadoso o caritativo, Borzone, nada de eso. Lo hacía porque era un pervertido. Un pervertido. Eso decía ese personaje de Aldous Huxley sobre San Francisco de Asís. Y esto explica lo de su tío. Hay perversiones, Borzone. Hay perversiones... Véame a mí, sin ir más lejos, Estudie este rostro —Reiner se señaló la cara—. Observe esta calvicie tapizada de lunares oscuros, esta piel macilenta, estas ojeras, esta papada que me cuelga bajo el mentón, estos pelos que pugnan por escaparse de mis orejas...Y le estoy mostrando, apenas, la punta del iceberg, Borzone. Usted, Dios sea loado, no me ha visto en bolas. Una piel pálida, unos pechos caídos y fláccidos, un vientre prominente, unas piernas escuálidas y averrugosas con atisbos de várices... —fue bajando el tono de su voz como si la sola enumeración de sus atributos físicos lo llenara de desagrado—. Por no hacer mención de zonas más íntimas y recónditas, mi querido amigo. Muy bien, muy bien, muy bien... Si el día de mañana viene mi mujer y me dice: “Me inspira realmente repulsión el solo hecho de tocarte”, yo habré de entenderla perfectamente. Si me dice: “Te quiero mucho pero me da cierta repugnancia acostarme contigo”, puedo llegar a aplaudirla incluso a comprenderla. Yo tengo espejo, Borzone, no lo olvide.

Reiner abrió un paréntesis, que no duró mucho.

—Y si ella viene un día y me informa —continuó—: “El muchacho morocho y hercúleo que atiende en la granja de la esquina me invitó a pasar una noche con él”..¿Qué puedo yo decirle, amigo mío?... ¿Qué no vaya?... ¿Que no se dé ese gusto? Si yo la quiero realmente, si la aprecio, si la estimo, si la amo. ¿Voy a privarla de esa satisfacción? Al contrario, debo ir hasta la granja de la esquina y dejarle una propina a ese muchacho que hace feliz a mi señora. Si la quiero realmente, si la quiero...

Cortó allí, bruscamente. Borzone torció la boca.

—Usted, Profesor —dijo—, parece tener poco sentido de la posesión. Ser un hombre poco posesivo.

Reiner agitó una mano frente a su cara.

—No se confunda —desdeñó—. Lo que pasa es que procuro ser un hombre razonablemente posesivo. Oponerse a la propiedad es estar en contra de la condición humana. ¿Le ha dado usted un sonajero a un bebé y luego ha tratado de quitárselo? Ya verá usted cómo llora, patalea y se desgañita para conservarlo. Y le estoy hablando de un bebé al que todavía no hemos tenido tiempo de contagiarle nuestra codicia ni nuestra mezquindad. ¡Conozco hombres mayores de cuarenta años que todavía andan por la calle con el sonajero aferrado a la mano para que no se lo quiten! Por eso siempre me hizo reír mucho la estúpida pretensión del comunismo de terminar con la propiedad privada. Dele usted a un perro una pelotita de goma y luego intente sacársela. Y son perros que han leído a Marx, créamelo.

Borzone dejó escapar un silbido casi inaudible.

—Pero... —probó de nuevo, estoico—. ¿A usted le parece tan probable que su mujer, su esposa hipotéticamente hablando, una persona mayor digamos, consiga tan fácilmente que el joven musculoso de la granja de la esquina la invite a pasar una noche con él? ¿O usted mismo, Profesor considera probable que alguna jovencita le brinde lo que ya no le brindaría, por ejemplo, una mujer... por decirlo de alguna manera...antiestética?

—El profesorado argentino —Reiner miró a los ojos a su interlocutor—, el magisterio, el Ministerio de Educación, Borzone, me ha recompensado durante años con una importantísima porción de su presupuesto, con sueldos generosos, verdaderas fortunas, para que yo, el día de mañana, jueves para ser más preciso, le pueda pagar a una profesional del amor lo que corresponde, mi estimado.

Los dos hombres quedaron un instante en silencio. Se escuchaba, apenas, desde detrás de la barra, algún entrechocar de pocillos y algo de la música funcional.

—¿Qué hago entonces, Profesor? —Borzone optó por un matiz casi humorístico.

Reiner, esta vez sí torció la cabeza semicalva para mirarlo fijamente, estudiándolo, como sopesando si el joven era merecedor de recibir un mandamiento. Volvió luego de acomodarse escrutando al frente y dejando escapar el aire largamente contenido en sus pulmones.

—Escúcheme, Borzone, escúcheme con atención —solicitó—. Y mañana, cuando mi cuerpo sea vapuleado, apedreado, lapidado en la plaza Pinasco, recuerde esta enseñanza que hoy le dicto y que está en medio siglo adelantada a nuestra cultura y a nuestra comprensión...

Borzone frunció el ceño, curioso.

—La base del matrimonio, Borzone... —recitó lentamente el profesor—, la base del matrimonio, es la infidelidad.

Borzone se quedó callado, acompañando el silencio de Reiner quien daba tiempo con esa pausa, a que el impacto conceptual de sus palabras drenara perfectamente a través de la corteza cerebral de su interlocutor.

—Sin la infidelidad, Borzone —prosiguió Reiner—, el noventa y nueve por ciento de los matrimonios volaría en pedazos a los pocos años de convivencia. Sin esos escapes de presión, sin esos paseos, minúsculos tal vez, por las regiones de la variedad y el cambio, ningún hombre, al menos, soportaría la rutina y el aburrimiento. Sin esos atisbos de libertad, sin esos engaños, esos remedos de independencia, nadie podría aguantar la repetición, los días calcados, la cadena de montaje. Porque, además, Borzone... —el Profesor juntó los dedos de su mano izquierda frente a sus labios como buscando una palabra, o fuerzas para decirla— ¿quién carajo dijo...? —golpeó con la palma de la mano sobre la mesa en un estallido iracundo que sobresaltó a los presentes— ¿Quién carajo estableció que un hombre tiene que tener sexo con una sola mujer? ¿Quién lo dijo, Borzone?

El muchacho pestañeó repetidas veces. No sabía muy bien si se trataba de una pregunta o si era sólo una pausa efectista del Profesor en su discurso.

—Bueno... —se animó a silabear—, uno de los diez mandamientos dice: “No desearás a la mujer del prójimo”...

Reiner lo miró con infinita condescendencia.

—Borzone...Borzone..—suspiró—, yo pensaba que estaba entre gente inteligente. Francamente. Que Dios le conserve esa ingenuidad de niño. Esto es como si a mí, a mí, me notificaran que el Club Atlético Provincial ha dispuesto que los socios no tengan acceso al natatorio...

Borzone lo miró, inquisitivo.

—Y yo soy socio del Club Atlético Provincial, Borzone —sonrió forzadamente el Profesor—. Yo no soy socio del Club Atlético Provincial, ni nunca lo he sido.

Reiner se quedó callado, observando la calle semivacía a esa hora de la noche. Borzone se mordisqueaba los labios, lastimados por el tratamiento recibido. Admiraba al Profesor pero, sin duda, Reiner, quizás debido al whisky consumido, había caído en a desubicación de enumerar temas muy poco oportunos para ser desarrollados ante un joven que se le había acercado, jubiloso, a contarle, una tanto intempestivamente, su decisión de contraer matrimonio. Juzgó cobarde, casi una deslealtad hacia Stella, no ofrecer resistencia.

—Es que... —buscó el argumento—no me parece muy lógico, digamos, estar junto a una mujer, mujer que uno, además ha elegido, para estar permanentemente pensando, o corriendo, detrás de otras.

—No tiene por qué ser permanentemente —chasqueó los labios Reiner—. No tiene por qué ser permanente.

La actitud conciliadora del profesor envalentonó a Borzone.

—Casi le diría... —arremetió—, me parece una postura de enorme cinismo.

—Borzone... Borzone... —el Profesor miraba la calle y por eso, a veces, costaba escucharlo—, Borzone...eso es como si estuviéramos jugando al truco y usted me acusara de mentir...¡Cuando el juego del truco se basa en la mentira, mi estimado! —otra vez la palmada sobre la mesa y un nuevo respingo general—. Usted pretende meter un hipopótamo en una caja de zapatos y no quiere que el animal se queje, Borzone. Tome usted a un gato, métalo en una pescadería y hágale jurar que sólo comerá pejerrey de río. Luego comience a pasarle frente a las narices, bogas, salmones, dorados y truchas arco iris, Borzone. Entonces, cuando sorprenda al pobre gato hincándole el diente al sábalo, acúselo de cínico y de no cumplir su palabra, acúselo de eso.

Otra vez el silencio. Por un momento Borzone percibió de nuevo la música ambiental, alguna risa lejana, el ruido de los autos en la calle.

—Siempre queda el recurso de no casarse, Profesor... —arriesgó, tenaz—. Nadie nos obliga.

—En eso tiene razón... —Reiner se apretó los ojos hacia adentro, con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda—. Pero usted cásese, Borzone. Es lindo. Eso sí, no se olvide de mis indicaciones...

—También puede mantenerse la independencia, como en su caso.

Reiner soltó una risita que lo sacudió mínimamente en el asiento.

—¿Mi caso?

—¿Por qué?

—Pero...Separado... ¿O sigue casado?

—Sigo casado. ¿Qué le hace pensar que no?

Borzone se encogió de hombros.

—No sé, tal vez la hora. Verlo acá, solo. Se me ocurrió que por ahí estaba haciendo tiempo para ir al cine... —mintió. No quiso mencionar el sutil desaliño en el vestir, el poco cuidado del cuello de la camisa

—Mi mujer es enfermera —dijo Reiner—. Vuelve bastante tarde. Yo, es verdad, hago tiempo...

—Por otra parte... —buscó un tono cordial, el muchacho—, sus teorías sobre la pareja me hacían pensar que...

—A mí me derrotó el confort, Borzone... —la voz de Reiner era casi inaudible—. Como en el viejo chiste, a mí no me venció la CIA, a mí me derrotó el General Electric. Yo, ahora, vuelvo a mi casa, abro la puerta y huelo a pollo a la cacerola. Y adentro está cálido, porque mi mujer ya prendió el calefactor y la cocina. Y se escuchan ruidos, hay luz, está prendido el televisor: a veces, la radio. Y eso es importante, mi estimado, créame que es importante...

Esa imagen, algo desteñida del Profesor, alentó a Borzone.

—No me habla de sentimientos, Profesor. Me habla de confort.

—De vivir mejor le hablo, Borzone. Abrir la puerta y que haya olor a pollo a la cacerola es vivir mejor. Millones de seres humanos han ido a la guerra con la simple intención de vivir mejor. No es un tema menos, Borzone. Y...por otra parte, la independencia y la soledad son caras de una misma moneda. Vienen en un mismo paquete.

Borzone meneó la cabeza y se puso de pie, no muy convencido.

—Usted cásese, Borzone —recomendó el Profesor, siempre sin mirarlo—. Y aguante el primer topetazo contra la rutina. Ése es el peor momento. Es como atravesar la primera rompiente del oleaje. Después viene el mar calmo. Y después, la rutina se hace rutina, mi estimado amigo.

Es así de simple.

Borzone salió a la calle. Hacía frío. Clavó las manos dentro de los bolsillos del pantalón. No sabía muy bien si había sido una decisión oportuna entrar a conversar con Reiner. Pero ya estaba hecho.

ROBERTO FONTANARROSA

BALADA DEL BOLUDO

raulcelsoar 07/08/2009 @ 12:04

 

"Balada del boludo" integra El perfecto boludo
 

 

 BOLUDO

 

 

Por mirar el otoño
perdía el tren del verano.
Usaba el corazón en la corbata.
Se subía a una nube,
cuando todos bajaban.

Su madre le decía:
No mires las estrellas para abajo,
no mires la lluvia desde arriba.
No camines las calles con la cara,
no ensucies la camisa;
no lleves tu corazón bajo la lluvia, que se moja.
No des la espalda al llanto,
no vayas vestido de ventana,
no compres ningún tílburi en desuso.

Mirá tu primo el recto
que duerme por las noches.
Mirá tu primo el justo
que almuerza y se sonríe.
Mirá tu primo el probo
puso un banco en el cielo.
Tu cuñado el astuto
que ahora alquila la lluvia.
Tu otro primo el sagaz
que es gerente en la luna.

—Tienes razón, mamá —dijo el boludo
y se bebió una rosa.
—No seré más boludo—
y se bajó del viento.
—Seré astuto y zahorí—
y dio vuelta una estrella para abajo
y se metió en el subte
y quedaron las gaviotas.

Entonces vinieron los parientes ricos
y le dijeron:
—Eres pobre, pero ningún boludo.
Y el boludo fue ningún boludo
y quemaba en las plazas
las hojas que molestan en otoño.
Y llegó fin de mes.
Cobró su primer sueldo
y se compró cinco minutos de boludo.

Entonces vinieron las fuerzas vivas
y le dijeron:
—Has vuelto a ser boludo, boludo.
—Seguirás siendo el mismo boludo de siempre.
—Debes dejar de ser boludo, boludo.

Y medio boludo,
con esos cinco minutos de boludo,
dudaba entre ser ningún boludo
o seguir siendo boludo para siempre.
Dudaba como un boludo.
Y subió las escaleras para abajo,
hizo un hoyo en la tierra
miraba las estrellas.
La gente le pisaba la cabeza,
le gritaba boludo.
Y él seguía mirando
a través de los zapatos
como un boludo.

Entonces vino un alegre y le dijo:
—Boludo alegre.
Vino un pobre y le dijo:
—Pobre boludo.
Vino un triste y le dijo:
—Triste boludo.
Vino un pastor protestante y le dijo:
—Reverendo boludo.
Vino un cura católico y le dijo:
—Sacrosanto boludo.
Vino un rabino judío y le dijo:
—Judío boludo.
Vino su madre y le dijo:
—Hijo, no seas boludo.
Vino una mujer de ojos azules y le dijo:
—Te quiero.

 

 

ISIDORO BLAISTEN

EFRAIN WACHS

raulcelsoar 06/08/2009 @ 12:06

 

Un atleta de 91 años, ganador en Finlandia

El argentino Efraín Wachs, representante de la Asociación Tucumana de Atletas Masters, ganó, con 91 años, la medalla dorada en la carrera de cross country del XVIII Campeonato Mundial de Atletismo de Veteranos, que se disputa en Finlandia.

WACHS

"Correr es vivir" es la consigna que repite Efraín Wachs, rosarino de nacimiento y tucumano por adopción, quien a los 91 años ganó la medalla dorada en la carrera de cross country del XVIII Campeonato Mundial de Atletismo de Veteranos, que se disputa en Lathi, Finlandia, a 100 kilómetros de Helsinki. 

GANADOR 

Wachs, un ejemplo de disciplina, entusiasmo y fuerza física y espiritual, se sumó al atletismo a los 70 años y viene de arrasar en los últimos años con numerosos premios nacionales e internacionales en la categoría de 85 a 90 años, en la que obtuvo 9 medallas en el Campeonato Argentino de la categoría Master (7 de oro y 2 de plata) y 12 en el Campeonato Sudamericano (8 doradas, 2 plateadas y 2 de bronce), en distintas especialidades. 

El representante de la Asociación Tucumana de Atletas Masters (ATAM) ratificó sus condiciones, que evidenció desde 2003, cuando se impuso en los 10.000 metros y en cross country en el Mundial de San Juan de Puerto Rico. 

 GANADOR A LOS 91 AÑOS

Pero son la eterna sonrisa y el buen humor constante lo que caracteriza a este contador público nacional (profesión que ya no ejerce) nacido el 12 de marzo de 1918 en Rosario y radicado desde 1947 en Tucumán, donde, con su esposa, dio origen a una familia con tres hijos y ocho nietos. 

En la Argentina se lo conoce por haber protagonizado, hace pocos meses, una publicidad de un agua mineral en la que se lo vio corriendo junto con otras tres personas mayores de edad. 

Su vida transcurre ahora entre las zapatillas, los pantalones cortos y las musculosas, tal como lo demostró cuando festejó sus 91 años trotando 91 veces en tramos de 100 metros en el centro tucumano, acompañado por circunstanciales amigos y por su familia: demoró apenas 93 minutos en la carrera de su vida. 

"Yo invito a todo el mundo a caminar, porque caminar es salud. Pero el que puede que corra. Yo me siento vivo cuando corro", sostuvo don Efraín al finalizar su recorrido cumpleañero hace cuatro meses, mientras sonaban los acordes del "Feliz cumpleaños" de la Banda Municipal de Música. 

Antes de calzar zapatillas, Wachs fue un reconocido jugador de ajedrez, presidió la Federación Tucumana de ese deporte en la década del 60 y hasta le ganó una partida al campeón mundial ruso Alexander Alekhine en 1938. 

Capaz de vencer cualquier límite en el deporte y en la vida, Efraín disfruta cada momento intensamente y hace planes para el futuro: cuando apenas está comenzando su participación en Finlandia, ya piensa en intervenir en el próximo Mundial, que se realizará en 2011 en Sacramento, California, Estados Unidos. 

"Todo lo hacemos por patriotismo, por amor al deporte y por nuestras ganas de vivir y de defender a Tucumán y a la Argentina", había dicho Wachs antes de partir al Viejo Continente. 

DE MIL AMORES

raulcelsoar 05/08/2009 @ 16:47

 

De mil amores

Extractos

Del sitio http://www.letralia.com

Plenilunio

Bocas abiertas
redondo abismo lunar
rodando
por el césped del universo
ambiciosas
monedas flexas
en busca del plenilunio
amoroso.

Azul

Esta noche tiene tu rostro azul
Ojos de noche azul
Y mi deseo es azul
Bendito color de los mares
maldito náufrago en alta mar
Sigo nombrando al velero que navega
sin capitán ni timonel
Cómo sueña el amor cuando el itinerario
está escrito sobre estelas
Esta noche tiene de luces urgencias
jadea silenciosa
quizá extravíe su ruta y se olvide del relámpago
mientras
el deseo es azul
Voy a anunciarlo en mi verso: todo tiene tu azul
Escribo en tus ojos

Ruinas

 

ESPANTAPÁJAROS

 

He parido un bosque de luz en la cantera
y eso es todo
no exijas el gajo cuneiforme del espanto
Me trasmuto en ave y vuelo
Lo peor es salirse de uno mismo
y sembrarse en tiempo de espantapájaros
cuando la palabra orfandad camina sola
llevando semilla de úteros dormidos
en pico rasgado
letra agónica
devorada cría
sílabas como insectos
que zumban la noche que se aleja

Una resaca de follaje se me esparce
ahora sin mí cómo haré para llegar
adonde no he ido nunca.

La noche se me resbala
escurridiza noche,
Noche zorra.

Y el útero henchido de fuego
signos de mi sombra
de lo que queda luego de las ruinas
de la noche y de lo que no escribiré.

Los pájaros

En mi palacio hay

 PÁJAROS

una jaula de oro.
Salven a los pájaros de mi cuerpo,
esos que picotean despojos
de mi tristeza enclaustrada en lágrima.
Caballos de fuego erizados cual pezón ardido
cantan y son sueños acorralados en el miedo de la nada.
Sólo deseo que muerde el trino de las carnes
A veces se pliega, otras expande en alas y vuela.
A veces, sólo a veces son sólo pájaros.
Otras trino.
Y mi sexo que sube música
en la enredadera del pensamiento.
Hay que salvarlos de mi carne
y el sexo que se hace pájaros
y vuela, vuela...

Fundación

Atraviesa la cárcel de mi cuerpo
erigiendo en mi piel la incontenible sabia del éxtasis
Difunde besos como un manantial infinito de ideas
Hiere hasta el hueco augural perpetuando un nombre perdido
Escupe en mi ego una luz tenue que me asedie
y aprenda a caminar a ese lugar donde sólo quede mi desnudez
Funda una nueva mujer y la antigua quémala
y arroja sus cenizas al viento o al mar
Que no se hable más de ella...

Mil soles espléndidos

Despunta en el horizonte
nuestro deseo de libertad
mientras descorre el velo
de la carne flagelada,
el viento
en cárcel de lino
envoltorio de siglos atroces
nos atan a mil soles espléndidos
la rendija de días vejados
con el rostro oculto en el burka
y el corazón enterrado
en dunas de almíbar amargo

Vejadas

Sobrevivirán las mochilas
sin dueñas
el calcetín
y hasta el pequeño sostén
Sobrevivirán los instantes de inquietud
el resoplo en el rostro inexistente
en las uñas y los cabellos que se niegan
El sol rojo sangre en la heredad
Y el sudor de la vena sudada
los senos limpios y el sexo nuevo

Sobrevivirán las risas infantiles
en el sollozo de sus progenitores
en el aula disponible y la silla vacante
Sobrevivirán su fertilidad de espumas
y sus ilusiones enteras, sin detenerse...

Deseo

La mirada abierta de la mañana
entra por el portillo de tus ojos
desnudando mi follaje
Y mis nalgas de luna y uvas
ruborizan el espanto de la muerte
que espera su cosecha
Buscan tus estrellas en espiral
un combate fortuito
entre navajas encienden el precipicio
de las sombras
El deseo se hace viento huracanado
mas arde el amor como un fósforo
que desvistiese al pudor
Un vino caliente se derrama
en las copas de los cuerpos
brindis perfecto en ritual de los cristales
luego se duermen tus ojos
saciados
Nace la lágrima de gozo.
La muerte se aleja silenciosa
Y torna la puerta.

Los caprichos de la luna

CAPRICHOS DE LA LUNA

 

A veces soy, estoy / medialuna
menguante / ir al encuentro / crecer
a tu mirada el cráterpezón
Esperando acercarme a tu heredad
satélite capturado y devoto
Mas cuando danza la transparencia
ilimitada / espacial
de las naves en efluvios,
en el juego de acercarse
apareo de Caronte y Júpiter
Nacarón y sepia en el tálamo
del mar del cielo
pintan el capricho de la tarde
llego hasta el clímax,
luna llena golosa.

Y los sexos montados
reflejados en el manto
del espejo un eclipse
esparciendo una sola nota
de música que salpica toda tristeza.

Y en un desgano de hembra dormida
en el bosque eternal
voy entregándote mis caprichos
de lunallena
que desmigajas en amplia boca estrellada
cuando la marea baja retira el goce

Ofrenda

MÚSICA

 

Me pides un poema / espejo / coito
estando ebrio de mi pieluna
con tu acequia llegando al mar
Implacable
escurridizo
lento, vas cubriendo
en heraldo combate
la epidermis de mi manto
Ya desnuda y saciada
rosa negra / racimo de uvas
deslizo mi vino dulce
tentando tus labios

Ritual de fuego
en el ciclo de los besos
que muerden el hilo del placer
tejen hebras húmedas,
espigas de semen benditas
que bebo de tu cáliz.
Las manos
que suben y bajan
agitando las palomas
como una plegaria cruel
en las paredes del corazón
de piedra y madera.
Edificio donde queda tu obra
templo donde edifico mi ofrenda.

Marcela Vanmak

Escritora argentina (1965). Profesora de español para extranjeros en Israel, donde reside.

ANDRES MAYER-REINACH

raulcelsoar 04/08/2009 @ 16:38

“Si los suizos pudieran asegurarse la vida eterna, lo harían”

En esta entrevista, el portfolio manager Andrés Mayer-Reinach explica cuál es la situación suiza tras la crisis financiera, y cómo ven allí a la Argentina.

Publicado en http://www.igooh.com/Ignacio/

ANDRES MAYER-REINACH

Andrés Mayer-Reinach en la entrada de la Estación Central de Trenes de Zurich. (Ignacio Escribano)

Por Ignacio Escribano

Zurich, Suiza.- “Los suizos no le prestan demasiada atención a países poco fiables y donde casi no se respetan los derechos humanos. Aquí se concentran más en el G7, G8 o G20. Hay quienes, sí, tienen en cuenta a la Argentina para hacer turismo. Pero no mucho más que eso. Históricamente, hubo tanta falta de cumplimiento a la hora de hacer negocios que con el país del tango ya no quieren saber nada. Se ha perdido la confianza. En resumen: a la Argentina o no la ven, o la ven mal.”

Andrés Mayer-Reinach sabe de lo que habla.

Hijo de padre alemán y madre suiza, este banquero y administrador de fondos de 62 años nació en pleno centro porteño, se crió en La Lucila y, una vez finalizado su servicio militar -a pedido de su padre, quien por aquel entonces ya veía un sombrío pronóstico en el país-, se marchó a vivir a Europa.

Cuenta que comenzó su carrera en el Citibank (previamente había hecho un master bancario de cuatro años en Alemania) y, tras haber trabajado en varios bancos suizos, terminó finalmente en el Credit Suisse, en donde le ofrecieron formar parte del directorio.

“Allí me dediqué a administrar el dinero de gente rica, principalmente de países hispanoparlantes; eran grandes fortunas, de familias con el dinero en Suiza desde hacía tiempo, algunas, de varias generaciones; estamos hablando de cuentas de hasta cien millones de dólares”, relata Mayer-Reinach, en una conversación con este cronista.

Al hablar, distendido, en una vieja confitería de la estación central de trenes de Zurich, el dialecto suizo alemán tiñe con un leve acento su fluido español.

El afecto que siente por la Argentina y su gente, según él, sigue tan vigente como en sus tiempos de infancia y adolescencia.

Actualmente, radicado en Zurich, continúa administrando fondos de gente rica, principalmente de Latinoamérica, aunque también de Alemania, Turquía, Francia y Polonia.

“Los suizos tienen seguros contra todo. Es más, si pudieran asegurarse la vida eterna, también lo harían -bromea-. Por eso cuidan tanto de su autonomía y prefieren permanecer fuera de la Comunidad Europea.”

-¿Cómo afectó la crisis financiera a Suiza, particularmente?

-A la economía suiza, en su totalidad, no tanto; pero al sistema bancario sí, ya que casi todos los bancos estaban involucrados. A la Unión de Bancos Suizos (UBS), principalmente. El año pasado, cuando los cientos de miles de estadounidenses sin capital propio tuvieron que dejar de pagar las hipotecas de sus inmuebles, ya que las tasas, variables, subían a límites impensados, la bola de nieve comenzó a cobrar dimensiones extraordinarias. Y la UBS tenía una enorme cantidad de fondos provenientes de esas hipotecas de segunda y tercera calidad.

-Sin embargo, la UBS ya venía sufriendo desde antes…

-Muchísimo. Yo diría que desde 1998, año en que se fusionó con la Sociedad de Bancos Suizos (SBC). Entre otras cosas, por haber seguido la política estadounidense del share holder value, del valor de la acción, y por explotar el rendimiento a más no poder; esto es, contratar gente que en productos derivados pudiera producir una gran ganancia. Estamos hablando de gente muy joven, que no eran ni directores ni académicos, pero muy listos para este negocio, y que ganaban salarios de hasta siete decimales.

-“Una nueva casta de grandes ricos que no han inventado ni construido nada”, como denuncia Charles R. Morris, en El crac del crédito. ¿Cómo resumiría lo que ocurrió en los Estados Unidos?

-Allí no se han dado cuenta a tiempo de que ningún árbol crece hasta el cielo. La gente un día no pudo pagar más las hipotecas “basura” y vivir al mismo tiempo. Eso los reventó. Y no sólo a ellos, sino a todo el mundo. Siempre supe que este tema de la enorme deuda norteamericana un día terminaría mal, pero jamás pensé que iba a cobrar semejante envergadura.

-¿Cuál es el sentimiento del ciudadano suizo hacia los Estados Unidos?

-Siente un gran fastidio. Aquí se cansaron de la prepotencia y de la manera aplastante de dictar las reglas de juego. A nadie le gusta que vayan a mostrarle los músculos. Además, sí, al europeo le gusta el dinero pero sabe que eso no es todo. La cultura, en Europa, sigue ocupando un lugar predominante.

-“La economía, la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia humana más atrasada”, escribe Vicente Verdú, en su libro El capitalismo funeral… ¿Cuál sería el rasgo distintivo del ciudadano estadounidense y el del suizo?

-En los Estados Unidos el ciudadano medio no ahorra. Está endeudado. Es más, su propio país es el mayor deudor del mundo.

-¿Y el suizo?

-El ciudadano suizo es extremadamente trabajador. De hecho, mientras la jornada laboral aquí suele ser de unas 42 a 45 horas semanales, en el resto de los países de la Comunidad Europea intentan bajarla a unas 35 y hasta 30 horas por semana. Hoy se anhela a tener más días de vacaciones, a consumir más y a no trabajar tanto. El suizo, en cambio, mantiene vivo un gran espíritu de sacrificio.

-Pero aquí también les gusta ganar dinero…

-Sí, pero no en una forma desmedida. Se tiende, más bien, a ahorrar que a consumir de manera desbocada. El suizo es alguien que siempre ha tomado precauciones y que históricamente se ha asegurado contra todo lo que pudo.

-Los búnkers que tienen en sus casas son un ejemplo muy gráfico de lo que usted está diciendo.

-Así es. Pero repito: aquí la economía no sufrió el impacto de la crisis tanto como otros países. De hecho, la reducción del producto bruto interno (PBI) local ha sido mucho menor que la del resto de la Comunidad Europea. Por ejemplo, mientras que en este primer trimestre el PBI suizo cayó alrededor del 2,5 por ciento, en Alemania, Francia e Inglaterra, esa cifra se calcula que es del 6 por ciento.

-¿Qué otras razones explican que el PBI suizo no haya caído tanto?

-Varias. Basta mencionar que Suiza -un país con 7,6 millones de habitantes y las dimensiones de la provincia de Tucumán- cuenta con decenas de compañías multinacionales: de seguros, alimenticias, farmacéuticas, bancarias y financieras… Pensemos que sólo la ABB cuenta con algo más de 115 mil empleados. Todo eso le da a Suiza un respaldo fenomenal.  Y podría seguir enumerando: bancos, quesos, seguros, relojes, navajas, medicamentos, chocolates; empresas como la Holcim, de cemento; los elevadores Schindler; la Nestlé; la Sika AG, una de las productoras de químicos para la construcción más poderosas del planeta… Lo mismo podría decirse sobre la industria textil o la informática. Hay quienes dicen que los suizos son los padres de Internet. Del mismo modo, no puedo dejar de mencionar el impresionante desarrollo de la actividad democrática y el respeto humano que existen en este país.

-¿Por qué una de las más grandes cantidades de dinero bajo administración se encuentra en Suiza?

-Por varios motivos. Por empezar, por la gran estabilidad y por su carácter neutral, tanto política como militarmente, a lo largo de la historia. Ambas razones, entre otras cosas, hacen que Suiza sea hoy sede de numerosas organizaciones internacionales, a pesar de no tener prácticamente materia prima. Aquí no hay cacao pero se hacen los mejores chocolates del mundo. Lo mismo con el dinero, que se produce afuera. Por otra parte, fue aquí mismo donde se decretó el secreto bancario, en cuyo artículo 47 se dicta que los bancos tienen la obligación, por ley, de mantener la información de sus clientes en estricta reserva de confidencialidad. Obviamente, eso rige siempre y cuando no existan problemas legales.

-Pero ese dinero no siempre fue “limpio”.

-Es cierto. Si bien en Suiza -que es, desde fines del siglo XIX, uno de los Estados más ricos y desarrollados del mundo- siempre se persiguió el dinero sucio: narcotráfico, corrupción política, etc., las reglas de juego no siempre han sido claras. No olvidemos de aquel dicho alemán que reza: “El dinero no huele” (“Geld stinkt nicht”).

-¿A qué se refiere?

-A que el dinero nunca tiene mal olor y, por ende, muchas veces se toma de donde sea que venga. En este aspecto, aquí tampoco siempre han sido unos santos.

-La ley del secreto bancario comenzó a ser atacada duramente en los últimos años. ¿Por qué?

-Por varias razones. Una, por un enorme flujo de dinero de origen sucio. Otra, por la gran presión de los Estados Unidos desde la caída de las Torres Gemelas, especialmente para controlar el dinero con fines terroristas y mafiosos. Suiza, lentamente, comenzó a ceder. Actualmente, existen bastantes restricciones para abrir una cuenta y depositar grandes sumas, especialmente en situaciones dudosas, en las cuales no se puede justificar bien de dónde proviene el capital. O cuando se trata de personas conocidas como PEP (political exposed people). A esa gente ya no se le abren cuentas bancarias en Suiza.

-Pero el secreto bancario sigue existiendo…

-Sí, porque se quiere respetar la esfera privada de la persona. Y, a tal extremo, ese secreto no existe en ningún otro lado como en Suiza, ya que aquí se trata de una cuestión legal, que es la ley bancaria.

-¿Cuál es la situación de la deuda externa suiza?

-Suiza sigue siendo el deudor de mejor calidad, con un enorme respaldo de oro. La deuda del gobierno está muy controlada. Aquí no se derrocha un centavo. Pongo un ejemplo. En las ciudades todavía se ven viejos tranvías circulando por las calles. Son máquinas con más de medio siglo de vida que igualmente siguen andando. Es decir, el dinero para comprar nuevos trenes existe, pero no lo despilfarran. Si lo que tienen funciona, lo mantienen y lo utilizan. Esa es la mentalidad acá.

-¿Qué se espera para la segunda mitad del año con la economía local?

-Que empiece a repuntar, lentamente.

-¿Y cuánto se tardará en llegar a la situación previa a la crisis?

-Se habla de no menos de 2 a 3 años. Yo diría que no antes de 2012. Con el colapso financiero de 2008, una vez más, quedó demostrado que el mundo entero está interconectado. Es decir, Suiza no podrá reponerse completamente en forma aislada si no ocurre lo mismo en los demás países. La exportación, de hecho, ha caído notablemente, al igual que el turismo. No olvidemos que para los extranjeros Suiza es un país caro.

-¿Y para los suizos?

-No tanto. El rendimiento neto de las ganancias personales es muy bueno. Acá se gana mucho mejor que en otros países, y con una carga impositiva no tan marcada.

-¿Cómo se notó la crisis financiera en los hábitos de la gente?

-En los últimos meses el consumo comenzó a menguar y el desempleo alcanzó cifras extraordinariamente altas para este país: más de un 4 por ciento. Sé que para otras partes no es nada, pero para Suiza ese es un número alto. Y la gente está preocupada. Se consume menos en los restaurantes, se compra menos ropa… Es interesante, ahora se comenzó a invertir el dinero en la refacción de viviendas. Las empresas prestadoras de servicios de albañilería, plomería, etc., han tenido un gran semestre.

-Es curioso.

-Pero es así. La gente ahora invierte el dinero en refaccionar su propia casa.

-Por último: ¿existe la pobreza en Suiza?

-Se calcula que poco más del diez por ciento de la población es pobre. Pero es una pobreza entre comillas, ya que lo es para los estándares suizos, pero no mundiales. Se trata, por lo general, de gente divorciada y separada, con problemas financieros por tener que mantener dos hogares. Eso, solamente, los hace más pobres que al resto. Pero no podemos hablar de pobreza en realidad. Acá no se ven mendigos en la calle.

LEVANTATE Y PERMANECE DE PIE

raulcelsoar 03/08/2009 @ 15:47

"Muchas gracias",

"A todos los que me acompañaron",

"En esta experiencia de Vida",

"LEVÁNTATE Y PERMANECE DE PIE !"

 

JESUS Y PEDRO

 

LEVÁNTATE Y PERMANECE DE PIE

  

 

(Hechos: 26-16)

 

ESPIRITU SANTO

 

"Vengan a Mí los que se sientan cansados y agobiados porque yo los aliviaré"

 

(Mateo 11-26)

 

Cruz


  • MILAN KUNDERA
    • MILAN KUNDERA
    • Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
    • Fragmento de LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER


  • ALEJANDRA PIZARNIK

    • ALEJANDRA PIZARNIK
    • MADRUGADA
      Desnudo soñando una noche solar. He yacido días animales. El viento y la lluvia me borraron como a un fuego, como a un poema escrito en un muro.

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  • FRUTA AMARGA
    Si la fruta es amarga
    no es culpable la tierra
    ni es culpable la planta.
    Tiene el hombre la culpa
    que arrojó la semilla
    con las manos amargas.
    Yo lo acuso en voz alta:
    he vivido en la tierra
    y la tierra no es mala.
    Yo lo acuso en voz alta:
    tuve un árbol hermano
    que dejó mi alma blanca.
    Yo menciono su culpa
    que ahora llamo la nuestra:
    somos hombres culpables
    de sembrar la semilla
    con las manos amargas.

    PABLO ALCIDES PILA (1960)

    Publicado en
    Pájaros en el Camino,
    recopilación de poemas
    de Pablo Alcides Pila,
    recientemente galardonado
    con el premio
    SANTA CLARA DE ASIS
    por su programa radial
    RESCATE POPULAR


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    MI ULTIMA FLOR

    De todas las flores
    bellas que han perfumado
    ninguna con tu fragancia
    ni tu candor,
    por eso es que en mi
    recuerdo has perdurado
    tan fiel como aquel
    entonces, mi última flor.

    Lozana, grácil y esbelta,
    mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré,
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Lozana, grácil y
    esbelta, mi flor amada
    en un rincón
    venerado te llevaré
    presente estarás
    por siempre flor nacarada
    que en mi corazón
    amante conservaré.

    Tanto te cuidé con
    dedicación
    y con cuanta unción
    mi amor te brindé,
    mil trovas canté
    con sana emoción
    y en cada canción
    siempre en ti pensé.

    Ahora que no estás
    me siento morir
    mi pobre vivir
    languidece ya
    por siempre serás
    mi ultima flor
    el genuino amor
    que perdurará.

    Autor: Salvador Miqueri

    - Avelino Flores




    COSAS QUE PASAN


    >
    Nadie salió a despedirme
    cuando me fui de la estancia
    solamente el ovejero, un perro nomás,
    Cosas que pasan.
    El asunto, una zoncera,
    un simple cambio de palabras,
    y el olvido de un mocoso,
    del que puedo ser su tata.
    Y yo que no aguanto pulgas,
    a pesar de mi ignorancia,
    ya no mas pedí las cuentas,
    sin importarme de nada.


    No hubiera pasado esto,
    si el padre no se marchara,
    pero los patrones mueren,
    y después los hijos mandan.
    Y hasta parece mentira,
    pero es cosa señalada,
    que de una sangre pareja,
    salga la cría cambiada.


    Los treinta años al servicio,
    pal’ mozo no fueron nada,
    se olvido mil cosas buenas,
    por una que salió mala.
    Yo me había aquerenciao,
    nunca conocí otra casa,
    que apegado a las costumbres,
    me hallaba en aquella estancia.

    Sí hasta parece mentira,
    mocoso sin sombra e’ barba
    que de guricito andaba,
    prendido de mis bombachas.
    Por él, le quité a unos teros
    dos pichoncitos, malaya!
    Y otra vez, nunca había bajao un nido,
    y por él gatié las ramas.


    Cuando ya se hizo muchacho,
    yo le amansé el malacara,
    y se lo entregué de riendas,
    pa’ que él solo lo enfrenara.
    Tenía un lazo trenzao,
    que gané en una domada,
    pal’ santo se lo osequié,
    ya que siempre lo admiraba.


    Y la única vez que El patrón,
    me pegó una levantada,
    fue por cargarme las culpas,
    que a él le hubieran sido caras.
    Zonceras, cosas del campo,
    la tranquera mal cerrada,
    y el terneraje e’ plantel,
    que se sale de las casas.
    Y eso, pal’ finao patrón,
    Era cosa delicada.


    Y bueno, pa’ que acordarme
    de una época pasada,
    me dije pa’ mis adentros,
    todo eso no vale nada.


    Sin mirarnos, arreglamos,
    metí en el cinto la plata,
    le estiré pa’ despedirme mi mano,
    Pa’ que apretara,
    y me la dejó tendida,
    cosa que yo no esperaba.
    Porque ese mozo no sabe,
    si un día ha de hacerle falta...

    Tranqueando me fui hasta el catre, alcé un atado que dejara,
    y me rumbié pal’ palenque,
    echándome atrás el ala.
    Ensillé, gané el camino,
    pegué la ultima mirada
    al monte, al galpón, los bretes,
    el molino, las aguadas,

    De arriba abrí la tranquera,
    eche el pañuelo a la espalda,
    por costumbre, prendí un negro,
    talonié mi moro Pampa,
    y ya me largué al galope,
    chiflando como si nada.


    Nadie salió a despedirme
    Cuando me fui de la estancia,
    Solamente el ovejero,
    un perro nomás,
    Cosas que pasan.


    Poema de Don Víctor Abel Jiménez
    Musica de Jose Larralde




    Mensajes del Alma



    En mi país por año hay
    15 mil chicos que vuelan
    como angelitos con sus
    alas por el buen aire
    con la suerte y la calma
    de no haber conocido nada

    para seguir siendo buenos
    quizás Dios robó esas almas

    Que piensas cuando te
    hablo de todo lo que paso
    viste que todas las
    cosas se saben con el tiempo
    suelto y aún viviendo
    el católico que bendijo
    ya perdió hace mucho
    tiempo su lugar en el cielo


    Todos los días que te
    lleve saber como esto fue
    te servirá para ser en
    otro tiempo algo más libre


    Son las únicas palabras
    que te pido escuchar si no me muero de
    verguenza hoy aca a todos por igual
    alguien nos espera
    y de cualquier
    manera llorarás


    Que dignidad tan grande la
    de creer siempre en la vida
    con solo ver una flor
    brotando entre las ruinas


    Tu canción fue la rueda de
    los días que siguieron
    tu canción fue mas lejos
    que la muerte que te hicieron
    no tengas miedo ya dimos
    la vuelta al espanto
    un viento algo más calmo
    se viene anunciando


    El polvo de estas calles
    pone a santo con represor
    pone al inocente en pena
    y despierta al asesino
    témpano del olvido y
    de nunca decir nada
    cuantas mirandas caídas
    sin ver que es lo que pasa
    ningún dolor se siente
    mientras le toque al vecino
    el que manda a matar
    es para sentirse mas vivo

    Son mensajes del alma
    herida pero bien clara sobre
    lo cobarde toda la verdad
    ángel rubio de la muerte
    de que poco te sirvió
    el himno, Jesús, la bandera,
    y el sol que te vió.


    LEON GIECO
    • Mahatma Gandhi
    • Si nosotros existimos,
    • si nuestros padres
    • y sus padres han existido,
    • entonces es natural
    • creer en el Padre
    • de toda la creación. Si Él no existe,
    • nosotros no existimos
    • en parte alguna.
    • Él es uno y, al mismo
    • tiempo, es muchos.
    • Es más pequeño que un
    • átomo y más grande que el
    • Himalaya.
    • Lo contiene hasta una gota
    • del océano y,
    • sin embargo, ni los
    • siete mares
    • pueden encerrarlo.
    • La razón es impotente
    • para conocerlo.
    • Él está más allá
    • del alcance o la
    • aprehensión racional.
    • No es necesario
    • que continúe insistiendo
    • sobre el tema.
    • En esta cuestión
    • lo esencial es
    • la fe. Mi lógica puede
    • hacer
    • y deshacer innumerables
    • hipótesis.
    • Un ateo podría derrotarme
    • en un debate;
    • sin embargo,
    • mi fe corre tanto
    • más rápidamente que mi razón,
    • por lo cual puedo desafiar a
    • l mundo
    • entero y decir que
    • "Dios es, fue y será siempre.”
    • No obstante, aquellos que
    • quieran negar su existencia,
    • tienen la
    • libertad de hacerlo.
    • Dios es misericordioso
    • y compasivo:
    • no es un rey
    • terrenal que necesita un
    • ejército para hacernos
    • aceptar su poder.
    • Él nos
    • concede la libertad y,
    • sin embargo,
    • Su compasión ordena
    • obediencia a
    • Su voluntad.
    • Si alguien desdeña inclinarse
    • ante Su voluntad, El dice:
    • "Así sea; no por esto mi
    • sol brillará menos para ti,
    • ni tampoco mis
    • nubes para ti han de llover menos.
    • No necesito forzarte para que aceptes
    • mi poder."
    • Dejemos, pues,
    • al ignorante que discuta
    • la existencia de
    • semejante Dios.
    • Yo soy uno de los millones
    • de hombres sabios que
    • creen en El y nunca
    • me cansaré de inclinarme ante
    • El ni de cantar Su gloria.